Puigdemont deja Alemania por la puerta de atrás: de 'héroe romántico' a gran ignorado
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el país ve Su marcha CON CIERTO ALIVIO

Puigdemont deja Alemania por la puerta de atrás: de 'héroe romántico' a gran ignorado

La historia del 'expresident' en suelo alemán ha sido la de un gran malentendido. Ciudadanos y políticos han ido perdiendo interés por su causa, pero incluso ahora siguen sin comprender quién es

Foto: Puigdemont deja Alemania por la puerta de atrás: de 'héroe romántico' a gran ignorado
Puigdemont deja Alemania por la puerta de atrás: de 'héroe romántico' a gran ignorado

Es la historia de un desencanto. De un gran desconcierto. De cierto hastío y grandes dosis de incomprensión. Alemania ha visto este miércoles cómo Carles Puigdemont anunciaba el fin de su estancia forzada en el país y lo ha despedido sin alardes, por la puerta de atrás. El torbellino político que generó tantos apoyos en un primer momento, tras su detención hace cuatro meses, se ha esfumado. Hay múltiples razones, no solo que el interés mediático haya decaído. Las posiciones en Alemania se han matizado mucho tras indagarse en su figura y su trayectoria, erosionando el halo romántico que le rodeó inicialmente. Además, la complejidad de la crisis catalana abruma y desorienta a la inmensa mayoría.

Horas después de su última rueda de prensa en Berlín, los titulares de los medios alemanes oscilaban entre el "Puigdemont se marcha de Alemania" y "Puigdemont dice adiós". Y en las informaciones, su decisión de regresar a Bruselas este mismo fin de semana y su voluntad de volver en breve a la primera línea de la acción política. Luego, un resumen, más o menos completo, de su etapa alemana. La detención. El estudio de la orden de extradición en la Fiscalía y la Audiencia Territorial de Schleswig-Holstein. Llarena. Poco más.

Pero en ningún caso copaban los titulares sobre el líder soberanista los medios alemanes. Había que buscar su nombre entre las noticias. El 'hashtag' #Puigdemont no ha sido 'trending topic' en Twitter, una red social que sigue de forma bastante fiable el interés del público sobre las cuestiones de actualidad. Alemania se perdió hace tiempo en el caso del expresidente y no ha recuperado el interés.

Foto: Anatomía de un desencuentro: España, Alemania y la extradición de Puigdemont

La situación difiere mucho de lo que sucedió hace cuatro meses, cuando de improviso se le detuvo al cruzar la frontera con Dinamarca. Era el pasado 25 de marzo y Puigdemont regresaba en coche a Bruselas desde Helsinki a través por la península escandinava, pues el juez del Tribunal Supremo Pablo Llarena había reactivado la euroorden en su contra por rebelión y malversación de fondos públicos. El alemán medio sabía entonces poco sobre la crisis catalana. La cuestión había irrumpido en los informativos generalistas casi por primera vez el 1 de octubre, el día del referéndum de independencia, y en las mentes de muchos quedaron grabadas tan solo las imágenes de la violencia con que se empleó la policía española, pertrechada para acciones antidisturbios, contra personas que iban a votar.

Así, muchos medios alemanes ofrecieron en esos días una imagen simplista y distorsionada del detenido, encerrado por 13 días en la prisión de Neumünster. Se trataba, decían la mayoría de artículos de opinión, de un defensor de la independencia de su país por vías pacíficas, de un político al que perseguía un Estado opresor por haber puesto urnas en las calles para que la población decidiese. Un calco de la narrativa soberanista. El Gobierno español, por su parte, estuvo en gran medida ausente durante esos días, incapaz de ofrecer al público alemán un discurso alternativo. Y cuando replicó, fue tarde y lo hizo de forma un tanto burda.

Pero con el paso de los días la opinión pública empezó a profundizar en el asunto y comenzaron a proliferar informaciones más detalladas sobre la crisis catalana. A las críticas al Gobierno español por inacción política y su respuesta policial comenzaron a sumarse las cargas de profundidad contra el soberanismo. Empezó a quedar claro que el referéndum de independencia era ilegal. Que se había realizado además sin las debidas garantías democráticas. Que se había quebrantado el funcionamiento del Parlament. Que se había declarado unilateralmente la independencia, pero sin implicaciones prácticas. El halo romántico que rodeaba a Puigdemont, para entonces ya en libertad bajo fianza en Berlín, comenzó a decaer.

Activistas protestan contra la detención de Carles Puigdemont frente a la prisión de Neumünster, en abril de 2018. (Reuters)
Activistas protestan contra la detención de Carles Puigdemont frente a la prisión de Neumünster, en abril de 2018. (Reuters)

Una despedida sin grandes multitudes

Hubo otros factores que contribuyeron a que el expresidente no continuase en el candelero. Para empezar, el líder soberanista se autoimpuso un perfil político bajo. Tras unos primeros días en la capital alemana en los que intentó retomar su agenda, tanto de cara a los suyos como al público alemán, optó por el silencio. En general, se ha atribuido esta decisión a su equipo de abogados, que le habrían recomendado discreción para no afectar al proceso judicial. Pero algunas fuentes apuntaron a indicaciones desde el Gobierno alemán. Además, el número de apoyos relevantes fue muy limitado. Dos parlamentarios de La Izquierda y un eurodiputado euroescéptico que cofundó Alternativa para Alemania (AfD) pero que luego abandonó la formación cuando esta viró a la ultraderecha. Poco más. La prolongación del procedimiento en Schleswig-Holstein, que casi dobló el periodo de 60 días, tampoco favoreció a la imagen de Puigdemont. El retraso, sumado a la confusión, fomentó el olvido.

Cuatro meses después de su detención, cuando ofreció su última rueda de prensa en Berlín, Puigdemont se presentó reivindicado las decisiones de la Audiencia Territorial de Schleswig-Holstein —sobre todo porque consideró no admisible el cargo por rebelión— y hasta desafiante, advirtiendo al presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, de que debe devolver a los nacionalistas el favor de que le aupasen hasta La Moncloa en la moción de censura. Pero el ambiente era distinto. Poco receptivo.

Foto: Puigdemont volverá a Waterloo para lanzar su Crida y el Consell de la República

La rueda de prensa final no fue el acto multitudinario de su primera intervención en Berlín. La comparecencia de entonces acabó con gritos de "¡Visca Catalunya!" y, en la puerta, junto a políticos soberanistas y decenas de simpatizantes, el expresidente entonó 'Els segadors'. Este miercoles, Puigdemont apareció rodeado de cuatro abogados y al final tan solo le esperaba un puñado de personas con una estelada. Aunque dos personas le pidieron varios autógrafos. A él también se le percibía cambiado. Los cuatro meses de aislamiento político le han pasado factura. Se le ve, en el mejor de los casos, más cansado. Él mismo reconoció en la rueda de prensa que le habían "marcado".

Los medios alemanes se mostraron confusos con el devenir de su comparecencia. Que si el PDeCAT y la Crida, que si la votación sobre RTVE, que si el Consejo de la República en Bruselas, que si Torra en Barcelona. Incomprensible para los no iniciados. Por eso, incapaces de entender esa maraña de conceptos, trataron de preguntar por Escocia y la posibilidad de realizar un referéndum como el que se celebró en ese país. O sobre el presunto apoyo de Moscú al movimiento independentista. Perdidos en el embrollo, optaron por titular que Puigdemont se marchaba de Alemania. Algo que, de hecho, ya era conocido.

Ni siquiera supieron explicar que el fin de la etapa en su país del expresidente sí que tiene importantes repercusiones para España. Y de rebote, para Alemania y Europa. Él supone un importante factor desestabilizador para España. Porque el líder soberanista recalcó su "voluntad" de volver a la arena política y seguir luchando por la independencia. Y España, la cuarta economía de la UE cuando salga el Reino Unido, difícilmente podrá seguir adelante y contribuir a la reforma del bloque —de la eurozona a la unión de la defensa— y afrontar los retos de futuro —de Putin y Trump a la inmigración— con un Gobierno en Madrid permanentemente en la cuerda floja porque depende de los apoyos soberanistas para sacar adelante sus principales proyectos políticos.

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