tormenta impredecible en Washington

Por qué el histórico 'impeachment' a Trump puede acabar beneficiando al presidente

Hay unos 170 parlamentarios demócratas dispuestos a apoyar el proceso de los 218 necesarios. Pero si Nancy Pelosi ha terminado pulsando el botón rojo, es porque tiene el respaldo que necesita

Foto: Nancy Pelosi (EFE)
Nancy Pelosi (EFE)

El botón rojo siempre ha estado ahí, pero los demócratas no se han atrevido a pulsarlo hasta ahora. Ese botón dice “impeachment”, proceso de destitución, y sólo se ha pulsado tres veces en toda la historia de Estados Unidos. Aunque este proceso jamás haya llegado a puerto (inhabilitando al jefe de Estado), y tampoco lo haga ahora, el sólo hecho de iniciarlo puede generar una tormenta impredecible y ahondar un poco más las ya profundas trincheras políticas que dividen a este país.

Por qué el histórico 'impeachment' a Trump puede acabar beneficiando al presidente

“Las acciones emprendidas hasta ahora por el presidente violan la Constitución”, declaró la presidenta de la Cámara de Representantes, la demócrata Nancy Pelosi. “Las acciones de la presidencia Trump revelaron los hechos deshonrosos de la traición del presidente a su juramento, una traición a nuestra seguridad nacional y una traición a la integridad de nuestras elecciones”.

Pelosi se refería a la llamada de Donald Trump al presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, en la que supuestamente lo presionó para que este investigara si en 2014 Joe Biden, por entonces vicepresidente de EEUU, había incurrido en un delito de corrupción. En aquel entonces Biden abogaba por respaldar a Ucrania en su creciente conflicto con Rusia. Al mismo tiempo, su hijo, Hunter Biden, era contratado por una empresa gasística ucraniana. Trump habría querido saber si su posible rival de las próximas presidenciales tenía algo sucio que ocultar.

El contenido genérico de esta conversación fue filtrado la semana pasada por un espía estadounidense, y desde entonces se ha producido un arrollador efecto bola de nieve. El aliado de Trump, Rudy Giuliani, reconoció a la CNN que había indagado sobre las acciones de Biden en Ucrania (puenteando a unos servicios diplomáticos que, según The Washington Post, habrían tratado de frenar al presidente).

Otros movimientos de la Casa Blanca en Ucrania refuerzan las sospechas de la oposición. Justo antes de la llamada a Zelenski, el Gobierno estadounidense había congelado la ayuda económica y militar al país eslavo. Un movimiento clásico del manual trumpiano: imponer un castigo y así negociar desde una posición de fuerza.

“Usar el cargo de presidente para conseguir un beneficio político personal coincide con el consenso estándar tanto de soborno como de la categoría más amplia de crímenes y delitos graves”, escribe Leah Litman, profesora de derecho de la Universidad de Michigan. Según Litman, este caso tiene mucho más peso legal y posibilidades de prosperar que la pasada gran acusación contra Donald Trump: las sospechas de que su campaña hubiera recibido ayuda del Gobierno ruso.

Entre los demócratas de los estados clave, que son el territorio donde se deciden las elecciones a la presidencia, empezó a arreciar un hambre de impeachment. Cuando la Casa Blanca se negó a publicar los detalles de la queja del espía, la bola de nieve echó a rodar por las colinas de Washington.

En el momento de escribir estás líneas hay unos 170 parlamentarios demócratas dispuestos a apoyar el proceso, de los 218 necesarios. Pero si la líder Nancy Pelosi, dada su cautela respecto a iniciar una guerra abierta con Trump, ha terminado pulsando el botón rojo, es porque tiene todo el respaldo que necesita.

Un proceso en tres fases

El proceso de impeachment constaría de tres fases: primero la Cámara de Representantes (en este caso seis comités demócratas) investigaría las acusaciones presentadas contra el presidente de los Estados Unidos. Segundo, esta cámara, si considera que así lo justifican las conclusiones de esta investigación y reúne los votos necesarios, podría declarar a Trump “impeached”: el equivalente a imputado.

La tercera y última fase tendría lugar en el Senado: la cámara encargada de juzgar a la persona imputada bajo la autoridad del presidente del Tribunal Supremo, John Roberts Jr. La condena, y por tanto destitución, de Donald Trump, requeriría dos tercios de los votos del Senado. Una matemática más que complicada, dado que, a diferencia de la otra cámara, esta la controlan los republicanos.

Aquí está la parte más resbaladiza del proceso. Si, al final, es casi seguro que Donald Trump seguirá en su puesto (como siguieron sus antecesores Andrew Johnson y Bill Clinton, los únicos presidentes de la historia a los que se llegó a imputar; Richard Nixon dimitió para evitarlo), ¿por qué apretar el botón rojo?

Los Estados Unidos de América están partidos en dos mitades; nunca la división ha sido tan clara, tan notoria, tan aplastante. Cualquier encuesta de opinión arroja un resultado idéntico: la mitad larga de los estadounidenses ven en Donald Trump a lo peor que le ha pasado a su país desde que tienen memoria. La otra mitad, en torno a un 40%, perciben en él al líder valiente y eficaz con el que llevaban tiempo soñando.

Las ganas de hacerle un impeachment al presidente no son una excepción. Según una encuesta de YouGov realizada ayer, el 55% de los estadounidenses apoyaría este proceso para defenestrar al magnate. La misma proporción que lo ve como un presidente corrupto, incompetente, racista, autoritario y títere del Kremlin.

La estrategia de Trump se mueve en estas coordenadas. Lo que en Nueva York se percibe como un suicidio político del presidente, en las zonas mineras de Virginia Occidental es recibido como un golpe maestro. Un ataque racista, para la gente de Baltimore, es una gran verdad en los oídos de un señor de Maricopa County, en Arizona. Cuando los predicadores de la CNN y The New York Times pronuncian su homilía, esta solo complace a sus parroquianos; los otros tienen Fox News.

La polémica del impeachment puede transcurrir por el mismo derrotero, y reforzar la imagen de Trump como líder popular acosado por los intereses de un estado profundo, representado por los demócratas. Un mantra que volvió a repetir anoche en una nube de tuits, donde hablaba de “caza de brujas” y “acoso presidencial”.

Por eso la propia Nancy Pelosi, el centro frío del Partido Demócrata, lleva meses (31, en concreto) resistiendo las llamadas de varios congresistas a un impeachment; tiene que dominar los ímpetus del lado joven e izquierdista de sus filas, convencida, como ella misma reconoció, de que el botón rojo acabaría beneficiando a Trump.

“Trump nos está provocando para que le hagamos un 'impeachment'”, declaró la propia Pelosi el pasado mayo. Y explicó: “Sabe que sería muy divisivo para el país, pero a él realmente no le importa. Simplemente quiere solidificar su base”.

El Partido Demócrata, por tanto, ha sido presa de esa tensión. Por un lado la vieja guardia moderada, los Pelosi y los Chuck Schumer; volcanes añejos que saben cuándo echar un poco de lava. Y por otro la sangre nueva, vociferante, y los candidatos a las presidenciales; demócratas con ganas de guerra y de llevar al villano al estrado, ante la atenta mirada de sus votantes.

La Casa Blanca prometió revelar este miércoles la transcripción de aquella conversación entre Donald Trump y Volodímir Zelenski, que según el norteamericano había sido “perfecta”. Luego cedió otro palmo; también conoceremos el testimonio del espía que destapó lo ocurrido. Pero ya era tarde. Pelosi y los suyos habían dado el salto, como un velero que se adentra en aguas desconocidas. Las aguas del caos en las que Donald Trump suele moverse como un marinero experto.

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