Hola, desglobalización

Siete maneras en que el coronavirus va a cambiar el mundo tal y como lo conocemos

El coronavirus supone un punto de inflexión. Cuando la pandemia retroceda y recuperemos las calles, tendremos ante nosotros un mundo diferente

Foto: Controles de temperatura en Génova, Italia. (EFE)
Controles de temperatura en Génova, Italia. (EFE)
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El Covid-19 ha puesto nuestras vidas patas arriba. La mayoría de nosotros —incluyendo a gobiernos, empresas y meros ciudadanos— hacemos frente a la situación con la esperanza de que las cosas regresen a la normalidad lo antes posible. Sin embargo, el coronavirus supone un punto de inflexión. Algunas tendencias son ya evidentes, otras tardarán algún tiempo en cristalizar, pero algo está claro: cuando la pandemia retroceda y recuperemos las calles, tendremos ante nosotros un mundo diferente.

Hola, desglobalización

Tradicionalmente los estados, al menos los más sólidos y poderosos, han tratado siempre de blindar sus sectores estratégicos ante posibles disrupciones. Sin embargo, nadie había considerado que la producción de bienes de bajo valor añadido entrase dentro de esta categoría: China los fabricaba por nosotros, y a menor coste. Sin embargo, ante la emergencia del coronavirus los países occidentales se han encontrado con la cruda realidad de que la disponibilidad de las mascarillas sanitarias depende, en último término, de la voluntad de Pekín.

Esto es aplicable a numerosos productos de importancia crítica (EEUU, por ejemplo, no produce antibióticos), así como a componentes básicos en las cadenas de montaje. La pandemia ha demostrado que las redes de distribución planetaria son mucho más frágiles de lo que se pensaba y, si un eslabón falla, el resto se viene abajo. Gigantes tecnológicos, textiles y otros están perdiendo auténticas millonadas estos días. El proceso de desglobalización ya estaba en marcha desde hace algún tiempo (se hablaba, por ejemplo, del fin de 'Chimérica' —la absoluta integración de las economías china y estadounidense— a raíz de la guerra comercial iniciada por Donald Trump), y la relocalización de industrias desde China y la diversificación del suministro empezaba a ser una realidad. Esta crisis muestra que, además, es una necesidad, al menos en determinadas áreas.

O Trump se hunde… o se salva definitivamente

Las elecciones de noviembre de 2020 prometían estar entre las más reñidas de la historia de EEUU. Con Joe Biden casi confirmado como el candidato “centrista” definitivo de la oposición y con la inevitable erosión que genera cualquier presidencia, las matemáticas parecían favorecer a un Partido Demócrata que ya ganó el voto popular en 2016; sin embargo, pasada la marejada del 'impeachment', con una economía fuerte y con unas bases firmemente posicionadas a su favor, el presidente Trump contaba con sólidos cimientos para su reelección. Los porcentajes tanto de rechazo como de aprobación hacia Trump venían siendo sorprendentemente inamovibles, y nada de lo que este o sus rivales hiciesen o dijesen parecía capaz de cambiar eso.

Hasta que llegó el coronavirus. Trump, que posee un formidable olfato político, reconoció la amenaza que esta crisis representaba para él desde el primer momento, de ahí que intentase minimizarla, catalogándola como “fraude de los demócratas” y tratando de impedir que los pasajeros del crucero Grand Princess desembarcasen en EEUU para que no incrementasen la estadística de contagiados en el país. Sus dos primeras intervenciones televisivas, así como la incompetencia inicial de su administración, ayudaron a hundir los mercados hasta niveles inéditos.

Algo, sin embargo, ha cambiado en la Casa Blanca. Las últimas comparecencias de Trump han sido las más “presidenciales” desde su inauguración a principios de 2017, con un mandatario en modo comandante en jefe que se ciñe a los hechos y se apoya en los expertos, y que reconoce la seriedad de la situación (con notables paréntesis para arremeter contra China y culparla de la situación). Incluso la normalmente hostil CNN ha reconocido las virtudes de este nuevo Trump. Mientras tanto, el Ejército ha anunciado la movilización de sus buques hospitales y el Gobierno estadounidense está lanzando un paquete de medidas económicas tras otro para tratar de paliar las consecuencias de la debacle.

Está por ver si esto bastará para convencer a los estadounidenses de que el presidente está a la altura de las circunstancias, en un país donde ya hay más de 27.000 infectados confirmados y se espera una explosión en los contagios y miles de muertos. Si lo logra, cualquier cosa que presente la campaña de Biden será en vano. Pero de lo contrario, su presidencia está condenada. Lo sabremos dentro de algunas semanas.

El ‘golazo’ de China dará frutos muy pronto

Mucho se está escribiendo sobre la operación propagandística lanzada por China —enviando ayuda sanitaria al tiempo que trata de reescribir el origen del Covid-19— para convencer al mundo de que es el país adecuado para encabezar la lucha contra la pandemia. Esto se enmarca dentro de un proceso a largo plazo para incrementar el liderazgo de China en el mundo, que incluye colocar a ciudadanos chinos a la cabeza de instituciones internacionales y una vasta red de cooperación e inversiones en todo el mundo. El debate sobre si Pekín quiere ocupar el lugar que deja un Washington en retirada no está zanjado: liderar el planeta requiere un esfuerzo ingente, y muchos expertos consideran que China solo está reclamando una cuota de poder más adecuada a su peso económico real.

Pero la eficacia a la hora de contener el estallido del coronavirus en Wuhan supone un golazo en toda regla para las autoridades chinas. De repente el modelo chino, hasta ahora percibido de forma casi unánime como monstruoso en las democracias occidentales, empieza a no parecerle tan malo a muchos. La admiración hacia China se extiende en paralelo con el hartazgo por la supuesta inacción europea, y Pekín se encuentra ahora con bastantes puertas abiertas. Nada que ver con hace unos meses, cuando la preocupación por la creciente hegemonía china se expandía por Europa, por no hablar de la abierta hostilidad de EEUU. Como mínimo, Pekín va a poder acallar muchas críticas internacionales en temas como el tratamiento de la minoría uigur, Taiwán, la cuestión territorial en el mar del Sur de China y, por supuesto, la vigilancia masiva sobre sus ciudadanos.

Crecerá el euroescepticismo

Si usted no ha seguido las noticias, tal vez se esté preguntando: ¿dónde está la Unión Europea en todo esto? Y si lo ha hecho, posiblemente se ha llevado las manos a la cabeza al enterarse de que ningún país de la UE ha acudido al llamado de auxilio de Italia, que ha tenido que recurrir a médicos de Cuba, Venezuela y China; al saber que Alemania prohibió la exportación de mascarillas en un primer momento; y que la directora del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, aseguró que su función no era cancelar las primas de riesgo pese al desplome económico generalizado.

Como bien explica nuestro compañero Nacho Alarcón, en realidad la culpa es más bien de las diferencias de criterio en los diferentes gobiernos que de la propia UE, que sí ha tratado de coordinar una respuesta efectiva. Bruselas, de hecho, ha conseguido poner en marcha un mecanismo de reparto de material sanitario en la Unión, y el BCE ha rectificado y ha puesto en marcha un programa de compras por valor de 750.000 millones para luchar contra los efectos económicos de la pandemia.

Pero el daño ya está hecho. Las grietas en el interior del Bloque han quedado expuestas como nunca antes, los enemigos exteriores de Bruselas se frotan las manos, y las fuerzas euroescépticas pescan en río revuelto. Da igual lo que haga la UE: sus ciudadanos no se han enterado de ello, pero sí han visto cómo mientras tanto la comunidad china repartía mascarillas a sus policías y sanitarios. Pekín ha demostrado que solo es necesario un avión cargado de cajas con pegatinas solidarias, un teléfono móvil y las redes sociales para ganar la batalla de la opinión pública. No son muchos quienes hayan pasado a ver a China como un modelo a seguir de la noche a la mañana, pero sí abundan los que han dejado de creer que la respuesta a todo está en Europa. Y van a ser aún más.

Van a caer gobiernos

El coronavirus supone un test de gobernanza en todo el mundo. Numerosos ejecutivos de todo signo político están siendo cuestionados por sus ciudadanías ante el manejo de la epidemia —es el caso del Reino Unido, Colombia, México, Brasil y, cada vez más, Cuba, por mencionar solo algunos casos—, e incluso en aquellos países en los que la gravedad de la situación ha provocado una momentánea unidad las tensiones se mantienen bajo la superficie. Veremos protestas, elecciones anticipadas y algún que otro cambio de gobierno.

Un caso a observar de cerca es el de Rusia: los medios controlados por el Kremlin llevan meses afirmando que la gestión de la crisis está siendo perfecta. Y puede que al país le ayude su extensión masiva y su despoblación, así como el frío extremo, que no favorecen la propagación del virus. Pero el alcance de la corrupción y la incompetencia de las autoridades locales hace dudar de que todo esté bajo control, y si los rusos empiezan a enfermar en masa —y en algunos casos, a morir— a medida que las temperaturas se atemperan tras el invierno, el presidente Putin va a tener un problema muy, muy serio, del que no le va a librar el acusar a Donald Trump de estar detrás del virus. Ojo, sería absurdo pensar que esto vaya a provocar necesariamente un cambio político inmediato en Rusia, pero puede debilitar a un Putin cada vez más cuestionado internamente.

¿El fin del sistema de ayuda internacional?

Ya lo estamos viendo en los campos de refugiados de Grecia, donde las ONG alertan que puede producirse un alarmante foco infeccioso sin que nadie sepa cómo —o quiera— hacer algo para paliarlo. Una situación similar se vive entre los cientos de miles desplazados rohingya en Bangladesh, entre los refugiados sirios en los campamentos de Jordania y Líbano, los somalíes en la frontera de Kenia o los desplazados internos en Sudán. La provincia siria de Idlib, sitiada por el ejército del régimen, puede convertirse en otro punto crítico, y en el resto de Siria el gobierno ni siquiera reconoce la existencia de infectados, por lo que no se está tomando media alguna. Del mismo modo, el coronavirus ha llegado a África y se está propagando de forma masiva sin que exista una infraestructura sanitaria sólida con la que atajarlo.

En suma, van a producirse cientos de miles de muertos, tal vez millones, en los lugares más necesitados del planeta, y no puede esperarse ayuda alguna de las sociedades más prósperas, ocupadas en contener el problema en su propio territorio. La guerra de Yemen y la tragedia humanitaria que provocó ya había demostrado que el sistema de solidaridad internacional del último medio siglo, nacido como respuesta a las guerras de Biafra y el Congo en los años 60, experimenta una profunda crisis de voluntad e interés. El Covid-19 le dará el tiro de gracia.

El coronavirus volverá… pero no será lo mismo

Es de desear que lo sucedido en estos días sirva de lección a los gobiernos y empresas de todo el mundo. Hay muchas cosas que aún no sabemos del Covid-19, y es posible que acabe desapareciendo tras esta temporada, pero la asunción de muchos expertos es que probablemente se volverá una enfermedad estacional que regresará cada año.

Sin embargo, tres cosas habrán cambiado. En primer lugar, es improbable que cause el mismo nivel de pánico social, bursátil y político: el haber sobrevivido a la experiencia genera resiliencia en las sociedades, por lo que la próxima vez las reacciones serán menos irracionales. En segundo lugar, es probable que una parte de la población mundial desarrolle cierta inmunidad natural que ralentice el contagio y reduzca su impacto. Por último, hay que admitir que, pese a los avisos de especialistas desde hace años, esta epidemia nos ha pillado completamente desprevenidos. La próxima vez, en cambio, cabe esperar que gobiernos y autoridades sanitarias hayan desarrollado protocolos más eficaces, basados en la detección temprana y en la realización de test de forma masiva en las primeras etapas de la epidemia —la medida que se ha demostrado más eficaz en todo el mundo a la hora de combatirla—, en lugar de tener que recurrir a los confinamientos que tanta disrupción están causando a nivel global.

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