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Todo lo que aprendí de Afganistán viendo 'El hombre que pudo reinar'
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Todo lo que aprendí de Afganistán viendo 'El hombre que pudo reinar'

No solo es la última gran película del cine de aventura, sino que, además, es un acercamiento despreocupado al desolladero afgano, un país intratable que no parece cambiar

Foto: Sean Connery y Michael Cane, en 'El hombre que pudo reinar'.
Sean Connery y Michael Cane, en 'El hombre que pudo reinar'.

En 1997, el escritor y mochilero británico Jonny Bealby viajó hasta el corazón de Asia para realizar uno de los sueños de cualquier cinéfilo, al menos uno de cierta edad: seguir los pasos ‘afganos’ de Sean Connery y Michael Caine. Tras cuatro semanas y 400 kilómetros recorriendo, entre otros lugares, el antiguo Kafiristán (a apenas 190 kilómetros de Kabul), Bealby concluyó, como escribe en su libro 'For A Pagan Song: In the Footsteps of the Man Who Would Be King': "Si Daniel [Connery] y Peachey [Caine] volvieran a caer de los cielos, más de cien años después, la tarea a la que se enfrentaban sería exactamente la misma. Kafiristán se llama ahora Nuristán; los infieles han sido iluminados. Pero más allá de la religión, poco de sus costumbres parece haber cambiado".

‘El hombre que pudo reinar’ (1975) no solo es la última gran película del cine de aventuras de ropones, sombreros salacot y pantalla ancha. Además, es un acercamiento despreocupado al desolladero afgano, un país intratable que no parece cambiar con el paso del tiempo.

Jugar al polo con la cabeza de tu enemigo

Lo primero que aprendemos es la palabra Sikandar. En su epopeya colonizadora y helenizante, que duró 11 años y más de 25.000 kilómetros (de Grecia hasta la India, sin olvidar Egipto), Alejandro Magno (Sikander es Alejandro en lengua persa) se atrevió a girar hacia el norte antes del río Indo y penetrar en la cordillera del Hindu Kush. El mejor ejército del mundo, que había aplastado al gran imperio del momento, los persas aqueménidas, tardó más de dos años en pacificar por completo una accidentada provincia de pastores y guerreros, un puzle de tribus acostumbradas a vivir a la gresca con el vecino y a perder mañana el risco que habían ganado hoy. Se cuentan allí todavía varios grupos étnicos distintos (tayikos, nuristaníes, hazaras, pastunes) y hasta cinco lenguas diferentes.

Afirma en la película el cabecilla de una de estas tribus: “Hay enemigos por todos lados. Los bashkai son los peores. Vienen todos a mearse río abajo cuando nos vamos a dar un baño”.

'El hombre que pudo reinar'

El humor de ‘El hombre que pudo reinar’ (con guion firmado por el propio director, John Huston, y de su asistente Gladys Hill, que se toma licencias desenfadadas sobre el relato corto de Rudyard Kipling) no nos priva de mostrarnos la crueldad indígena. Solo hay que verles jugar al polo con la cabeza del jefecillo derrocado hace cinco minutos, como observan atónitos los recién llegados Danny Dravot (Sean Connery) y Peachy Carnehan (Michael Caine), dos granujas suboficiales británicos que han decidido que la India “se nos ha quedado pequeña” y deciden buscar más lejos, en la afgana y remota Kafiristán, el poder y la idolatría de los crédulos lugareños. Conseguirlo significa hacerse confundir con los herederos de sangre de Alejandro, último occidental en dejarse ver por allí, 23 siglos antes. Un malentendido tan espontáneo como planeado. Que por supuesto termina saliendo mal. Y que nos instruye sobre la imposibilidad intrínseca del lugar, se conquiste con prodigios de charlatán o con tanques Sherman.

Pero lo inasequible de Afganistán, como si fuera una maldición, trasciende la cuestión de las invasiones. “Se dice muchos estos días”, escribió en 2001 el corresponsal de United Press International Steve Sailer, solo semanas antes de la invasión americana y solo dos semanas después del 11-S, “que ningún agente externo ha dominado jamás, permanentemente, Afganistán. Es verdad, pero lo que se olvida es que ningún agente interno lo ha conseguido tampoco”.

Foto: Fuerzas militares rusas y uzbekas en la frontera con Afganistán. (EFE)

Las frustraciones de los omeyas, los soviéticos o los propios británicos engrandecen un legado alejandrino que, a falta de un tesoro como el de la película (uno “que hace que las joyas de la Torre de Londres parezcan baratijas”, con rubíes del tamaño de manzanas) hay que buscarlo en vestigios más sutiles pero igualmente fascinantes. Lo contaba el periodista Guillermo Altares en el diario 'El País', en 2008: “La aparición de una inscripción griega en la ciudad perdida de Aï Khanum, situada en la frontera afgana con la URSS (con Tayikistán en la actualidad), confirmó que los colonos que se establecieron más allá del Hindu Kush tras la conquista de Alejandro Magno permanecieron allí durante siglos e impulsaron una esplendorosa civilización helenística”.

Un corte de espada a través de las montañas

Además de Historia Clásica y de tribus asiáticas, también puede aprender usted bastante geografía viendo ‘El hombre que pudo reinar’. Rudyard Kipling, premio Nobel de Literatura más joven de la historia (41 años), definió Afganistán como “una masa de montañas, picos y glaciares”. Y John Huston no quiso privarnos de ninguna de las tres cosas, por mucho que filmara en el mucho menos impresionante Marruecos.

El paso del Khyber es un embudo montañoso que ha visto desfilar y guerrear a persas, griegos, británicos o estadounidenses

Y no es solo que Afganistán se sitúe en mitad de la Ruta de la Seda y en “una encrucijada de imperios” (Arnold Toynbee), entre la antigua URSS, China, India e Irán. Además, el acceso a la montaña afgana se gana, desde oriente, desde la fundamental India, por el precario paso pakistaní del Khyber, un embudo montañoso de 35 kilómetros de longitud que ha visto desfilar y guerrear a persas, griegos o mogoles, donde han campado y hecho fortuna pastunes y talibanes, y por donde siempre han intentado abastecerse los británicos y estadounidenses con sus convoyes. No es pura licencia poética la definición de George Molesworth, un miembro de la fuerza británica: "Cada piedra en el Khyber ha sido empapada en sangre".

Foto: Afganos en la frontera. (EFE) Opinión

En sus tramos más estrechos, el Khyber solo tolera 16 metros de anchura. Hasta 1925, en este “corte de espada a través de las montañas” (Kipling), no fue posible instalar una infraestructura tan esencial como el ferrocarril, un vehículo de cuyas comodidades no disfrutan ni Sean Connery ni Michael Caine. Ellos cruzan en mulas. Connery lo hace primero cantando entre la nieve (“Si un rey no puede cantar no merece ser rey”) y luego ciego por la ventisca y agarrado a las crines de las bestias. Los animales terminan muriendo todos. Y ambos caraduras solo consiguen vencer el paso gracias a un alud provocado por sus propias carcajadas cuando (ironía muy escogida) ambos recuerdan la desastrosa retirada de los británicos en 1842. Al otro lado les espera la paupérrima tierra prometida, Kafiristán, tan guerrera como incauta. Tanto como para entronizarles a ellos.

Después de su yihad de 1896, el emir de Afganistán cambió el nombre de Kafiristan ('tierra de infieles') a Nuristan ('tierra de luz'). Claro que todo esto no lo he aprendido viendo películas de John Huston, pero la actualidad estimula nuestra memoria, casi en primer lugar, a través de libros y películas. Y nos anima a saber más del país que los musulmanes tardaron dos siglos en convertir.

Ninguna gran película de aventuras ofrece más información sobre la posibilidad de una próxima guerra en Afganistán

Regreso a la crónica de Steve Sailer, acaso tan premonitoria hace 20 años: “Ninguna gran película de aventuras, ni siquiera ‘Lawrence de Arabia’, ofrece más información sobre la posibilidad de una próxima guerra en Afganistán que ‘El hombre que pudo reinar’. Nos recuerda que ni la desesperación ni la utopía es una actitud realista para cualquiera que esté contemplando una incursión militar en esa dura tierra”.

Una tierra, conviene recordarlo, tan espejeante como el 'flashback' del superviviente Peachy Carnehan, cuyo relato no podemos saber si es del todo real. Una tierra obstinada y dura en la que ni siquiera morir es sencillo:

Y el viejo Danny cayó, rodó y rodó...

... como un penique.

¡Treinta mil kilómetros abajo!

Tardó media hora en estrellarse contra las rocas.

En 1997, el escritor y mochilero británico Jonny Bealby viajó hasta el corazón de Asia para realizar uno de los sueños de cualquier cinéfilo, al menos uno de cierta edad: seguir los pasos ‘afganos’ de Sean Connery y Michael Caine. Tras cuatro semanas y 400 kilómetros recorriendo, entre otros lugares, el antiguo Kafiristán (a apenas 190 kilómetros de Kabul), Bealby concluyó, como escribe en su libro 'For A Pagan Song: In the Footsteps of the Man Who Would Be King': "Si Daniel [Connery] y Peachey [Caine] volvieran a caer de los cielos, más de cien años después, la tarea a la que se enfrentaban sería exactamente la misma. Kafiristán se llama ahora Nuristán; los infieles han sido iluminados. Pero más allá de la religión, poco de sus costumbres parece haber cambiado".

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