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Los conservadores anglosajones, PP y Vox: lo que está pasando en la derecha
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El combate en la derecha europea

Los conservadores anglosajones, PP y Vox: lo que está pasando en la derecha

Los movimientos en el entorno conservador comienzan a ser muy significativos. España, que antes era la continuación de la normalidad europea, es cada vez más una excepción

Foto: Jimmie Akesson, líder de la derecha sueca. (EFE/Stefan Jerrevang)
Jimmie Akesson, líder de la derecha sueca. (EFE/Stefan Jerrevang)

Las medidas económicas que están adoptando los gobiernos occidentales señalan nítidamente que estamos en una época de cambio. La heterodoxia en las decisiones, impensable hasta hace muy poco tiempo (la última, la congelación de precios de la energía llevada a cabo por un Gobierno conservador, el británico), revela nuevas perspectivas sobre la acción pública y la intervención del Estado en tiempos de crisis.

Los desafíos a que la inflación y la energía someten a las naciones occidentales han dado lugar a una respuesta en términos pragmáticos. La ideología tiene poco que ver: el tipo de reacción estatal ha dependido de la capacidad de la que se disponía, no del color del Gobierno. El Ejecutivo germano puede meter mucho dinero directo en la economía porque lo tiene; Reino Unido o EEUU pueden brindar generosas ayudas a sus empresas o a sus nacionales porque cuentan con músculo para ello; España hace lo que puede, ya que depende del Banco Central Europeo y porque nuestra deuda es elevada. Por supuesto, un Gobierno español de otro color haría otras cosas, pero no serían muy diferentes.

Los cambios ideológicos

Sin embargo, como telón de fondo de esa respuesta pragmática, están apareciendo transformaciones ideológicas, que son mucho más evidentes en la derecha que en la izquierda. El progresismo está centrado en el cambio climático y en la importancia de las renovables en este entorno de tensión energética, así como la introducción de medidas paliativas más amplias. Por la derecha, sin embargo, hay mutaciones más profundas en sus ideas, que muestran una división no tanto entre las derechas populistas y las tradicionales, sino entre dos visiones diferentes que pueden ser acogidas por los partidos viejos o por los emergentes.

Meloni o Vox se han declarado decididamente proatlantistas, y si bien no abogan por la salida de la UE, son poco amistosos con ella

En el ámbito internacional, hay tres derechas interconectadas, la anglosajona (Trump y el partido conservador británico), las del este de Europa y las del sur. Cada una de ellas cuenta con peculiaridades que la diferencian del resto, pero sus programas tienden a ser comunes.

El programa marco

En primer lugar, son mucho más atlantistas que europeístas. El alineamiento con la OTAN es decidido, y en algunos casos, como el de Polonia, mucho más intenso que antes. La guerra de Ucrania ha reforzado a Europa del Este y a sus conexiones con Reino Unido y ha debilitado a Alemania, lo que favorece sus propósitos. En el sur, las posturas no son diferentes: Meloni o Vox se han declarado decididamente atlantistas, y si bien no abogan por la salida de la UE, son poco amistosos con ella. Salvo Francia, donde la posición de Le Pen es más ambigua respecto de la OTAN, el resto de las derechas son muy favorables. Los conservadores tradicionales tratan de conjugar el apoyo atlantista con el fortalecimiento de Europa, pero lo tienen más difícil.

Foto: El líder de Vox, Santiago Abascal, en el Congreso. (EFE/Javier Lizón)

En la energía, las derechas abogan por el petróleo, el gas, el 'fracking' y las nucleares de manera decidida. Los objetivos marcados para combatir el cambio climático están claramente supeditados a las necesidades de la época, en el mejor de los casos, o son irrelevantes o ilusorios, desde su perspectiva.

"Bajar impuestos y deuda, reducir el tamaño de las administraciones públicas, impulsar el PIB y controlar la inmigración suena bien"

En la economía, se abre una nueva forma de abordar los malos momentos. Una buena definición de las opciones ha aparecido en la pugna por el 10 de Downing Street entre Rishi Sunak y Liz Truss. El primero, exministro de Economía, apostaba por una posición ortodoxa; la segunda, por el regreso firme a las ideas de Thatcher, que entendía más necesarias que nunca en instantes de crisis. Truss ganó la pelea, lo que es significativo, y no solo para el Reino Unido.

En todo caso, y más allá del ejemplo británico, la pregunta está formulada: ¿se va a afrontar este instante de crisis occidental con una combinación de ayudas públicas puntuales y una apertura de fondo hacia una economía decididamente más liberal (o neoliberal), como proponen las derechas exitosas? ¿Resistirán los conservadores tradicionales en sus posturas más prudentes? Veremos lo que ocurre, pero lo que parece claro es que la mayoría de los partidos de la derecha están apostando por un rearme ideológico económicamente muy liberal. España, en ese sentido, como en otros, es un lugar aparte. Aquí, las posiciones del PP de Feijóo, propias de una derecha ortodoxa, son semejantes a las de Sunak, mientras que a Vox el programa de Truss le “suena bien: bajar impuestos, reducir deuda, reducir el tamaño de las administraciones públicas, impulsar el PIB, controlar la inmigración”.

El sentido del nacionalismo

El cuarto aspecto es muy relevante, porque tiene que ver con el auge del nacionalismo, pero con características peculiares. Es en ese regreso al territorio donde encajan los matices culturales: frente al globalismo, nación; frente a las clases progres, defensa de las raíces; frente a disolución de los lazos, regreso a los vínculos sólidos, como la familia tradicional; frente a la inmigración, contundencia. Todo un programa de reivindicación nacional que se sustancia en un enemigo común, la UE, como ocurrió en el Brexit. Los republicanos estadounidenses y los conservadores británicos han mostrado su hostilidad con Europa. Los países del este, que, por otra parte, son grandes beneficiados de las inversiones alemanas y europeas, no terminan de aceptar las cesiones de soberanía y la guerra de Ucrania los ha reforzado en sus posiciones. En el sur, las derechas populistas reivindican un claro alejamiento de la Unión, aun cuando no apuesten por la salida.

Es el síntoma de que la derecha del norte comienza a ver la UE como una mala idea, o al menos como una que ya no le resulta provechosa

Lo significativo es que a estas brechas se suman las abiertas por el norte de Europa. El ascenso de la extrema derecha sueca en las recientes elecciones es una demostración clara. También algunas propuestas de los conservadores alemanes suenan muy sospechosas: el nefasto Schäuble acaba de proponer un triunvirato francés, alemán y polaco, un directorio de tres miembros, con el que se promovería una Unión diferente, que en Bruselas denominan intergubernamentalismo: a largo plazo, pretendería prescindir del 'establishment' europeo “en favor de una alianza estratégica multinacional liderada por tres estados-nación soberanos”, como señala Wolfgang Streeck.

Foto: La secretaria general del PP, Cuca Gamarra, y el presidente de Vox, Santiago Abascal. (EFE/Mariscal)

La propuesta es muy llamativa porque Schäuble fue el gran defensor de unidad de la UE durante el desafío griego y el artífice de la respuesta ortodoxa a la crisis de 2008; ahora, sin embargo, apuesta por subvertir la Unión de una manera que ni siquiera Meloni se ha atrevido a proponer. Es el síntoma claro de que también la derecha del norte europeo comienza a ver la UE como una mala idea, o al menos como una idea que ya no le resulta provechosa. Esa posición augura tensiones importantes.

La derecha española

De modo que más allá de los asuntos culturales, hay una comunión en el ideario de las derechas, ligadas al atlantismo y la defensa de los combustibles fósiles, al refuerzo del liberalismo económico y a la posición nacionalista hostil a la UE, que está desarrollándose sin pausa. Ese es el programa, que comparte en muchos sentidos la derecha tradicional, pero que posee poderosos matices que alejan a ambas. En España, el PP de Feijóo puede representar una posición moderada en algunos aspectos, en la medida en que no insiste en la inmigración o en que frente a los nacionalismos periféricos adopte una postura de diálogo y no de confrontación, pero los puntos de choque reales van a estar en los dos aspectos básicos: la economía, y el regreso a las recetas duras de Thatcher o la permanencia en la ortodoxia, y su vínculo con Europa: el PP ha apostado claramente por el europeísmo y el globalismo, y en ese marco va a seguir fijado. Vox irá en otra dirección e intensificará el discurso de seguridad, de inmigración y de centralismo, pero sobre todo propondrá medidas económicas muy liberales y se alejará cada vez más de Bruselas.

Ese combate no es español, es el dilema que las derechas europeas están solucionando. Y las menos ortodoxas van ganando ideológicamente.

Las medidas económicas que están adoptando los gobiernos occidentales señalan nítidamente que estamos en una época de cambio. La heterodoxia en las decisiones, impensable hasta hace muy poco tiempo (la última, la congelación de precios de la energía llevada a cabo por un Gobierno conservador, el británico), revela nuevas perspectivas sobre la acción pública y la intervención del Estado en tiempos de crisis.

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