"en las escuelas se hablan 15 idiomas"

Cuando la inmigración cambia todo: Boston, la ciudad más pro-Brexit del Reino Unido

En una década la localidad ha ganado casi 15.000 habitantes, la mayoría de ellos procedentes de Europa del Este. Es ya la segunda ciudad del país con más extranjeros después de Londres

Foto: Dos hombres pasan frente a un restaurante polaco en Boston. (Reuters)
Dos hombres pasan frente a un restaurante polaco en Boston. (Reuters)

En Boston, la ciudad que obtuvo el mayor porcentaje de voto pro-Brexit de todo el Reino Unido (75,6%), todo el centro de la ciudad está repleto de supermercados y tiendas de comestibles que se anuncian bajo el emblema 'Taste of Europe' (Sabor de Europa). Son las ironías del Brexit. Aunque, tal vez, dicho contraste explique algunas claves. En el interior de dichos establecimientos, con una variedad ingente de pepinillos provenientes del este de Europa, el inglés apenas existe: las cajeras despachan en polaco, en lituano, en letón. Y el carnicero o charcutero de turno llama por su nombre de pila a sus clientes. “No, no vienen muchos ingleses por aquí”, admite Agnieszka mientras cobra a una clienta, “supongo que no están acostumbrados al tipo de productos que vendemos”.

En 2001, según el censo de Boston, habitaban en esta ciudad rural del centro-este de Inglaterra 55.750 personas, de los cuales “el 98,5% eran ingleses blancos”, como reza el informe ‘Social Impact of Population Change’, que el propio Council de Linconshire publicó en 2011 para alertar del riesgo del masivo flujo de inmigración en la zona. Una década después, la población asciende 70.000 personas, la mayoría inmigrantes provenientes de Polonia, Bulgaria, Rumanía y las repúblicas bálticas. Esta situación ha generado una notable presión demográfica y un visible cambio en el paisaje urbano de Boston, convirtiendo a la localidad en la ciudad que tiene mayor porcentaje de población extranjera en todo el Reino Unido después de Londres.

El acusado incremento de población descrito no conllevó una inversión extra en recursos públicos, como reconoce el actual MP del condado, Michael Cooper, uno de los políticos conservadores más críticos con Theresa May. “En 2007 se hablaban solo 3 idiomas en nuestras escuelas; hoy se hablan 15, sencillamente no podemos gestionar esta situación por falta de recursos”. Cooper, ferviente partidario del Brexit, califica la situación en Boston de “insostenible” si no te toman medidas en el corto plazo, “tenemos los mismos médicos que hace una década y una población mucho mayor”. El MP, al otro lado del teléfono, se desespera cuando habla, como si para él fuera imposible que nadie más en Londres vea esta problemática tan nítida tal y como la ve él: “Para los políticos de Londres todos los que estamos al otro lado de la M-25 somos unos alienígenas”.

Maquetea en el interior de una iglesia de Boston. (E. Blanco)
Maquetea en el interior de una iglesia de Boston. (E. Blanco)

Efecto de la presión demográfica

Además de los problemas de gestión, la mayoría de los ciudadanos de Boston culpan del masivo voto a favor del Brexit “al cambio radical que ha sufrido la comunidad debido al frenético flujo migratorio”, tal y como reconoce Andrew Malkin, funcionario del Ayuntamiento de la ciudad.

Esta sensación es más compartida por la gente de edad más avanzada, según explica Matt Marsch, gerente de una empresa de seguridad en la comarca: “Entiendo cuando mi madre me dice que antes las puertas de todos siempre estaban abiertas y ahora no conoce ni siquiera a la vecina de al lado”. Con un discurso calmado, Matt cuenta cómo intenta cambiar la opinión de su madre: “Le digo que yo creo que esta situación es un síntoma de los tiempos, y no un problema de la UE”. La novia de Matt es polaca y su receptividad a los que llegan es total, “todas las personas que conozco del Este de Europa, sin excepción, han traído más soluciones que problemas”.

La empresa de Marsch se dedica principalmente a gestionar la seguridad de los clubs nocturnos. Reconoce que la inseguridad ha aumentado en Boston y en toda la zona de Lincolnshire, “pero en ningún caso las cifras muestran una escalada exponencial como se suele vender desde sectores más conservadores”. Matt pone el énfasis a la hora de explicar los problemas en la falta de integración: “Son precisamente las mafias locales, que llevan operando muchos años en la zona, las que más se aprovechan de la vulnerabilidad de muchos de los chicos que llegan a Boston sin saber ni una palabra de inglés”. A menos formación, mayor capacidad de ser captados por organizaciones delictivas.

Por lo general, se nota un hastío profundo a la hora de hablar sobre el Brexit de los partidarios de la salida del bloque, y no solo eso, también se percibe cierta reticencia e, incluso, victimismo. “La prensa muchas veces nos describe como unos xenófobos sin corazón, pero no conocen para nada la realidad”, asegura Patrick, un taxista que pasa su tiempo libre en la iglesia de la ciudad, donde una asociación local está recaudando fotos para construir una maqueta de la propia iglesia con piezas de Lego. “Yo voté Brexit hace dos años y votaría Brexit de nuevo en un segundo, en un tercer o en cuarto referéndum”, dice el taxista, que habla rápido, seco, como si se estuviera justificando. Se enfada mientras habla. “No me da vergüenza reconocerlo como le pasa a mucha gente por aquí”, dice mientras señala en círculos con su dedo, “tenía y tengo razones legítimas para defender mi decisión”.

En la iglesia anglicana de St. Botolph’s, cuya torre es conocida por los oriundos como ‘The Stump’, los últimos bancos están reservados para personas sin hogar. Hay un cartel escrito a mano que pide a los que llegan buscando refugio que solo usen los tres últimos bancos. En una mañana de martes cualquiera, con la misa ya terminada, mucha gente está sentada y nadie parece rezar. “Yo no quiero que nadie lo pase mal, pero es verdad que esto antes no era así”, dice Patrick usando un tono resignado.

Además de la presión en los servicios y el profundo cambio en el paisaje de la ciudad, otra de las circunstancias que dispararon el voto pro-Brexit en la localidad fue el exponencial aumento del precio de la vivienda. Los habitantes de Boston aseguran que el precio de los pisos es parecido al de las capitales del país, pero el nivel de ingresos es el de una localidad agraria con bajos salarios.

Un residente de Boston se ejercita en el gimnasio. (E. Blanco)
Un residente de Boston se ejercita en el gimnasio. (E. Blanco)

La necesidad de mano de obra

Los bajos salarios es un argumento que se puede esgrimir como un problema en la localidad, pero no así los niveles de desempleo. Irónicamente, Boston es la ciudad con el nivel más bajo de paro de todo el Reino Unido (solo un 3,1%). Esta necesidad de mano de obra ha sido el verdadero efecto llamada. “Muchos de los que quieren salir de la UE son los que luego tienen granjas y empresas que necesitan la mano de obra que nos llega desde el este de Europa”, dice Mary, taquillera del teatro local de la ciudad.

Encontrar un empleo en Boston es tan sencillo como entrar en una de las múltiples agencias de trabajo y decir que estás disponible para trabajar. La encargada suele hacer dos preguntas: ¿Tienes tu propio medio de locomoción? ¿Cuándo quieres empezar? Lo más probable es que el agente de trabajo encuentre un empleo para el que lo busca esa misma mañana.

Uno de los que esperan su turno para tener su oportunidad es Markus. Llegó a Boston hace apenas una semana procedente de Lituania. “En Vilnus cobraba 400 euros, pese a que era el responsable de un restaurante con más de 12 camareros”, dice mientras levanta la mirada al mostrador, pendiente por si le llaman. “Me han dicho que esta agencia está bien, he llegado a las 10 y parece que a las 12 me van a llevar a una fábrica de pollos”, dice en un inglés todavía muy precario, “un amigo me ha dicho que el trabajo no es muy duro, pero que en la nave hace bastante frío”. Markus cobrará el salario mínimo por empaquetar carne de pollo: 7,83 libras por hora.

En el gimnasio ‘100%’, Tomislav levanta cilindros de más de 60 kilos. “Cuando no trabajo, vengo aquí para relajarme”, dice sin dejar de hacer series. Lleva cuatro años en el Reino Unido. Por un momento deja de ejercitarse: “Echo de menos mi país, Bulgaria, pero allí no hay oportunidades y tengo asumido de que no me iré de aquí”, dice sin un ápice de pesadumbre, como quien tiene muy bien interiorizado su destino: “Sl principio fue un poco más complicado, pero ahora ya me siento uno más de Boston… Tengo varios amigos ingleses que he conocido en el gimnasio, la situación no es tan mala como se cuenta”. Tomislav sí reconoce que está con muchas ganas de que se acabe este proceso de incertidumbre política. “Cuanto más se habla, más grande se hace la bola de nieve, al final todos queremos seguir con nuestras vidas de la mejor manera”. Termina la frase y vuelve a emprender las series de levantamiento de peso.

Al lado del gimnasio '100%' está West Street, la icónica calle repleta de negocios provenientes del este de Europa: supermercados, peluquerías, restaurantes bálticos y tiendas de telefonía generan una hilera comercial que ha trasmutado el decorado de Boston, una tradicional ciudad medieval. “Me encanta el colorido de West Street”, dice Ranti, un indio que lleva en el país 23 años y que lleva un negocio de comestibles, “muchos pueblos han ido cambiando su color por la llegada de otras personas, pero así ha avanzado el mundo, ¿no?”. Ranti habla pausado. Parece un profeta. Al salir de su establecimiento, llama la atención la fachada casi en ruinas de ‘Axe & Cleaver’, un antiguo pub abandonado. “Lleva ya mucho tiempo cerrado”, apunta Ranti desde el umbral de su negocio, “me extraña que lleve tanto tiempo sin ocuparse”, dice como quien entona una antigua premonición. “Te apuesto lo que quieras a que pronto habrá ahí otro supermercado europeo”.

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