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'Los despiertos': cómo cualquiera de nosotros puede acabar en la basura
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La obra de teatro de fin de semana

'Los despiertos': cómo cualquiera de nosotros puede acabar en la basura

Hasta el 20 de marzo se puede ver en el Teatro del Barrio esta pieza de José Troncoso sobre la precariedad laboral

Foto: Alberto Berzal, Luis Rallo e Israel Frías, en 'Los despiertos'. (Paco Ureña)
Alberto Berzal, Luis Rallo e Israel Frías, en 'Los despiertos'. (Paco Ureña)

“Ahora mismo, 'hace' desencanto igual que hace sol o hace frío”. La frase es de José Troncoso, un tipo con acento de Cádiz, ojos azules y cara de bueno. Troncoso irrumpió en el paisaje teatral en 2015 con una obra sobre dos inadaptadas —tía y sobrina— que vivían en un universo de crochet, una con toquilla eterna sobre los hombros y otra con lazo en el pelo y un único vestido que le venía raquítico. Dos mujeres solas, feas, aisladas, un poco voladas y sin un duro, que solo veían la tele y soñaban con irse de crucero. Aquel espectáculo, que estuvo cinco años de gira por toda España, se llamaba ‘Princesas del Pacífico’ y se convirtió en esa obra pequeña de la que todo el mundo hablaba y en la que algunos periodistas depositamos grandes dosis de entusiasmo. ¿Por qué? Porque nos descubrió a un dramaturgo y director que apostaba por un lenguaje y una estética propios, que bebía de la cultura popular, de Valle-Inclán y La Zaranda, y que usaba el escenario como un espejo deformado que nos devolvía nuestra propia imagen a través de personajes grotescos, tiernos, fracasados y excluidos, gente escacharrada.

Después de aquella obra vendrían más historias de perdedores en ‘Igual así que en la Luna’ y ‘Lo nunca visto’, más giras, el Premio Ojo Crítico de Teatro, el abrazo de la crítica y el público, la pandemia y un nuevo trabajo, ‘La cresta de la ola’, que estrenaron en noviembre de 2020 en el Teatro de La Abadía con la coproducción del Festival de Otoño. En ese montaje, Troncoso y su compañía La Estampida tenían más pasta, más vocación contemporánea y más ambición. Así que cambiaron la toquilla por el 'brilli brilli' y la precariedad por el éxito, un éxito del que se reían: el que ellos sentían que tenían, el que los demás les atribuían y ese éxito traducido en 'likes' y 'followers' en el que vivimos casi todos. Se la pegaron. Y de qué manera.

Su nueva obra, ‘Los despiertos’, es hija de ese fracaso y del desencanto que se instaló en la mirada de Troncoso

¿Por qué les cuento todo esto? Porque su nueva obra, ‘Los despiertos’, es hija de ese fracaso y del desencanto que se instaló en la mirada de Troncoso, de manera natural y silenciosa, igual que hace sol o hace frío, cuando se los llevó la ola. Y a eso le sumamos una crisis de estrés y la ansiedad disparada, meses de terapia y la constatación de que trabajamos en condiciones lamentables. Pero dejemos que sea su autor quien les dé los detalles sobre ese espacio de fragilidad en el que nace la obra:

“Yo tenía una imagen de tío simpático, accesible, talentoso. Yo sentía que tenía éxito y lo sentíamos también como compañía porque en muy poco tiempo pasaron cosas muy grandes. Pasamos de ser los pobrecitos que merecíamos el triunfo y a los que la gente arropaba a ser esos que, como buena España, una vez que nos alzaron quisieron vernos caer. Y eso fue ‘La cresta de la ola’. Una buena terapia de dos años me ha puesto en mi sitio, pero he tenido que atravesar un desierto. Nosotros (en La Estampida) siempre hablamos de personajes que son como nosotros, pero en esa obra hablábamos de gente que no conocíamos de verdad y a aquello le faltaba humanidad. Era la oportunidad de reírnos de nosotros mismos, de reírnos de que teníamos pasta y éxito, pero el espejo que le pusimos al público también nos lo pusimos a nosotros mismos y nos estrellamos contra él. Los creadores tenemos que preguntarnos de qué sabemos hablar y de qué no. Después de estrenar en La Abadía estuvimos en el Teatre Nacional de Catalunya, pero no estábamos bien, no nos divertíamos, nos subíamos al escenario completamente inseguros. Y lo paramos. Dejamos de hacer la obra. Quizá me miré el ombligo sin darme cuenta o quizá fui más honesto de la cuenta, no lo sé”.

placeholder Israel Frías, en uno de los momentos de la función. (Paco Ureña)
Israel Frías, en uno de los momentos de la función. (Paco Ureña)

Antes de la pandemia aparecen Alberto Berzal, Israel Frías y Luis Rallo, tres actores formados en la escuela de William Layton y con una trayectoria vinculada a directores como José Carlos Plaza o Miguel Narros, muy alejados de la forma de trabajar de Troncoso, de la escuela del francés Philippe Gaulier. Le proponen que escriba para ellos y les dirija en una obra que les permita montar una compañía y cambiar de registro, abrirse. Hacen un taller juntos y Troncoso se sienta a escribir una historia que habla del trabajo y en la que regresa a dos universos que conoce: el de la escasez de medios y el de personajes en los que ya no nos fijamos, que no vemos de tan excluidos:

“Yo sé hablar de lo que me pasa, aunque luego lo ficcione, y estaba en pleno ataque de estrés por el trabajo. Siempre vivo con el miedo de tener que volverme a Cádiz y (como buen autónomo) lo cojo todo por miedo a tener que volver a casa. En nuestra profesión hay mucha gente bien y por eso algunos (aquí pone voz de falsete) son superhonestos y superpersonales porque, claro, no tienes la necesidad de que tú o tus actores coman de eso. Yo puedo hablar de lo que quiera, pero tengo que hacer como un cuentecito que la gente pueda engullir. Después de hacer ‘La cresta de la ola’ empecé a pensar y a escribir una obra que se titula ‘Hemos intentado hacer un espectáculo que le guste a todo el mundo”. Ojo, que la protagonista de ese texto, explica José Troncoso, es una chica que se va amputando miembros en una carrera loca por sentirse aceptada.

"Estaba en pleno ataque de estrés por el trabajo. Siempre vivo con el miedo de tener que volverme a Cádiz y (como buen autónomo) lo cojo todo"

Vale. Ahora sí hablamos de ‘Los despiertos’, estrenada el pasado miércoles en el Teatro del Barrio de Madrid, en la que el autor y director vuelve a conectar la tragedia y el juego, con una puesta en escena que lo reduce todo al mínimo y tres actores que le siguen, se entregan y se divierten.

Tres barrenderos existencialistas

Los despiertos son tres barrenderos: el Grande, el Mediano y el Finito. Trabajan de noche, limpiando de basura las calles. Tres tipos que saben que la basura no tiene corazón, tres payasos, tres 'clowns', tres 'carablancas' pelín existencialistas vestidos de gris, ese color que se mimetiza con la mugre. Tres hombres que se preguntan si hay algo después de esto, “¿después de qué? De esto. De esta vida. De la vida. Esa pregunta, ¿qué mierda de pregunta es?”. Los tres barrenderos se preguntan si habrá alguien que les eche de menos cuando salga el sol y desaparezcan y, mientras trabajan, se preguntan también por qué trabajan tanto, a ver si estamos trabajando más de la cuenta, a ver si, de tanto trabajar, no estamos viviendo: “Si no trabajo, ¿qué hago? Vivir. ¿Y si no sé cómo se hace?”, se dicen.

Son tres repudiados —un gay, un maltratador y un bobalicón— y los elige para hablar de cómo se relacionan los hombres entre ellos

Lo que sí saben es que ellos también son desechos de un sistema que genera basura non stop. Y aquí hay basura a destajo. La tangible, la que barren, la que llena el cubo, los restos del papel Albal del bocadillo que cada madrugada le lleva al Mediano su madre. La intangible, esa que tiene que ver con la memoria y las heridas: el zapato rojo, ya deformado, que el Grande guarda en el bolsillo de su pantalón y que le recuerda el maltrato al que sometió a su mujer. Y aquella que se nutre de nuestra capacidad de autoengaño: el peine que guarda el Finito en su americana gastada, con el que se atusa el pelo cuando sale del armario por un rato y se olvida de que en casa le esperan su mujer y sus hijas. “Cualquier día nos encontramos con nosotros mismos en la basura”, dice uno de ellos.

placeholder Luis Rallo, durante la función. (Paco Ureña)
Luis Rallo, durante la función. (Paco Ureña)

José Troncoso se apoya en lo simbólico, en el clown y casi en la chirigota para aligerar el drama porque no hay como que un payaso te tire mierda a la cara para que creas que aquello es inofensivo. Observa a sus personajes con compasión, pero no se enamora de la épica del perdedor. Son tres repudiados —un gay, un maltratador y un bobalicón— y los elige para hablar de cómo se relacionan los hombres entre ellos, del binomio violencia-masculinidad y de esa otra violencia de un sistema que enferma a tantos y tantas. Troncoso habla de esos trabajos que hacen que te duelan los costados y las piernas y las manos y el alma.

“Pero tampoco vayan a preocuparse ahora ustedes”, escuchamos. Porque en ‘Los despiertos’ flotan, de alguna manera, aquellos versos de la ‘Balada estival de las cárceles madrileñas, 1968’, del poeta, dramaturgo y ensayista Agustín García Calvo: “El que quiera romper la prisión/ que encuentre la luz/ negando cielo arriba”.

“Ahora mismo, 'hace' desencanto igual que hace sol o hace frío”. La frase es de José Troncoso, un tipo con acento de Cádiz, ojos azules y cara de bueno. Troncoso irrumpió en el paisaje teatral en 2015 con una obra sobre dos inadaptadas —tía y sobrina— que vivían en un universo de crochet, una con toquilla eterna sobre los hombros y otra con lazo en el pelo y un único vestido que le venía raquítico. Dos mujeres solas, feas, aisladas, un poco voladas y sin un duro, que solo veían la tele y soñaban con irse de crucero. Aquel espectáculo, que estuvo cinco años de gira por toda España, se llamaba ‘Princesas del Pacífico’ y se convirtió en esa obra pequeña de la que todo el mundo hablaba y en la que algunos periodistas depositamos grandes dosis de entusiasmo. ¿Por qué? Porque nos descubrió a un dramaturgo y director que apostaba por un lenguaje y una estética propios, que bebía de la cultura popular, de Valle-Inclán y La Zaranda, y que usaba el escenario como un espejo deformado que nos devolvía nuestra propia imagen a través de personajes grotescos, tiernos, fracasados y excluidos, gente escacharrada.

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