¿EL FIN DE LA DESREGULACIÓN?

Papá Estado se queda con la vacuna del coronavirus: "No podíamos seguir así"

Todos quieren el abrazo protector y caluroso de Papá Estado en tiempos difíciles. Vuelve el Estado, sí, pero ¿qué Estado? Thomas Piketty y varios expertos más tratan de dar con una respuesta

Foto: Montaje: L. Martín.
Montaje: L. Martín.

Boris Johnson, primer ministro de Reino Unido (y enfermo por Covid-19): "Si algo ha demostrado el coronavirus es que la sociedad existe". Un 'tory' desmintiendo públicamente a Margaret Thatcher, que montó un credo bajo la frase "la sociedad no existe". Ver para creer.

Luis de Guindos, vicepresidente del Banco Central Europeo (BCE) y exministro de Economía, hace unos días: estoy a favor de “una renta mínima de emergencia”.

¿Pero qué está pasando? El coronavirus, claro, pero también el regreso del ESTADO con mayúsculas. Todos quieren el abrazo protector y caluroso de Papá Estado en tiempos difíciles. Vuelve el Estado, sí, pero ¿qué Estado?

“Economía de guerra”. “Un nuevo plan Marshall para Europa”. Todo el lenguaje remite ahora a 1946, al final de la II Guerra Mundial, los años de Keynes y el inicio del Estado del bienestar. En efecto, el actual contexto económico, negro como el carbón, parece propicio a la clásica reconstrucción keynesiana sobre ruinas. Muchos dicen querer volver al keynesianismo, pero un pequeño inconveniente se interpone entre nosotros y la edad de oro de la socialdemocracia: no estamos en 1946. La economía mundial poco tiene que ver. No hay locomotora fordista, no hay crecimiento sostenido, no hay inversión pública masiva como modelo económico. Sí hay dependencia de las finanzas desde la crisis del petróleo; y como correlato: pérdida de credibilidad de los partidos socialdemócratas. En la era de las finanzas, y por mucho que el neoliberalismo esté en crisis como discurso político, no basta con decir “todos somos keynesianos” para volver al capitalismo productivo de 1946.

Pero, entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos del regreso del Estado?

Estado-nación no significa hoy lo mismo que en 1946. Donald Trump ha sido vanguardia de la antiglobalización y la vuelta a los Estados fuertes, pero no a base de ampliar derechos sociales sino defendiendo un proteccionismo de corte nacionalista: muros contra la inmigración y guerra comercial contra China. Primero, los nuestros. Luego ya veremos. Entonces, ¿un Estado-nación fuerte hoy significa soberanismo pendenciero? Los consejeros económicos de Trump le llaman entre risas el Desregulador al Mando. ¿Estados fuertes desregulados? Pobre Keynes.

De China vienen aires hegemónicos por su contundente gestión del coronavirus tras encubrir durante semanas el brote. El discreto encanto de los Estados fortísimos. Derechos y mano dura. O el modelo de cobertura social con restricción de libertades que resuena ahora en Occidente. Y que bien podría degenerar. ¿Pandemia como coartada para sacar el látigo? Hungría aprobó ayer una ley que permite al ultraderechista Viktor Orbán alargar indefinidamente el estado de alarma por el coronavirus.

Vaya usted ahora a la puerta de un hospital público a defender su privatización... y verá lo que le pasa

El neoliberalismo como lenguaje hegemónico está en crisis. El mercado financiero sigue dominando la situación, pero el coronavirus ha golpeado duro al discurso desregulatorio neoliberal. Vaya usted ahora a la puerta de un hospital público a defender su privatización... y verá lo que le pasa. Aunque el neoliberalismo realmente existente siempre ha sido más de colonizar el Estado que de acabar con él, un ‘revival’ estatal focalizado en la salud pública no parece el mejor escenario para él.

Con todo, la Unión Europea se resiste de momento a las presiones del sur de Europa para dar una salida menos ortodoxa a esta crisis que a la anterior. El dogma de la austeridad cada vez tiene más grietas, pero ahora la cuestión principal es otra: la solidaridad. ¿Ayudarán los países del norte a economías fuertemente endeudadas como la española o italiana? ¿Aceptará Alemania mutualizar riesgos con los chicos rebeldes del Mediterráneo? ¿Dejará Países Bajos de ser el ‘poli malo’ de la UE?

Por ahora, no lo parece. De nuevo, primero los nuestros, como demostró Angela Merkel en su discurso a la nación (no mencionó ni una sola vez a Europa). Y en la respuesta económica, España tiene las de perder.

Piketty y la desglobalización

El historiador canadiense Quim Slobodian, autor de ‘Globalistas: el fin del Imperio y el nacimiento del neoliberalismo’, recuerda que el Estado siempre ha estado ahí, pero también las finanzas transnacionales. “Los Estados-nación nunca se fueron. Hasta ahora, la respuesta al coronavirus parece confirmar las tendencias existentes: el liderazgo político lleva su propio camino —priorizar la salud y la riqueza de sus propias poblaciones— mientras la clase financiera —concentrada alrededor de los bancos centrales— se coordina internacionalmente para evitar un mayor desplome económico”, señala Slobodian a El Confidencial. “Hasta ahora, no hay signos prometedores hacia una mayor cooperación a nivel internacional”, añade.

Slobodian vislumbra la batalla política que viene entre keynesianos, liberales, neoliberales y todos los demás. Porque la vuelta al Estado-nación también pone en duda el tablero económico mundial. ¿Qué va a pasar con la globalización y las cadenas de valor? Para algunos, como el economista francés Thomas Piketty, hay que dar un paso atrás. “Tenemos que luchar contra el nacionalismo con más federalismo social. El libre comercio y el flujo de capitales entre dos países no debe continuar si no se comparten objetivos sociales y un modelo de desarrollo basado en la equidad y la sostenibilidad”, explica Piketty a El Confidencial.

Para movernos en esta dirección es inevitable ir hacia una fase de desglobalización. Es decir, reducir el comercio y los flujos de capitales entre países. Tenemos que pasar de una globalización neoliberal a un federalismo social con la menor disrupción económica y caos posible. En cualquier caso, seguir como siempre no es una opción. Si no, el nacionalismo triunfará”, añade el economista francés.

En una línea parecida se mueve Kate Pickett, profesora de epidemiología de la Universidad de York, que ve en el coronavirus una oportunidad para afianzar los mecanismos de solidaridad global: “Como ocurrió durante la crisis financiera, será el contribuyente el que aporte ahora la red social y económica necesaria. Al contrario de lo que sucedió en 2008, necesitamos estar seguros de no volver a la normalidad; es decir, deberíamos implantar ayudas a largo plazo, como la renta básica universal, invertir en servicios públicos resistentes, y reconocer y fomentar nuestra conectividad social para promover nuestra salud y bienestar. Para evitar que el coronavirus aumente la desigualdad, hará falta mucho más que pagar los sueldos durante la pandemia”, añade Pickett, coautora de ‘Igualdad. Cómo las sociedades más igualitarias mejoran el bienestar colectivo’.

Slobodian, no obstante, rebaja el suflé del ‘revival’ keynesiano: “Lo que estamos viendo ahora parece una repetición de 2008: intervenciones estatales masivas para preservar el statu quo. El neoliberalismo, como dice el sociólogo Martijn Konings, funciona a base de rescates financieros. Es el mismo ciclo una y otra vez: socialización del riesgo y privatización del beneficio”.

Pero en tiempos de pandemias y confinamientos domésticos, Estado-nación es mucho más que redistribución. Más Estado puede significar también poderes especiales. La palabra "especial" no suena mal de primeras, pero no es lo mismo pasar un verano especial que vivir bajo poderes especiales...

Una pandemia 'to take back control'

"A lo largo de la historia, las pandemias han llevado a una expansión del poder del Estado", escribía la historiadora Anne Applebaum en su último artículo en 'The Atlantic'. Cuanto más temes por tu vida, más fuerte abrazas al Estado. En este caso, una pérdida de libertad sería un mal menor ante lo que viene: “Esas mismas medidas [contra las pandemias] fueron muy populares en el pasado. Los liberales, los libertarios, los demócratas y los amantes de la libertad de todo tipo no se deben engañar: esas medidas serán populares hoy también”, escribía Applebaum.

Gideon Rachman, uno de los analistas geopolíticos más influyentes del mundo, advertía en una reciente columna en el 'Financial Times' que es muy poco probable que la globalización vuelva a ser lo que era antes: “El Estado-nación está volviendo, impulsado por esta crisis sin precedentes”, escribía. En una entrevista reciente con El Confidencial, Rachman destacaba que la gente siempre se arrima al calor de los Estados tras un terremoto social. Por un motivo muy sencillo: pueden movilizar todo su poder mucho más rápido que cualquier organización internacional: “Cuando la gente está decepcionada y enfadada es más proclive a darse la vuelta, volver a su tribu y guarecerse en sus fronteras”.

Si algo ha puesto de manifiesto el coronavirus es que la efectividad del internacionalismo y las entidades supranacionales quizá solo existía en las cabezas de unos pocos. También que el Estado fuerte puede significar recortes de libertades a cambio de más seguridad. De nuevo, poderes especiales.

Poderes autocráticos... temporales

“Ahora vemos que todo lo que haga el Estado se puede convertir en un tema de vida o muerte para muchos. Su rol más fundamental siempre ha sido proveer seguridad y protección. Ahora volvemos a verlo en acción”, explica Ulrich Speck, analista de política exterior para el German Marshall Fund en Berlín, a este diario. “Al declarar el estado de emergencia, las libertades fundamentales quedan suspendidas. El estado democrático es más poderoso que nunca. Es tan poderoso como un estado autocrático”, recordaba Speck en un reciente hilo de Twitter.

Para otros, la reaparición del Estado no es ninguna sorpresa. "Cuando una sociedad padece una amenaza de orden extraordinario, ¿a quién vamos a dirigir nuestra mirada, sino al Estado?", se pregunta Manuel Arias Maldonado, autor del libro ‘Nostalgia del soberano’ y profesor de Ciencia Política en la universidad de Málaga. “La excepción [del coronavirus] pone en juego la soberanía y ésta, al menos hasta donde yo sé, sigue siendo nacional: son los Estados los que decretan la excepción y se dotan, por lo general con arreglo a mecanismos previstos en las distintas constituciones, de poderes especiales”.

“Recordemos la figura del 'custodes libertatis', el dictador temporal que durante un breve periodo de tiempo acumula el poder con el objetivo final de salvaguardar la república", continúa Arias Maldonado. "Incluso Hobbes contempla esta posibilidad, lo que por definición sugiere que su Leviatán conoce también una ‘normalidad’ muchos menos represiva de lo que solemos imaginárnosla”, apunta el ensayista español. “En último término, lo que originariamente dijo Keynes acerca del papel económico del Estado en las crisis vale también para el aspecto político de éstas: es el momento en que el Estado debe asumir un papel protagonista, sin que ello implique que haya de tenerlo también en periodos de normalidad”.

Viktor Orbán. (Reuters)
Viktor Orbán. (Reuters)

Efectivamente. El riesgo es que, como deja entrever Arias Maldonado, esos poderes especiales se usen como excusa para asestar un golpe mortal a la democracia liberal. Un ejemplo podría ser Viktor Orbán. El primer ministro húngaro ha acumulado poderes casi dictatoriales gracias a la promulgación de una ley especial que confirma el estado de emergencia hasta 2021. Podrá legislar a golpe de decreto.

“En una época normal, la oposición húngara nunca apoyaría una transferencia de poderes tan evidente”, recordaba Applebaum en su artículo. “Pero en estos momentos, cualquiera que normalmente se opusiese, prefiere callarse: ‘Todos los sistemas de alerta se han desconectado’, me dijo Péter Krekó, un analista húngaro. En un momento de creciente miedo, me contó, nadie quiere verse visto como un antipatriota, como si de alguna manera estuviera dañando la salud y la seguridad de los húngaros. Todo el mundo quiere creer en la bondad primaria de la nación y del Estado”.

¿Qué otra opción tenemos?

Cuando se les pregunta a los distintos expertos consultados por el mayor cambio político que podría traer el coronavirus a nuestras sociedades, en la mayoría, pese a todo, reluce el optimismo. “Creo que la gente va a descubrir el valor de la solidaridad. Se le está pidiendo a la gente que se olvide de sus intereses personales en nombre de una comunidad más amplia”, afirma Speck. “Esto podría conducirnos a una solidaridad global: el reconocimiento de que estamos en esta crisis todos juntos y solo la podremos superar ayudándonos”.

Por su parte, Arias Maldonado confía en que la repentina percepción de nuestra vulnerabilidad como especie biológica, amenazada por un virus que no distingue entre pasaportes, "sirva dar un nuevo sentido a la categoría política de la ‘humanidad’". “Frente a las políticas de la diferencia, el coronavirus subraya aquello que es igual para todos: algo de eso necesitamos para dar impulso a las políticas del Antropoceno”.

Otros, como Slobodian, consideran que la respuesta económica de países como Estados Unidos o Reino Unido tiene dos lecturas: “Su disposición a involucrarse en proyectos masivos de gasto estatal, para lidiar con el cataclismo económico a corto plazo provocado por el necesario confinamiento, abre nuevas vías políticas con escenarios completamente abiertos: las intervenciones estatales pueden llevar a una legitimación de las democracias sociales fuertes propuestas por políticos como Jeremy Corbyn y Bernie Sanders, vistos antes como radicales”, apunta. “Pero también podrían acelerar la concentración de la riqueza sobre las grandes corporaciones”.

Sí, consecuencias bastante felices para un escenario que pinta tan negro. Pero a falta de saber si el coronavirus aumentará la solidaridad global, acabará con el tribalismo o traerá una inversión masiva, una cosa parece clara: vuelve Papá Estado. O, como aseveraba Emmanuel Macron el 16 de marzo en un discurso que ya han imitado otros líderes políticos, estamos en guerra. Pero pase lo que pase, "la nación protegerá a sus hijos".

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