viaje por la línea entre las dos irlandas

La frontera imposible que convierte el plan de May en una utopía

El 'backstop' irlandés, la polémica "salvaguarda" para evitar una frontera física, ha terminado tumbando los planes de May. Viajamos a esta frontera imposible entre las dos Irlandas

Foto: Un cartel sobre el Brexit entre Donegal y Londonderry, en la frontera entre las dos Irlandas. (Reuters)
Un cartel sobre el Brexit entre Donegal y Londonderry, en la frontera entre las dos Irlandas. (Reuters)

Middletown es un pequeño pueblo de 300 habitantes. Está ubicado apenas a dos kilómetros de la frontera entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte (perteneciente al Reino Unido). La vida es tranquila, los paisajes de alrededor son bucólicos y las conversaciones sobre política son mucho más escasas de lo que se podía prever. Mientras Londres y Bruselas llevan enzarzados dos años intentando definir el estatus de la frontera irlandesa, en Middletown sus habitantes siguen con sus vidas un tanto ajenos al terremoto político que mantiene en vilo el proceso de salida del Reino Unido de la UE, pero mirando de reojo los acontecimientos.

Para los habitantes de Middletown, como para los otros ciudadanos que viven en el territorio casi ficticio entre ambas Irlandas, simplemente la frontera no existe, es acaso un recuerdo vivo que de alguna u otra forma ha modelado sus vidas. Todavía recuerda Elizabeth, una mujer que supera los 70 años, las colas que tenía que esperar en la frontera después de la guerra, “aunque fuese solo para comprar una porción de mantequilla”. Hace más de medio siglo, el comercio entre vecinos era un auténtico quebradero de cabeza. Eran vecinos, sí, pero cada uno con un pasaporte diferente. Había que cargarse de paciencia o de picardía para comprar leche o mantequilla a granjeros que vivían casi al otro lado de la calle.

Actualmente, la frontera, pese a tener 275 pasos oficiales e infinitos pasos no oficiales, es un lugar indefinido, nunca marcado, pero profundamente psicológico. Un lugar tan literario e irresuelto que incluso tiene una cuenta en Twitter con más de 60.000 seguidores. La cuenta The Irish Border, una parodia anónima que verbaliza el conflicto existencial de la frontera, tiene como tuit fijo la fotografía de un elefante mirando una mesa de serios negociantes.

El ejercicio diario de Jim Esnier representa la disolución de la frontera. Jim coge su bicicleta todos los días antes de trabajar para mantenerse en forma. Pese a que inicia su ruta en Irlanda del Norte, hace casi todo su recorrido por la República de Irlanda. “Espero no tener que ir con el pasaporte cuando vaya montar en bici”, comenta con sorna contenida, aunque con una sombra de preocupación.

La fragilidad de los Acuerdos del Viernes Santo

La historia de Jim es la historia de decenas de miles de irlandeses que viven a medio camino en ese territorio indefinido. “Yo solo me doy cuenta de que he superado la frontera”, comenta Mary, “cuando observo que tengo otro operador en el teléfono”. Mary regenta un encantador café en Middletown y considera que la imposición de una “frontera dura” sí afectaría a su negocio, aunque eso no sería lo peor. “Lo que más miedo me da sería volver atrás”, o dicho de otro modo: revivir el conflicto de Irlanda del Norte, donde republicanos y unionistas mantuvieron una guerra de baja intensidad que cercenó casi 3.000 vidas desde finales de los años sesenta hasta los Acuerdos del Viernes Santo, firmados en 1998.

La imposición de una frontera visible “generaría un momento claro de desestabilización”, reconoce White

Pese a que este 2018 se han cumplido 20 años de la firma del pacto que finalmente trajo paz a Irlanda y a todo el Reino Unido (especialmente a la provincia del Ulster), en el país se tiene la sensación de que el conflicto no está absolutamente cicatrizado. La imposición de una frontera visible entre ambas Irlandas “generaría un momento claro de desestabilización”, como reconoce Tom White, líder de una asociación loyalista en Shankill, el barrio unionista por antonomasia de Belfast.

Son tres motivos principales los que han colocado los 499 kilómetros de frontera entre Irlanda e Irlanda del Norte en el centro de la negociación entre el Reino Unido y la UE. El primero es el recelo y la preocupación que causa el resurgimiento de las antiguas tensiones entre republicanos (que aspiraban a la unificación de Irlanda) y unionistas (fervientemente adcritos a los valores de la Union Jack y la Corona británica). El segundo se adentra más en el territorio de lo simbólico: la frontera entre ambas Irladas sería la única frontera terrestre que habría entre un Reino Unido pos-Brexit y la Unión Europea. El tercero tiene que ver con la gestión del tráfico de bienes y servicios. Con la imposición de una frontera dura, se acabaría la libre circulación, generando tremendas alteraciones políticas y económicas entre ambos territorios.

Un tractor, en la frontera entre las dos Irlandas. (Katharina Jahn)
Un tractor, en la frontera entre las dos Irlandas. (Katharina Jahn)

A vueltas con el 'backstop'

La búsqueda sin cuartel de un territorio intermedio, algo así como la búsqueda de la opción menos mala que no hiciera saltar por los aires los acuerdos del Viernes Santo y enterrara la idea de instalar una frontera física, ha sido el gran quebradero de cabeza de la complicada negoción entre el Reino Unido y la UE. La opción intermedia ha sido definida como la creación de una “red de seguridad”, el famoso 'backstop' (usando terminología del béisbol), una especie de póliza de seguro que permita el tránsito de personas y mercancías sin necesidad de frontera física de ningún tipo. Así, Irlanda del Norte operaría, hasta que se formalice la nueva relación económica entre el Reino Unido y la UE, con la reglamentación europea, al igual que el resto del país, que quedará atado a la regulación europea hasta que termine el proceso de transición el 31 de diciembre de 2020.

Boris Johnson, el exministro de Exteriores, ya ha asegurado que Irlanda del Norte se podría convertir “en una colonia económica de la UE”

Este punto en el acuerdo es clave y está siendo interpretado como un gesto de vasallaje por el ala más euroescéptica del Partido Conservador. Potencialmente, Irlanda del Norte podría adscribirse indefinidamente a la regulación europea, generando una distancia en términos legales con el resto del Reino Unido y poniendo en riesgo la unidad política del país. Boris Johnson, el exministro de Exteriores, ya ha asegurado que Irlanda del Norte se podría convertir “en una colonia económica de la UE”. Los unionistas de la DUP, que sostienen al Gobierno de May con sus 10 diputados, también han anunciado que no van a votar a favor e incluso han calificado el acuerdo como un “ahorcamiento”.

La dichosa gestión de la frontera irlandesa amenazaba con hacer encallar en Westminster el pacto con la UE en la votación programada para este martes, que finalmente el Gobierno ha cancelado ante el riesgo de sufrir una derrota devastadora. Theresa May, la 'premier' británica, está abocada a una doble oposición: los partidarios de quedarse en la UE, cuyo descontento es inconsolable, y el ala euroescéptica, que ve en el acuerdo de la frontera irlandesa la representación de toda la tibieza negociadora de Londres en Bruselas. En dicha coctelera, la primera ministra británica tiene pocas opciones de sobrevivir.

El muro de Belfast, la verdadera frontera

Si la frontera entre ambos territorios en la isla irlandesa es casi un escenario irreconocible (donde apenas se nota el cambio de color de la calzada y la señales viarias), es en la ciudad de Belfast (capital de Irlanda del Norte) donde las cicatrices del conflicto sí tienen estructuras arquitectónicas que dan buena cuenta de la profundidad del enfrentamiento.

Entre Falls Road (barrio católico y de mayoría separatista) y Shankill (bastión unionista) se coloca Peace Lines, uno de los muros más politizados del mundo y cuyos grafitis narran la crudeza de uno de los conflictos más violentos de la Europa moderna. En los pubs de ambos barrios se respira una atmósfera inquieta y polarizada. En Falls Road nadie quiere oír hablar del Brexit, mientras que en Shankill todo lo que no sea una salida rápida de la UE resulta “un atentado a la democracia”, como dice Tom White.

El muro en una calle de Shankill, bastión unionista. (E. Blanco)
El muro en una calle de Shankill, bastión unionista. (E. Blanco)

En una sociedad tan polarizada, el tomar parte en bloque es casi una reacción biológica. Si los unionistas apoyan al Glasgow Rangers y son protestantes, los republicanos son católicos y del Celtic. El Brexit también se ha convertido en una nueva proyección del conflicto. Esta teoría de la bipolaridad eterna la explica muy bien Guillanders, un carnicero 'brexiter' de Middletown, una 'rara avis' que presume de una foto con el príncipe Charles y Camilla Paker Bowles: “Aquí nadie tiene ni idea de si es mejor irse o quedarse en la Unión Europea, te lo digo yo, aquí al final todo el mundo votó siguiendo las directrices de sus partidos de siempre”.

Visto lo visto, esos mismos 'partidos de siempre' pueden cargarse un acuerdo que ha tardado dos años en gestarse. Se invocaría así la imposibilidad de generar la cuadratura del círculo para la famosa frontera irlandesa (el lugar fronterizo del mundo donde pastan las vacas con más serenidad), volviendo toda la negociación entre el Reino Unido y la UE a la temida casilla de salida.

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