40 ANIVERSARIO DE LA CONSTITUCIÓN

Actas secretas en una caja fuerte: así se negoció la Constitución

La Constitución española fue fruto de unas negociaciones que durante años fueron secretas. El único letrado vivo cuenta cómo fueron los debates fuera de las cámaras y de los focos

Foto: Reunión de la ponencia constitucional en el parador de Gredos. De i a d: Fraga, Roca, Solé Tura (tapado), los letrados Serrano Alberca y Rubio Llorente, Herrero de Miñón, Cisneros y Peces-Barba. (Archivo Serrano Alberca)
Reunión de la ponencia constitucional en el parador de Gredos. De i a d: Fraga, Roca, Solé Tura (tapado), los letrados Serrano Alberca y Rubio Llorente, Herrero de Miñón, Cisneros y Peces-Barba. (Archivo Serrano Alberca)

Cuenta Herrero de Miñón en sus memorias que los momentos de mayor tensión en el debate constitucional —y así se reflejó en las actas oficiales— se vivieron en relación a la política territorial. Nada nuevo. Cuarenta años después, la organización administrativa del Estado sigue trayendo de cabeza al país.

Lo que es verdaderamente singular es el papel de los fogones en las negociaciones constitucionales. En el restaurante José Luis, uno de los referentes culinarios de la época, se fraguó la ruptura del propio Herrero de Miñón con Pérez-Llorca, Cisneros y Fraga porque había propuesto incluir el término 'nacionalidades' en la Carta Magna. El fogoso Herrero, de esta manera, quería legitimar a los llamados territorios históricos por haber contado con estatuto propio de autonomía antes de la Guerra Civil.

En Jockey, en esta ocasión con Landelino Lavilla como uno de los comensales, lo que se negoció fue una audaz propuesta de Miquel Roca consistente en hacer desaparecer el asunto autonómico de la Constitución a cambio de restaurar los estatutos de Cataluña y el País Vasco vigentes durante la república (el gallego fue aprobado pero nunca entró en vigor).

En el Nuevo Club, por último, y con Gabi Cisneros y Solé Tura como convidados, lo que se celebró fue, precisamente, que el término 'nacionalidades' iba a ser incluido, al fin, en la Constitución tras haber presentado su dimisión Herrero por el rechazo inicial de UCD. Y, en particular, por la negativa del ministro del ramo, Clavero Arévalo, célebre por el 'café para todos'. ¿El menú de aquel almuerzo?: huevos escalfados con salmón; pularda a la pimienta verde, arroz 'pilaw' y ensalada; sorbete de fresa y café.

La caja fuerte

Como se ve, 40 años después, poco ha cambiado en España a la hora de hacer política, aunque los restaurantes sean distintos y el menú, probablemente, muy diferente y bastante más caro. Hay algo nuevo. Los trabajos de la ponencia constitucional cuentan con actas que fielmente eran transcritas cada noche por los letrados y secretarias del Congreso, y, posteriormente, guardadas durante años con el celo del guardián del tesoro en la caja fuerte del viejo palacio de la carrera de San Jerónimo, y que hoy son un documento esencial para entender un periodo transcendental de la historia de España.

Exactamente, el tiempo transcurrido entre las 15:15 horas del 1 de agosto de 1977, que es cuando se produjo la primera reunión de la Comisión Constitucional del Congreso, y el 17 de noviembre de ese mismo año, en el que acaban los trabajos de la ponencia. Si bien, ya entrado el año 1978, se abrió una segunda fase que culminaría con el encierro en el parador de Gredos (Ávila).

Habría que esperar varios años, sin embargo, para que vieran la luz las actas que habían firmado de su puño y letra los siete ponentes —Pérez-Llorca, Cisneros, Herrero de Miñón, Peces-Barba, Solé Tura, Roca y Fraga—, quienes habían jurado guardar secreto de las deliberaciones.

No fue posible. Una filtración interesada al diario 'El País' para influir en los debates, y que hoy, 40 años después, todos achacan a Peces-Barba, pudo dar al traste con las negociaciones. También pudo fallar, igualmente, la presencia de Herrero y Solé Tura en la ponencia si alguno de ellos —que competían por la misma plaza— hubiera sacado la cátedra de Derecho Constitucional, lo que no sucedió. Dos sonoros suspensos a dos padres de la Constitución que no dieron el nivel para ser catedráticos.

Como se sabe, lo ha contado el propio Emilio Attard, presidente de la comisión constitucional, UCD (165 diputados) pretendía inicialmente pactar una ponencia a pachas, bipartidista, con el Partido Socialista (118 diputados), lo que suponía excluir al resto de formaciones, pero la oposición del propio PSOE, que así podía acusar Suárez de prepotente y de imponer su mayoría minoritaria, hizo que finalmente se integraran nacionalistas, comunistas y Alianza Popular. Los primeros con una doble voz. Roca no solo tuvo que hacer de representante de la minoría catalana, sino también de la vasca, lo que con el tiempo se ha considerado por muchos un error al marginar al PNV (que finalmente se abstuvo) de los debates constitucionales.

La Constitución de la república

El PSOE, sin embargo, vetó la presencia de Tierno Galván, sin duda a la espera del abrazo del oso que liquidó al PSP (Partido Socialista Popular) del viejo profesor ahogado por las deudas. La creación de una ponencia para redactar un anteproyecto de Constitución, en todo caso, entroncaba con el método utilizado en 1931, y que para la izquierda seguía siendo un referente intelectual.

Aunque no aparezcan en los títulos de crédito, la Constitución, sin embargo, no hubiera sido posible sin dos hombres clave —al margen de Suárez, Carrillo o el Rey— que hicieron posible el encuentro de las dos españas: Fernando Abril-Martorell y Alfonso Guerra, que fueron el verdadero poder en la sombra de UCD y PSOE, respectivamente. El estilo directo de ambos, con escasa liturgia y ninguna prosopopeya, se trasladó a los ponentes, con las antenas puestas en eso que por entonces se llamaban poderes fácticos.

No solo amenazó con dimitir Herrero de Miñón, también Peces-Barba, que el seis de marzo de 1978, como recogen las actas, “anunció su decisión de retirarse de la misma y de no participar más en sus trabajos”. No lo hizo. Peces-Barba esgrimió la “grave ruptura del consenso” en relación al artículo 28, que regulaba entonces el derecho a la educación.

De aquellas reuniones, no exentas de tensión en una España que tenía prisa por salir de la dictadura, y que ni siquiera tenía previsto hacer una Constitución tras las elecciones del 15 de junio, quedan la propia Carta Magna —el tesoro guardado en la caja fuerte del Congreso durante años— y tres constituyentes vivos (Herrero de Miñón, Roca y Pérez-Llorca), pero también uno de los tres letrados que asesoraron a los padres de la Constitución, el abogado José Manuel Serrano Alberca, por entonces (34 años años) el más joven. Así recuerda aquellos días.

PREGUNTA. ¿Qué recuerda?

RESPUESTA. Asistimos a la ponencia Paco Rubio Llorente, Fernando Garrido [ambos fallecidos] y yo, que, como era el más joven, tuve que asistir a todas las sesiones. Los debates de la ponencia, como se sabe, eran secretos, y el ambiente fue siempre muy agradable. Allí todos sabían mucho.

P. ¿Quiénes llevaban la voz cantante?

R. En UCD, sin duda, Pérez-Llorca, aunque Herrero también intervenía mucho. Pero el que tenía la facultad de llevar la voz cantante dentro de UCD era Pérez-Llorca. Después estaban Gregorio [Peces-Barba] que era muy entendido en temas jurídicos y constitucionales, y Fraga, que era un gran conocedor del tema. Y como hablaban de cuestiones técnico-jurídicas se entendían bastante bien. Incluso, Jordi Solé Tura, que entonces representaba al partido comunista, se integró muy bien. Solé Tura era una persona modesta en el buen sentido de la palabra, todo lo planteaba en un sentido muy razonable.

P. ¿Cómo transcurrían las reuniones?

R. Nos reuníamos en una sala grande de la parte antigua del palacio. Y mi función era doble. Yo me encargaba, por un lado, de elaborar las actas de cada reunión, lo cual era muy complicado, porque todos hablaban y hablaban, y había que coger no solo la esencia de lo que se decía, sino también el texto de lo que se aprobaba. La segunda labor, como letrado de las Cortes, era asesorar cuando me lo pedían. Alguna vez me pidieron redactar algún artículo. Teníamos reuniones todos los días. El texto constitucional se fue elaborando a través de múltiples redacciones y muchas discusiones. Herrero, por ejemplo, que era un gran entendido, hacía unas explicaciones muy interesantes recordando las teorías alemanas del Estado. Allí lo que se vivía eran lecciones políticas con sentido de Estado. No se pretendió hacer una Constitución teórica, sino pegada a la realidad.

P. ¿Eran conscientes de la transcendencia histórica de aquellas reuniones?

R. Sí, todos eran muy conscientes y por eso el ambiente era muy bueno.

P. ¿Cuánta tensión se respiraba?

R. Por supuesto que se podía respirar en algunos asuntos clave. Pero no, por ejemplo, en lo que respecta a la monarquía. El tema en el que hubo mayor tensión, como se puede imaginar, era el autonómico. Ese fue el tema más debatido. También la justicia o la creación del defensor del pueblo, que generó mucho conflicto. O el Senado, que al final quedó como una cámara nominalmente territorial pero que al final nunca lo ha sido. Yo mismo he sido secretario general del Senado y quien lo hizo muy bien fue José Federico de Carvajal, que le quiso dar un carácter cultural y de acuerdo.

P. ¿Se votaba en las reuniones de la ponencia constitucional o las decisiones se tomaron por consenso.?

R. No se votaba. Las decisiones se tomaron por consenso. En las actas constan los criterios de cada uno, pero luego el texto que salió fue pactado, no se votó artículo por artículo. Posteriormente, ya en la comisión constitucional, sí se voto, como el lógico, pero no en la ponencia.

P. ¿Quienes estaban detrás de los ponentes?

R. Sin duda, Fernando Abril-Martorell y Alfonso Guerra, ellos eran los que daban su aprobación o desaprobación.

P. ¿Qué sucedió la célebre filtración a 'El País' del texto de la ponencia?

R. Este tema hay que ponerlo en su contexto. Por entonces, las Cortes tenían muy pocos medios. El acta de las reuniones lo escribía yo y luego lo subía a la planta de arriba para que una secretaria, Celia, que era estupenda, lo pasara a máquina mientras yo se lo dictaba. Cuando acababa, de forma inmediata, guardábamos las actas en una caja fuerte del Congreso. Los dos éramos los únicos que teníamos los papeles y nadie más. Lógicamente, salvo los ponentes, que se habían conjurado en no decir nada. Estaba prohibidísimo decir nada. El propio presidente del Congreso, que era por entonces Hernández Gil, quería que yo le dijera cosas, pero nunca le dije nada. Pero lo cierto es que el texto de la ponencia salió a la luz y yo me pegué un susto tremendo. Llegué a pensar si yo me había dejado algún papel, pero no. Con los años se sabe que alguno de ellos filtró los documentos.

P. ¿Quién fue?

R. Ya ha transcendido, yo no lo digo porque no tengo constancia de ello, que fue Peces-Barba el que lo filtró al periódico. El resultado fue que se armó un revuelo terrible. Pero poco tiempo después nos reunimos en el parador de Gredos y de allí ya salió el texto de la ponencia.

P. ¿Qué autonomía tenían los ponentes para hacer la Constitución? O eran simples representantes de los partidos?

R. Tenían autonomía, pero lógicamente tenían influencia de los partidos. Nadie imponía nada, porque primaba el consenso, pero efectivamente tenían que consultar a Guerra o a Abril-Martorell. El resto de ponentes era más independiente, en particular Roca, que también hablaba en representación de los nacionalistas vascos, que carecían de representación.

P. ¿Fue un error no incluir al PNV?

R. Nadie se quejó, ni siquiera los vascos. Les pareció bien que los representara Roca, que hacía de portavoz de todos los nacionalistas.

P. Usted percibía la presión de los llamados poderes fácticos, ejército, iglesia, banca...

R. En absoluto. Ahora se dicen cosas que no tienen nada que ver con lo que sucedió en esos años. Los siete ponentes eran muy independientes y sus ideas las expresaban muy libremente. Nadie les influenciaba, solo, como es lógico, consultaban con sus responsables políticos. El tema del ejército, por ejemplo, está muy tratado en la Constitución.

P. ¿Aquellas negociaciones olían ya a bipartidismo? Es decir, a algún tipo de acuerdo entre los partido mayoritarios.

R. Fue la ley electoral quien favoreció el bipartidismo. Yo creo que sí, que la Constitución pensó en un sistema para favorecer a los grandes partidos. En aquellas discusiones hubo muchas reminiscencias de los problemas de la república. Había miedo a que hubiera muchos partidos, y por eso yo creo que hubo interés por parte de todos en no meter demasiado el dedo en ese tema. La Constitución sí que pretendía eso.

P. ¿En aquellas discusiones tan transcendentales, quién fue el ponente más generoso? El que más aceptaba las propuestas de sus compañeros.

R. Fueron todos muy generosos. Solé Tura, por ejemplo, que 'a priori' era el más radical, fue muy generoso, como Peces-Barba o el propio Fraga. Aunque hubo enfrentamientos gordos sobre temas jurídicos-políticos, nunca nadie expresó cuestiones radicales, y eso fue lo bueno. Todos sabían lo que estaba en juego.

P. ¿Cómo eran las negociaciones?

R. Empezábamos por la mañana, los martes, miércoles y jueves, a eso de las diez, y terminaban a las dos de la tarde, aunque también, a veces, seguíamos por la tarde. Algunos días también teníamos comida en restaurantes que ya han desaparecido. Íbamos a un restaurante que estaba muy cerca del antiguo cine Apolo y a otro, en la Gran Vía, que se llamaba Corinto. Íbamos siempre a restaurantes baratitos, no muy caros. Nosotros no teníamos presupuestos alguno, pagábamos cada uno lo suyo.

P. ¿No había dietas?

R. Para nada. No había dietas ni nada. Cada uno iba en su coche. Herrero de Miñón, por ejemplo, llevaba su Seat 600. Creo que cada vez pagaba uno. A mí me invitaban.

P. Tampoco habría asesores.

R. Tampoco. Cada uno se llevaba sus papeles , que se los preparaban en sus casas. Nada de asesores.

P. Qué recuerda de Solé Tura...

R. Solé era un hombre muy discreto y entendido. Siempre esperaba a lo que dijeran los demás y era entonces cuando él daba su opinión, muy inteligente. Inteligente y discreto.

P. Peces-Barba…

R. Yo le quería mucho. Era un intelectual, un gran politólogo que sabía todo sobre teoría política. Era un hombre muy de izquierdas y con un carácter fuerte. Sus ideas las mantenía muy firmes. Yo soy católico, y recuerdo estar en misa con Peces-Barba.

P. Fue Peces-Barba quien presentó en aquellas reuniones la célebre enmienda republicana.

R. Sí, pero yo creo que fue algo testimonial. Allí, en la ponencia, lo cierto es que no hubo debate sobre el tema de la monarquía. Al principio, quizá, pero por lo que yo recuerdo no fue un tema ni importante ni mucho menos central.

P. Miquel Roca…

R. Creo que su principal característica fue que era muy astuto, listo. Dejaba que los demás hablaran, y luego él intervenía.

P. Perez-Llorca...

R. Era el hombre tranquilo y que veía a largo plazo. No es un hombre muy simpático, es más bien serio, pero era el gran moderador con una visión a largo plazo. Entre otras cosas, porque era quien estaba más en contacto con el Gobierno. Su interlocutor era Fernando Abril.

P. Gabriel Cisneros...

R. Gabi era un periodista. Tenía menos peso intelectual que los otros, no por ser periodista, sino por estar menos especializado. Su mayor aportación es que ayudaba mucho a los consensos. Era muy buena persona y un periodista avezado.

Actas secretas en una caja fuerte: así se negoció la Constitución

P. Miguel Herrero…

R. Miguel Herrero es un intelectual que sabe de todo y que lo sabe muy bien. Era el que más había leído de todos. Él y Gregorio eran los que más sabían de teoría política. Era un sabio que a veces se quejaba de que Pérez-Llorca tuviera más presencia política que él. Me decía, 'tú te das cuenta, con lo que yo sé de esto y no se me hace ni caso…'.

P. Manuel Fraga…

R. Fraga era un hombre que todo lo exponía de forma muy apasionada. Lo relevante es que pese a venir de donde venía, el franquismo, supo captar y recoger las ideas de los demás. Fraga colaboró mucho en hacer la Constitución. Era otro sabio.

P. ¿Qué no se sabe todavía de cómo se hizo la Constitución?

R. Que se hizo con muy pocos medios. Quizá en otros países se utilizaron miles de asesores, pero en España se hizo en muy poco tiempo y sin asesores. Yo nunca vi a nadie por allí. Ellos se llevaban sus papeles, en la mayoría de las ocasiones pasados por ellos mismos a máquina. Hoy sería imposible.

Actas secretas en una caja fuerte: así se negoció la Constitución

P. ¿Dónde están los papeles originales de aquellas discusiones?

R. Todo está archivado en las Cortes. Supongo que también la ponencia original, que hice yo.

P. No le obligarían quitar nada de las actas. Palabras malsonantes...

R. No, no. Yo intentaba sintetizar lo que allí se decía. Entonces, al contrario que ahora, nadie se odiaba.

Y fue el odio, o mejor dicho, la ausencia de odio, lo que ha permitido que la Constitución de 1978 sea la segunda más longeva de todas las que ha tenido este país, solo superada por la de 1876, que marca el comienzo del régimen de la Restauración, y que se fue a pique con la dictadura de Primo de Rivera.

El texto constitucional fue aprobado el 31 de octubre de 1978 por 325 votos a favor, 6 en contra y 14 abstenciones. El Senado lo hizo unos días más tarde por 226 votos a favor, 5 en contra y 8 abstenciones. Y el seis de diciembre, hace ahora 40 años, algo más de 15,7 millones de españoles (el 88% de los votantes) dijeron sí a la Constitución. La democracia había ganado a la dictadura.

Como ha recordado el jurista Jesús López-Medel, el texto fue sancionado el 27 de diciembre por el rey Juan Carlos, pero no fue publicado en el BOE hasta dos días después, el vienes, 29 de diciembre. ¿Por qué? La autoridad decidió que el día de los Inocentes no era el mejor momento para publicar la norma. Sin duda, porque no quería que la Carta Magna naciera con un sambenito, como le sucedió a la Constitución de 1812, la Pepa en el imaginario popular, por haber venido al mundo un 19 de marzo.

Solo faltaba nombrar a un presidente del Tribunal Constitucional para cerrar la obra. Y aunque inicialmente iba a ser el jurista Aurelio Menéndez, exministro y tutor de Felipe VI, al final el elegido, y contra todo pronóstico, fue Manuel García Pelayo, erudito y respetado republicano de largo exilio en Venezuela, quien al cabo de los años, tras el asunto,Rumasa, tuvo que regresar a Caracas en una especie de exilio interior.

Un golpe palaciego —gestionado con habilidad por los socialistas Tomás y Valiente y Ángel Latorre— había acabado con sus esperanzas. Como sostiene alguien que estuvo por allí en aquellos días, en la calle de Doménico Escarlatti, sede del TC, todavía resuenan las palabras de Aurelio Menéndez (que dimitió unos meses más tarde) preguntándose: ¿Pero no iba a ser yo el presidente?

Toda una ironía del destino. Un político de la derecha valenciana, Emilio Attard, que había defendido a la república durante la guerra, presidió los trabajos de la Comisión Constitucional, y otro republicano, García Pelayo, fue el primer presidente del TC. Algo había cambiado en España.

España

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
28 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios