de piqué al banquillo pasando por la paz social

Valverde juega a pensarse la renovación en un Barcelona que está lleno de espinas

El técnico cumple contrato este año, y por el momento ha dejado las propuestas aparcadas. Bartomeu tiene muchos frentes abiertos en una institución que vive de que los resultados calmen los incendios

Foto: Valverde, en el banquillo azulgrana. (EFE)
Valverde, en el banquillo azulgrana. (EFE)

Hay siempre en el ambiente del Barcelona una nube fina que no termina de derivar en tormenta. Puede ignorarse un tiempo, puede disimularse, pero ahí está. Los buenos resultados, abundantes en el club en los últimos años a pesar de los resbalones en Europa, ayudan a mitigar la sensación de que hay fibras que todavía unen al club que en cualquier momento pueden soltarse y precipitar la tragedia. Porque la institución, silente, tiene algunas vías de agua que todos ven y otras muchas que pasan desapercibidas. Pero están.

Ernesto Valverde, por ejemplo. Es un señor elegantísimo, siempre moderado, sin ninguna intención de hacer algo que suene estridente. También es un notable entrenador, el año pasado consiguió un doblete y logró reorientar al equipo. Quizá no en el modelo preferido por la afición, este Barcelona juega a una cosa diferente de las versiones del pasado, pero desde luego de una manera eficiente que solo tiene un manchurrón importante, aquella grosera derrota en Roma. El cariño lo tiene, porque él se hace querer, pero el respeto no siempre ha estado presente en su caso.

Le ocurrió esto el día de la final de Copa, cuando se levantó y se encontró en la prensa, como mensaje oculto, que la directiva barajaba su destitución por el dolor de Roma. Era un día importante que el equipo solventó con mucho brillo, goleando al Sevilla en el Metropolitano, pero el reguero de duda ya había sido esparcido. Los protagonistas del deporte saben perfectamente leer entre líneas, ellos encuentran los mensajes que otros les mandan sin necesidad de recibir un burofax. Cuando ven en lugares concretos determinadas consignas saben detectar las connotaciones que llevan aparejadas. Era un aviso.

Él aquella noche no respondió, pero sí tomó nota. Ahora se habla de renovación, que es una de esas cosas que también emergen en estas fechas como setas en el bosque. Valverde, sin embargo, ha frenado en seco esos mensajes que pedían una extensión por más tiempo de la vida en común. "No he hablado con nadie del club. Los entrenadores vamos día a día y semana a semana. Me parece prematuro hablar de eso a estas alturas", explicaba un entrenador que termina contrato al final de la temporada. Es poco probable que fuese la respuesta esperada, más bien la expectativa contaba con un rotundo "sí quiero" y una unión algo más duradera.

Y es que Valverde, en todo caso, tampoco está completamente cómodo con el entorno. Lo demostró claramente en una inusual rueda de prensa de este verano en la que enseñó los dientes para pedir que no se tocase a Rakitic. Estaba el PSG al acecho y él sabía que iban en serio. También, por esa lectura de la prensa que tiene quien conoce la historia interna de estos procesos, sabía que la directiva no era del todo reticente a ello. Es decir, que Rakitic podía irse y que si no se ponía él en contra probablemente se encontraría pronto sin un jugador que él considera clave.

Bartomeu, con Valverde. (EFE)
Bartomeu, con Valverde. (EFE)

Ventas que no se esperan

El mercado de fichajes siempre es territorio de fricción, más todavía cuando la dirección deportiva es cambiante y no siempre lo tiene claro. En este periodo, además del sofocado incendio de Rakitic, hay un episodio que molestó mucho a Valverde: la venta de Paulinho. No solo por perder un jugador que había utilizado con frecuencia en la temporada anterior, también porque no supo de su marcha hasta que una radio lo comentó. A veces los problemas son solo de comunicación, pero en este caso parece algo más grave, el técnico no debe saber de estas cosas por terceros. Y tampoco estaría de más que alguien explicase al detalle estas operaciones. Más allá del titular.

En general, la política de fichajes y Valverde no parecen ir en la misma dirección. Lo demuestra cada semana, con sus alineaciones, en las que sistemáticamente deja fuera a Lenglet, Malcolm, Vidal o Arthur. En buena lógica, aparecerán, porque hay tiempo para todos y el técnico extremeño no hace distingos entre sus futbolistas. Quizá es solo cuestión de tiempo, pero por el momento bien parece un mensaje a quien lo quiera escuchar. La directiva compró a Arthur como ese brasileño que no necesitó de la Masía para entender la filosofía Barça -un concepto algo obsoleto ahora, hay muchas cosas que ya no son como fueron- y de Vidal como una especie de parche a la salida de Paulinho. Lenglet, un central de garantías ante la salida, muy provechosa, del irrelevante Mina. Y lo de Malcolm, con pelea con la Roma de por medio, que no termina de verlo más que para azuzar a Dembele.

La efímera Teresa Basilio

Más allá del técnico, en el Barcelona han pasado muchas cosas. En general, la vida de Josep Bartomeu, presidente, no tiene un día sin sobresaltos. Esta semana, por ejemplo, le dio por nombrar directiva del club a Teresa Basilio, sin que lo supiese prácticamente nadie en la Junta, pues la ve demasiado porosa y capaz de aguarle sus noticias. En este caso, sin embargo, no hubiese estado de más una consulta, no lleva cinco años de socia y, consecuentemente, no puede formar parte de la directiva del club.

Esto, que es anecdótico, no deja de ser un paso más en la gymkana de Bartomeu, que se encuentra con presiones internas, multitudes externas y un buen número de bombas por el camino. Le ha tocado un tiempo difícil porque el Barcelona, equipo catalán, es parte nuclear de una sociedad que tiene problemas y tensión para exportar. Bartomeu ha tratado de nadar y guardar la ropa en un momento en el que la indefinición está mal vista por todos. Compleja cuestión, e irresoluble, no hay una manera de armonizar opiniones tan diversas, todavía más en un club que siempre ha jugado a ser una fuerza social.

Piqué y Neymar, en un acto reciente. (EFE)
Piqué y Neymar, en un acto reciente. (EFE)

La eterna improvisación

Bartomeu es también recurrente en no saber controlar situaciones sociales que se le disparan. Se podría escribir mucho sobre lo deportivo del baloncesto, pero no corresponde a estas líneas. Sí, quizá, la despedida errática de Navarro. El escolta, en la rueda de prensa, que fue el segundo acto de su salida después de un paso en falso, ya dijo que no se sentía del todo bien tratado en el adiós. Es cierto que él quería seguir y, probablemente, el físico no le daba para ello. Pero, una vez sabido eso, las formas estuvieron lejos de ser las mejores y, por más que se busque enmendarlo, no hay segunda vez para una primera impresión.

El presidente, además, ha pasado demasiadas veces por poco enterado. Neymar se fue con la sensación de que todos lo sabían menos él. Griezmann dijo no cuando la directiva esperaba, y así lo filtraba con profusión, que terminase vestido de azulgrana. Son temas demasiados grandes como para no verlos venir, y en ambos casos aparece un personaje clave en el club: Piqué. El central, con su carisma, sabía lo primero y prácticamente gestionaba lo segundo, pues él fue el productor del docu-reality que sirvió para certificar que ese fichaje quedaba en papel mojado.

Con Piqué siempre es complicado. Esta semana se supo que le han multado una vez más, en este caso por estar conduciendo sin puntos en el carnet. El Barça es una familia bien y el central tiene a veces esa horma de rebelde con red de seguridad. También le gusta hablar, se va a Miami a ver qué tal van sus proyectos tenísticos, sube, baja, viene, va... es Piqué, ya se sabe, es una respuesta bastante común en todo esto. Para bien, a veces, para mal, también en ocasiones. Bartomeu tiene, dicen, una conversación con él pendiente, para comentarle que lo de este verano con Griezmann no puede volver a ocurrir. Traducido, que a ver si no puede dejarle de nuevo en ridículo, que no deja de ser el primer representante de la institución.

Como ocurre con frecuencia, con resultados todo quedará ahogado y con sordina. El club, además, ha ganado un activo más que no era fácil de esperar: Messi. Obviamente no el jugador, que lleva ahí, mandando, tantos años como lleva en el primer equipo. Lo que no había sido, o no tanto, es una presencia importante en lo institucional. Ahora es capitán, y se lo ha tomado en serio. Ha dado un discurso público, que no es nada común en él, arengando a la tropa. También una entrevista en Catalunya Radio, cuando en la última década su voz solo se escuchaba en los momentos en los que estaba con la selección argentina.

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