ES HORA DE EXPERIMENTOS

La semana de 4 días es el principio: la idea que une a empresarios, políticos y empleados

No es solo Nueva Zelanda. Cada vez más voces en España plantean la posibilidad de una reducción de jornada semanal, incluso aquellos que la descartaban antes de marzo

Foto: Un camarero, en la terraza de un restaurante, en la playa de la Malvarrosa. (Reuters)
Un camarero, en la terraza de un restaurante, en la playa de la Malvarrosa. (Reuters)

Cuando la primera ministra neozelandesa, a quien no perturba ni un terremoto de magnitud 5,6 en la escala Richter, solicitó a los empresarios de su país que valorasen una semana laboral de cuatro días, muchos españoles asintieron mentalmente con la cabeza. “Es algo que está en manos de trabajadores y empresas, pero hemos aprendido muchas cosas sobre el covid y la flexibilidad de la gente que trabaja desde casa”, sugirió Jacinda Ardern. “Animaría a pensar en ello si tienes un negocio y estás en posición de hacerlo”.

El césped parece siempre más verde en la otra esquina del mundo, pero no hace falta irse tan lejos para comprobar que la idea de cuatro días semanales de trabajo sin reducción de sueldo —una fórmula no tan distinta a aquella semana de 35 horas francesa— hace tiempo que entró en la agenda española. Primero a través de las empresas que han implantado medidas semejantes (Mercadona lo ha hecho de forma excepcional ante la crisis del covid-19), y más tarde, a través de partidos políticos, servicios públicos de empleo de distintas comunidades y empresarios.

No hay medida sin coste para atender esta situación, así que las empresas tendrán que decidir si gastar en oficinas o en personal

Es el síntoma más claro de dos tendencias. Una, que la pandemia y el posterior confinamiento han provocado que muchos trabajadores (y empresarios) se replanteen su relación con el tiempo laboral, tras meses de teletrabajo y difícil conciliación en el caso de los padres. Otra, que si ni siquiera en un momento de crisis como este se cambian las cosas, nunca cambiarán. Al fin y al cabo, la profecía de Keynes que prometía menos trabajo y más ocio nunca se cumplió, quizá porque, como nos enseñó la historia, los cambios tecnológicos no son los que propician los cambios laborales.

Esta misma semana, el secretario de Empleo valenciano, Enric Nomdedéu, recordaba que una medida de ese tipo es “inteligente, de progreso, de bienestar”. Valencia es una de las regiones que más tiempo llevan trabajando en la semana de cuatro días a través de Labora, su servicio de empleo. Tanto Nomdedéu como Ardern partían de la idea de que una semana de cuatro días permitiría, en este contexto, estimular el consumo y el turismo interno en un año en el que el sector prevé pérdidas excepcionales.

No es un mero parche, sino una solución a largo plazo. También acaba de lanzarse 4Suma, una plataforma surgida desde el ámbito empresarial y que reclama la semana de cuatro días a través de tres medidas: reducción de jornada en un 20% o a 35 horas sin reducción de sueldo, reducción a cuatro días en centros educativos para favorecer la conciliación y apoyo de las administraciones para mejorar la productividad de las empresas que se sumen a la iniciativa.

“La gente demanda un equilibrio distinto entre las horas de trabajo y las de ocio. Hubo un descenso lineal de las horas trabajadas desde 1800 que se estancó en los años ochenta”, recuerda María Álvarez, una de sus impulsoras, madre y emprendedora, al frente de Ephimera y La Francachela, que ha visto de primera mano los problemas de conciliación para la mayor parte de mujeres. Uno de los argumentos a favor de la medida es, de hecho, aumentar esa productividad estancada desde hace décadas.

Un informe realizado para el Gobierno británico el pasado año por el Nobel Robert Skidelsky la calificaba de medida “éticamente deseable”

“Ahora mismo, disponemos de un capital que aún no hemos gastado que es el compromiso de la gente para salir de esto y que se puede poner en marcha para llevar a cabo estas medidas”, prosigue. “No se había podido porque las empresas percibían que daban, pero no iban a recibir el mismo compromiso de los trabajadores, y no es así. Para las empresas, no hay ninguna medida sin coste, hay que atender esta situación (conciliación, desplazamiento u oficinas), así que van a tener que gastar más dinero o en oficinas o en personal. Si sabemos que reducir horas de trabajo aumenta la productividad, tendrá más sentido invertir en eso que en oficinas”.

Todos queremos WTR

Los impulsos de reducir la jornada laboral suelen partir de la vieja profecía keynesiana, que sugirió en 1930 que los países industrializados tendrían jornadas semanales de 15 horas. Una predicción realizada en uno de los grandes momentos de aumento de la productividad, como suelen recordar sus detractores, y que hacía referencia a uno de los grandes retos de la sociedad moderna: administrar la abundancia. Ha sido precisamente uno de sus principales biógrafos y seguidores, el premio Nobel de Economía Robert Skidelsky, quien más ha defendido el WTR (‘working time reduction’).

Robert Skidelsky, en Madrid. (EFE/Sergio Barrenechea)
Robert Skidelsky, en Madrid. (EFE/Sergio Barrenechea)

En un informe realizado el pasado año a petición del Gobierno británico, el economista respondía positivamente a la pregunta de si es posible una jornada más corta. “La reducción en horas es éticamente deseable, y la gente la desea”, explicaba. Skidelsky reconocía que la mecanización, que tradicionalmente había sido identificada como el acelerador de la reducción de jornada, no era posible en una economía basada en el sector servicios. Por eso, “el rol del Estado debe ser más importante, para financiar la automatización, la formación de los trabajadores y asegurar una distribución justa de sus frutos”. Por ejemplo, haciendo que los beneficios obtenidos en un sector por la automatización pudiesen ser aprovechados en otro.

En España, Más País ya incluyó en su programa de las últimas elecciones la semana laboral de cuatro días, que se traducía en “una jornada laboral de 32 horas semanales distribuida en cuatro días en la mayoría de sectores”. No solo por productividad o bienestar, sino también por motivos ecológicos y de reparto de trabajo. Como señalan sus defensores, las cuatro jornadas son una metáfora, una fórmula capaz de calar en el inconsciente colectivo que no tiene por qué pasar necesariamente por un fin de semana de tres días, sino que puede implicar, por ejemplo, jornadas diarias de seis horas, que en los trabajos creativos suelen marcar el límite de la productividad.

Valencia está a la vanguardia de Europa, algo como esto merece un experimento, como el de la renta básica de Finlandia

Es lo que explica Ramón Marrades, economista urbano y director de estrategia de La Marina de Valencia. “La crisis ha funcionado como amplificador y como espejo, amplificando las disfunciones de la estructura económica (desigualdad, problemas de digitalización, pisos vacíos), y como espejo, porque las empresas han descubierto quiénes son, cuál es su equipo, sus capacidades y sus puntos débiles, y puede haber sido doloroso”, explica. El espejo de la pandemia ha devuelto tres imágenes. A los trabajadores, la conciencia de la necesidad de conciliar y equilibrar mejor; a las empresas, que se puede ser igual o más productivos con jornadas más razonables, con menos desplazamientos, y a nivel macro, el impacto en la economía global, el territorio y el medio ambiente.

Él mismo explicó en una tribuna el caso de una alta directiva del Banco Nacional de Holanda que aceptó hace unos años trabajar de lunes a jueves, lo que la había hecho no solo más productiva y feliz sino también más dispuesta a trabajar los fines de semana, algo en apariencia paradójico. “A nivel personal, estaba más cómoda, a nivel profesional, era más productiva, y a nivel estructural, tenía más sentido, pero también estaba dispuesta a colaborar cuando hiciese falta”, añade Marrades. Para el valenciano, la Comunidad Valenciana está en la vanguardia gracias al proyecto de Labora. “Es de lo más avanzado de Europa, por pasar de ser un mero proveedor de servicios asistencialista a proponer medidas atrevidas”, valora. “Lo interesante es que tiene la capacidad de liderazgo del sector público, que es clave porque genera un efecto imitación importante y es capaz de generar experimentos y medirlos, y porque en el sector público hay margen de fallo”.

Valencia, una de las regiones que más han apostado por esta medida. (EFE)
Valencia, una de las regiones que más han apostado por esta medida. (EFE)

Una propuesta tan interesante que “merece al menos un experimento como el de Finlandia con la renta básica”. La referencia ha sido Autonomy y su informe sobre la semana laboral más corta, que también ha servido de inspiración para el partido laborista, y que proponía la medida para solucionar problemas como “la polarización del trabajo, la salud mental y el estrés, la baja productividad, la desigualdad de género y el impacto de la automatización presente y futura”.

Momento de experimentos

La coyuntura es propicia para probar cosas nuevas, incluso para convencer al escéptico. Es lo que le ha ocurrido a José Luis Casero, presidente de Arhoe, Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios Españoles. “Siempre hemos defendido que la jornada de cuatro días era empezar la casa por el tejado, que ya teníamos suficientes problemas con la de cinco, como la falta de conciliación, por los que había que empezar, y que ya veríamos más tarde”, explica.

Reducir la jornada puede facilitar más tiempo para el consumo y más posibilidades de acceso al mercado laboral

Pero eso era 'antes de'. Ahora, le parece una opción interesante a explorar. “Hay que adaptarse a las circunstancias y prospectar posibilidades que antes de la crisis en nuestra opinión no daban ninguna solución, pero que ahora sí pueden serlo para problemas que tenemos y vamos a tener”, añade. En concreto, puede servir para paliar dos de los grandes peligros que acechan al mercado laboral en los próximos años: el acceso al empleo y la mejora de la economía.

“A día de hoy, reducir la jornada puede facilitar mayores espacios para el tiempo de consumo y en el mercado laboral”, prosigue Casero, que considera que, en cualquier caso, no es una medida para tomarse a la ligera y que deberán ser empresarios y sindicatos los que se sienten a hacer cuentas para comprobar su viabilidad. Por supuesto, con la ayuda del Gobierno, que, en caso de implantarse una medida semejante, debería apoyarlo “con una serie de beneficios fiscales o en las cotizaciones de la Seguridad Social, ya que es un mecanismo para generar empleo”.

La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardem. (Reuters)
La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardem. (Reuters)

Al fin y al cabo, como ellos mismos han calculado, la productividad real de las jornadas de ocho horas presenciales suele ser de cinco, debido a determinadas costumbres ligadas al trabajo presencial. ¿Por qué no, por lo tanto, jornadas de cinco horas? “En España, se trabaja entre 150 y 200 horas más que en Bélgica, Holanda y Alemania, porque tenemos tendencia a no ser intensos en nuestro trabajo”, prosigue el presidente. “¿Con 30 horas de trabajo efectivo podríamos realizar nuestras tareas? Sí, sin duda”. Y añade que “esto no va de vencedores ni vencidos, sino de implantar la corresponsabilidad en la organización para que todos salgan ganando”.

Lo que queda claro es que ha llegado el momento de ser imaginativos y proponer nuevas soluciones en un contexto totalmente distinto al del 1 de marzo. Por ejemplo, explica Casero, el proyecto de ley de teletrabajo que está desarrollando su organización y que pretende espolear a los políticos para que tomen medidas. No solo tiempo para soñar, sino también para comenzar a poner remedio cuanto antes a los problemas que se avecinan. Algunas alternativas planteadas en otros países, por ejemplo, implican jornadas presenciales de cuatro días con otras 10 de teletrabajo que darían un amplio margen de maniobra en caso de repunte de contagios.

El cliente quiere colaborar y los trabajadores van a poner de su parte

“En nuestra ecuación, las empresas deben liderar la propuesta y obtener del Gobierno el compromiso de invertir en ayudas para que se lleve a cabo, que va a ser más productivo que medidas paliativas como cuidadores para las familias”, concluye Álvarez, que anima a que cualquier empresa que simpatice con la propuesta se ponga en contacto con ellos. María va a comenzar por sus restaurantes, con jornadas de 35 horas para camareros. “El cliente lo va a aceptar porque quiere colaborar y los trabajadores van a poner de su parte. Nos inventamos cosas que no se nos habrían ocurrido para conseguir que esto funcione, va a ser nuestro gran experimento”.

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