la liberación de raqqa

"Era una vida en negro": historias de mujeres en la 'capital' del ISIS

Las mujeres de Raqqa, la antigua 'capital' del Estado Islámico en Siria, cuentan su experiencia tras la liberación de la ciudad. La mínima falta se castigaba con la muerte o la cárcel

Foto: Una mujer llora tras ser rescatada por milicianos de las SDF, la alianza kurdo-árabe que tomó la ciudad, en Raqqa, el 17 de octubre de 2017. (Reuters)
Una mujer llora tras ser rescatada por milicianos de las SDF, la alianza kurdo-árabe que tomó la ciudad, en Raqqa, el 17 de octubre de 2017. (Reuters)

Todo era negro: las ropas de mujeres y hombres, las banderas, los carteles y la publicidad. Incluso durante las bodas, en las que por tradición las mujeres árabes visten de blanco, se obligaba a la novia a vestir de negro. Esta es una de las visiones más repetidas por muchas de las mujeres de Raqqa, la antigua 'capital' del Estado Islámico en Siria, liberada hace dos semanas por una alianza kurdo-árabe apoyada por EEUU, las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF). La vida vista "en negro”.

La ciudad ha estado sumida en el terror durante casi cuatro años de control del grupo extremista más peligroso del mundo. Ahora, la urbe que albergaba alrededor de 220.000 personas antes del estallido de la guerra de Siria en 2011, está desierta.

Miles de civiles esperan a las afueras a que les permitan regresar a sus hogares, aunque la mayoría no tiene esperanzas de poder rehacer sus vidas rápidamente; los intensos bombardeos de Rusia y la Coalición Internacional han arrasado barrios enteros. Alrededor de 200.000 personas han estado viviendo durante los últimos tres meses en los campos de refugiados, pero ahora que llega el invierno, el frío y las lluvias, las condiciones de vida empeorarán. Las SDF han declarado que el retorno de los civiles hasta que la ciudad esté completamente limpia de minas. Nadie puede dar fechas concretas de cuándo sucederá.

Las mujeres no podíamos salir de casa. No había agua, no había luz, no había nada. Teníamos que cocinar con fuego... vivíamos como hace 2.000 años

Las mujeres de Raqqa aún viven con miedo, porque han visto horrores. Como la ejecución pública de los soldados del régimen de Bashar al Assad en la plaza de Al-Naim. Fatma no quiere dar su nombre real, ni siquiera que se grabe su voz. Apunta el dedo índice al cuello y lo cruza: “Si ellos (los yihadistas) se enteran me cortan la cabeza”.

Fatma relata cómo era vivir bajo el Estado Islámico. “Cuando Daesh llegó, muchas cosas de la vida diaria fueron prohibidas. Cerraron los colegios y obligaron a las mujeres a vestir de negro. De hecho, las mujeres no podíamos salir de casa. No había agua, no había luz, no había nada. Teníamos que cocinar con fuego... vivíamos como hace 2.000 años”.

La influencia del Daesh llegaba a todos los rincones de la vida, tanto privada como pública. La estética de hombres y mujeres debía seguir un patrón concreto. Los hombres el pelo corto y la barba, de un largo determinado. Las mujeres, cuando salian a la calle, un vestido hasta los pies, guantes y niqab (el velo integral). Incluso las mujeres que trabajaban en los campos debían vestir así, bajo las temperaturas de 50 grados que alcanza Siria en verano.

Fumar estaba prohibido. Daesh hacia controles por la calle para asegurarse de que nadie rompiese las normas. La televisión también estaba prohibida y la señal de satélite cortada. Para el Estado Islámico, la televisión era "haram" (pecado) y, de este modo, la población no podía tener acceso a información alguna. “Vivíamos bajo la opresión. Había que seguir obligatoriamente las reglas impuestas o te cortaban la cabeza. Por una falta mínima te ejecutaban o te llevaban a la cárcel y desaparecías. Era una vida en negro”, cuenta Fatma.

El Estado Islámico creó un sistema de impuestos y su propia moneda, el dirham. Un dirham valía 1.250 libras sirias. El agua, la luz y el teléfono debían pagarse obligatoriamente con su moneda. Por cada animal que las familias poseían, por ejemplo, pagaban un impuesto a sus recaudadores. Cuando se recolectaba la cosecha, el Estado Islámico incautaba parte de la misma.

La sociedad, bajo una situación de crueldad semejante, se polariza. Los vecinos se delataban unos a otros. Los hijos traicionaban a sus padres. Una mujer, que también desea mantener su anonimato, relata con horror la historia de una madre y su hijo: “Una madre no quería que su hijo se uniera al Daesh. Le dijo que no permitiera que su corazón cayera en hacer la yihad (guerra santa) y el hijo denunció a su madre. Daesh le dio un cuchillo al hijo y éste ejecutó a su madre. Todo el mundo en Raqqa lo vio. Todo porque su madre le dijo que por hacer la yihad no iba a ir al cielo”.

Un miliciano de las SDF entre los edificios destrozados por los bombardeos, en Raqqa. (Reuters)
Un miliciano de las SDF entre los edificios destrozados por los bombardeos, en Raqqa. (Reuters)

Halima tiene 19 años y una hija de un año y medio, Arîn. Antes, la pequeña tenía otro nombre, pero cuando las YPJ (las milicias kurdas formadas por mujeres) llegaron para participar en la liberación de Raqqa, Halima decidió llamarla como la famosa combatiente de Kobane, Arîn Mirkan. Su hija es huérfana de padre, quien murió combatiendo contra el Estado Islámico en la ciudad.

La mujer señala con el dedo la foto colgada sobre la pared, “para que Arîn nunca olvide a su padre, que dio la vida por su futuro”. Halima recuerda las prohibiciones y privaciones, pero sobre todo, el control sobre la vida bajo el yugo de Daesh. Nunca podía salir sola de casa, ni siquiera a visitar a sus vecinos. Para hacerlo, debía ir siempre acompañada de su marido y éste debía demostrar que su matrimonio estaba en regla. El Estado Islámico expedía certificados de matrimonios, los únicos papeles válidos. Dentro de casa, el control no cesaba: “Estaba prohibido que durmieras con tu marido en la misma habitación”.

Daesh también controlaba cuántas veces rezaban y si iban a la mezquita. Hacían controles aleatorios de los teléfonos móviles cuando la gente andaba por la calle. Halima recuerda la historia de una mujer que había hablado con su marido, que estaba en Europa. Cuando volvía de la mezquita, Daesh incautó su teléfono y descubrió una conversación en la que la mujer decía que “no aguantaba más esta vida, que volviera con ella”. El Estado Islámico arrestó a la mujer y desapareció.

También estaba prohibido que los médicos tocaran a las mujeres, por lo que solo podían acceder a médicos ilegales, normalmente paquistaníes y afganos. “Pero tú no conocías a ese doctor, no sabías de dónde había salido. Muchas mujeres pasaban por enfermedades muy duras porque nadie las curaba”.

Ahora Halima trabaja en el centro de las YPJ, a las afueras de Raqqa, así puede conseguir algo de dinero para mantener a Arîn. Continúa vistiendo de negro, guardando luto por su marido. Aunque Daesh haya sido expulsado las repercusiones sociales, económicas y psicológicas harán que, para muchas mujeres, la vida continúe siendo de este color.

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