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Hijos del carbón: el triste final de la España de las minas

La periodista y escritora leonesa Noemí Sabugal publica 'Los hijos del carbón', una crónica literaria sobre un mundo que se apaga sin alternativas

Foto: Mineros durante la Marcha Negra a Madrid en julio de 2012. (Reuters)
Mineros durante la Marcha Negra a Madrid en julio de 2012. (Reuters)

El carbón habita en la memoria de la escritora y periodista Noemí Sabugal (Santa Lucía de Gordón, León, 1979) desde que tiene recuerdos. Nació en una comarca marcada por la mina. Su bisabuelo, sus abuelos y su padre se ganaron la vida en el subsuelo. Sabe bien de las huelgas, las manifestaciones, los encierros en los pozos. De las muertes. De los fraudes. Y también de cómo todo ese mundo se fue apagando sin que se hubieran pensado demasiado bien las alternativas. De todo este universo surge ‘Hijos del carbón’ (Alfaguara), la crónica literaria —y con apuntes personales— sobre todos los tiznados por el mineral, sobre un oficio que desaparece en España y sobre lo que se pudo haber hecho con algo más de empeño (y, quizá, menos codicia).

'Hijos del carbón'.
'Hijos del carbón'.

Tres años le ha costado escribir este libro, cuenta Sabugal a El Confidencial. Tres años en los que esta escritora, que ya ha publicado otros libros como la novela ‘Al acecho’ y ‘Una chica sin suerte’, la biografía de la cantante de blues Mama Big Thornton, ha recorrido la cuencas mineras del país hablando con trabajadores y extrabajadores de minas de León, Asturias, pero también Cataluña, Aragón, Ciudad Real, Córdoba y Sevilla. Pozos cerrados y minas a cielo abierto. Y las notas tomadas en su cuaderno han sido casi el epílogo, tanto de las minas —casi todas cerraron en 2018— como de las centrales térmicas.

“Ahora hay una crisis de identidad en las cuencas mineras, porque no se sabe en qué se van a convertir. Las minas crean un campo gravitacional que arrastra lo demás, y si cierra una gran empresa minera parece que es la muerte de ese territorio porque no hay una alternativa. La gente se queda ante un futuro borroso”, comenta Sabugal, que ha vivido de cerca cómo muchas familias se han quedado en estos años sin trabajo. “Y se sabía, pero lo que ocurría es que no había otra salida pensada”, añade.

La crónica, no obstante, no está escrita desde la nostalgia. Es descendiente de un estilo que hizo fortuna en el periodismo español hace casi un siglo con periodistas como Julio Camba, Josep Pla o Manuel Chaves Nogales, aunque a Sabugal le gusta referirse a Leila Guerriero y Martín Caparrós como referentes de este periodismo narrativo. “He intentado contar el acabamiento de una forma de vida que fue buena y mala. Dio mucho trabajo, pero supuso la muerte de muchas personas. Queda el pozo Nicolasa en Asturias, y sigue habiendo mineros, pero son una especie en extinción. Y además, sería muy raro que yo contara el libro como si hablara desde la Amazonía. Sabía que la parte personal era importante en la medida en que esa parte es compartida con mucha gente. Si cuento lo personal, como que mi abuelo tuvo silicosis, cuántos abuelos de mineros tuvieron silicosis. Y también quería aportar la visión de que todavía algo se puede hacer, aunque haya muchos ejemplos negativos”, dice la periodista con cierto optimismo.

"Ahora hay una crisis de identidad en las cuencas mineras, porque no se sabe en qué se van a convertir. La gente se queda ante un futuro borroso"

Pero la sensación no es tan buena. Como alguien dice en un momento dado: “El problema no es que no haya carbón. El problema es que no haya otra cosa”. De hecho, en uno de los pasajes del libro ella misma escribe: “cuando cerraron las minas comenzaron a abrir los museos”. Para numerosos casos se plantearon proyectos educativos que explicaran qué había sucedido en tal o cual pozo. En otros se planearon polígonos industriales —los famosos planes de reconversión—, se proyectaron parques tecnológicos… Algunos de estos proyectos han funcionado. Otros no. Y con un museo tampoco levantas una zona como la levantaba una mina.

“Ha habido muy poca previsión, aunque desde hace años sabíamos que esto iba a ocurrir”, se lamenta Sabugal, “el fin de las ayudas a la producción del carbón era en diciembre de 2018. La sensación en las cuencas mineras es de dejación y abandono”.

La historia oscura del carbón

También hay otra historia que es bastante oscura, como el propio mineral. Muchos de estos proyectos de reconversión contaban con los fondos MINER o los fondos FEDER, las ayudas de la Unión Europea, o todos juntos. Y no todo, pero sí una gran parte de aquello quedó en nada. Y no tanto por dejación, sino porque siempre hay algún espabilado.

El ex secretario general del SOMA-UGT José Ángel Fernández Villa, a su llegada al juzgado en 2018. (EFE)
El ex secretario general del SOMA-UGT José Ángel Fernández Villa, a su llegada al juzgado en 2018. (EFE)

“El carbón tiene una parte muy oscura. Ha habido muchos fiascos con fondos mineros que no han servido para reconstruir zonas, que es lo que se esperaba. Dentro del mundo de la minería ha habido muchas trampas y muchos fracasos que la gente conoce muy bien. En Asturias, si te quedas mirando durante diez minutos a una empresa que cerró, te vendrá un señor que te contará con pelos y señales que ahí se metió una empresa, chupó la subvención y se fue”, cuenta Sabugal.

"En Asturias, si te quedas mirando a una empresa que cerró, vendrá un señor que te contará que se metió una empresa, chupó la subvención y se fue"

Dentro de todas estas historias turbias en el libro no podía faltar el gran traidor para muchos mineros: José Ángel Fernández Villa, el que fuera secretario general del SOMA-UGT (Sindicato Obrero de Mineros de Asturias) durante 34 años que fue condenado a tres años de prisión por apropiación indebida de fondos del sindicato y fraude a Hacienda. “Mucha gente lo sintió como una traición íntima. La minería tiene esa épica que responde a una reivindicación de los derechos laborales muy fuerte. Y en el momento en el que alguien que tú consideras propio te traiciona de esa manera con el afloramiento de todo ese dinero… en Asturias provocó una sensación de traición muy grande”.

La épica minera

La historia de Fernández Villa es dolorosa en Asturias porque si algo tiene el minero es épica. La última Marcha Negra sobre Madrid, de 2012, guarda imágenes que aún se mantienen en la retina de muchos. “Con los cascos y las lámparas y cantando ‘Santa Bárbara bendita’... los mineros siempre se han sabido hacer ver. Las huelgas y manifestaciones han sido de una dureza extraordinaria. Quizá esa imagen se mantiene por la falta de empuje en las reivindicaciones laborales en este país. Ahora todo el mundo está en su pequeña parcela, pero una manifestación de la minería se nota porque hay una historia reivindicativa”, sostiene la periodista.

Llegada de la 'marcha del carbón' a La Robla (León) en julio de 2012. (EFE)
Llegada de la 'marcha del carbón' a La Robla (León) en julio de 2012. (EFE)

Ya sucedió durante el franquismo. Y también había ocurrido en 1934. Y mucho antes. Por eso, como Sabugal recuerda en el libro, una de las primeras acciones de Franco tras ganar la guerra fue controlar las empresas mineras. “El dictador sabía bien con quién se la jugaba porque había llevado parte de la represión y el control en el 34 en Asturias desde Madrid. Había sido responsable en el sofocamiento de aquello”, señala la escritora. Y no pocos empresarios mineros compadreaban con Franco, que además había impuesto un régimen autárquico. “Es que aquello era el pan de todas las industrias. El desarrollo del país vino por el carbón”, recuerda Sabugal.

"Y de ahí le llegó al dictador una de las primeras bofetadas: las huelgas de 1962, de las mayores en el ámbito de la minería"

Y de ahí le llegó al dictador una de las primeras bofetadas: las huelgas de 1962, de las mayores en el ámbito de la minería. “Fue muy importante la Carta de los 102 cuando parte de los intelectuales se pusieron del lado de los mineros. Además, fue una bofetada muy visible porque se vio en el ámbito internacional cómo los derechos laborales no se respetaban, ni de manifestación ni de expresión. Las huelgas del 62 fueron más allá de lo laboral y lógicamente abarcaban lo político”, comenta Sabugal. Y no solo participaron peligrosos izquierdistas, sino algunos intelectuales que tampoco habían criticado al régimen, como Dionisio Ridruejo (lo cual tampoco le salió barato).

La lucha de las mujeres

En aquellos años sesenta las cuencas mineras bullían. Los planes de desarrollo habían incrementado la producción y esto hizo que la población en estas zonas se multiplicara. Había mucho trabajo (otra cosa eran las condiciones).

Todo esto trajo consigo que las mujeres, las cuales están muy presentes en el libro de Sabugal, tomaran una gran relevancia. Ya durante muchos años habían trabajado en labores de reparto —las llamaban carboneras— y como vagoneras. Pero en los sesenta, como dice la periodista, fueron las encargadas de acoger a todos estos hombres jóvenes que venían a trabajar a la mina. “¿Quiénes establecían toda la red de posadas, de limpieza, de mesones? Las mujeres. Es decir, toda la estructura social para acoger a estos trabajadores de todas las zonas de España fue esa red de las mujeres. Las mujeres siempre estuvieron en el mundo de la minería, pero durante décadas la mujer cumplía otro papel: era la reponedora de mineros. Es decir, su labor era la de producir mineros. Pero es que este es el país que era, y en esa época en el momento en el que te casabas dejabas de trabajar en lo que fuera”, afirma.

"La mujer siempre ha estado ahí. En el 34 participaron en las huelgas e incluso en 2012 se movieron para pedir la continuidad"

Por el ensayo aparece después el caso de Concepción Rodríguez, quien en 1985 denunció a Hunosa por no dejarle trabajar en la mina dándole la razón el Tribunal Constitucional siete años después. O Elena Alonso y Tamara Espeso, que también han trabajado dentro de una mina. “El minero tiene un peso en la lucha antifranquista enorme, pero la mujer siempre ha estado ahí. En el 34 participaron en las huelgas e incluso en 2012 fueron muchas las que se movieron para pedir la continuidad”, añade Sabugal.

¿Y el futuro?

Pese a todas las luchas no corren buenos tiempos para las cuencas. Al final una pátina de melancolía sí que está presente en todas las páginas del libro. No es el deseo de que vuelva ese mundo, sino que surjan alternativas para revitalizar esas zonas. La comarca donde Sabugal nació, en las montañas que hay detrás de León, tiene la mitad de habitantes que en 1979. De 7.500 han pasado a ser 3.224 en 17 pueblos. Y después está el paro.

"El carbón salía de zonas rurales y ahora la energía también va a salir de las zonas rurales porque las placas solares y molinos se van a colocar ahí"


“En las cuencas mineras la sensación es muy pesimista. Espero que el libro sirva para reflexionar sobre ese futuro que deben tener y esa posibilidad de reamarse y reconvertirse, pasar a otra cosa. El debate que viene es el de la transición energética. El carbón salía de zonas rurales y ahora la energía también va a salir de las zonas rurales porque las placas solares y molinos se van a colocar ahí, no en el centro de las ciudades. Pero en la cuenca minera leonesa hay varios proyectos eólicos para poner en montes y en lugares que son reserva de la Biosfera y la gente ya se está posicionando en contra de esos proyectos. Esto será el debate del futuro: si un huerto solar se pone en un campo ese campo queda inhabilitado para el cultivo”, manifiesta Sabugal, que añade: “La diferencia con la minería es que creó mucho, mucho empleo, pero un molino eólico y un huerto solar no producen tantos empleos estables a no ser que crees una fábrica de palas eólicas o placas solares, pero todo eso se está trayendo de China”.

Esos territorios merecen un futuro. “Yo diría que un presente”, alienta la periodista. Porque es la que va a producir la energía para todos, insiste. Y si la mina se muere, la energía no va a venir del centro de Madrid.

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