Putin teme la desestabilización talibana de Asia Central
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Geopolítica talibana

Putin teme la desestabilización talibana de Asia Central

Rusia puede ocupar el vacío de poder en la región que deja EEUU con su salida, pero se enfrenta a una amenaza de seguridad para el país y el resto de repúblicas exsoviéticas

Foto: Fuerzas militares rusas y uzbekas en la frontera con Afganistán. (EFE)
Fuerzas militares rusas y uzbekas en la frontera con Afganistán. (EFE)
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Esta semana se cumplieron 30 años de la dimisión de Mijaíl Gorbachev como secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética. El que fuera el último líder soviético, recordado por su política de glásnost y por la perestroika, fue también quien tomó la decisión de sacar al Ejército Rojo de Afganistán, pues la guerra se había convertido en “una herida sangrante” para el pueblo soviético. Cuando hace unos días nos llegaban imágenes de afganos huyendo de los talibanes a través del Puente de la Amistad, que conecta su país con Uzbekistán, a la mente de muchos rusos tornaba inevitablemente el recuerdo de las últimas tropas soviéticas en retirada, cruzándolo en 1989.

Gorbachev, ahora con 90 años a las espaldas y un Premio Nobel de la Paz, ha criticado tanto la tardanza de Estados Unidos en reconocer su derrota en Afganistán como la premura con la que la salida se ha producido. Si bien es innegable que la derrota de EEUU en un escenario con tanto simbolismo para Moscú produce cierta satisfacción en el ideario de muchos rusos, la llegada del talibán al poder trae consigo serios riesgos para el Kremlin y para sus aliados en Asia Central.

Amenaza para la estabilidad en Asia Central

En medio de las dramáticas escenas de caos en el aeropuerto de Kabul la semana pasada, destacaba la noticia de que Rusia no solo no evacuaría a su embajada de Afganistán, sino que su embajador sería el primero en reunirse con representantes talibanes en la capital afgana. La decisión respondía tanto al interés por el prestigio diplomático de ocupar el vacío de poder dejado por EEUU como por el nerviosismo que provoca en el Kremlin la amenaza talibana en Asia Central.

Foto: Talibanes en Kandahar. (EFE)

De hecho, este lunes, el presidente ruso Vladímir Putin dijo durante una reunión con miembros de la Organización del Tratado de la Seguridad Colectiva (OTSC) que la prioridad para Rusia es evitar la expansión del “islamismo radical” en Asia Central. Esta región se encuentra en gran medida en la esfera de influencia de la Federación Rusa, aunque disputada en algunos ámbitos por China. Asia Central es, además, una región que hace de colchón entre Rusia y Afganistán, y de cuya mano de obra depende enormemente la economía rusa. La estabilidad de estos países es, por lo tanto, poco menos que una cuestión de seguridad nacional para Moscú.

Lo cierto es que Rusia no es un extraño en la región si hablamos de seguridad. Moscú dispone de una base militar en Tayikistán, así como de una base aérea y un campo de pruebas para misiles en Kirguistán. Además, tropas rusas han sido avistadas en las fronteras de estos países con Afganistán en numerosas ocasiones en los últimos años. En las últimas semanas, Rusia ha optado por sacar músculo, implementando una política en la región que pretende ser disuasoria para un eventual ataque talibán. Entre otras cosas, Rusia ha celebrado maniobras militares conjuntas con Tayikistán y Uzbekistán, ha reforzado su presencia militar en la región y ha ofrecido descuentos en la compra de armamento ruso a estos países para mejorar sus defensas.

Sin embargo, no todas las repúblicas de Asia Central están integradas de igual forma con Rusia y eso convierte en desigual la predisposición de Moscú de asistir. Solamente Tayikistán, Kirguistán y Kazajistán son miembros de la alianza militar OTSC. De estos, Kirgistán y Kazajistán son los únicos países miembros de la Unión Euroasiática Económica (UEE), organización que trata de mimetizar las instituciones y espíritu de la Unión Europea, pero está enormemente controlada por Rusia. Uzbekistán se convirtió recientemente, y tras un debate nacional sobre su autonomía, en observador de la UEE y podría convertirse en miembro de pleno derecho pronto.

Del pragmatismo a la beligerancia de los ‘stanes’

De las cinco repúblicas exsoviéticas de Asia Central, solamente tres hacen frontera con Afganistán, a saber, Tayikistán, Uzbekistán y Turkmenistán. Francisco Olmos, investigador especializado en Asia Central en el Foreign Policy Center, apunta al heterogéneo vecindario que se extiende entre la Federación Rusa y Afganistán. “Uzbekistán tiene un enfoque pragmático hacia los talibanes. Hay información de que los uzbekos han dado cobijo a tropas afganas, pero Tashkent lo niega todo. Además, está devolviendo a Afganistán a los pocos refugiados que cruzan la frontera”, lamenta Olmos.

Foto: Los talibanes, en el Palacio Presidencial. (Al Jazeera)

Tayikistán es un caso más interesante, pues “la resistencia antitalibana en el valle del Panjshir, liderada por Ahmad Massoud, es una resistencia étnicamente tayika”. Según información sin contrastar, Tayikistán tendría un puente aéreo con la resistencia antitalibana en Panjshir, a la que estaría enviando equipamiento militar. “De ser así, es probable que estos aviones no sean tayikos, sino del Ejército afgano, que huyó del país hacia el norte cuando los talibanes llegaron a Kabul. En cualquier caso, esto significaría que Tayikistán está tomando un papel más activo en el conflicto. Desde luego, el contexto actual incomoda a todos los países de la región, pero Tayikistán es el más beligerante”, concluye Olmos.

Por último, Turkmenistán es una dictadura brutal sumida en una profunda crisis demográfica, económica y de alimentos, donde la corrupción es endémica. Además, Turkmenistán es el único país del mundo junto a Corea del Norte en el que oficialmente no ha habido ningún caso de coronavirus desde el comienzo de la pandemia, y aquellos periodistas que informaron sobre esta son encarcelados. No obstante, esto no ha sido óbice para que el dictador de nombre impronunciable, Gurbangulí Berdymujámedov, aceptase este mes un crédito de 20 millones de dólares del Banco Mundial para luchar contra la pandemia. Sabiendo esto, tampoco debería sorprendernos que Turkmenistán haya sido uno de los países de la región que más han cuidado sus relaciones con los talibanes.

Francisco Olmos cree que “Turkmenistán tiene un interés inmediato en mantener la seguridad de sus fronteras. A medio plazo, espera establecer un corredor eléctrico a través de Afganistán para vender su electricidad a Pakistán. Ya a largo plazo se encuentra la quimera de construir el TAPI, el oleoducto que conectaría Turkmenistán con la India a través de Afganistán y Pakistán. Este último escenario me parece inviable”.

Foto: Una instantánea de la cumbre virtual del G7. (EFE)

El problema principal de la estrategia rusa de armar a las repúblicas exsoviéticas de Asia Central para protegerlas de una eventual invasión es, en primer lugar, el poco interés del talibán en una invasión militar tradicional. Además, Turkmenistán comparte 800 km de frontera con Afganistán y no es miembro de la OTSC, lo que lo convierte en una vulnerabilidad insoslayable para el cinturón de seguridad que trata de establecer el Kremlin. En cualquier caso, si el talibán quisiera 'atacar' a sus vecinos del norte, resultaría más probable y efectivo el empleo de métodos híbridos como propaganda para la radicalización de la población de Asia Central o apoyo a grupos extremistas y terroristas locales.

Sin embargo, incluso en este aspecto, Olmos cree que el peligro es relativamente bajo. “El ciudadano de a pie en Asia Central no tiene conocimiento real de lo que son los talibanes. Tal como yo lo veo, no existe un riesgo razonable de radicalización de la población local. El peligro inminente es que, con las elecciones presidenciales en Uzbekistán el mes que viene y la transición de poder en Tayikistán de padre a hijo que estamos observando estos meses, estos países utilizarán seguramente este pretexto para reprimir aún más a la oposición y a sus poblaciones”.

Afganistán: la guerra del opio

Otro aspecto que preocupa enormemente a Rusia es el narcotráfico procedente de Afganistán. En un artículo publicado en 'Il Corriere della Sera' hace unos días, Roberto Saviano, autor de 'Gomorra', se refirió a la guerra en Afganistán como la guerra del opio. No es para menos, pues, según las Naciones Unidas, el 90% de la heroína del mundo tiene su origen en Afganistán. Los talibanes proveen, por tanto, a mafias como la Camorra, la ‘Ndrangetha y la Cosa Nostra, pero también a los mayores distribuidores de la heroína en Rusia o en EEUU, e incluso al grupo terrorista palestino Hamás.

La salida de los soviéticos de Afganistán a finales de los 80, la apertura de fronteras y la ulterior caída de la Unión Soviética trajo consigo un enorme flujo de drogas a Rusia, que en su mayoría procedían de Afganistán. La posición de las autoridades rusas no ha cambiado en esencia desde entonces. Los consumidores son criminalizados hasta tal punto que encontrarse en posesión de unos pocos gramos de sustancias prohibidas pueden acarrear más de una década en prisión. El artículo 228 del Código Penal ruso, que regula la compra, distribución, producción y posesión de drogas, es conocido informalmente en el país como el 'artículo del pueblo', ya que casi uno de cada cuatro convictos en Rusia fue condenado por posesión de drogas.

Foto: 'Check-point' talibán en la provincia de Herat. (EFE)

Otra consecuencia del alto consumo de drogas durante estos años fue la expansión del sida, lo cual constituye aún hoy un tabú para muchos rusos. Se calcula que más de un millón de rusos tienen la enfermedad, pero, a diferencia de otros países, en Rusia el número de infecciones crece cada año a un ritmo del 10%. El popular bloguero ruso Yuri Dud publicó un vídeo en YouTube en el que a través de entrevistas trataba de normalizar la enfermedad y acabar con falsos mitos y la consecuente marginalización de los que la padecen. Tras su emisión, se dispararon en el país las solicitudes de test de sida entre los jóvenes. Sin embargo, la policía rusa abrió en abril una investigación contra Dud para determinar si en su vídeo, que ya cuenta con más de 21 millones de visualizaciones, se incita al consumo de drogas.

Uno de los problemas principales para contener el narcotráfico en la región se encuentra en los países de tránsito. La accidentada frontera entre Tayikistán y Afganistán tiene más de 1.300 km, y la corrupción en aduanas ha sido una constante en la región. En palabras de Olmo, “hay oficiales en Tayikistán, por ejemplo, que se benefician enormemente del tráfico de drogas de Afganistán hacia Rusia y Europa a través de su país”. Sin la colaboración activa de estos países a todos los niveles, la lucha contra el narcotráfico en la región no promete ser más efectiva a pesar del aumento de la presencia rusa.

La Rusia omnipresente de Putin

En su obra de 1987, 'Auge y caída de las grandes potencias', el historiador británico Paul Kennedy acuñó el término ‘imperial overstretch’, o ‘sobreextensión imperial’. Este concepto se aplica a Estados que, por su condición de grandes potencias, se ven obligados a defender sus intereses en buena parte del globo, lo que eventualmente les lleva a desangrarse económicamente y ser sobrepasados por sus adversarios. P. Kennedy lo utilizó para referirse al peligro que a finales de los 80 acechaba a los EEUU, pues su atención era requerida en tantos puntos del planeta simultáneamente que el mundo unipolar que se abría ante el ya evidente declive soviético podría ser amenazado por diversas potencias aspirantes. La España del conde-duque de Olivares sería un caso histórico susceptible de este diagnóstico, quizá más cercano a nuestros lectores.

Foto: Nivi Manchanda, autora del libro 'Imagining Afghanistan: the History and Politics of Imperial Knowledge'. (Fotografía cedida)

Hoy Rusia corre, en una escala más pequeña, un riesgo real muy similar. Mantiene un regimiento en Transnistria, apoya al dictador bielorruso Alexander Lukashenko, a las milicias del Donbás, a la República de Artsáj (donde también tiene efectivos y observadores), patrulla las fronteras de Armenia, apoya a Bashar al-Ásad en Siria, previsiblemente también aumentará su presencia en Asia Central, etcétera. Por si no fuera poco, aliados tradicionales del Kremlin como Venezuela o Cuba siguen requiriendo las vitales líneas de crédito que Rusia periódicamente ofrece a cambio de activos o influencia política.

Con la salida de EEUU de Afganistán, a Rusia se le abre otro frente, esta vez a unos 1.800 km de sus fronteras. Un frente que reabre viejas heridas y que tiene como punta de lanza tres líneas rojas desde el prisma del Kremlin, a saber, el radicalismo, la inmigración y el narcotráfico. El éxito en su contención dependerá tanto de los medios que Rusia disponga como de la eficiencia y voluntad política de los regímenes de Asia Central y de algunos de los sátrapas que las gobiernan.

Esta semana se cumplieron 30 años de la dimisión de Mijaíl Gorbachev como secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética. El que fuera el último líder soviético, recordado por su política de glásnost y por la perestroika, fue también quien tomó la decisión de sacar al Ejército Rojo de Afganistán, pues la guerra se había convertido en “una herida sangrante” para el pueblo soviético. Cuando hace unos días nos llegaban imágenes de afganos huyendo de los talibanes a través del Puente de la Amistad, que conecta su país con Uzbekistán, a la mente de muchos rusos tornaba inevitablemente el recuerdo de las últimas tropas soviéticas en retirada, cruzándolo en 1989.

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