TRAS LA FIRMA DEL ACUERDO CON ITALIA

Una UE agrietada trata de mostrarse unida ante la amenaza china

Roma rompió la desconfianza general de la UE hacia China uniéndose a un proyecto de inversión que levanta muchas sospechas en el resto del continente

Foto: Líderes de Francia, Alemania y la Comisión Europea se reúnen con el mandatario chino en París. (EFE)
Líderes de Francia, Alemania y la Comisión Europea se reúnen con el mandatario chino en París. (EFE)

A Xi Jinping le pusieron una alfombra roja en Roma la semana pasada y otra en París este lunes y martes. Pero al final de la que le pusieron en la capital italiana había un acuerdo para unir al país transalpino al ambicioso proyecto chino de la Nueva Ruta de la Seda, y al final de la alfombra francesa le esperaba una postura mucho menos amable.

Roma rompió la desconfianza general de la UE hacia China uniéndose a un proyecto de inversión que levanta muchas sospechas en el resto del continente y que, según los expertos, traerá pocos beneficios a Italia, pero muchas obligaciones y ataduras con Pekín. Heiko Mass, ministros de Asuntos Exteriores alemán, no tardó en sacar el látigo contra el Gobierno italiano: “En un mundo con gigantes como China, Rusia o nuestros socios en Estados Unidos, solo podemos sobrevivir si estamos unidos como Unión Europea”.

Los palos no solo llovieron a Roma desde las capitales. En la Comisión Europea también hay cierta molestia, y esta la expresó Günther H. Oettinger, comisario de Presupuesto del Ejecutivo comunitario, que en los últimos días planteó la posibilidad de que la UE tenga una capacidad de veto sobre proyectos en Estados miembros que pueden poner en aprietos al resto del club.

“La expansión de los vínculos de transporte entre Europa y Asia son per se una cosa positiva, siempre y cuando la soberanía y autonomía de Europa no se ponga en riesgo”, aseguró este domingo Oettinger, añadiendo que veía “con preocupación que en Italia y en otros países europeas las infraestructuras de una importancia estratégica como las redes de energía, las líneas ferroviarias de alta velocidad o los puertos no estén en manos europeas sino chinas”.

En París el recibimiento ha sido con todos los honores pero con un tono muy distinto al que hubo en Roma. Hoy Jinping ha tenido que verse no solo con su anfitrión Emmanuel Macron, sino con Angela Merkel, canciller alemana, y con Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea. Y entre los tres líderes europeos han intentado poner en marcha una ecuación difícil: no confían en Pekín pero necesitan a China, y ahí deben encontrar un equilibrio que es clave para la Unión Europea.

Jinping (izquierda), junto a Macron (centro) y Merkel (derecha). (EFE)
Jinping (izquierda), junto a Macron (centro) y Merkel (derecha). (EFE)

Angela Merkel ha querido destacar que durante la próxima presidencia alemana del Consejo de la Unión Europea las relaciones con China serán una de las prioridades y Berlín organizará una cumbre de los Veintisiete con los socios asiáticos.

“Ninguno de nosotros es ingenuo, pero respetamos a China y estamos decididos a mantener el diálogo y la cooperación”, ha asegurado Macron, que ha señalado, como también lo ha hecho Merkel, el principal punto de colaboración con Pekín: el sistema multilateral: “Ningún país, por potente que sea, puede redefinir solo las reglas del juego multilateral”.

El escepticismo con el que se ha acogido a Jinping en la capital francesa no ha evitado que Emmanuel Macron, presidente galo, haya cerrado un acuerdo de 40.000 millones de euros con el mandatario chino. La diferencia con Roma es que no ha entrado en el programa asiático que muchos consideran que no se limita a la inversión, sino que va mucho más allá de lo económico.

Pero Italia, con problemas inmensos de inversión, mira hacia Pekín no solo porque necesite el dinero chino, sino también porque no tiene ningún tipo de interés por mantener la unidad europea en este punto, mientras países como España, muy cercanos a China, han decidido mantenerse lejos de la “Nueva Ruta de la Seda” para evitar seguir agrietando la postura de la UE. Pero muchas voces instan a Berlín y a París a poner en marcha programas de inversión que no lancen a aquellos países que la necesitan a los brazos de los pocos que la ofrecen.

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