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El impacto y el shock de sumergirse en la sociedad estadounidense
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El impacto y el shock de sumergirse en la sociedad estadounidense

Decía Ned Flanders en 'Los Simpson' que Estados Unidos es esa vasta extensión de territorio que está entre Nueva York y Los Ángeles. Y tiene razón, no se puede generalizar

Foto: Solo la bandera es común a todo EEUU. (iStock)
Solo la bandera es común a todo EEUU. (iStock)

En no pocas ocasiones nos cuesta entender desde Europa ciertos mecanismos e idiosincrasias de la sociedad norteamericana, comenzando por la cuestión de las armas, siguiendo por la popularidad de Donald Trump, pasando por la situación que viven las minorías étnicas, la no existencia de un Sistema de Salud público y universal, su exacerbado patriotismo, etc. Pero tampoco podemos generalizar porque nos encontramos con un país enorme y diverso.

Que estemos en un mundo globalizado y aculturizado por el modelo norteamericano, la homogenización cultural es un hecho, no impide el shock de residir en Estados Unidos. Por mucho que los conozcamos muy bien por las películas, las series de televisión, Internet, etc., el impacto es muy grande. Mi experiencia se produjo en San Antonio (Texas), invitado por la Universidad de Texas en San Antonio (UTSA) y apoyado por el Plan de Internacionalización de la Universidad de La Rioja (UR). Era mi primer viaje a Estados Unidos donde iba a pasar tres meses investigando cuestiones de integración educativa, inmigración y participación de las familias en las escuelas.

A lo largo de mis tres meses en Texas fui muy bien acogido en general, especialmente por una serie de personas de origen mexicano y latino que me trataron como de su familia y con una hospitalidad que superaba toda generosidad. Ellos y ellas fueron también los que me introdujeron en la sociedad norteamericana, me enseñaron sus virtudes, defectos y contradicciones, en gran medida a través de sus experiencias personales y familiares, muchas de ellas vinculadas a la inmigración y a la compleja integración en la sociedad receptora.

​Más allá de los tópicos

Texas tiene una gran cantidad de tópicos y estereotipos asociados a su identidad. Como Estados Unidos, Texas es un estado extensísimo y diverso pero con un sentimiento de pertenencia muy fuerte fruto de su devenir histórico. San Antonio, superando ampliamente el millón de habitantes, es una de las ciudades que más crece de todo el país, de hecho se observa en el día a día y cómo sus autovías y circunvalaciones se quedan saturadas, y es también una muestra de diversidad étnica e identitaria. Porque en San Antonio observas cómo hay numerosas comunidades que van desde la caucásica de origen europeo hasta la omnipresente mexicana, sin olvidar una más minoritaria negra.

Lo primero que llama la atención es la velocidad a la que va todo. No hay pausa, en parte por la dependencia del automóvil: sin coche, no eres nadie

Sin embargo, en todas estas comunidades, que se tocan pero no se mezclan mucho, existen también diferentes matices desde los texanos “de toda la vida” hasta los diferentes orígenes sociales y económicos de los mexicanos, por poner dos ejemplos pero hay muchos más. Lamentablemente, en una sociedad tan multiétnica, los prejuicios y estereotipos siempre están presentes y las diferencias de estatus son una realidad explícita. “Aquí, los anglos lo tienen siempre mucho más fácil”, me decía una compañera de la universidad de origen latino, siendo UTSA una institución que se caracteriza por una gran concienciación hacia la comunidad, consciente de sus posiciones de partida más complicadas, y donde una de sus principales apuestas es la enseñanza bilingüe y la puesta en valor de la diversidad.

Lo primero que te llama la atención de esa sociedad es la velocidad a lo que va todo. No hay pausa, ayudado por la ya conocida dependencia absoluta del automóvil. Sin coche, no eres nadie. La pregunta por los transportes públicos solía mostrar una mirada de compasión. De hecho, una vez tomé un autobús Greyhound para ir a visitar a unos amigos a Austin. Aquello era como la “cara B” del sueño americano. Pero, volviendo a la velocidad, un amigo me advirtió: “Tómatelo con calma, aquí van muy rápido y eso tiene costes”.

Esa forma de afrontar la vida también se manifiesta en una ética del trabajo presente en todos los ámbitos. Desde el camarero de cualquier cafetería o restaurante hasta el Catedrático de Universidad, el valor del trabajo está interiorizado en el ADN de la sociedad norteamericana. Obviamente, este hecho encierra también sus trampas, porque mantener el nivel de consumo allí observado y vivido lo precisa. Mis amigos de Austin, buenos conocedores de otras sociedades como la española donde han residido, se mostraban autocríticos y decían “esto es una rueda, hay que mantenerla rodando continuamente, no puede parar”. Nosotros podremos ser consumistas pero estamos muy lejos todavía de ese nivel, donde parte de la sociedad está acostumbrada a tirar lo que se estropea, no sirve o no quiere. Este hecho contrasta sin duda con una visión más caritativa, también omnipresente en forma de mercadillos, contenedores de ropa, carteles en las autovías que te recuerdan constantemente la necesidad de ayudar a los que menos tienen (aunque eso no quita para que el siguiente sea de una feria de armas), etc.

Otro aspecto que también llamaba la atención era el denominado “sueño americano”. No cabe duda que es una sociedad que ofrece oportunidades, pero las desigualdades son tan grandes que el punto de partida es muy diferente. Sin embargo, si trabajas mucho, pero mucho, y tienes talento, tendrás bastantes posibilidades de ser reconocido. En este sentido, una amiga que ocupaba un alto cargo, que procedía de una familia humilde, y que había luchado por ello con un currículum de impresionar, indicaba: “Mi padre me dijo que trabajase duro, muy duro, que no podía dejar de trabajar duro”. También conocí y me contaron ejemplos como el de un jardinero mexicano que explicaba que en su país de origen estaba destinado a ser jardinero peón toda su vida pero que, después de diez años en Austin, sigue indocumentado pero orgulloso de ser empresario con un equipo de jardineros y su pick-up de último modelo.

Pero esto también tiene su lado más perverso y es que, para parte de esa sociedad, la culpa de que una persona no consiga vivir dignamente es suya, una individualización que eximiría de responsabilidad al propio sistema. Los factores externos quedarían en un segundo plano, lo que todavía otorga mayor valor a los esfuerzos por salir adelante. De esta forma, la educación alcanza un elevado significado, especialmente en un contexto donde el precio de una carrera es prohibitivo para una buena parte de la sociedad y el endeudamiento para costearse unos estudios es la única opción para no pocas personas. La lucha por la educación y la equidad no deja de ser una constante pero te da la impresión de que es una batalla que se desarrolla frente a fuerzas más poderosas y numerosas.

Comunidad y apego

También es una sociedad en la que el respeto a las normas es una obligación que va en sus valores. Es otra cuestión interesante, allí no parece existir el espacio para el chapurecismo, constatándose desde las normas de urbanidad y la conducción hasta la forma de trabajar, vinculada a esa ética de trabajo heredera del protestantismo.

Capaz de lo mejor y lo peor, la sociedad norteamericana puede mostrarte en un instante sus dos caras. Es un mundo que marca y te conquista

Pero nos encontramos con una sociedad muy individualista, especialmente en el sector caucásico europeo. Otro amigo mexicano realizaba su diagnóstico en ese sentido indicando que “aquí no hay tanto contacto, son muy individualistas, les cuesta relacionarse, no son como nosotros, que necesitamos más el contacto con la familia, con los amigos”. Y esa diferencia era muy explícita aunque también nos señalaban que “las segundas generaciones van adaptando cada vez más valores y formas de vivir de aquí, y también hay más desapego”.

Y ese individualismo no podría dejar de vincularse con una elevada competitividad. “Desde pequeños les enseñan a ser competitivos, a ser los primeros, los números uno, no te lo puedes imaginar”, me decía otro amigo mexicano. El sistema les lleva a ello, no cabe duda, con una serie de valores que están muy presentes e interiorizados y que encajan como un guante en esa ética del trabajo a la que hacíamos referencia. Cuando tuve la oportunidad de visitar algunas escuelas de Primaria me indicaron cómo, si no pasaban durante unos años una reválida (STAAR) serían cerradas. Obviamente, los colegios que tenían más dificultades para mantenerse eran los de los distritos más desfavorecidos, situación que se agravaba al depender una parte del presupuesto de las escuelas de los impuestos recaudados en los mismos. Y más dura era todavía la cuestión sanitaria, una situación de riesgo como me recordaba una amiga española que llevaba allí muchos años: “yo estuve muchos años sin seguro médico y, de verdad, tuve suerte porque nunca me pasó nada ni estuve enferma, pero de haberme pasado… no me quiero imaginar”. Y otro amigo indicaba que “el problema también es la prevención, porque no existe el control, mucha gente no puede ir al médico y, cuando van, igual ya han desarrollado una enfermedad grave”.

Con lo cual, regresamos a la desigualdad existente en numerosos sentidos. Es una sociedad tan de contrastes que puedes tener al lado a un defensor de Hillary Clinton y al otro al texano prototípico, arma incluida. Con una dualidad manifiesta, capaces de lo mejor y lo peor, la diversa sociedad norteamericana puede mostrarte en un instante sus dos caras. Es un mundo que marca y que te conquista en cierto sentido. Tres meses en Texas me permitieron ver parte de esas dos caras de la sociedad norteamericana, un mundo de contrastes, pero lo que también impresiona es que, aunque estemos inmersos en su cultura, que conozcamos tanto de ellos, el shock es muy grande, y más en un lugar tan especial como Texas. También te das cuenta de que, por mucho que haya formas y modelos que se están adaptando de allí, nos queda muchísimo camino todavía para llegar a su nivel. La sociabilidad presente en nuestras sociedades y la interiorización de determinados valores, especialmente los que generaron el Estado de Bienestar, hace complicado que pueda pasar, aunque se vaya avanzando hacia ello con el incremento del individualismo y la crisis secular de la socialdemocracia. Mientras tanto, muchas personas y colectivos de allí miran a Europa y demandan modelos como los nuestros, aunque lo tienen muy difícil y son conscientes de ello, pero no dejan de pelearlo.

*Sergio Andrés Cabello es profesor de Sociología en la Universidad de La Rioja. Su testimonio es resultado de haber pasado tres meses en una estancia de investigación en Estados Unidos.

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