Reconoce que no lo aportó por escrito

Trapero exhibe su penitencia pero fracasa al mostrar su plan de detener a Puigdemont

El interrogatorio fiscal acaba como un combate por puntos en el que solo el tribunal conoce de qué lado ha caído la cuenta

Foto: El mayor de los Mossos d'Esquadra, Josep Lluís Trapero, a su salida de la primera sesión del juicio. (EFE)
El mayor de los Mossos d'Esquadra, Josep Lluís Trapero, a su salida de la primera sesión del juicio. (EFE)

Pasaban las dos y media de la tarde cuando el combate por puntos en el que se convirtió el agotador interrogatorio fiscal a Josep Lluís Trapero acabó al fin. El último tramo fue casi una agonía. Para los dos contrincantes y para quien veía cómo evolucionaban las preguntas. Cómo iban y venían ante el tribunal. En boxeo, el ganador es aquel que logra derribar a su rival sin que este pueda levantarse antes de una cuenta de 10 o el que, al término, suma más puntuación que el oponente según la opinión de un jurado. Solo el tribunal sabe ahora de qué lado ha caído la cuenta.

El último de los puntos se lo llevó el fiscal Miguel Ángel Carballo. Desde el estrado, donde se sitúan los tres jueces que deben decidir sobre la cúpula de los Mossos durante el 1-O, se palpaba la impaciencia. Se acercaban las tres de la tarde y el mayor venía respondiendo pregunta tras pregunta desde las 10:00. Casi cinco horas sumadas a otras tantas de la última jornada. Una sucesión de ganchos y de fintas, en las que el fiscal amagaba y el acusado esquivaba aferrado a un autocontrol que jamás llegó a perder. Casi se le oía pensar: "Qué paciencia hay que tener".

La cuestión le pilló con la guardia baja, cuando ya vislumbraba el final de una prueba no solo mental, también física. Venía planeando sobre la sala desde el inicio: el plan para detener a Puigdemont después de que este declarara unilateralmente la independencia. Carballo, el fiscal, no quería conocer los detalles del plan. No quería oír hablar del helicóptero que tenían preparado para sacar esposado al 'president' del Palau, ni el número de hombres que formaban el dispositivo. Quería saber si existía prueba de que esa intención que Trapero ya avanzó hace meses ante el Supremo era real o imaginaria.

Carballo quería saber si existía algún documento que demostrara la existencia del plan. Algún soporte probatorio. Y Trapero acabó reconociendo que no puso por escrito este proyecto y que solo puede esgrimir un correo electrónico que envió a uno de sus hombres el día 25 de octubre. "Encontrará un correo del día 25 de octubre de 2017 en el que pido por escrito el plan". Un correo. Pero del plan en sí, ni rastro.

Pese al cansancio, el que fuera comisario en jefe se defendió. "Me puse en contacto con la autoridad fiscal, llamé al presidente del TSJC poniéndome a su disposición para recibir las instrucciones pertinentes. No solo llamé sino que remití dos cartas recogiendo esa disposición del cuerpo", dijo. "¿Ofreció ese plan elaborado?", preguntaba el fiscal. "Desde mi punto de vista, no es muy relevante... Enviarle un documento diciendo dónde va a estar un helicóptero", señalaba. "Nos ponemos a disposición de usted para cualquier orden. Vemos que la cosa es aparentemente grave, se lo dije así", contraatacaba Trapero.

Paciencia

La paciencia del mayor estuvo, en este segundo día, a punto de rebosar. Más que por el contenido de sus palabras, se le notó en el tono de voz. Más tensa a tramos, sobre todo cuando el hostigamiento de las preguntas se centraba en el comportamiento de los Mossos a la vista de las comunicaciones que el mando intercambió con ellos el 1-O. Lograba sujetar el disgusto, la tentación de demostrar públicamente rabia ante las preguntas. Pero a duras penas. Se repetía un sonido y un gesto. El sonido de quien contiene el aliento y luego resopla. El gesto de contraer los ojos y fruncir la boca. Como quien de verdad espera que le caiga, de un momento a otro, un puñetazo.

Volvía a su esquina del ring a enjugarse el sudor. Refugiado en el interrogatorio en la máxima de los Mossos de favorecer la mediación antes de pasar al enfrentamiento. En el peligro de apretar de más en un "ambiente social" que calificó como ingestionable ni con 16.000 hombres ni con el triple. Su intención —dijo— siempre fue la de evitar el referéndum y aquellos de sus hombres que por su ideología no se empeñaron a fondo en ello fueron "10, 20 o 100".

Por sus palabras, acumular paciencia no ha sido cosa reciente. Lleva haciéndolo mucho tiempo. Atesorar paciencia y pena. Una penitencia. "Fui imputado por sedición por hacer mi trabajo lo mejor que pude". "Me provoca una tristeza enorme". "Que un mando de policía tenga que escuchar las cosas que dicen que he hecho y no he hecho... Lo digo desde la tristeza no, lo siguiente". "Me sentía injustamente tratado, yo y el cuerpo". Aún le queda un 'último round' en respuesta, este miércoles, a su defensa.

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