LAS OTRAS CRISIS QUE ACECHAN A LA UE

Más que el Brexit: la UE del futuro afronta retos mucho más graves

La remontada nacionalista, la reforma de la Eurozona o la protección del Estado de derecho en la UE son algunos de los retos que Europa deberá afrontar en los próximos 5 años

Foto: Bandera europea en una manifestación en Roma. (Reuters)
Bandera europea en una manifestación en Roma. (Reuters)

El lunes por la mañana Bruselas despierta con una espesa capa de niebla que impide ver con claridad el final de la calle. Parece una alegoría: la tremenda incertidumbre del Brexit impide ver el escenario que se dibujará al final de la semana: una extensión larga de un año, un Brexit sin acuerdo o ninguna de estas dos opciones.

Mientras en la capital comunitaria todo gira alrededor del Brexit y cómo salir de ese laberinto, en Milán el líder de la xenófoba Lega y viceprimer ministro italiano, Matteo Salvini, reúne a un puñado de partidos euroescépticos para presentar una campaña común para las elecciones europeas. No están todos los que el italiano desearía, pero es una llamada de atención: el resto de Europa se mueve.

La Unión Europea afronta riesgos más graves que el Brexit, y la reunión organizada por Salvini el lunes, siendo un pinchazo en el que faltaron algunos de los hermanos mayores de la familia euroescéptica europea, como es el Ley y Justicia polaco (PiS) o el partido de Viktor Orbán, es solo una muestra de ello.

En la capital comunitaria lo saben, y esa es una de las razones por las que no apetece prolongar mucho la agonía del Brexit. Sin embargo, ya sin muchas alternativas, el proceso parece condenado a continuar unos cuantos meses más, si no llega al año de prórroga. Pero la UE tiene problemas mucho más graves, sistémicos, que le atacan desde dentro, y hay urgencia por abordarlos.

Reunión de líderes nacionalistas en Milán. (Reuters)
Reunión de líderes nacionalistas en Milán. (Reuters)

Remontada nacionalista

El primer problema es el que estaba representado este lunes en Milán por Salvini: el crecimiento electoral de los populismos nacionalistas que tienen en su oposición al proyecto europeo una de sus prioridades. Está estrictamente ligado a otro de los riesgos que afronta la UE, que es la crisis migratoria que ha dado el pistoletazo de salida a las política identitarias.

Es cierto que el discurso ha cambiado, y que ya no hablan de destruir la Unión Europea sino de cambiar su dirección, pero forma parte de una tendencia más amplia: mantener la apariencia de que las instituciones siguen funcionando para, de forma efectiva, hacerlas inservibles, vaciarlas por dentro. Que los eurófobos no hablen ya abiertamente de destruir el proyecto europeo no significa que no tengan intención de romperlo desde dentro, porque es justo lo que buscan.

Sus objetivos reales son claros: arrancar competencias a Bruselas para devolverlas a las capitales. En esto, curiosamente, coinciden con algunos gobiernos no nacionalistas, pero que se han apuntado a la moda de “descentralizar Europa”. Salvini ha reforzado en los últimos meses el discurso contra lo que denomina “burócratas” de la UE.

La realidad es que la Unión Europea no funciona únicamente a través de funcionarios europeos no electos democráticamente, de hecho ellos no suelen hacer nada sin el mandato previo de los propios Estados miembros, que son, en realidad, el corazón de la UE.

Sin embargo, el discurso iniciado por Orbán, señalando que la verdadera Europa es la que él encarna, identitaria, conservadora y cristiana, es una narrativa que está ganando adeptos en la política europea. Ya no se trata de destruir la UE, sino de ver cual es el verdadero proyecto europeo: si el que hasta ahora ha estado teniendo lugar, o el que defienden los nuevos líderes euroescépticos, el de la Europa de las naciones.

Si el segundo prevalece la UE se irá diluyendo poco a poco. No será cuestión de un día, sino de un proceso largo. Tampoco hace falta una victoria electoral en los comicios europeos para ello: ese proceso ya está en marcha en la medida en que estas fuerzas llegan a gobiernos europeos y entran en el Consejo de la UE.

Viktor Orbán en el acto de lanzamiento de campaña europea en Budapest. (Reuters)
Viktor Orbán en el acto de lanzamiento de campaña europea en Budapest. (Reuters)

Reforma de la Eurozona

Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, aseguró en 2017 que se estaba viviendo un buen momento económico. Después de muchos años de intensa tormenta se volvía a ver el cielo. Era el momento de arreglar el tejado de la casa de la Eurozona, ahora que hacía sol, sin esperar a la próxima tormenta.

Porque sí, la zona euro tiene importantes agujeros en su tejado. Y el problema es que han pasado muchos meses, no se han hecho las suficientes cosas y la economía de la Eurozona se está enfriando mientras la estructura está todavía andamiada: sin acuerdos a la vista y con los pocos puntos en común que se han alcanzado rozando los mínimos estándares.

El debate de un presupuesto de la Eurozona está todavía en un estado embrionario y no tiene pinta de que se logren grandes progresos antes de junio, cuando los líderes pidieron que el Eurogrupo informara de los progresos. Países Bajos y un grupo de Estados miembros ortodoxos obligaron a que este instrumento presupuestario no sirviera para la estabilización, impidiendo que se pueda usar para ayudar a países que hayan sufrido un determinado 'shock', de forma que se pueda evitar la desestabilización de la Eurozona.

El caso de la reforma de la zona euro, sabiendo que es clave tras las experiencias de la crisis de deuda soberana, es solo un ejemplo. También está el de la creación de un Fondo de Garantía de Depósitos (EDIS) necesario para completar la Unión Bancaria y que sigue bloqueado y con respiración asistida.

Todo se engloba en un debate más amplio, el del equilibrio entre reducción de riesgos y mutualización de los mismos. Los más ortodoxos dicen que antes de compartir ningún tipo de riesgos antes hay que reducirlos, algo que se ha aceptado por parte de todos los países como demuestra la reducción de la presencia de créditos morosos en las cuentas de los bancos. Sin embargo, la mutualización parece llevar un camino mucho más lento.

Mário Centeno, presidente del Eurogrupo. (Reuters)
Mário Centeno, presidente del Eurogrupo. (Reuters)

Crisis migratoria

Europa todavía no se ha recuperado de la crisis migratoria de 2015 y no se recuperará en muchos años. Aquello comenzó un terremoto político que hoy tiene a muchos líderes nacional-populistas al frente de Gobiernos nacionales.

La UE necesita una forma de lidiar con la migración que no consista en soluciones de emergencia, como viene siendo desde hace tiempo. Cualquier consenso sobre un sistema común para el reparto de migrantes que llegan a las costas europeas está roto, y no hay perspectivas de una actualización del llamado sistema de Dublín para la racionalización de peticiones de asilo.

Cuando la siguiente crisis migratoria llegue, porque llegará, la Unión Europea tendrá que estar lista si no quiere que se repitan las imágenes de 2015 y el consiguiente terremoto político, más allá de todo el goteo de rescates, hundimientos e imágenes dramáticas que han ocurrido desde entonces. No hay ningún acuerdo a la vista que permita tener la esperanza de que en el futuro se puedan gestionar las crisis migratorias de otra manera que no sea con las medidas de urgencia que puedan aplicar los países de primera línea, mientras que una buena parte de los países del norte y centro de Europa tratan de desentenderse del problema.

Una buena muestra del bloqueo que se vive lo representa la operación naval Sofía. Prorrogada otro medio año, esta misión tiene como objetivo luchar contra las mafias migratorias en el Mediterráneo central. El único problema es que se ha quedado sin barcos. Los Estados miembros han decidido aprobar una “suspensión temporal” de la participación de los barcos que hasta ahora formaban parte de la misión. Una operación para salvar vidas en el mar… pero sin barcos.

Rescate de migrantes en el Mediterráneo. (Reuters)
Rescate de migrantes en el Mediterráneo. (Reuters)

El Estado de derecho

Seguramente el problema más grave que afronta la UE sea el ataque al Estado de derecho. No son pocos los países que en Europa están planteando un reto fundamental, que es del tratar de acabar con algunos elementos básicos de los valores europeos, como la protección de libertades individuales, la independencia de medios de comunicación o la separación de poderes.

Hay dos países que claramente están marcando este camino, que son Polonia y Hungría. El artículo 7 de los Tratados de la UE, un botón nuclear para activarlo contra los países que violan los valores básicos, como la separación de poderes, ha sido ya utilizado contra Varsovia y Budapest por sus derivas autoritarias. A estos se unen otros países como Rumanía, que claramente está dando marcha atrás en sus reformas contra la corrupción y para proteger la independencia judicial.

Dos periodistas han sido asesinados en Malta y Eslovaquia por sus investigaciones respecto a la corrupción relacionada con los respectivos gobiernos y la Eurocámara ha alertado de que no se está haciendo lo suficiente por esclarecer los casos.

El artículo 7 no es suficiente para frenar esta deriva que se da en un buen puñado de países, y eso provoca que la UE tenga dentro una serie de miembros que actúan en contra de sus valores más básicos sin ninguna herramienta para frenarlos. Hay un grupo de Estados miembros, como son Alemania, Bélgica, Francia o España, que están preocupados con esta situación, y recientemente los gobiernos alemán y belga lanzaron una iniciativa para la protección del Estado de derecho en el club comunitario.

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