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¿Qué pasa por la cabeza de Vladímir Putin? "Él no razona necesariamente como nosotros"
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ENTREVISTA A MICHEL ELTCHANINOFF

¿Qué pasa por la cabeza de Vladímir Putin? "Él no razona necesariamente como nosotros"

Michel Eltchaninoff —cuyos abuelos huyeron de Rusia tras la revolución de 1917— lleva a cabo una indagación casi arqueológica sobre los orígenes del putinismo en su libro 'En la cabeza de Vladímir Putin'

Foto: Michel Eltchaninoff, autor de 'En la cabeza de Putin'. (Manon Jalibert)
Michel Eltchaninoff, autor de 'En la cabeza de Putin'. (Manon Jalibert)
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Cuando el pasado 24 de febrero el presidente de Rusia ordenó a sus tropas invadir Ucrania, rompió los esquemas de kremlinólogos, expertos militares y analistas financieros. La decisión no parecía —y no parece a día de hoy— tener ningún beneficio obvio para Rusia. ¿Qué pasa, entonces, por la mente de Vladímir Putin? ¿En qué pensaba cuando dio la orden? ¿Qué espera conseguir con esta guerra? Un primer paso fundamental para tratar de entender al líder ruso es acercarse a las fuentes de sus ideas. Así lo hizo el francés Michel Eltchaninoff —editor jefe de la revista 'Philosophie Magazine' y especialista en historia del pensamiento ruso— en su libro 'En la cabeza de Vladímir Putin' (Librooks), una indagación casi arqueológica sobre los orígenes del putinismo a través de sus autores de cabecera.

La selección la hizo el propio Putin. Fue en el Año Nuevo de 2014, unas semanas antes de la anexión de Crimea, cuando altos funcionarios de la Administración rusa, gobernadores regionales y miembros del Partido Rusia Unida recibieron un inesperado obsequio de parte de su presidente. Un paquete con las obras clave de Iván Ilyin, Nikolái Berdiáev y Vladímir Soloviov, todos filósofos rusos de los siglos XIX y XX. Siguiendo la pista de aquel regalo, Eltchaninoff —cuyos abuelos huyeron de Rusia tras la revolución de 1917— ha acudido a los textos originales para arrojar algo de luz sobre el pensamiento del hombre más indescifrable del mundo.

PREGUNTA. Usted dice en el libro que Putin se considera a sí mismo un historiador, un filósofo. ¿Por qué Putin, quien lleva años proyectando una imagen de hombre de acción, espía y judoka, se convierte o intenta convertirse en un intelectual?

RESPUESTA. Cuando Vladímir Putin llegó al poder, anunció que no quería más ideologías. Dijo: ‘Hemos vivido durante 70 años bajo el comunismo, con una ideología en la que nadie creía’. Al principio jugó mucho con su imagen de deportista, joven, activo, pero también pragmático. Y, poco a poco, a partir de 2003 y 2004, comienza a enviar señales ideológicas tanto a los rusos como al mundo entero, porque empieza a creer que Occidente está presionando a Rusia. La Revolución de las Rosas en Georgia en 2003, la Revolución Naranja en Ucrania en 2004, la adhesión de los países bálticos (Lituania, Letonia, Estonia), para la Unión Europea y a la OTAN son interpretadas por Putin como un intento de Occidente para debilitar a Rusia. En ese momento necesitó filósofos, citas de filósofos —él no escribe sus discursos, en todo caso— para desplegar una visión de Rusia asediada, atacada desde el exterior. De ahí saca las bases intelectuales para construir un discurso que diga a los rusos: ‘Cuidado, nos están atacando y nos estamos defendiendo’.

En los últimos años, además, sobre todo desde 2019, Putin se toma a sí mismo por un historiador y le gusta demostrar que hace ese trabajo historiográfico ante otros líderes. ¿Por qué? Porque quiere escribir una nueva página en la historia de Rusia. Pretende encarnar la página postsoviética, el retorno del orgullo ruso. Y para ello necesita anclar su discurso en la historia y la cultura de su país.

Foto: El ex primer ministro finlandés Alexander Stubb. (Reuters/Vincent Kessier)

P. Más que de una revolución, usted habla de una creciente osadía de Putin a la hora para expresar sus ideas, que ya existían desde antes. ¿Qué papel juega en su pensamiento el sentimiento de humillación por parte de Occidente?

R. Hay que entender que en los primeros años de su primer mandato hay un discurso bastante conciliador hacia Europa Occidental y Estados Unidos. Está en la fase de observación, pero, de hecho, la humillación empieza antes. Comenzó con la caída de la Unión Soviética, cuando era agente del KGB en Dresde, Alemania, y temía las manifestaciones contra la Stasi, contra el KGB. Y luego, en 1999, justo antes de que llegara al poder, algo que realmente le afectó fue el bombardeo de la OTAN en Serbia a causa de Kosovo. Ya tenía ese sentimiento de pérdida del gran Imperio soviético y de la agresión de Occidente que consideraba ilegítima.

Durante los primeros años, pretendió ser liberal, pero su profunda convicción de que Occidente es un enemigo y quiere debilitar a Rusia ya estaba ahí. La humillación es personal, sin duda, pero Putin la convirtió en una herramienta de psicología política al inculcar ese sentimiento de humillación en la sociedad rusa. Fue ensamblando ladrillos para construir una visión del mundo en la que los rusos habían sido asediados por Occidente desde hace siglos. En uno de sus discursos, afirma que, desde el siglo XVIII, Occidente está acorralando a Rusia en una esquina. ‘Nos impide ser nosotros mismos, nos impide ser un imperio, nos impide ser un gran país’. Esa es la base del putinismo.

P. El pensador Iván Ilyín (1883-1954) soñaba con una dictadura democrática para la que hacía falta un guía, un líder. ¿Putin se encontró a sí mismo leyendo a este filósofo?

R. Sí, hubo un efecto de reconocimiento. Creo que, cuando leyó por primera vez a Ilyín, a través del cineasta Nikita Mijalkov, hubo un efecto de asombro incluso. Cuando uno lee a Ilyín, y yo lo he hecho en ruso, encuentra una descripción real de lo que debe ser un líder en la Rusia poscomunista. Y hay una visión muy concreta de lo que sería una democracia en Rusia. No una democracia basada en reglas de derecho o en la alternancia democrática como en Occidente, sino en la idea de construir una figura que entusiasme a su pueblo, que sea aclamada por él y que finalmente encarne el destino de Rusia. Es una suerte de democracia por aclamación que le permitiría permanecer en el poder durante mucho tiempo, y una negación de la democracia que obedece a las normas que conocemos en Occidente. No hay una oposición independiente, no hay debate democrático, a veces hay fraude electoral. Pero Putin quiso basar su acción en el apoyo del pueblo ruso a este gran mensaje del retorno de Rusia.

Foto: Patrulla en Dnipro. (EFE/Stanislav Kozliuk)

P. Habla del entusiasmo del pueblo ruso y pienso en las últimas encuestas, que dan una aprobación de Putin del 83%. En enero era el 69%.

R. Cuando Putin se anexionó Crimea en 2014, logró ese efecto de entusiasmo general. Cerca del 90% de los rusos le apoyaron. Hoy es un poco más difícil de medir porque, justo antes de que empezara la guerra, la opinión había bajado al 65% y en parte por la idea de una guerra. Porque es una guerra contra Ucrania, contra un pueblo cercano, cultural y lingüísticamente. La sociedad rusa también estaba cansada de las sanciones y de las penurias de la vida económica y social. El entusiasmo había desaparecido y es obvio que Putin quiere recuperar este apoyo casi total a su guerra. Las últimas encuestas muestran que hay una aprobación general. Una gran parte de la población, que ve los canales oficiales, que ya no escucha a la oposición, es permeable al discurso del Kremlin.

Pero también es difícil medir con exactitud el grado de apoyo de la población por varias razones. En primer lugar, porque los institutos de sondeo que realizan hoy en día las encuestas están muy a menudo vinculados al Gobierno. Y, además, desde que el Parlamento ruso criminalizó las noticias falsas sobre la guerra, aquellos que quieren manifestarse contra la guerra son detenidos y se arriesgan a pasar entre tres y 15 años en prisión. Hay un arsenal represivo muy fuerte que provoca miedo a decir que se está en contra de la guerra. No obstante y aunque haya que leer los sondeos con cuidado, tiene el apoyo de una parte de la población, es evidente.

P. En el libro detalla que los pilares de la mente de Putin son el neosovietismo, la eslavofilia, el eurasianismo y el conservadurismo. ¿Hay alguno predominante que podamos identificar como su ideología? ¿Cómo afectan estas ideas a sus decisiones?

R. Depende del momento, aunque hay puntos comunes como la hostilidad hacia Occidente; la idea de que la gran confrontación de civilizaciones debe tener lugar un día y que un día Rusia deberá enfrentarse directamente a la civilización decadente de la teoría de género, del matrimonio homosexual, etc. Pero también tiene elementos diferentes y creo que Putin utiliza cada uno cuando lo necesita. Cuando quiera hacer daño a Europa, convocará al conservadurismo diciendo: ‘Pero mirad las discusiones europeas sobre la teoría de género, la cultura de la cancelación… Es la decadencia total’. Cuando quiera demostrar que Rusia no tiene un destino europeo, sino que debe aliarse con China, utiliza el eurasianismo. Cuando invoca la imagen de la Segunda Guerra Mundial, está usando la mitología soviética, el sacrificio del hombre ruso, por una gran idea, por su patria. Y luego, cuando quiere demostrar que Occidente es un enemigo por naturaleza, rescata el eslavofilismo, es decir, que el camino civilizatorio de Rusia no puede ser el mismo que el de Occidente.

Es una ideología de geometría variable y, desde el comienzo de la guerra contra Ucrania, mezcla todo al mismo tiempo y hay una especie de coagulación, una cristalización de todos estos hilos ideológicos diferentes en un solo discurso. Muy soviético, con las referencias a la Segunda Guerra Mundial. Conservador, donde mezcla la vía rusa y la eslavofilia diciendo: ‘Somos una civilización aparte. Hay una guerra de civilizaciones’. Y, finalmente, cuando se trata de pedir ayuda a China, el eurasianismo según el cual Rusia tiene un pie en Europa y otro en Asia.

Foto: Koska, ex guardabosques ahora voluntario del batallón 'Aidar' desplegado en Kovel (A.A.)

P. Ahora que parece que Rusia ha abandonado la idea de tomar Kiev por asalto, los analistas militares y expertos tácticos están tratando de descifrar su próximo movimiento en la guerra. Pero, desde el punto de vista personal, ¿cuál puede ser el nuevo objetivo de Putin?

R. Hay una fecha muy importante para Putin: el 9 de mayo de 2022, la celebración de la victoria sobre el nazismo. En su mente, Rusia y la Unión Soviética salvaron al mundo del nazismo y los europeos no quieren reconocerlo y, desde hace tiempo, Putin ha hecho de este día algo sagrado, con grandes desfiles en los que todo el pueblo ruso sale a la calle con retratos de los bisabuelos que lucharon en la Segunda Guerra Mundial. El 9 de mayo está a poco más de un mes y creo que para entonces necesita absolutamente poder decir que ha conseguido una victoria. El objetivo mínimo de esta guerra era salvar al pueblo de las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk de, en sus palabras, un genocidio neonazi. Le quedan cinco semanas y creo que, hoy, su objetivo principal es poder decir a su pueblo el 9 de mayo: teníamos que salvar a la población civil de Donetsk y Lugansk y lo hemos conseguido. Esto significa reconocer las dos repúblicas separatistas en sus fronteras administrativas y lo que temo es que Putin se concentre en el Donbás de una manera brutal y sangrienta para lograr su control.

P. Cuando Estados Unidos avisaba una y otra vez de que esto iba a pasar, muchos líderes no creían que el Kremlin acabaría declarando la guerra a Ucrania. ¿La invasión era más obvia para quienes prestaron atención al discurso de Putin todo este tiempo?

R. No éramos muchos los que estábamos convencidos de que Putin fuera a lanzar una agresión militar. Creo que muchos líderes occidentales han visto la crisis de forma puramente utilitaria y consecuencialista y pensaban que Putin no sacrificaría su economía, por ejemplo, viendo las consecuencias que tendría un ataque. Creo que es un planteamiento equivocado porque Putin no razona necesariamente de la misma manera utilitaria que nosotros. Se ha dejado devorar por su ideología, después de 15 años de un discurso estructurado, coherente y continuo sobre Ucrania como colonia de la OTAN, sobre los neonazis de Kiev, la Europa decadente… Creo que estaba encerrado en su certeza de que los ucranianos recibirían a los rusos como liberadores y que los europeos serían demasiado débiles para reaccionar. Iván Ilyín decía que el guía debe saber golpear fuerte, debe saber ser transgresor, debe saber oponerse. Putin se ha guiado por la lógica histórica que cree encarnar y ha seguido al pie de la letra las recomendaciones de los libros que tiene en su mesita de noche. Una de las lecciones de esta historia es que a veces los líderes que viven en otra esfera cultural, que ven de otra manera su propia misión, no piensan exactamente como nosotros.

Foto: El millonario ruso Roman Abramovich. (Reuters/Andrew Winning)

P. ¿Todo por su proyecto imperialista? Aquí en España, una parte de la izquierda no quiere oír hablar sobre el imperialismo de Putin.

R. Creo que para gente de izquierdas de todo el mundo existe una dificultad para pensar en dos imperialismos a la vez. Desde un punto de vista lógico, solo porque pueda existir el imperialismo americano, no puede haber un segundo imperialismo o un tercero. Putin ha hecho mucho hincapié en su lucha contra el imperialismo estadounidense para seducir a una parte de la izquierda antiimperialista. Hay adhesiones ideológicas que han sido organizadas de forma muy inteligente por el Kremlin con ciertos líderes políticos y de opinión. Es una especie de renacimiento posmoderno de la política de influencia soviética. La URSS se presentaba como representante de la paz para una parte de la izquierda europea, frente al imperialismo, que era la guerra.

P. También causa fascinación entre la extrema derecha y muchos conservadores. ¿Cómo lo consigue?

R. Esta ofensiva lleva al menos 10 años y es variable para lograr aliados en todo el espectro político occidental. Hay un renacimiento conservador en una parte de la sociedad europea, entre ciertos políticos y medios de comunicación, y Putin ha sido capaz de entenderlo e intentar encarnarlo. Un poco como un personaje de película, como el Joker, es el villano que ha seducido a una parte de la población que tiene un profundo descontento. En Francia, todavía hay muchas capas de la población que están calladas porque estamos viendo una tragedia humana atroz, pero en unas semanas, en unos meses, sin duda volverán a alzar la voz. Los que tenían indulgencia por Putin pueden volver a encontrarla. Quizás haya abierto los ojos a algunas personas, pero quienes sienten algún tipo de fascinación o indulgencia por Putin volverán a decir lo que piensan. Esto no ha terminado.

Cuando el pasado 24 de febrero el presidente de Rusia ordenó a sus tropas invadir Ucrania, rompió los esquemas de kremlinólogos, expertos militares y analistas financieros. La decisión no parecía —y no parece a día de hoy— tener ningún beneficio obvio para Rusia. ¿Qué pasa, entonces, por la mente de Vladímir Putin? ¿En qué pensaba cuando dio la orden? ¿Qué espera conseguir con esta guerra? Un primer paso fundamental para tratar de entender al líder ruso es acercarse a las fuentes de sus ideas. Así lo hizo el francés Michel Eltchaninoff —editor jefe de la revista 'Philosophie Magazine' y especialista en historia del pensamiento ruso— en su libro 'En la cabeza de Vladímir Putin' (Librooks), una indagación casi arqueológica sobre los orígenes del putinismo a través de sus autores de cabecera.

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