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Cómo la acupuntura salvaje de Putin desalinea los 'chakras' geopolíticos de Occidente
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Moscú aprieta, pero (todavía) no ahoga

Cómo la acupuntura salvaje de Putin desalinea los 'chakras' geopolíticos de Occidente

El Kremlin está directa o indirectamente vinculado con varios de los puntos de presión geopolítica que está sufriendo Europa y a los que no sabe cómo responder

Foto: Ejercicios militares de Rusia y Uzbekistán. (EFE)
Ejercicios militares de Rusia y Uzbekistán. (EFE)

Este otoño, todas las crisis llevan a Moscú. ¿Rumores de invasión en Ucrania? Ahí está Vladimir Putin. ¿Conflictos por el suministro de gas natural? Putin. ¿Crisis de migrantes en la frontera entre Polonia y Bielorrusia? Lo han adivinado; también Putin. El Kremlin conecta, directa o indirectamente, todos estos puntos de presión geopolítica que están poniendo a Estados Unidos y Europa de los nervios y para los que Occidente no parece tener un remedio claro.

En cada uno de estos complejos escenarios convergen factores múltiples y diversos, pero los expertos apuntan a dos claves. La caída de la popularidad interna de Putin en una Rusia muy debilitada económicamente y el intento de Moscú por mantener su poder e influencia en la menguante órbita del espacio posoviético. La creciente sombra de la OTAN asusta en la capital rusa desde hace décadas. Se alejaron los países bálticos —Estonia, Letonia y Lituania— y Georgia. También Azerbaiyán, más alineada con Turquía.

Foto: El presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, visita el frente con fuerzas prorusas en la región de Donetsk. (EFE/Servicio de prensa de la presidencia ucraniana)

Y por supuesto, Ucrania, país que lleva años buscando acercarse a la Unión Europea en detrimento de Rusia y que está ahora en el foco de todas las miradas. Rusia está congregando tropas en su frontera con Ucrania, donde todavía bulle la guerra del Donbás, en la que el ejército ucraniano lucha contra los rebeldes prorrusos de las autoproclamadas Repúblicas Populares del Donetsk y Lugansk. Este es, sin duda, el punto de presión que más preocupa en Washington y Bruselas.

¿Invasión en 2022?

Kyiv alertaba recientemente de que cerca de 175.000 soldados rusos y vehículos militares están apostados en la frontera ruso-ucraniana, mientras informes estadounidenses apuntan a una posible invasión rusa del territorio a principios de 2022. Esta semana, el presidente estadounidense, Joe Biden, mantuvo una videollamada de dos horas con Putin en la que el plato fuerte era Ucrania. Biden le avisó de que Washington y sus aliados europeos están dispuestos a tomar "fuertes medidas económicas y de otro tipo" en caso de que escalen las tensiones con el país vecino. El mandatario ruso le contestó que en realidad es Occidente los que están azuzando la crisis al incrementar su "potencial militar cerca de nuestras fronteras" y pidió garantías de que la OTAN no se expandirá más hacia el este.

Ucrania cuenta con el apoyo de la OTAN y de los grandes aliados occidentales (Estados Unidos, Francia, Alemania, Italia y Reino Unido). Washington también le envió 60 millones de dólares y 80.000 kilos de munición. Además, Ucrania se ha armado por su cuenta y ya es el sexto mayor comprador de armas turcas, entre las qué destacan los drones Bayraktar. Estos dispositivos ya se han utilizado en el frente para hostigar posiciones rebeldes, que apoyan a Moscú sobre el terreno.

Foto: El secretario de Estado de EEUU, Antony Blinken, y el ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Sergei Lavrov. (Reuters)

El propio Putin se refirió a este rearme ucraniano durante un foro de inversión en Rusia, en el que aseguró que si se instalase un "sistema de misiles en territorio ucraniano, (un proyectil) podría llegar a Moscú en 7-10 minutos. En cinco minutos si fuera hipersónico". Si esto se produce, avisó, Rusia tendría que "crear algo parecido responder. Y podemos hacerlo ahora". Además, el Gobierno ruso expuso este mes la idea de dar pasaportes rusos a todos los ciudadanos de las autoproclamadas repúblicas del este de Ucrania, que se sumarían a los al menos 639.000 ciudadanos de esta región que ya han recibido la ciudadanía rusa anteriormente.

"[La presencia de ciudadanos rusos] daría (a Rusia) la posibilidad de intervenir militarmente de forma legítima, de acuerdo con la ley rusa, no con la ley internacional”, explica Fabian Burkhardt, experto en Europa Oriental y coeditor de las publicaciones especializadas Russland-Analysen y Ukraine-Analysen. La supuesta legalidad interna rusa no evitará las represalias de Washington, que ya ha amenazado con endurecer aún más sus sanciones contra Rusia y sus sistema financiero. El Gobierno de Biden incluso se plantea, según medios como la CNN, desconectar a Rusia del Swift, sistema de pago internacional utilizado por los bancos de todo el mundo.

El arma migratoria

Hasta hace unas semanas, Bielorrusia acaparaba el foco mediático. Minsk mantiene una relación complicada con sus vecinos al oeste, Polonia, Estonia, Letonia y Lituania, que ha empeorado enteros desde que Alexander Lukashenko se proclamara ganador de las elecciones presidenciales de 2020, pese a las acusaciones de fraude de la oposición y comunidad internacional. Estos países han sido de los más activos contra el régimen de Lukashenko, liderando el discurso europeo contra Minsk y acogiendo a las voces conocidas de la oposición como Svetlana Tikhanouskaya o Román Protasevich.

Para contraatacar, Minsk ha estado facilitando la llegada de migrantes irregulares de diferentes países, especialmente de Oriente Medio, a los que se les garantizó un visado, una estancia y la posibilidad de cruzar la frontera de la Unión Europea. Aunque los primeros intentos se produjeron en verano en la frontera con los países bálticos, la crisis migratoria con Polonia fue la más intensa y se agudizó en los meses de octubre y noviembre.

Foto: Cuatro sevillanos en Polonia. (Israel Merino y Andrés Santafé)

"Bielorrusia y Rusia están aliados económicamente, militarmente y políticamente, por tanto es poco probable que cualquier decisión tomada por las autoridades bielorrusas se llevara a cabo si el Kremlin se opusiera", apunta Alex Kokcharov, analista de riesgo país en IHS Markit. El experto apunta a que las dos motivaciones principales de Lukashenko para generar esta crisis son "castigar a Polonia, Letonia y Lituania por su apoyo a la oposición bielorrusa" y "generar ingresos adicionales con esta operación de tráfico de personas, en los que empresas estatales bielorrusas estarían implicadas".

Rusia ha apoyado a Lukashenko porque "también se beneficia (de la crisis migratoria) ya que crea nuevas divisiones y agrava las ya existentes en la UE y la OTAN", asevera Kokcharov. Pero no todo ha sido fácil en el dúo Lukashenko-Putin, ya que la crisis migratoria ha tensado la relación entre ambos. La amenaza de cortar el suministro del gas ruso a Europa del líder bielorruso no gustó al Kremlin, que advirtió a Lukashenko que no cumpliera ese ultimátum.

A día de hoy, olvidados los días de mayor tensión en los que hubo enfrentamientos directos entre migrantes y guardias fronterizos polacos, la mayor parte de los migrantes ya abandonaron los campamentos improvisados. Cerca de 1.500 se encuentran aún en barracones cerca de la frontera con Polonia, mientras que el resto de los cerca de 10.000 que llegaron a territorio bielorruso ya fueron repatriados.

Foto: Dibujo infantil de un tanque ruso amenazando Lituania. (J. B.)

Gazprom vs. Moldavia

El gas ruso también es motivo de preocupación en Europa, donde muchos señalan a Putin de utilizarlo geopolíticamente para presionar a la UE. El caso más mencionado es el del gasoducto Nord Stream 2, una infraestructura clave que llevaría el gas ruso hasta Alemania y al que la administración Biden se opone porque debilitaría la posición económica de Ucrania —al dejar desfasado el actual ducto que atraviesa su territorio— y le daría a Moscú un inestimable soporte político y económico. Pero quizás el ejemplo más claro ha sido Moldavia, donde el gigante paraestatal Gazprom amenazó con cerrar el grifo de gas que surte al país.

Esto supondría un grave problema para uno de los países más pobres de Europa, ya que los proveedores de emergencia para Chisinau serían Ucrania y Rumanía, que también preveían dificultades para abastecerse a sí mismos . Finalmente, se llegó a un nuevo acuerdo con la compañía rusa y se proveerá a Moldavia del hidrocarburo, aunque las tarifas han subido.

"[Moldavia ahora paga] el doble de lo que pagó el país en verano, lo que significa tarifas más altas para los consumidores finales más vulnerables”, explica Dionis Cenusa, analista de riesgo político en la firma moldava Expert Group. Gazprom es una de las grandes compañías de Rusia y aunque formalmente es una empresa privada, su mayor accionista es el propio estado ruso, con un 50,23 % de sus acciones, por lo que tiene poder de decisión en la empresa.

Rusia teme una nueva deserción de su zona de influencia la abandone, como ya pasó con los países bálticos, Georgia y ahora Ucrania. Por ello, aunque el Gobierno moldavo insistió en que por cerrar este contrato no se pagó un precio político, "en el contrato del gas se incluyen aspectos de cooperación económica bilateral más allá del dominio energético", matiza Cenusa.

Foto: Logotipo de Gazprom. (Reuters/Shemetov)

Moldavia, de la mano de la presidenta Maia Sandu, se ha inclinado hacia Europa después de años mirando a Moscú. Su formación, ganadora en 2019 de las elecciones presidenciales y de las parlamentarias del 2021, es claramente pro-UE y quiere tender puentes con Bruselas. Este diciembre, Nicolae Popescu, ministro de Asuntos Exteriores e Integración Europea, afirmó que el objetivo de Moldavia es "desarrollar nuevas áreas de cooperación con la Unión Europea". En la misma agradeció a Bruselas los 36 millones de euros europeos para combatir la pandemia.

Esto no gusta en el Kremlin. "En Moscú se entiende perfectamente que el país está profundizando el diálogo con la UE", asevera el analista, y para contrarrestarlo Moldavia podría potenciar "la interconexión energética funcional con Rumanía y Ucrania".

Garante de paz en el Cáucaso

Moscú impulsó las conversaciones de paz en el 2020 cuando Armenia y Azerbaiyán estaban en guerra por controlar el territorio de Nagorno-Karabakh, un estado sin reconocimiento, controlado y habitado por armenios. Y tras conseguir que los dos países caucásicos llegaran a un acuerdo de paz, las tropas rusas se quedaron en el corredor de Lachín, la única carretera que conecta el territorio de Nagorno-Karabakh con Armenia, para garantizar la paz.

Foto: Tumbas de caídos durante el conflicto de Nagorno-Karabaj en Stepanakert. (Reuters)

El conflicto centenario resurge periódicamente desde la disolución de la Unión Soviética en el 1991. En estos 30 años, se han librado dos guerra por el control del territorio; la primera que acabó en 1994 y la segunda, que duró un mes y medio, en 2020. En este último conflicto, Azerbaiyán se impuso con facilidad a Armenia. Bakú contó con el apoyo de Turquía y de tecnología militar como los drones, que fueron el gran azote de las tropas armenias, con menos y peor equipamiento. Nagorno-Karabakh perdió el control de la mayor parte de su territorio, que pasó a ser controlado por Bakú, propietario a ojos de la comunidad internacional de toda la región.

Moscú, aliado de Armenia, no intervino activamente en el conflicto, pero sí llamó activamente al armisticio y también ejerció de mediador el 16 de noviembre de este año cuando una escaramuza en la frontera entre ambos países mató a más de una decena de soldados de ambos lados.

Este otoño, todas las crisis llevan a Moscú. ¿Rumores de invasión en Ucrania? Ahí está Vladimir Putin. ¿Conflictos por el suministro de gas natural? Putin. ¿Crisis de migrantes en la frontera entre Polonia y Bielorrusia? Lo han adivinado; también Putin. El Kremlin conecta, directa o indirectamente, todos estos puntos de presión geopolítica que están poniendo a Estados Unidos y Europa de los nervios y para los que Occidente no parece tener un remedio claro.

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