EL LIMBO DE LOS NIÑOS EUROPEOS DEL ISIS

Los abuelos de la yihad: "Sueño con que mi hija sea arrestada y repatríen a mis nietos"

Son los abuelos de aquellos que Francia preferiría no volver a ver, de las decenas de niños arrastrados por sus padres desde Europa hasta Siria o que nacieron ya bajo la bandera negra del ISIS

Foto: Foad, el hermano de Nora, de 15 años, quien escapó de su hogar en Avignon para llegar a Siria, muestra una foto de la joven. (Reuters)
Foad, el hermano de Nora, de 15 años, quien escapó de su hogar en Avignon para llegar a Siria, muestra una foto de la joven. (Reuters)

Marie era una adolescente como cualquier otra. Buena estudiante, con proyectos, alegre, con un montón de amigas. El proceso de radicalización fue progresivo y duró años. Hoy está desaparecida en Siria con sus tres hijos, de 7, 5 y 3 años. Su madre hace seis meses que no sabe nada de ella. “Vivo en la espera, el miedo y el dolor. Esa es mi vida ahora, eso es lo único que la ocupa”, confiesa Catherine, que prefiere ocultar su verdadero nombre “para no ponerlos en peligro”. Dos de los nietos de Lydie nacieron ya en territorio sirio. “El más pequeño tiene sólo tres meses. Su madre está atrapada en uno de los pocos reductos que mantiene el Estado Islámico en Siria. No puede ver a sus otros dos hijos, de 4 y 2 años, porque están con el padre, un hombre que la maltrataba. Sueño con que sea arrestada y podamos repatriarlos”.

La desesperación es total para los abuelos de las decenas de niños que fueron arrastrados por sus padres desde Europa hasta territorio sirio-iraquí o que nacieron ya bajo la bandera negra del Estado Islámico. Atrapados en un limbo legal, desamparados en medio de una guerra y víctimas de la incomprensión, la mayoría tiene menos de cinco años y, según denuncian sus familias, han sido abandonados por el Estado francés. “No pedimos impunidad. Nuestros hijos tomaron una decisión terrible y deben ser juzgados y castigados por ello. Pero los niños, nuestros nietos, son inocentes, ellos no eligieron marcharse a una zona de guerra. Sólo pedimos poder acogerlos, amarlos, reconectarlos con la vida”, confiesa a El Confidencial Catherine.

"Nuestros hijos deben ser juzgados y castigados. Pero los niños son inocentes, no eligieron marcharse a una zona de guerra"

La repatriación de los yihadistas franceses capturados en Siria e Irak es un asunto cuanto menos delicado en Francia. El pasado noviembre, el presidente Emmanuel Macron se mostró partidario de que los adultos franceses que se unieron a las filas del Estado Islámico fueran juzgados allá donde fueron arrestados, y prometió revisar “caso por caso” el retorno de sus hijos. “Pero lo cierto es que, desde entonces, el Gobierno sólo ha tratado un caso, el de los hijos de Melina Boughedir”, explica el abogado Vincent Brengarth, que ha conseguido el traslado a Francia de los tres hijos mayores de esta francesa detenida por las autoridades iraquíes tras la caída de Mosul, y que podría ser condenada a muerte. Su bebé de 18 meses sigue con ella en Irak. El caso de Melina Boughedir es posiblemente el más conocido en Francia, pero no es el único.

Según las cifras que maneja el Gobierno francés, 68 menores han regresado ya a Francia. Se calcula que, desde 2014, unos 1.700 franceses se unieron a las filas del Estado Islámico. Aún permanecen allí 1.180. De ellos, unos 500 son niños. La práctica totalidad de esos retornos de menores se han hecho a través de Turquía, acompañados de sus padres y de forma controlada por la policía. Una vez en territorio francés, sus padres son juzgados y ellos se quedan a cargo de profesionales de la infancia y la educación, que más adelante deciden si esos niños son entregados a sus familias o quedan bajo la custodia del Estado. “Se dice que esos niños son bombas de relojería. Pero si no hacemos nada por ellos evidentemente que pueden suponer un peligro en el futuro”, critica el abogado Martin Pradel, que defiende algunos de estos casos.

"Todos se han radicalizado en suelo francés"

Si en Irak los combatientes extranjeros son juzgados -y casi siempre condenados a muerte o a cadena perpetua por terrorismo-, el caso de los arrestados por las autoridades kurdas en Siria es más complejo. La abogada Marie Dosé defiende a varias francesas detenidas con sus hijos, la mayoría menores de 5 años, en esta especie de limbo. “Llevamos tres meses alertando a las autoridades de su situación y pidiendo que sean repatriados, porque el Kurdistán sirio no existe, pero nos topamos con el autismo político de nuestro gobierno. Están inmersos en una especie de populismo que dice, no os preocupéis, franceses, que no van a volver”, critica la letrada. “Pero estas personas han nacido en Francia y son el producto de nuestro fracaso republicano. Todos se han radicalizado en suelo francés, todos han tenido una educación republicana, han salido de familias como las nuestras. Es nuestro fracaso y somos nosotros quienes debemos juzgarlos”.

Casi todas las historias de esas radicalizaciones se parecen. Chavales alegres como Quentin, que empiezan a interesarse por la religión islámica a través de un amigo. Se convierten y caen en las redes de reclutadores que les seducen hacia un islam cada vez más radical. Pasan horas en internet, la relación con sus familias es cada vez más difícil y esos nuevos “amigos” se convierten en su refugio. Y un día, sin avisar, se marchan. El destino, la Siria del Daesh.

En enero de 2016 alguien envió un mensaje de texto a los padres de Quentin. Su hijo había “caído como un mártir” en Siria. “No sabemos ni cómo, ni dónde. La de nuestro hijo es una muerte no reconocida”, lamenta su padre, Thierry. Doblemente víctimas, estas familias sufren desde entonces la soledad y el estigma de aquellos que consideran que han fallado en la educación de sus hijos o que comparten esa ideología extremista.

La incomprensión no les ha llevado, sin embargo, al ostracismo, y muchos han empezado a movilizarse. Véronique Roy, la madre de Quentin, ha sido muy activa desde el principio para alertar del problema de la radicalización de los jóvenes en Francia y ha intentado exorcizar esos demonios con una suerte de terapia de duelo y manual para prevenir a otros padres con el libro, 'Quentin, qu'ont-ils fait de toi?' (Quentin, ¿qué han hecho contigo?). Véronique y Thierry son hoy los impulsores del colectivo “Familias Unidas”, que agrupa a una cincuentena de familias afectadas por la radicalización, padres y abuelos de aquellos que Francia preferiría no volver a ver.

Niños de familias de militantes de Daesh que se rindieron a los pershmega en Al Ayadiya, en Irak. (Reuters)
Niños de familias de militantes de Daesh que se rindieron a los pershmega en Al Ayadiya, en Irak. (Reuters)

“Son padres de personas que han caído en la radicalización pero también son abuelos. Y se convierten en los portavoces de esos pequeños, los más débiles, a los que nadie va a venir a ayudar porque los poderes públicos se han desinteresado de su situación. Esos niños no han cometido ninguna infracción, son inocentes de haber nacido en Siria porque sus padres les han llevado a nacer allí. Y son franceses, y como tal tienen derecho a la protección de Francia”, afirma Pradel, uno de los abogados del colectivo, que exige a las autoridades que se responsabilicen de la suerte de estos niños y gestionen su repatriación.

Pero el tiempo pasa y los niños no vuelven. De la angustia del primer momento -“cuando me enteré de que se habían ido a Siria pensé incluso de forma desesperada en irme yo también, por lo menos para cuidar a los niños, para intentar protegerlos”, confiesa Catherine-, algunos pasan a la impotencia. “He escrito a todo el mundo. Al primer ministro, al presidente, incluso a la ONU. Nadie nos responde y nosotros somos también víctimas. Abandonarlos allí es condenarlos a muerte”, sostiene esta mujer menuda con un hilo de voz.

Un libro de matemáticas y otro de inglés encontrados en un centro de Daesh para niños combatientes, en Mosul, Irak. (Reuters)
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Un libro de matemáticas y otro de inglés encontrados en un centro de Daesh para niños combatientes, en Mosul, Irak. (Reuters)

Muchos de estos padres y abuelos ya advirtieron del peligro que empezaban a percibir en sus casas a las autoridades, y han colaborado con ellos desde entonces. Lydie Maninchedda tuvo un presentimiento “de que algo se estaba preparando” y acabó por alertar a la policía de sus sospechas. Su hija Julie, una estudiante brillante, se había convertido en secreto en una mezquita de Lille. Viajó a Alemania con la excusa de hacer un curso y allí conoció a otro converso, se casaron y poco tiempo después tuvieron un bebé. Julie llevaba ya desde hace meses el “niqab”, el velo integral. “Era una mujer completamente sometida a su esposo. Yo veía que físicamente era mi hija, pero ya no era ella”.

Cuando Lydie contó a las autoridades sus sospechas, los franceses contactaron con sus colegas alemanes y la respuesta fue demoledora. El marido de Julie pertenecía a un movimiento salafista radical y estaba vigilado desde hacía dos años. Pero no pudieron evitar lo peor. Dos meses después, la pareja y su bebé tomaron un avión con destino a Turquía y de allí pasaron a Siria para instalarse en Raqqa, la capital del "Califato".

Desde entonces, Julie ha tenido otros dos hijos, se ha separado de sus esposo alemán “y ha vuelto a casarse con otro hombre porque es imposible para una mujer vivir sola allí”, justifica su madre. Como otros muchos padres, Lydie y su marido Patrice se comunican con su hija a través de internet cuando ella puede conectarse en algún precario cibercafé. En dos ocasiones le han mandado dinero. “Cuando tu hija te llama y te dice que no tiene dinero para alimentar a sus hijos, ¿qué puedes hacer? Sé que es un riesgo, pero lo hemos hecho, siempre con el conocimiento de la policía, que sabe cuánto vamos a mandar y a quién”, afirma esta maestra.

A la impotencia se suma el riesgo de ser acusados de contribuir al yihadismo. Lydie y su marido podían haber acabado como los padres de Margaux Dubreuil, detenida por las fuerzas kurdas en Siria con sus tres hijos. El pasado diciembre fueron imputados por financiación del terrorismo al haber mandado a su hija desde 2013 entre 10.000 y 15.000 euros. No es el único caso. Nathalie Haddadi fue condenada a dos años de prisión el pasado mes de septiembre por haber enviado dinero a su hijo Belabbas, muerto en Siria en 2016.

La abogada Marie Doré denuncia la incoherencia y la doble vara de medir del Estado francés, que a través de la Fiscalía ha actuado con una gran dureza contra esos padres que han enviado dinero a sus hijos, pero que por la cementera Lafarge, cuya filial siria ha sido acusada de haber pagado millones al Estado Islámico para poder seguir operando, “no ha habido ni siquiera una requisición para una detención provisional”, critica la letrada, cuyo bufete representa a una de las ONG que han denunciado al gigante francés por financiación del terrorismo. El caso está en manos de la Justicia. Doré recuerda además que esas cantidades supuestamente se pagaron antes de los atentados perpetrados en Francia en 2015 y 2016, “así que, ¿quién nos dice que ese dinero no ha financiado los atentados de aquí?”.

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