AUNQUE CADA VEZ TIENE MENOS VISITAS

Puigdemont y sus apóstoles hartan a los vecinos de Waterloo: "Ojalá se vaya pronto"

Un año y medio después de que se instalara en una zona de clase alta de la localidad belga, los vecinos empiezan a preguntarse si algún día volverá la calma a su tranquilo barrio

Foto: Carles Puigdemont, en el balcón de su casa, en un acto político el año pasado. (Reuters)
Carles Puigdemont, en el balcón de su casa, en un acto político el año pasado. (Reuters)

"A ese tipo no le quieren aquí", advierte Álex cada vez que le preguntan por Carles Puigdemont. Este ecuatoriano abrió una gasolinera en Waterloo hace año y medio, en las mismas fechas en que Puigdemont se instaló en este pequeño pueblo a 25 de kilómetros de Bruselas, huyendo de la Justicia española. Álex, cuyo negocio custodia las entradas y salidas de Waterloo, sabe bien de lo que habla.

En la Rue de l’Avocat, a un par de números del chalé de uno de los hombres más odiados de España, Bernard* charla con sus dos hijos veinteañeros. Al escuchar el nombre de Puigdemont, resopla, da dos pasos al frente y señala la mansión donde reside el político catalán: “Ayer hicieron una fiesta y tenían las banderas izadas. Si te digo la verdad, cada vez estamos más hartos. No por Puigdemont, a quien vemos muy poco, sino por todos sus seguidores que se acercan hasta aquí”, explica con los brazos en jarra. Sus hijos, quienes aprovechan el domingo por la tarde para limpiar sus motos, se incorporan y asienten.

Sin saberlo, Bernard se refiere a la última 'cumbre' del independentismo que tuvo lugar este sábado en la 'Casa de la República'. En sus horas más bajas —no ha conseguido ser eurodiputado al no recoger el acta en España—, Puigdemont organizó una paella con su círculo de fieles. Entre los invitados estaban la periodista Pilar Rahola, el diputado de Bildu Jon Inarritu, el rapero —y también fugado de la Justicia— Valtònyc o los 'exconsellers' Toni Comín y Lluís Puig, entre otros. “12 apóstoles conjurando una paella en tierras de Tintín”, escribió Rahola en Instagram.

Ver esta publicación en Instagram

Complicitat Amistat Lluita Llibertat Catalunya

Una publicación compartida de Pilar Rahola. (@pilar_rahola) el

Dinero y silencio

En Waterloo, hay dos cosas que están por todos lados: el dinero y el silencio. Es una ciudad dormitorio de 30.000 habitantes donde altos funcionarios o diplomáticos disfrutan de enormes casas con jardín lejos de Bruselas. Los productos que vende Álex en su gasolinera son una muestra del perfil medio de cliente: una botella de un litro de zumo natural cuesta siete euros, hay botellas de whisky por 50 y botellas de champán por 100.

La casa de Carles Puigdemont, en un nublado domingo de agosto. (C. B.)
La casa de Carles Puigdemont, en un nublado domingo de agosto. (C. B.)

El barrio está diseñado para que los días avancen sin que ocurra nada. Una mujer pasea su perro en la explanada que comparten Puigdemont y Bernard en frente de sus casas. Los coches están aparcados fuera del garaje y tampoco se ven muchas rejas en las casas, que prefieren delimitar su perímetro con cuidados setos. “Es todo muy tranquilo, por eso nos vinimos aquí hace 20 años”, cuenta Bernard, uno de los pocos del barrio que no se han ido de vacaciones en agosto.

Él, como todos sus vecinos, ha sido víctima colateral de un giro brusco en la historia de España. Puigdemont, acusado de delitos de malversación, sedición y rebelión por los hechos relacionados con el referéndum ilegal del 1 de octubre de 2017, huyó de España para evitar el mismo destino que Oriol Junqueras: la cárcel. Tras varios meses de hotel en hotel, el prófugo de la Justicia se instaló en febrero de 2018 en la Rue de l’Avocat 34 en Waterloo, en una mansión de 550 metros cuadrados cuyo alquiler asciende a 4.400 euros al mes.

Desde entonces, Puigdemont ha convertido la 'Casa de la República' en la base de operaciones del secesionismo catalán en el exterior… y en su Meca particular. Un goteo constante de fieles independentistas acude a Waterloo a visitar al ‘expresident’. Algunos fines de semana, los vecinos observan cómo 50 adultos se bajan del autobús con un lazo amarillo en el pecho y se apostan a unos metros de su casa, a esperar que Puigdemont salga. El jaleo está asegurado.

“Imagínate que te compras una casa en el barrio y, de un día para otro y sin avisarte, llega un personaje público que recibe todos los días visitas de seguidores, representantes, hordas de periodistas”, se lamenta Bernard, quien insiste una y otra vez en que el resto de vecinos están igual de “hartos” que él.

Pero no todos en Waterloo odian a Puigdemont. De hecho, los dueños de las cafeterías del centro del pueblo están felices con su llegada. O, más bien, con los catalanes independentistas que vienen a saludarle y se comen una hamburguesa después en el pueblo. Una joven camarera belga, que no sabe quién es Puigdemont, reconoce que en el último año ha aprendido a diferenciar a los catalanes del resto de los españoles.

Cada vez vienen menos catalanes

Unos minutos después, Lola y Xavier se levantan de su mesa y se acercan a la barra a pagar a la camarera. Esta pareja de barceloneses ha venido a Bruselas de vacaciones y ha aprovechado para visitar Waterloo y ver el museo de Tintín. “Es genial”, dice Lola, mientras paga dos capuchinos con su tarjeta de crédito. “Además, ya que estábamos aquí, hemos pensado que por qué no le hacíamos una visita al 'president”.

Pero la visita ha sido un fracaso. Puigdemont, a quien votaron en su día, no estaba: “El guardia de seguridad nos ha dicho que el ‘president’ se había ido justo hace 15 minutos”, asegura la mujer con cierta indiferencia.

En la oficina de turismo de Waterloo, situada enfrente de la cafetería, también están acostumbrados a recibir las visitas de catalanes. Tanto, que tienen el discurso preparado cada vez que alguien les pregunta por Puigdemont: “Lo siento, no puedo darle su dirección… Pero la puede buscar en internet”.

El verano pasado, la oficina llegó a tener fotocopias con la foto de Puigdemont y su dirección postal ante la inmensa cantidad de turistas 'políticos' que venían a Waterloo. “Nuestro jefe nos lo prohibió”, detalla la mujer que trabaja en la oficina este domingo de verano. Acto seguido, reconoce que cada vez aparecen menos independentistas.

Pero a los vecinos de Puigdemont les importa muy poco lo que diga la oficina de turismo. El mayor de los dos hijos de Bernard recuerda el día en que otros vecinos llamaron a la policía porque un grupo de catalanes estaban gritando a Puigdemont para que saliera a saludarles. La policía fue y les dijo a los vecinos que no podía hacer nada.

La pradera que comparten Bernard, Puigdemont y otros vecinos. La casa del 'expresident' está a la derecha. (C. B)
La pradera que comparten Bernard, Puigdemont y otros vecinos. La casa del 'expresident' está a la derecha. (C. B)

Por eso, la pregunta relevante para ellos no es si vienen más o menos turistas —aproximadamente los mismos, según ellos— sino por qué Puigdemont decidió establecerse en este barrio de Waterloo. En su libro ‘La crisis catalana. Una oportunidad perdida’, Puigdemont se defiende de las críticas justificando la casa como el lugar idóneo para poder trabajar y escribir tranquilo.

Pero a Bernard no le convence la respuesta. “Si quería un lugar tranquilo, ¿por qué no se ha ido a uno de los miles de barrios de Flandes? Allí le apoyan, aquí nadie. Los belgas detestamos el independentismo. Si no, ¿en qué quedaría Europa?”, se pregunta retóricamente. “Imagino que ha venido aquí porque no habla neerlandés”, añade, tras un silencio.

La misteriosa bandera de España

La bandera de España del misterioso vecino... que es italiano. (C. B.)
La bandera de España del misterioso vecino... que es italiano. (C. B.)

El propio Bernard, buscando más pruebas de las molestias que genera Puigdemont en el barrio, cita el episodio de un misterioso vecino que desplegó una bandera de España cuando el 'expresident' se instaló hace año y medio: “Al principio pensamos que era español, pero hace un mes me contaron que no lo es…”, sonríe, sin explicar nada más.

Tras la curva, entre chalés unifamiliares y céspedes muy bien cuidados, se ve la casa con la bandera de España desplegada en la ventana del segundo piso. Nadie responde al sonido del timbre. A unos metros del inmueble del 'vecino misterioso', una pareja de ancianos está podando los arbustos de su casa, pero ninguno responde a las preguntas. Ella se mete dentro de la casa y al rato sale su hijo, quien se disculpa. Sus padres son armenios y no hablan ni inglés ni francés: “La casa de la bandera española es de un vecino italiano”, contesta parcamente.

Se está haciendo tarde y los hijos de Bernard se van a dar un paseo en moto. Bernard les da un beso a los dos. ¿Cree que algún día volverá el silencio a Waterloo? "Los vecinos esperamos que se vaya pronto de Waterloo. Ahora hay un nuevo rumor en el barrio que dice que Puigdemont va a continuar su exilio en Asia. Ojalá", responde Bernard.

"Mira, ahí van otros", interrumpe uno de sus hijos con el casco puesto. Un hombre y una mujer se bajan de un Peugeot y se acercan a la puerta de la casa de Puigdemont. No ven a nadie. Intentan bordearla, pero no se atreven a saltar el cordón de seguridad. Sale un hombre de una caseta adyacente y les explica que Puigdemont no está. El hombre y la mujer se hacen varios selfis.

Venga, ya os podéis montar en el avión de vuelta. Ya os habéis hecho 2.000 kilómetros para una foto delante de una casa”, ironiza el hijo menor de Bernard.

*Bernard es un nombre ficticio a petición del vecino de Puigdemont.

Europa

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
52 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios