"La derecha ha matado a Dios y la izquierda ha matado la patria"
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Entrevista a Víctor Lapuente

"La derecha ha matado a Dios y la izquierda ha matado la patria"

El politólogo señala el narcisismo como la mayor patología de la sociedad y propone 10 mandamientos para convertirnos en ciudadanos virtuosos

Foto: Víctor Lapuente. (Universidad de Gotemburgo)
Víctor Lapuente. (Universidad de Gotemburgo)

"Dios, patria y familia". Llama la atención que el lúcido politólogo Víctor Lapuente (Chalamera, Huesca, 1976) haya encontrado un recorrido virtuoso en el lema del nacionalcatolicismo y en el enunciado del escudo de armas de Jair Bolsonaro. Se expone ahora, acaso, a la lapidación de la progresía, más todavía cuando su último ensayo, 'Decálogo del buen ciudadano' (Península), hunde sus raíces en el pensamiento judeocristiano. Por eso ha recurrido a los 10 mandamientos. Y por la misma razón convoca la moral de Tomás de Aquino o de Agustín de Hipona.

Tranquilidad. Lapuente no se ha convertido en un pastor luterano. De hecho, reivindica el estoicismo clásico como camino de perfección y se abastece de referencias grecolatinas e ilustradas, pero sus arremetidas contra la izquierda y la derecha contemporáneas recuerdan un poco a la iracundia del reverendo Lawrence en el comienzo de 'La noche de la iguana'.

placeholder 'Decálogo del buen ciudadano', libro de Víctor Lapuente. (Península)
'Decálogo del buen ciudadano', libro de Víctor Lapuente. (Península)

"La derecha neoliberal ha matado a Dios y la izquierda cosmopolita ha matado la patria", proclama Víctor Lapuente en el púlpito. E identifica el narcisismo como la nueva idolatría común. Nos encontramos en las sociedades más prósperas, pacíficas, instruidas y longevas de la historia de la humanidad —sin menoscabo de la desconfianza y de la desigualdad—, pero el individualismo y el hedonismo —la recompensa inmediata— van camino de malograr el ciclo dichoso, tal como se desprende de la congoja social, del oscurantismo, del fanatismo o de las patologías psicológicas.

"La derecha neoliberal ha matado a Dios", insiste Víctor Lapuente. "Y en su lugar ha colocado al 'Homo economicus'. La derecha ha pasado de defender la compasión y el ideal de la justicia social de la democracia cristiana a justificar el 'laissez faire', el 'greed is good', la avaricia es buena. Ha desaparecido el capitalismo compasivo y sensible al sentido o responsabilidad de devolverle la prosperidad a la comunidad".

La severidad del diagnóstico concierne al otro haz. Sostiene Lapuente que "la izquierda cosmopolita ha matado la patria, la idea de que los ciudadanos de un país constituimos una comunidad cultural. La patria laica era para la izquierda el equivalente a Dios para la derecha: un ideal trascendental. Pero la izquierda de ahora, en lugar de enfatizar lo que une a los miembros de una nación, sus valores y tradiciones, ha abrazado un difuso cosmopolitismo apátrida. El endiosamiento del individuo ha repercutido negativamente en la democracia, en la ética, en el capitalismo".

Dios, patria. ¿Y la familia? El ensayo de Lapuente no reivindica los sacramentos ni el catecismo, pero sostiene que la pandemia del narcisismo y del individualismo ha degradado los espacios y fórmulas que apelan a la responsabilidad e implicación de la vida en común. Habitamos en sociedades frágiles que construyen lazos precarios y recelan de los compromisos. Y la familia, en ese mismo contexto de exigencias, se ha convertido en una institución bajo sospecha. "Las obligaciones recíprocas son la base de la convivencia en sociedad. El planteamiento posmoderno, individualista y 'afamiliar' del mundo ha desterrado las obligaciones familiares al Estado. Nuestro mundo quizás es mejor, pero también más solitario", explica Víctor Lapuente en la lógica de las asimetrías.

La pandemia del narcisismo y del individualismo ha degradado los espacios y fórmulas que apelan a la responsabilidad de la vida en común

Asimetrías porque el ciudadano reclama para sí todos los derechos, todo el asistencialismo, toda la noción de víctima, pero recela de cualquier implicación comunitaria concreta y de cualquier sensibilidad evanescente hacia los fenómenos abstractos que nos trascienden. Lapuente explica que la existencia de Dios, gracias a Dios, detiene la pretensión del endiosamiento. Lo mismo podría decirse de la patria como proceso de construcción colectiva. Un límite a la doctrina ultraindividual del empoderamiento. Un hábitat donde demostrar la cooperación.

"Dios y la patria, dos conceptos que suenan rancios y viejos, son las dos ideas más progresistas de la historia de la humanidad, las lanzas más certeras que hemos diseñado para atacar el problema de nuestros problemas colectivos: nuestra proclividad a sentirnos superiores a los demás. Un ideal de trascendencia nos libera. Y la encarnación más pura de la trascendencia es la moralidad", apostilla Lapuente citando a Todorov.

El autor de este decálogo es doctor en Políticas por la Universidad de Oxford, catedrático en Gotemburgo y profesor en Esade. Suyo es el audaz ensayo 'El retorno de los chamanes'. Y de ellos abjura en este 'manual de supervivencia' que ha escrito en condiciones particulares.

Víctor Lapuente no se monta en el autobús de los victimistas. Lo que sí hace es invitarnos a reflexionar sobre las pesadumbres que elevan

Así comienza: "El jueves me diagnosticaron un mieloma múltiple. El domingo nacía mi hijo Antón. Y el lunes empecé a escribir este libro. Sin prisa, pero sin pausa. No sabes el tiempo que te queda".

Urge aclarar que Víctor Lapuente no se monta en el autobús de los victimistas. Ya no hay sitio. Lo que sí hace es invitarnos a reflexionar sobre las pesadumbres que elevan. Y reanima la idea de aceptar la incertidumbre frente a la pretensión de controlar las cosas que se nos escapan.

Es el último y décimo consejo para hacernos mejores ciudadanos. Los nueve restantes no jalonan un manual de autoayuda, sino un manual contra los manuales de autoayuda, tan obsesionados estos últimos con la búsqueda de la continua satisfacción y con el espacio de desarrollo individual.

La sociedad de hoy no prepara al niño para el camino, prepara el camino para el niño. El problema es que la victimización debilita

Así es que Lapuente nos recomienda que busquemos al enemigo dentro de nosotros (I). Que rompamos el espejo del narcisismo y hagamos añicos al individualismo disgregador (II). Que demos las gracias al prójimo en la construcción de las redes afectivas (III). Que amemos a un dios por encima de todas las cosas, por encima de nosotros mismos (IV). Que abjuremos de los falsos dioses (V). Ninguno tan elocuente como el nacionalismo excluyente —valga la redundancia—, como el fanatismo religioso o como el nacionalpopulismo, descriptivos todos ellos de un "narcisismo colectivista" y de una acepción tribal que necesita justificarse en la construcción de grandes antagonismos y de feroces enemigos (el otro, el extranjero, el distinto).

El sexto consejo radica en separar con claridad o clarividencia el orden espiritual del moral. Y el terrenal del político. Dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, en defensa de una sociedad laica que no excluye las aspiraciones trascendentales del individuo.

El séptimo escalón hace inventario y reivindicación de las siete virtudes capitales —coraje, templanza, prudencia, justicia, amor, fe y esperanza—, mientras que el octavo peldaño nos invita a ponernos en la cabeza de nuestro adversario y el noveno diagnostica la enfermedad social del victimismo. "La víctima es el héroe de nuestro tiempo. Y quien no es víctima trabaja en su futura victimización. La sociedad de hoy no prepara al niño para el camino, prepara el camino para el niño. El problema es que la victimización debilita. La cultura de la víctima nos paraliza, nos hace inmaduros. No nos deja asumir nuestra responsabilidad. Cuando todos somos víctimas, nadie puede ser acusado de nada".

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