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Un 4% más de población en 10 días: el país pobre que acoge a más ucranianos per cápita
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Solidaridad con escasos precedentes

Un 4% más de población en 10 días: el país pobre que acoge a más ucranianos per cápita

Moldavia, un humilde Estado con la población de Galicia, ha recibido a unos 350.000 refugiados. El doble, per cápita, que Polonia. La mayoría son acogidos en hogares particulares

Foto: Refugiados ucranianos cruzan la frontera moldava por el paso de Palanca. (EFE/Ciro Fusco)
Refugiados ucranianos cruzan la frontera moldava por el paso de Palanca. (EFE/Ciro Fusco)
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Las manecillas del reloj europeo han vuelto de golpe a los años 40. Las ha girado Vladímir Putin, empeñado en recordarnos lo que significan la guerra y las columnas de gente desesperada huyendo de los bombardeos. Basta con quitar el color a las fotografías que nos llegan de Ucrania para perder la perspectiva y pensar que estamos hojeando un libro de texto. Pero es 2022. Después de Ucrania, uno de los países que más han notado esta calamidad es Moldavia. Un humilde Estado con la población de Galicia y que ha recibido a unos 350.000 refugiados. El doble, per cápita, que Polonia. De estos, al menos 150.000 todavía permanecen en el país; la mayoría, acogidos en casas particulares. Un 4% de la población en 10 días.

“Primero iremos a Chisináu, y ahí cogeremos un bus hasta España”, dice Volodímir Slobodanik, un adolescente de Mykolaiv que acaba de llegar al paso fronterizo de Palanca, en el este de Moldavia. Él y su familia pagaron dinero a un hombre para que los trajese hasta aquí. Tienen previsto instalarse en Mallorca, donde vive el novio de su madre. La mayoría de refugiados que cruzan esta frontera proviene de la franja sur de Ucrania.

A nuestro alrededor, en una tienda improvisada del lado ucraniano, hay personas envueltas en mantas isotérmicas, dando sorbos a un vaso de té y comiendo pedacitos de chocolate de una bandeja. Luego salen y se arremolinan junto a una valla, que un policía abre y cierra para regular el flujo de personas hacia Moldavia, donde encuentran una muestra de solidaridad con escasos precedentes.

Foto: Una barricada en la carretera que lleva a Kiev. (EFE/Zurab Kurtsikidze)

“La guerra está sucediendo cerca de sus casas y esto genera simpatías”, dice Rene Suter, líder del equipo de respuesta a emergencias de Helvetas, una organización humanitaria independiente con sede en Suiza. “La gente trae comida, de sus escasas vituallas, directamente a la frontera. Ven lo que necesitan los refugiados, les dan la bienvenida y los invitan a sus casas. Gente a la que no conocen”.

Suter es un veterano de numerosas crisis humanitarias. Cuando le pregunto por su experiencia, que abarca más de 30 años, enumera tantos países como para llenar un párrafo, la mayoría en África y Asia. A veces, es despachado a lugares que padecen catástrofes naturales. Otras, a zonas de conflicto. Algunos patrones, como el trauma con el que llegan los escapados, muchas veces presa de la confusión e incapaces de organizarse con claridad, se repiten. “Tienes a gente que ha sido bombardeada, forzada a meterse en refugios, separada de sus familiares”, explica.

Tres millones de ucranianos habrían abandonado ya el país.

Pero algunas cosas fundamentales han cambiado. “Hoy tienes a tu disposición medios diferentes a los de hace 30 años”, continúa Suter. “Tenemos medios tecnológicos que nos permiten acelerar ciertas cosas. Hace 30 años, las familias separadas por un conflicto tenían que estar semanas escribiendo cartas para saber acerca del bienestar de sus seres queridos. Ahora esto sucede mucho más rápido, incluso en las zonas rurales”. Las redes sociales también posibilitan que se intercambie información práctica, como rutas de huida, y que los refugiados puedan ponerse en contacto con personas y organizaciones que luego los pueden socorrer.

“Es una ayuda espontánea. Todo el mundo está poniendo anuncios en las redes sociales”, dice Alina Radu, periodista y directora de 'Ziarul de Gardă', el diario con más suscriptores de Moldavia, según ella misma afirma. “Yo misma estuve involucrada en algunos casos de periodistas que trajimos de Ucrania como refugiados. Tenía miedo de que me llamasen pidiendo refugio y de no poder ayudar, porque los periodistas vivimos en apartamentos pequeños, no tenemos grandes salarios”, explica. “Pero puse un anuncio en Facebook y recibí muchas ofertas. Me enorgullece mucho vivir aquí”.

"Puse un anuncio en Facebook y recibí muchas ofertas. Me enorgullece mucho vivir aquí"

El Gobierno moldavo avisa que el súbito incremento de la población ha puesto al país bajo máxima presión y que servicios públicos como la sanidad, en palabras del ministro de Exteriores, Nicu Popescu, “están cerca del punto de ruptura”. El país aguanta, sobre todo, gracias a la iniciativa particular. Cerca del 70% de los recién llegados han sido acogidos por familias.

La petición internacional de ayuda, efectuada por el Gobierno de la presidenta Maia Sandu, que lleva menos de un año y medio en el cargo, ha sido escuchada por Alemania. Berlín anunció que está colaborando con otros gobiernos para acoger parte de los refugiados que han llegado a Moldavia. Como primer paso, dijo la ministra alemana de Exteriores, Annalena Baerbock, Alemania transportará en avión a 2.500 ucranianos. Por su parte, Reino Unido elevará la ayuda humanitaria a Chisináu.

Foto: Protesta en apoyo a Ucrania en la emblemática Puerta de Brandenburgo en Berlín. (Reuters/Fabrizio Bensch)

En ocasiones, la ayuda humanitaria excede las necesidades de los refugiados. A veces la comida caliente se echa a perder, por ejemplo, lo que hace que algunas oenegés se planteen dar dinero a los huidos como manera de asegurarse de que sus necesidades sean más eficazmente cubiertas. Era lo que pedía la oenegé escocesa Mercy Corps, desplegada en la frontera rumana. Lo mismo sucede con los esfuerzos en el extranjero, donde muchas organizaciones tienen que rechazar productos que les llegan, pero que no necesitan, como pañales o ropa para bebés.

Junto a la frontera, del lado ucraniano, una clínica improvisada ofrece atención médica a los escapados. “A menudo necesitan ir al médico”, dice Chiara De Stefano, portavoz de una oenegé italiana. “Hay muchos niños, mujeres, ancianos y personas con patologías, como la diabetes, y necesitan las medicinas que han dejado atrás. También tenemos psicólogos que los calman y les ayudan. Pero lo que más necesitan es información. Llegan y se encuentran solos. No saben dónde dormir o adónde acudir para formalizar el papeleo. Están completamente perdidos”.

Foto: Coches a la salida de Kiev tras el inicio de la ofensiva rusa (Reuters/ Valentyn Ogirenko)

El paso de Palanca es un retrato del caos generado por la guerra. Una anciana es empujada por sus familiares en un carro de la compra serrado por la mitad, transformado en una silla de ruedas improvisada. Su cara delgada y gris está envuelta en mantas. Un viento frío barre la zona, donde la temperatura ronda los cero grados. La policía moldava la sube a pulso a bordo de un autobús del Gobierno.

A medida que empeora la situación en Ucrania, muchos refugiados dejan atrás maletas y mascotas, para hacer así más espacio a otros seres humanos. Los trenes viajan con las ventanas tapiadas, para no resaltar en la noche y ser avistados por los rusos, y llegan fotografías de compartimentos y pasillos completamente atiborrados de gente encogida y doblada, confiando en alcanzar algún país pacífico. Más de 2,7 millones de ucranianos ya han abandonado su patria, la mayor crisis europea de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial.

Foto: Una niña refugiada llega en tren Praga. (EFE/EPA/Martin Divisek)

Las infraestructuras de Moldavia, por ahora, aguantan la presión. Pese a que sus habitantes ganan, de media, poco más de 300 euros al mes, muchos de ellos se han implicado de muchas maneras en los esfuerzos solidarios. Pero la historia reciente demuestra que las reacciones solidarias no duran para siempre.

“Por mi experiencia en otros países, por ejemplo en Libia, donde también hubo mucha generosidad por parte de la gente del otro lado de la frontera tunecina, los recursos van a ser utilizados bastante rápido”, dice Rene Suter, de Helvetas. “Sobre todo dado el hecho de que este país es muy pobre. Simplemente, no tienen los recursos para seguir actuando así durante mucho tiempo. Por eso es importante asegurarse de que la comunidad internacional y las oenegés toman el relevo y pueden aportar la asistencia que no puede seguir aportando la población”.

Las manecillas del reloj europeo han vuelto de golpe a los años 40. Las ha girado Vladímir Putin, empeñado en recordarnos lo que significan la guerra y las columnas de gente desesperada huyendo de los bombardeos. Basta con quitar el color a las fotografías que nos llegan de Ucrania para perder la perspectiva y pensar que estamos hojeando un libro de texto. Pero es 2022. Después de Ucrania, uno de los países que más han notado esta calamidad es Moldavia. Un humilde Estado con la población de Galicia y que ha recibido a unos 350.000 refugiados. El doble, per cápita, que Polonia. De estos, al menos 150.000 todavía permanecen en el país; la mayoría, acogidos en casas particulares. Un 4% de la población en 10 días.

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