Llega el 'populismo monetario'

El asalto de la política a los bancos centrales pone en riesgo la economía

Los bancos centrales han podido reducir la virulencia de los ciclos económicos en las últimas décadas, pero su independencia está en peligro a causa de la politización de algunos gobiernos

Foto: El presidente de EEUU, Donald Trump. (Reuters)
El presidente de EEUU, Donald Trump. (Reuters)

"Martin, mis chicos se están muriendo en Vietnam y tú no me imprimes el dinero que necesito"

El seis de diciembre de 1965 el presidente de Estados Unidos, Lyndon Johnson, estaba furioso. La Reserva Federal había aprobado una subida de tipos de interés hasta el 4,5% ante el riesgo de que la guerra en Vietnam disparara el déficit. Johnson exigió al presidente de la Fed, William McChesney Martin, que acudiera a su rancho de Texas para darle una explicación. Allí empezaron a discutir y el presidente, con su 1.92 de estatura, empujó a Martin contra la pared, reprochándole lo poco que le importaba Vietnam.

Aunque han pasado 44 años, el episodio Johnson-McChesney se está repitiendo en la Casa Blanca: "Nuestro problema no es China, sino la Fed", escribió hace unos días Donald Trump en Twitter, que culpa en público a Jerome Powell, actual presidente de la Fed y elegido por él mismo el año pasado, de que la economía de EEUU "no vaya como un cohete".

La inflación de los años 70, generada por la crisis del petróleo y la politización de la Fed auspiciada por Richard Nixon (sucesor de Johnson en el cargo), desveló al mundo una simple lección: la economía funciona mejor si los políticos no tienen pleno acceso a las herramientas monetarias. Y para evitar una inflación de vértigo, los políticos asumieron la independencia de los bancos centrales. Hasta ahora.

En los últimos años, una nueva oleada de líderes políticos encabezada por Trump —desde Erdogan en Turquía hasta Abe en Japón o Modi en la India— se ha dedicado a presionar a sus bancos centrales para lograr sus objetivos políticos a corto plazo. Y las consecuencias en el largo, aunque no sean en forma de inflación, pueden ser desastrosas para la economía.

Bancos centrales y políticos, mejor separados

Los bancos centrales tal y como los conocemos en el siglo XXI son el resultado de más de 100 años de ensayos y errores tan graves que han llegado a causar una guerra mundial. Sin embargo, han servido para pulir su acción y convertir a estas instituciones en prestamistas de última instancia, garantes de la estabilidad financiera, protectores contra la inflación e incluso en moderadores de los ciclos económicos. Todo este conocimiento adquirido durante décadas ha dado, como resultado los bancos centrales actuales: independientes, con un mandato claro y con herramientas bien estudiadas para medir la situación económica y actuar en consecuencia.

Su mayor enemigo hoy no son los 'desequilibrios macroprudenciales' ni la inflación, sino las presiones de los políticos, que amenazan con llevarse por delante su independencia para dejar a los bancos centrales al servicio de los gobiernos. El problema es que los retos de la política monetaria se combaten con la experiencia técnica acumulada durante todas estas décadas, no con decisiones políticas.

Un ejemplo sencillo fue la lección aprendida durante la gran recesión de finales de los años veinte e inicios de los treinta en EEUU. La crisis financiera de Wall Street se llevó por delante a centenares de pequeños bancos que entraban en quiebra y aceleraban el colapso financiero. Su problema no era de solvencia, sino de liquidez: aunque eran entidades viables, en un momento dado se quedaban sin dinero para atender a sus pagos y reembolsos a clientes y se iban a la quiebra, expandiendo así los problemas.

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La Reserva Federal comprendió entonces el enorme coste económico que tiene dejar caer a los bancos solventes simplemente porque tengan problemas de liquidez. La lección que se aprendió es que el banco central debe ofrecer financiación a los bancos que no tienen acceso a liquidez en un momento puntual para evitar su quiebra, con lo que se convirtieron en prestamistas de última instancia. A partir de ese momento las crisis financieras fueron mucho menos graves, ya que los bancos centrales han logrado evitar miles de quiebras en todo el mundo. Por ejemplo, durante la gran crisis europea, el Banco Central Europeo mantuvo con vida a los bancos griegos evitando el colapso de todo el país.

En 2008 la Fed olvidó la lección aprendida y permitió la quiebra de Lehman Brothers, lo que provocó una grave crisis mundial

En 2008 la Fed olvidó la lección aprendida y permitió la quiebra de Lehman Brothers, lo que desencadenó la grave crisis mundial. En ese instante, la entidad presidida por Ben Bernanke recordó la importancia de evitar una quiebra descontrolada y ya no dejaron caer más bancos.

Es cierto que políticamente es complicado argumentar por qué una entidad pública tiene que salvar a un banco, pero la realidad es que, utilizando criterios técnicos, es imprescindible acudir al rescate para actuar como cortafuegos.

La presencia de entidades independientes que velen por la estabilidad económica y financiera ha logrado reducir la virulencia de los ciclos, consiguiendo un crecimiento más moderado pero constante, como muestra el siguiente gráfico:

La fiebre representa la desviación típica del crecimiento del PIB durante 5 años (corregido de estacionalidad). Esta es una de las vías más comunes para analizar los ciclos económicos, ya que mide las oscilaciones del crecimiento económico. Los datos elevados indican una alta oscilación del PIB y los bajos, un crecimiento más constante. Los resultados son indudables: los ciclos se han moderado en las últimas décadas y se ha reducido significativamente la frecuencia de las recesiones, generando así periodos de crecimiento más largos, aunque de menor intensidad.

El malo de la película

El problema es que para contener los ciclos económicos, los bancos centrales tienen que realizar acciones que socialmente son mal vistas. O, al menos, son muy fáciles de criticar y hacer populismo con ellas. Un buen ejemplo son las fases avanzadas de los ciclos expansivos. Cuando una economía crece por encima de su potencial durante un periodo prolongado de tiempo surgen desequilibrios (alto endeudamiento, inflación, burbujas…) y los bancos centrales tienen que actuar cortando este crecimiento.

El problema es que para contener los ciclos económicos, los bancos centrales tienen que realizar acciones que socialmente son mal vistas

La metáfora que más se utiliza es la de que el banco central tiene que quitar la música cuando todo el mundo se está emborrachando para evitar que la situación degenere. No es difícil imaginar que habrá muchas voces, en medio de la pista, que exijan barra libre hasta el amanecer, pero el banco central tiene que comportarse como el malo de la película cuando el crecimiento económico se descontrola. De ahí la importancia de una entidad técnica e independiente que mida la realidad económica y actúe en consecuencia.

"La historia demuestra que en muchas ocasiones los gobernantes han usado mal la producción de dinero", explica Miguel Otero, investigador principal del Real Instituto Elcano, "siempre es fácil seguir imprimiendo para estimular la economía, pero eso suele acabar en tragedia. El arte de la creación del dinero es delicado. La política tiene que establecer objetivos, pero la gestión es mejor que no esté controlada ni dirigida por la política".

El presidente de EEUU, Donald Trump, observa al presidente de la Fed, Jerome Powell. (Reuters)
El presidente de EEUU, Donald Trump, observa al presidente de la Fed, Jerome Powell. (Reuters)

Eso no significa que los bancos centrales no sean instituciones democráticas, ni que no den cuenta de sus resultados. Su mandato está determinado por una norma surgida del Parlamento (ley, constitución, tratado, etc.), su composición está elegida también por las Cortes y dan cuenta de su actuación ante éstas a través de comparecencias de sus responsables. Su independencia se limita a las acciones que realizan para cumplir su mandato democrático.

La política tiene que establecer objetivos, pero la gestión es mejor que no esté controlada ni dirigida por la política

En los últimos años ha surgido un 'populismo monetario' en forma de la llamada Teoría Monetaria Moderna (MMT). En la base de esta 'teoría' está el hecho de que el banco central puede imprimir todo el dinero que quiera, de modo que un país no tiene por qué aceptar periodos de crisis. Cuando las cosas van mal, simplemente hay que imprimir más billetes y repartirlos entre las familias para que vuelvan a consumir y reactiven la economía.

No hay solución más sencilla que imprimir billetes y, realmente, no es la primera vez que se le ocurre a alguien. En 1919, las Potencias Aliadas vencedoras de la I Guerra Mundial decidieron cargar a las Potencias Centrales con los costes económicos de la reconstrucción. Alemania, que no podía financiar los pagos exigidos, decidió imprimir billetes para hacerlo. Así fue como comenzó una profunda devaluación del marco y una vertiginosa subida de precios que terminó provocando una de las mayores hiperinflaciones de la historia. Las familias empapelaban con billetes las paredes de sus casas porque era más barato que el papel.

Alemania comprendió que la inflación es la mayor amenaza para la economía, pero por el camino tuvo que padecer una profunda crisis que generó el caldo de cultivo idóneo para el surgimiento del nazismo. Desde entonces, los bancos centrales aprendieron que el control de la inflación es el primer objetivo económico para cualquier país serio, ya que sin estabilidad de precios es imposible conseguir otros objetivos: crecimiento, empleo, bienestar…

Es crítico preservar la capacidad de la Fed de tomar decisiones basadas en los mejores intereses para la nación

"Es crítico preservar la capacidad de la Fed de tomar decisiones basadas en los mejores intereses para la nación, no en los intereses de un pequeño grupo de políticos", escribieron la semana pasada cuatro expresidentes de la entidad en 'The WSJ': Paul Volcker, Alan Greenspan, Ben Bernanke y Janet Yellen. Los bancos centrales necesitan seguir perfeccionando su medición de la realidad y su reacción a la misma, pero siempre bajo criterios técnicos.

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Los políticos tienen margen de actuación suficiente con la política económica y fiscal para llevar a cabo su programa de gobierno. De hecho, en muchas ocasiones culpan a la política monetaria por los errores que ellos mismos cometen. Esta misma semana el FMI publicaba una entrada en su blog en la que demostraba que la bajada de impuestos a las empresas apenas tiene efecto sobre la inversión empresarial. Dicho de otra forma: se pierde recaudación pero apenas aumenta el empleo y la producción.

Criticar a la Reserva Federal por su "incompetencia" es lo más sencillo, mucho más que medir el impacto real de las políticas y asumir los errores. El papel de la Fed ahora es evitar que el ciclo expansivo tan largo termine de forma suave y no en una grave crisis económica. Por ese motivo no puede permitir que se acumulen desequilibrios macroeconómicos. Sin duda Trump preferiría vivir ahora un periodo como el ocurrido entre 2005 y 2007, pero entonces también se repetiría lo ocurrido a partir de 2008, y eso es precisamente lo que tiene que evitar la Reserva Federal.

Del populismo político al monetario

El trabajo de un presidente de un banco central siempre ha incluido resistir las presiones del poder político. Sin embargo, el consenso de independencia forjado tras los años 70 parece que se está rompiendo. La desconfianza hacia la máxima autoridad bancaria de cada país ya no es una cuestión ideológica: los políticos de izquierda y derecha atacan en público al banco central, dañando la credibilidad de la institución.

Donald Trump dijo hace unos meses, en uno de sus innumerables ataques a la Fed, que se había vuelto "loca", mientras que nuevos líderes de la izquierda socialista norteamericana como Alexandria Ocasio-Cortez exigen a la Reserva Federal que ponga en práctica la MMT y se olvide de los déficits.

El populismo monetario también está de moda en el resto del mundo. El pasado siete de julio, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, destituyó al gobernador del banco central por no rebajar los tipos de interés. Además, calificó de "traidores" a sus máximos responsables por subir el precio del dinero.

En India, el último gobernador del banco central dimitió por desavenencias con Modi, el primer ministro, que exigía que se recortaran los tipos de interés para impulsar la economía en el corto plazo y asegurar su reelección. Shaktikanta Das, el nuevo gobernador de la institución, bajó los tipos de interés este año y Modi ganó las elecciones.

El Banco Central Europeo mantiene, por su parte, un difícil equilibrio. En noviembre Christine Lagarde relevará a Mario Draghi al frente del BCE. Probablemente Lagarde, pese a que su elección ha sido criticada por su perfil político, mantendrá la misma línea que el italiano. Una de sus tareas será lidiar con las presiones de los "halcones" alemanes, que no ven con buenos ojos la política expansiva del BCE.

Si Lagarde quiere sortear otra crisis financiera deberá alejarse del populismo monetario. Esto es, evitar que el BCE se convierta en un arma política y escuchar las recomendaciones de los técnicos, por mucho que políticos de un signo u otro la empujen contra la pared como a McChesney.

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