el fin del sueño del califato

Hablan las esposas de ISIS: "¿Por qué soy una terrorista? Una vez allí no puedes irte"

Algunas tomaron la decisión sin ser conscientes de las consecuencias, otras se limitaron a seguir a sus maridos. Tras la derrota, nadie quiere hacerse cargo de las mujeres de los yihadistas

Foto: Dos de las esposas del ISIS, en el campo de desplazados de Al Hawl, en la provincia siria de Hasaka. (J. M. López)
Dos de las "esposas del ISIS", en el campo de desplazados de Al Hawl, en la provincia siria de Hasaka. (J. M. López)

Mientras las milicias kurdas aliadas de EEUU continúan su avance sobre el último bastión del Estado Islámico en Siria, en la aldea de Baghuz, cientos de civiles huyen de los combates. Entre ellos hay numerosas familias de los yihadistas extranjeros. Su destino es el campo de desplazados de Al Hawl, en la provincia de Hasaka, un horizonte de tiendas de campaña cada vez más saturado.

Aquí, las esposas de los combatientes extranjeros tienen reservado un sitio alejado del resto de civiles sin hogar. Hasta el momento hay registradas 566 familias, un total de 1.800 personas entre mujeres y niños de 40 nacionalidades diferentes. Con tal mezcla de culturas e ideologías es fácil entender que ya hayan surgido los primeros enfrentamientos. Las mujeres procedentes de países europeos se quejan de que las de origen caucásico y las tunecinas les hacen la vida imposible.

Hasta aquí ha llegado Lisa Andersson. Tiene 29 años, y sus preciosos ojos verdes y su tez pálida que se adivinan entre las telas del niqab no dejan lugar a dudas. Es de Suecia. Según su relato, llegó a Siria un año antes del surgimiento del Estado Islámico, en 2013. Comenzó viviendo en Raqqa -la que fue la 'capital' del "Califato"- pero luego fue cambiando de ciudades a medida que los yihadistas" iban perdiendo territorio, hasta acabar en Baghuz. “Vine aquí siguiendo a mi marido para ayudar a la gente porque había visto las condiciones en las que estaban los hospitales. Después me vi atrapada en esta situación. Me había convertido al islam un año antes de conocerle. Ahora esta en la cárcel”, comenta, mientras uno de sus hijos juguetea entre sus pies.

“No entiendo cómo la gente me puede llamar terrorista, yo solo he vivido mi vida y no soy culpable de nada. Una vez que estas dentro ya no te puedes ir voluntariamente, yo me escapé hace dos meses. Al final ya no teníamos nada que llevarnos a la boca, he sobrevivido comiendo hierba del campo”, asegura. Las condiciones en el campamento este invierno han sido especialmente duras. Más de 30 niños han muerto por el frío, la mala alimentación y una atención médica deficiente. En los últimos dos meses han llegado 24.000 personas, la mayoría desnutridas, lo que triplica la capacidad del campo.

Lisa Andersson, de 29 años de edad, permanece al lado de su tienda en el campo de desplazados internos de Al Hawl. (J. M. López)
Lisa Andersson, de 29 años de edad, permanece al lado de su tienda en el campo de desplazados internos de Al Hawl. (J. M. López)

Sin conocer las consecuencias

Lisa tenía una hija de un año que murió el mes pasado. “El único beneficio que he sacado viniendo aquí ha sido tener a mis hijos, que son lo más importante para mí. He cambiado, soy una persona diferente. Quiero volver a mi país pero sé que mi país no me quiere. Solo pido que me perdonen por lo que hice. Mi vida en este campo es un infierno. Me siento triste, humillada y descorazonada”, concluye entre sollozos.

Hasta aquí ha llegado Leonora Lemke con sus dos hijas: Habiba, de 16 meses, y María, de tan solo 20 días. “Cuando vine a Siria tenía 15 años. Me escapé de mi casa en Alemania porque quería vivir bajo las reglas del islam; ahora empiezo a darme cuenta del error que cometí”, dice apesadumbrada, y continúa: “Me casé con mi marido días después de llegar al territorio controlado por el ISIS. Pero él no es un combatiente, se dedicaba a reparar ordenadores portátiles y yo era ama de casa”, asegura, mientras sostiene en brazos a su hija mayor.

Lo cierto es que tanto para ella como para su esposo, que permanece detenido en la cárcel, el futuro no es muy prometedor. Alemania, al igual que muchos países europeos, se han mostrado reticentes a acogerles ante la falta de una legislación apropiada para este tipo de casos. “Fui muy ingenua. Pensé que el Estado Islámico era fuerte, que cuidaría de sus ciudadanos. La realidad es que al final ya no tenía nada que dar de comer a mis hijos”, se lamenta.

Con sus maridos muertos o en la cárcel el destino de estas mujeres y sus hijos es permanecer en un limbo legal por un tiempo indefinido. Todas ignoraban las consecuencias que podría tener su decisión, y muy pocas son las que reconocen haber venido a combatir con el Estado Islámico. Una de ellas se hace llamar Fátima y es de Chechenia: “Vine aquí porque estaba interesada en formar parte del Califato. Enseguida me casé con un yihadista australiano que se llamaba Mohammed Walid y que fue asesinado en combate. Tengo un hijo de 3 años y ahora me arrepiento de todo. Traté de escapar varias veces y por eso estuve arrestada 5 meses en la cárcel”.

Leonora Lemke sostiene en brazos a su hija Habiba, de 16 meses. (J. M. López)
Leonora Lemke sostiene en brazos a su hija Habiba, de 16 meses. (J. M. López)

"Yo solo seguí a mi marido"

Tanto el presidente Donald Trump como las milicias kurdo-árabes han pedido a los países de origen que se hagan cargo de sus yihadistas, que se los lleven, o que creen un tribunal internacional para juzgarlos, ya que estos podrían quedar en libertad tras la inminente derrota del Califato. Hasta el momento no hay ningún español en la lista, pero sí se sabe que más de un centenar de hombres y mujeres de esta nacionalidad se sumaron a grupos yihadistas en Irak y Siria en los últimos 6 años.

Quizá el caso más mediático sea el de Shamima Begum, también recluida en este campo. Esta joven británica huyó de su hogar con dos amigas cuando tenía 15 años, llegó a Siria y, a los pocos días, se casó en Raqa con un yihadista holandés de 27 años. Tras vivir 4 años en el Califato abandonó la localidad de Baghuz hace unas semanas. Pese a no mostrar síntomas de arrepentimiento, exige a su país que la acepte porque esta embarazada, y amenaza con emprender acciones legales. Tuvo otros dos hijos que murieron por desnutrición.

Un grupo de niños sucios y mal vestidos corretean por el barro. Otros juegan a fútbol en una improvisada cancha con porterías imaginarias. Aquí no tienen otra cosa que hacer, no hay escuelas a las que ir ni maestros que expliquen la lección. Los más hacendosos llevan agua desde el depósito hasta sus tiendas de campaña utilizando cualquier recipiente que pueden encontrar. Los diferentes tonos de piel, así como los ojos rasgados, confirman sus múltiples nacionalidades.

Desde Azerbiayán llegó Shalima con su marido para unirse al Estado Islámico hace 4 años. “Vinimos buscando una vida mejor que la que nos ofrecía nuestro país, nos creímos lo que decían los videos de propaganda. Mi marido murió durante un bombardeo y yo tengo dos hijos por los que luchar”, asegura, con la mirada perdida en el suelo, y finaliza diciendo: “Llegué al campo hace dos meses y me arrepiento de haber venido a Siria, pero fue la decisión de mi marido. Yo sólo le seguí. Ahora quiero volver a casa con mi familia y regresar a la vida anterior”.

Mundo

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
19 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios