HISTORIA DE ESPAÑA

Los niños del humo: así era la cultura mestiza y bastarda de las cuencas asturianas

Aitana Castaño y Antonio Zapico publican 'Los niños de humo', una colección de relatos ilustrados sobre la historia de la cuenca minera asturiana

Foto: Ilustración de cubierta de 'Los niños de humo'. (Pez de Plata)
Ilustración de cubierta de 'Los niños de humo'. (Pez de Plata)
Autor
Tags
Tiempo de lectura8 min

Cuentan que cuando los niños de las cuencas mineras asturianas salían de su pueblo, no tenían que decir de dónde eran. Todos lo sabían. ¿Por qué? Su ropa olía a humo.

Aitana Castaño (Langreo 1980) y Alfonso Zapico (Blimea 1981) eran dos de aquellos niños, pero pertenecen a la primera generación –en más de un siglo de historia– que no tienen un trabajo relacionado con las cuencas mineras. Ella es periodista y él ilustrador, historietista y autor de comic.

De la acogida al olvido

Aitana sigue viviendo en su Langreo natal, “una relación directa y diaria”, él en Francia desde hace más de diez años, “pero vuelvo cuando puedo y en el fondo nunca me fui, porque sigo dibujando libros sobre las cuencas mineras, explicándolas y rescatando un poco su memoria, casi se puede decir que Aitana y yo somos vecinos”, comentan. Juntos han publicado 'Los niños de humo' (Editorial Pez de Plata), una memoria sentimental sobre las cuencas, la minería, las vidas y los entornos de unos niños convertidos en hombres y mujeres que no dejan de observar cómo su tierra va cayendo poco a poco en el abandono.

Portada de 'Los niños de humo'
Portada de 'Los niños de humo'

Un territorio que acogió miles de personas de España y Portugal; Andalucía, Extremadura, Euskadi, Catalunya, León… como remarca Aitana en el prólogo denominado 'Jaula', “como el medio que te lleva de la vida al centro de la mina”. “Cambia el escenario, pero no cambia el guion. Si hace sesenta años llegaban aquí jóvenes de Extremadura, Vizcaya o Almería dispuestos a picar carbón para dejar de pasar hambre, ahora son sus nietos los que tienen que hacer la maleta para buscarse el porvenir un poco más lejos. Las necesidades son otras”, afirma Alfonso.

Treinta y siete relatos, diez reales y veintisiete de ficción “aunque a mí me gusta decir que todos tienen un anclaje en la realidad, porque si no son fruto de una conversación, lo son de una sensación al conocer a alguien o al visitar por primera vez un lugar”, remarca Aitana, añadiendo “como autora de los relatos puedo decir que la documentación de la que me serví para escribirlos la llevo compilando toda la vida, y está en el ideario colectivo de los que me rodearon, pero también en sus conversaciones, en sus luchas. Si por ejemplo tenía alguna duda de cómo llamaban a algo en concreto en la mina, bajaba al bar de debajo de mi casa a preguntar a los jubilados. Porque hay que tener en cuenta que los mineros no son una especie que desapareciera hace doscientos años, no, no. Todavía queda alguno en activo, pero es que hace veinticinco años eran 20.000 los mineros en activo. Con esto quiero decir que la gente que trabajó en la mina es aún joven, tiene sus recuerdos muy frescos”.

La mina o el gran sol

El miedo al sonido de los teléfonos en las madrugadas que solo podían traer los peores silencios. El no tener más opciones que la mina o embarcar al Gran Sol, “los mineros entendemos mejor que nadie a los marineros”, les comentó un alcalde de Mieres después de enterrar a un joven de veintiocho años fallecido en el Cabu Peñes, en el naufragio del Santa Ana. Muchos hijos de marineros decidieron encaminar sus vidas de manera reversa, dejar los puertos y dirigirse a las minas, tierra adentro. Una tierra que a Facundo, que llegó desde Córdoba, le parecía que las estrellas estaban muy bajas hasta que un paisano le explicó “no son estrelles, fíu, eso son les luces de los pueblos que tan ahí encaramaos en la montaña”.

Ilustración de Alfonso Zapico para 'Los niños de humo'. (Pez de Plata)
Ilustración de Alfonso Zapico para 'Los niños de humo'. (Pez de Plata)

Historias como la del cura de Caleao que abandonó los hábitos emigrando a Ginebra, “no podía aguantar más la situación que vivían muchos de sus convecinos, algunos de ellos amigos, sistemáticamente perseguidos, asesinados y arrojados –en algunos casos aún vivos– a fosas comunes; la guerra había acabado hacía nueve años”. Lugares donde nadie parecía llamarse por su nombre, conviviendo la vida, la muerte, la frustración, la esperanza, el amor, el abatimiento. Un libro de recuerdos “para que no nos olvidemos de todo aquello que un día nos explicó un colectivo que habitaba este mundo en un lugar concreto” señala Aitana, apostillando Alfonso “la memoria es muy importante para los que estamos lejos. El mundo que dejamos atrás ya no existe, y la sociedad en la que vivimos como extranjeros no se parece mucho a la sociedad en la que crecimos Aitana y yo. Europa hoy está cada vez más fragmentada, la gente cada vez está más sola y vuelven los nacionalismos del XIX. En los valles mineros la gente no se unía bajo una bandera, sino bajo el castillete de un pozo. Estos recuerdos son importantes para construir el futuro”.

El único nacionalismo no excluyente

Historias con muchos protagonistas como rubrica Aitana, “las mujeres en las cuencas mineras han sido el pilar de las familias, de las cuencas y también, por supuesto, de la memoria. No iba a ser menos en 'Los niños de humo'. En mi caso particular, los abuelos son una parte fundamental porque ellos son los que, trazando sus vidas, han llegado hasta aquí, hasta las comarcas, y me han hecho partícipes de ellos, y los migrantes, ¡ay los migrantes!, los que se fueron y los que vinieron. Los exiliados, los repudiados, los fugados… los que tuvieron que huir de estas cuencas porque los perseguía la pobreza o la dictadura, los que tuvieron que venir aquí a buscarse un sustento y un futuro para sus familias. Las cuencas tienen, siempre lo digo, el único nacionalismo que no es excluyente, porque está formado por gentes de muchos lugares: Castilla, León, Galicia, Portugal, Extremadura, Andalucía o el resto de Asturias”.

Las fosas comunes que esconden las cuencas mineras. (Pez de Plata)
Las fosas comunes que esconden las cuencas mineras. (Pez de Plata)

Memorias afines a las vividas en cuencas de todo el mundo, como comenta Alfonso, “la cultura minera es propia, singular e internacional. Es una de sus cualidades: cultura mestiza, bastarda, la conforma una sociedad de gente sin arraigo, de desheredados de aquí y allá que venían a las minas de carbón en busca de un porvenir. Esa mezcla de acentos, orígenes, lenguas, apellidos y costumbres es la mejor herencia que nos puede dejar esta tierra”.

Cultura y cuencas de incierto futuro, pero con esperanza, como manifiesta Aitana: “las cuencas, que fueron como territorio vilipendiadas, machacadas, arruinadas y vaciadas, deben tener un futuro como tierra para vivir y para trabajar, se lo merecen. Aquí durante décadas muchas empresas, y el gobierno, sacaron mucho rendimiento saltándose a la torera todos los preceptos medioambientales, hicieron lo que les dio la gana, con los montes, con los ríos, pero también con el urbanismo… Ahora toca remediarlo: descontaminar, hacer de este lugar un buen sitio para vivir. Pero no debemos conformarnos con ser ciudades dormitorios. Hay que buscar alternativas al empleo perdido en los nichos que sea necesario. ¿Que es difícil? Pues sí, claro. Yo miro el Pozu María Luisa en el que trabajaban más de mil personas, la gran mayoría bajo tierra, y pienso que es imposible instalar sobre esa misma tierra, en este valle angosto, una factoría donde quepan mil personas, físicamente es imposible, y otras mil en Sotón, y otras mil en Fondón… Habrá que buscar alternativas en crear al menos un empleo sólido en la zona, del sector que sea, pero bueno, estable. Habrá también que convertir estas comarcas en lugares para vivir, con buenos servicios públicos, calidad medioambiental, oferta cultural y de ocio. Pero bueno, no está de mi mano dar las soluciones sino en las manos de los que gobiernan. Si algún día me meto a política, pondré sobre la mesa mis ideas a ver qué parecen”.

La mina, mucho más que un mineral

La cultura minera no va a desaparecer, Alfonso lo tiene claro: “para eso ha escrito Aitana este libro, para contestar las preguntas de entrevistas como esta; ella seguirá escribiendo y yo dibujando. Mientras haya gente que nos siga leyendo, la cultura minera no desaparecerá. Somos el último relevo en el turno de noche, así que seguiremos “dando tira”. Aitana añade: “la mina ya ha desaparecido, la cultura minera, de momento, sigue. En nuestra mano está poder llevar la manera de ser de un minero, de una carbonera, más allá del hecho en sí de sacar un mineral de la tierra”.

Castaña y Zapico dibujados por el segundo. (Pez de Plata)
Castaña y Zapico dibujados por el segundo. (Pez de Plata)

Hace años Aitana y Alfonso se conocieron, “fue un flechazo. Yo estaba de becaria en un periódico de Asturias, Alfonso entró por la puerta con una carpeta bajo el brazo llena de dibujos. Se metió en el despacho del jefe y yo detrás a poner la oreja a ver quién era. Empezó a colaborar con el diario, después tuvo la osadía de casarse con una compañera mía del instituto, todo muy del pueblo. Después coincidimos en un periódico, La Cuenca del Nalón, ahí empezamos a hacer cosas juntos. Alfonso dibujaba, yo escribía o pensaba un tema para la tira cómica, lo poníamos en común y básicamente, además de hacer el dibujo, me aguantaba a mí”.

De aquel “flechazo” ha surgido un libro que es memoria, huella, sentimiento, historia, ternura, apego, pasión. Testimonio de una tierra, de la dignidad de unas personas que han dejado lo mejor de sus vidas en unas cuencas, minas y pozos referencia, para muchas personas y generaciones que hoy sobreviven gracias a publicaciones como 'Los niños de humo'.

Cultura

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
3 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios

Lo más leído