ABANDONA LA POLÍTICA

Sáenz de Santamaría, adiós a la mujer que más poder acumuló en democracia

Una leyenda la describe como una persona controladora en el ejercicio del poder. Hasta hace bien poco, era la mujer que más poder acumulaba en España sin tener sangre azul

Foto: Ilustración: Raúl Arias.
Ilustración: Raúl Arias.

Sobre Soraya Sáenz de Santamaría (Valladolid, 1971) hay varias leyendas diferentes que, como todas las leyendas, parten de un principio de verdad y luego ya no hay quien distinga entre realidad y ficción. Probablemente, lo cierto sobre su personaje político esté en la mezcla y el término medio entre todas. Y el elemento común de todas las leyendas se llama poder, lo que para unos se traduce en rechazo o recelo y, para otros, en admiración y en la atribución de hechos prodigiosos... e incluso de superpoderes.

Sáenz de Santamaría ganó la primera vuelta del proceso interno para elegir al líder del PP y pasó a la segunda ronda junto a Pablo Casado, donde fue definitivamente derrotada. Este lunes se confirmó oficialmente que abandona la actividad política para emprender "una nueva etapa".

Una de las leyendas la describe como una persona controladora en el ejercicio del poder. Hasta hace bien poco, el pasado mayo, era la mujer que más poder acumulaba en España sin tener sangre azul. Quienes sostienen esta versión mencionan que presidía casi una veintena de comisiones internas del Gobierno, que vigilaba cada papel que se movía en el Ejecutivo, que manejaba los informes del CNI, que era imprescindible para Mariano Rajoy y que dirigía cada decisión del Consejo de Ministros. Por ser, hasta ha sido presidenta efectiva de Cataluña mientras se aplicaba el 155. Es difícil encajar tanta actividad en solo 24 horas del día, porque se supone que duerme, aunque la leyenda pasaba por encima de este detalle humano.

Esta leyenda épica la sostenían los llamados 'sorayos' (otro grupo a extinguir desde hoy) que, fundamentalmente, se concentraban en un núcleo duro muy compacto y reducido. José Luis Ayllón, Fátima Báñez, María González Pico, Sonia Sánchez, Cristóbal Montoro y Alfonso Alonso formaban ese círculo de confianza más próximo.

La leyenda alternativa procede de quienes aseguran que la manera de actuar de Santamaría lastró al Gobierno porque impedía hacer política e inevitablemente todo lo derivaba a un asunto legal. El Gobierno de los abogados del Estado, lo llamaban, no tanto por la procedencia profesional de la entonces vicepresidenta, sino por la forma de abordar los problemas políticos. En esta línea de pensamiento se encuadran también los que creen que se puso de perfil cuando llovían citaciones, autos y sentencias sobre Génova.

En todo caso, para bien o para mal, casi todo lo que pasaba en un despacho oficial y sus alrededores se le atribuía a ella: nombramientos, recursos, cambios en medios de comunicación, filtración de noticias, escándalos… Así creció la leyenda que va de la mano firme a la mano negra, según la perspectiva de cada uno.

El ejemplo más claro para diferenciar las dos visiones es la gestión del conflicto de Cataluña. Para sus fieles, Santamaría asumió un papel imprescindible que se inició con el intento de diálogo con los independentistas catalanes, pero que no fue posible llevar a buen término por su cerrazón secesionista. Y sigue, siempre según los fans, con el despliegue de un inexpugnable muro legal para evitar con recursos y reformas normativas cada paso de los independentistas. Solo de esa forma se logró salvar España y evitar el éxito de quienes querían la secesión, con tal inflexibilidad que algunos siguen en la cárcel y pendientes de un juicio y una hipotética larga condena por rebelión.

Sáenz de Santamaría, adiós a la mujer que más poder acumuló en democracia

Para sus críticos y damnificados, la entonces vicepresidenta renunció a hacer política respecto a Cataluña y, por eso, no se evitó el referéndum ilegal del 1 de octubre, se perdió la batalla política y de imagen de aquel día por la actuación policial, no se impidió la burla de la distribución de urnas, se permitió que Ciudadanos creciera y no se siguió por otros caminos como el de la acción exterior. Otra parte de estos críticos la cuestiona por lo contrario: por ser demasiado débil en Cataluña. En definitiva, que la legalidad como única vía mató a la política. Que bajo la apariencia de coordinación de todos los ministerios había, en realidad, un tapón para hacer política y un Gobierno descoordinado. Ministros de entonces explican que dejaron de despachar con ella y optaron por ir a su aire cuando comprobaron reiteradamente que no había ninguna estrategia política, que la coordinación era un mito y que todo el mundo iba a lo suyo.

Los 'sorayos' replicaban con la imagen del Estado descansando sobre los hombros de la vicepresidenta, visible en episodios concretos como el de la sucesión de Juan Carlos I, preparada en secreto durante meses en un complicado proceso de reformas legales para evitar un vacío institucional que se superó con brillantez. La aplicación quirúrgica del 155 en Cataluña, el sueño de cualquier experto en derecho constitucional y administrativo por lo que tenía de experimental e innovador, es otro de los hitos que sus 'hooligans' citan como méritos de la exvicepresidenta. En ambos casos, no se niega el éxito legal del equipo jurídico habitual.

Ya antes, esa impronta legalista más que política marcó su gestión en el Congreso como portavoz del PP en la oposición entre 2008 y 2011. En ese tiempo, redactó y encabezó la firma de recursos ante el Tribunal Constitucional de normas del Gobierno de José Luis Rodriguez Zapatero, y antes, como secretaria ejecutiva de Política Autonómica y Local del PP, el recurso contra el Estatuto de Autonomía de Cataluña. La ley y la acción judicial por encima de la política en el partido y el Gobierno de los abogados del Estado. Y todo en su orden y con el procedimiento establecido, porque su frase preferida es: "No nos tomemos la cena antes de la merienda".

Sus fieles, no obstante, explican que su jefa, además, tiene un perfil divertido pero firme, que se percibe en vídeos bailando en la pasada campaña, en naturalidad ante las cámaras y también en un debate previo a las generales de 2016 frente a la testosterona rebosante de Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Albert Rivera, del que salió muy bien parada.

Imprescindible para Rajoy

En todo ese periodo, Sáenz de Santamaría logró hacerse imprescindible para Rajoy. Tanto, que a veces decisiones del entonces presidente se han atribuido a la vicepresidenta y viceversa. Tanto, que en otros ámbitos de poder del PP se cuestionaba su papel. Y tanto, que en la campaña de las primarias los otros candidatos hicieron por apartarse del legado de Rajoy y a ella le quedó asumir el papel de albacea de la herencia del ahora registrador en Madrid tras pasar brevemente por Santa Pola. Ella siempre se ha referido a él como "el jefe".

Sáenz de Santamaría llegó a la política literalmente como becaria. Primera de su promoción de Derecho, abogada del Estado desde los 27 años y profesora de derecho administrativo, se incorporó al equipo de Rajoy en 2000, de la mano del fallecido Francisco Villar, su mentor en el PP, tras enviar su currículo a la Vicepresidencia del Gobierno cuando trabajaba y vivía en León. Y en esos años ya dejó su impronta legalista en propuestas electorales del PP, como un proyecto de ley de parejas de hecho que entonces fue muy innovador, pero que finalmente quedó superado.

En 2004, entró en el Congreso como diputada por Madrid tras la renuncia de Rodrigo Rato por su nombramiento para dirigir el FMI. Y en ese mismo año, Rajoy la ascendió para sorpresa de muchos a la dirección del partido como secretaria de Política Autonómica y Local del PP. “La renovación se llama Soraya”, se tituló entonces, en el despegue de la carrera de la asesora legal y legislativa de Rajoy. Lo siguiente fue la portavocía en el Congreso, donde dio forma a un equipo de colaboradores que la acompañó en el grupo parlamentario, el Gobierno y ahora en su candidatura, y donde fue forjando su gusto por el poder.

En diciembre de 2011 escribió un capítulo esencial de su leyenda de poder al cumplir el encargo de dirigir el traspaso de La Moncloa tras el contundente triunfo electoral del PP. Jornadas interminables y madrugadas con su equipo para cerrar el diseño de Gobierno, un proyecto de Presupuestos en tiempo récord y la redacción de los primeros proyectos de ley forjaron su leyenda y también engordaron el grupo de 'haters' recelosos por su ascenso.

Los 'sorayos' empezaron a tener más sentido cuando por reacción a ellos surgieron también los 'antisorayos' en el PP y en el Gobierno, en lo que fue el G-5 y luego el G-8, reuniones clandestinas de ministros que, significativamente, cambiaron de denominación según crecía el número de adeptos. De alguna forma, la batalla de las primarias fue, precisamente, una batalla entre esos dos bandos, que Rajoy dejó crecer y hasta alentó, pensando que la competencia era sana, pero que cuando quiso minimizarla luego comprobó que se le había ido de las manos. Y hoy, menos de dos meses después de esas primarias, la mujer que más poder acumuló en democracia ha hecho —como su jefe— mutis por el foro.

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