'Quo vadis, Aida?': la última gran masacre que avergonzó al mundo
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'Quo vadis, Aida?': la última gran masacre que avergonzó al mundo

Nominada al Oscar, la película dirigida por Jasmila Žbanić recrea aquel 11 julio de 1995, cuando las tropas serbias cometieron el mayor genocidio tras la Segunda Guerra Mundial

placeholder Foto: Jasna Djuricic es Aida en 'Quo vadis, Aida?', de la directora bosnia Jasmila Zbanic. (Vercine)
Jasna Djuricic es Aida en 'Quo vadis, Aida?', de la directora bosnia Jasmila Zbanic. (Vercine)

Cuando aquello ocurrió, Jasmila Žbanić tenía 20 años. Nacida en Sarajevo, a esta guionista y directora bosnia probablemente se le quedaron grabadas en la retina las imágenes que entonces le llegaron a través de la televisión. Como a quienes éramos mucho más pequeños, pero recordamos el ruido de aquellos vídeos de 'Informe Semanal' de mediados de los noventa, con los boinas azules pululando entre los tanques y las ruinas de una Yugoslavia en descomposición. No son imágenes en blanco y negro, son imágenes a color de civiles ataviados con vaqueros, cargando sobre las espaldas unas maletas que podrían ser las de cualquiera de nosotros. La rabia, como bosnia, de 25 años atrás, Žbanić la ha convertido en una película nominada al Oscar, 'Quo vadis, Aida?', que reconstruye los acontecimientos del 11 de julio de 1995 en Srebrenica, una localidad de mayoría bosnia musulmana que había protagonizado un tira y afloja entre la armada de Bosnia-Herzegovina y el Ejército de la República Srpska, comandado por el general Ratko Mladić, condenado hoy a cadena perpetua por el Tribunal de la Haya por crímenes de lesa humanidad.

Tráiler de 'Quo vadis, Aida?'

Sin aspavientos ni concesiones a la actuación de los serbios, Žbanić reconstruye cómo debió de desarrollarse aquel día en la base militar de Srebrenica, zona segura dentro de la protección de los cascos azules de las Naciones Unidas. Y lo hace a través del personaje de Aida (Jasna Djuricic), una traductora bosnia que trabaja para las tropas holandesas desplazadas hasta allí. Porque 'Quo vadis, Aida?' es una película sobre la comunicación. O la falta de. Y también sobre la capacidad o incapacidad de reconstruir un país cimentado sobre la injusticia y la muerte.

La directora apunta y dispara contra las guerrillas serbias, retratadas como una manada de animales populistas y crueles, que disfrutan con la violencia que su desprecio por los derechos humanos les permite cometer, pero también contra unas Naciones Unidas que no quisieron 'enfadar' al Gobierno serbio y que no cumplieron su labor de defensa de los civiles de Srebrenica. Desde la primera secuencia, cuando Aida debe traducir la negociación entre el alcalde de Srebrenica y un alto mando de los cascos azules, la empatía con el pueblo bosnio, totalmente indefenso y engañado, es total. Uno pregunta, desesperado, por la seguridad de sus ciudadanos. El otro contesta, poco esperanzado, que no se preocupe, que si las tropas serbias entran en el pueblo, la ONU cumplirá su ultimátum y bombardeará las posiciones del ejército de Mladić. Cuando el alcalde le pregunta si, entonces, debería pedir a sus vecinos que se refugien, y el militar contesta que no, ambos saben que aquella promesa es simple palabrería.

placeholder Otro momento de 'Quo vadis, Aida?'. (Vercine)
Otro momento de 'Quo vadis, Aida?'. (Vercine)

Las dinámicas de poder son iguales en todas las guerras y siempre hay quien hace la vista a un lado y quien estira de la cuerda hasta hacerla reventar. Entre medio, soldados demasiado jóvenes y asustados, mandos sobrepasados y, por supuesto, las víctimas civiles anónimas que no pasarán a la historia —como mucho, les concederán una placa con su nombre en medio de otros mil—, y que acabaron allí por la incompetencia de unos, la indolencia de otros y la impunidad de muchos.

Las bombas resuenan a lo lejos y los vecinos del pueblo de Srebrenica huyen con lo puesto. Decenas de miles de personas se dirigen al mismo tiempo a la base de la ONU, que apenas puede acoger a varios cientos. Al mismo tiempo que ayuda a los soldados holandeses a organizar el caos formado por la avalancha de refugiados, Aida busca a su marido y sus hijos, perdidos en la marabunta. Porque el papel institucional de Aida se complementa y choca con el de madre, y al igual que intenta salvar la vida de toda una ciudad, también debe poner a salvo a su familia.

placeholder La protagonista, Aida, es traductora para la ONU. (Vercine)
La protagonista, Aida, es traductora para la ONU. (Vercine)

La cámara de Žbanić, sin demasiada ornamentación más allá de una figuración amplísima, relata con sobriedad la tensión y la angustia de una ratonera que asiste sin saberlo a su propio final. No le hace falta recrearse en la violencia esta siempre sucede fuera de cuadro, sino que la relata de manera aséptica, en contraposición a su expresividad a la hora de construir la emoción de sus protagonistas. Si el avance del ejército forma parte de una trama sencilla y sin subrayados, el comportamiento humano e inhumano de los personajes supone la idea central de aquello que capta la cámara. Los dos lados del sacrificio, vistos desde la perspectiva de Aida, que corre de un lado para otro intentando comprender cómo han llegado todos a esa situación, y cada vez más desesperanzada sobre su desenlace.

Mención aparte también para el villano de la película —y de la historia real, no olvidemos—, el general Mladić, interpretado por Boris Isakovic con una frialdad aterradora. Como una panda de matones, sus hombres se permiten engañar y acosar tanto a civiles como a cascos azules, que, sin un mando fuerte, abren las puertas a que se salten las pocas leyes que hay en la guerra. Saben lo que ocurrirá, pero no quieren hacerse responsables y saben que están allí de paso y que un día u otro volverán a un país en paz.

placeholder Otro momento de la película. (Vercine)
Otro momento de la película. (Vercine)

Porque ni aquellos que mueren ni aquellos que sobreviven encuentran la paz en un país en el que miles de personas fueron expulsadas de sus casas, casas que luego ocuparon los hijos, los primos, los padres de sus enemigos. Un país que ha tardado en abrir las fosas comunes y enjuiciar a los responsables políticos y militares. La población de Srebrenica, antes de la guerra, era en más de un 80% de etnia bosnia musulmana. Hoy, más de un 70% de sus vecinos son serbios cristianos. ¿Se puede llegar a perdonar? ¿Pueden convivir en el mismo espacio quienes se hicieron tanto daño? La respuesta, en el plano final.

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