de la subvención al enfrentamiento

La cultura se divorcia del Estado

El creciente boicot a los Premios Nacionales refleja un clima de ruptura tras cuatro décadas de matrimonio estable entre la intelectualidad y el régimen del 78

Foto: 'Los encargados', exposición de Jorge Galindo y Santiago Sierra. (Efe)
'Los encargados', exposición de Jorge Galindo y Santiago Sierra. (Efe)

Hasta ahora, si un fulano renunciaba de pronto al Premio Nacional, siempre se podía alegar que se trataba de un excéntrico que iba por libre. Pero cuando son varios los artistas que deciden repudiar al ministerio de Cultura, la cosa empieza a cobrar dimensiones de epidemia. La última, ayer mismo, la fotógrafa Colita, que renunció al Nacional de Fotografía con estas palabras: “La situación de la cultura y la educación en España, cómo expresarlo, es de pena, vergüenza y dolor de corazón. No es posible que exista dicho Ministerio. Es una quimera. Habrá que esperar con ilusión, otros tiempos, otras gentes, otros gobiernos, que nos devuelvan a nosotros el orgullo y a ellos el honor”.  

Hacer un feo el Estado, por tanto, ya es tendencia. Así que podría tener un significado político de largo alcance. Pregunta: ¿Estamos ante una anomalía en el contexto de las relaciones cultura/Estado en la era democrática? Respuesta: “Absolutamente”. Y no lo dice cualquiera, sino el periodista Guillem Martínez, autor del concepto Cultura de la Transición, donde explicó cómo el cambio de régimen (del franquismo a los pactos del 78) produjo la siguiente mutación cultural: los intelectuales cambiaron su hostilidad hacia la autoridad política por la celebración del sistema y el agasajo subvencionado. Recuerden: Si Felipe González decía que había que votar “sí” a la OTAN, la crema de la intelectualidad se cuadraba delante del Presidente al grito de “donde dije digo, digo ¡Viva Felipe!”.

Si la estabilidad del matrimonio cultura/Estado (con estallidos esporádicos, como en cualquier relación, sobre todo con el PP en el Gobierno) fue una de las principales características de los años locos de la democracia, la actual descomposición del régimen del 78 ha tensado la relación hasta el filo del divorcio.  

La cultura es un derecho fundamental -por supuesto-, pero sufría la rareza de ser gestionada, seleccionada, premiada -es decir, también castigada- por el EstadoEl Ministerio de Cultura es una metáfora del Régimen, hasta el punto de  haber sido fundado a la vez que él, en 1977. Nace, crece y muere en el breve paréntesis -treinta y pico años- de Bienestar. Y se une e identifica con él completamente. La cultura es un derecho fundamental -por supuesto-, pero sufría la rareza de ser gestionada, seleccionada, premiada -es decir, también castigada- por el Estado”, cuenta Guillem Martínez a este periódico.

Dentro de este ecosistema, los premios estatales y comerciales jugaban un papel clave para cohesionar el matrimonio cultura/Estado. “El canon de casi todo lo dibujaba el mercado y, en mayor medida, el Estado. Los premios del mercado y, más aún, los del Estado, configuraban el Who is Who cultural. El premio del Estado -es decir, el honor y, ejem, la pasta intrínseca-, eran, junto a la subvención, una región fundamental de la Cultura de la Transición, la relación íntima entre cultura -debidamente desproblematizada- y Estado -que durante más de tres décadas, hasta 2011, ha tenido el monopolio de señalar la agenda de lo problemático", señala Martínez antes de subrayar el cambio de ciclo:

La cultura española moderna consistía en la coexistencia problemática de una España oficial y otra real, pero desde 1978 sólo ha existido una: la oficial"En otra época, la cultura española moderna consistía en la coexistencia problemática de una España oficial y otra real, pero desde 1978 sólo ha existido una: la oficial. Rechazar, chulear, cuestionar un premio del Estado, era como pegarse un tiro en el pie. Nadie hacía eso. Hasta ahora. Ya no es un suicidio. No existe, por fin, penalización, deshonor, descrédito en ello. Incluso se puede dar lo contrario”.

Sobran los motivos

Los recientes rechazos a los premios estatales han sido por motivos diversos. Colita y Jordi Savall, que renunció al Premio Nacional de Música hace unos días, han mostrado su desacuerdo con la política cultural Gobierno, al igual que el compositor Josep Soler, que en 2013 se negó a recoger la Medalla de Oro al Mérito en Bellas Artes. Galardón que también rechazó el dibujante Jan (2012) como denuncia a “las circunstancias sociales y políticas actuales”.

Antes de que el régimen político entrara en barrena, se habían producido los casos de Javier Marías, que en 2012 renunció al Premio Nacional de Narrativa porque no quería ser tachado de autor “favorecido por este o aquel gobierno”, y Santiago Sierra, todo un pionero, que no quiso recoger el Nacional de Artes Plásticas (2010) en tiempos de Zapatero. Por estos motivos (contundentes): 

El Estado no somos todos. El Estado son ustedes y sus amigos. Por lo tanto, no me cuenten entre ellos, pues yo soy un artista serio“El arte me ha otorgado una libertad a la que no estoy dispuesto a renunciar. Consecuentemente, mi sentido común me obliga a rechazar un premio que instrumentaliza en beneficio del Estado el prestigio del premiado. Un Estado que dona alegremente el dinero común a la banca. Un Estado empeñado en el desmontaje del Estado de bienestar en beneficio de una minoría internacional y loca. El Estado no somos todos. El Estado son ustedes y sus amigos. Por lo tanto, no me cuenten entre ellos, pues yo soy un artista serio”.

¿Nostalgia por las subvenciones?

El boicoteo a los Premios Nacionales es el elemento más vistoso del choque cultura/Estado, pero no es ni mucho menos el único, como demuestra el enfrentamiento entre José María Lassalle, secretario de Estado de Cultura, y un sector de la industria cultural. Que estamos ante un cambio de actitud es evidente. Ahora bien: ¿Estamos también ante un cambio de paradigma? ¿O lo único que le reclama la cultura al Estado es volver a los años dorados, cuando el Gobierno ponía el presupuesto y el intelectual no le buscaba las cosquillas al milagro democrático español?

José María Aznar. (Efe)
José María Aznar. (Efe)

Que un intelectual se ponga flamenco ante el Estado es un cambio de paradigma completo. Por eso mismo, en este momento fundacional, es hasta cierto punto irrelevante la razón por la que el intelectual planta al Estado. Y, sí, puede ser por razones incluso contradictorias. Puede ser porque cree que el Estado no tiene porqué poner sus manos en la literatura/cultura -entiendo que ese es el razonamiento de Marías-, o puede ser porque el intelectual exige al Estado retomar su relación en dónde la dejó en 2012, cuando por reforma constitucional exprés, el Estado abandonó la sanidad y la educación a su suerte, pero también la cultura subvencionada -entiendo que ese puede ser el razonamiento de Savall”, reflexiona Martínez.

La luna de miel se ha acabado y hemos entrado en fase de arrojarse los trastos a la cabeza, cierto, pero el enigma clave sigue en pie. ¿Es esto una pataleta por la retirada de las subvenciones o hay algo más? ¿Arrebato o ruptura?

Ahora se vuelve más difícil aceptar un premio, pues parece que aceptas un estado de las cosas“Algunas de las argumentaciones que se han dado para rechazar premios nacionales parecen indicar una cierta añoranza de épocas en las que había algo más de dinero e interés por la cultura, interés expresado a través de la subvención pública, pero creo que sí se está moviendo algo. Por un lado, los rechazos politizan un espacio hasta ahora especialmente complaciente, y generan ciertas irreversibilidades: no solo visibilizan la posibilidad del conflicto (ausente en la relación habitual entre cultura y poder que caracterizó a la Cultura de la Transición), sino que hacen aún más visibles las posturas complacientes. Ahora se vuelve más difícil aceptar un premio, pues parece que aceptas un estado de las cosas”, razona el editor Jorge Lago, una de las cabezas pensantes de la rama cultural de Podemos.

Disparar hacia el poder se ha convertido en deporte nacional tras cuatro décadas de relaciones fluidas y consentidas, aunque cada uno de los intelectuales/artistas dispare por motivos diferentes y sin tener aún claro cuál debería ser el nuevo rol cultural del Estado, visión que depende en parte de lo que cada uno tenga que ganar y perder en una hipotética ruptura.

El canon de novelistas/ensayistas/articulistas, absolutamente vinculado con el Régimen, que le reía las gracias, que señalaba lo que el Estado quería señalar, está desapareciendo“Algunos profesionales de la cultura -creo que pocos y jóvenes- viven con alivio el abandono de la cultura por parte del Estado. Otros, lo viven con estrés fundado -peligra su puesto de trabajo, o parte de sus ingresos; el Estado, la Autonomía, el Municipio, eran, en fin, los grandes paganos de la cultura-, o con estrés más que fundado: peligra todo el staff cultural de la Transición, el lugar en el mundo de muchos intelectuales. Verbigracia, el canon de novelistas/ensayistas/articulistas, absolutamente vinculado con el Régimen, que le reía las gracias, que señalaba lo que el Estado quería señalar, está desapareciendo”, afirma Martínez.

Un clima prebélico que ha puesto sobre la mesa el problema de las subvenciones. Aunque es difícil encontrar a un solo intelectual o artista que esté de acuerdo con la actual política cultural del PP -retirar las subvenciones para poner en su lugar... ¿nada?-, cada vez surgen más voces que llaman a replantear las ayudas económicas del Estado a la cultura.

Hay una tercera vía entre el modelo de la subvención y el modelo pseudomercantil del PP“No creo que haya vuelta atrás al modelo dirigista de la subvención, creo que la única virtud que han tenido los recortes es la de obligarnos a una reflexión sobre los modelos y las estrategias culturales, y esto imposibilita una simple vuelta atrás. Además, la propia configuración de la creación y producción actuales hablan más de la necesidad de redes de creación y producción, estímulos y ayudas, formas de coordinación desde abajo y apoyadas por las instituciones, que de una vuelta a la pura y dura subvención, que muchas veces fue política además de pública”, explica Jorge Lago, que apuesta por “una tercera vía entre el modelo de la subvención y el modelo pseudomercantil del PP”.

Del PP al PPSOE

Esta beligerancia cultural de nuevo cuño se produce (casualmente o no) con un Gobierno del PP al frente del aparato del Estado, lo que tradicionalmente levanta sospechas. Si bien es cierto que el establishment cultural siempre ha retozado mejor con los socialistas que con los populares, no lo es menos que esto no ha sido siempre así: recuerden las fogosas relaciones entre José María Aznar y el rojerío cultural durante la primera legislatura aznariana.

Zapatero en los tiempos de la ceja. (Efe)
Zapatero en los tiempos de la ceja. (Efe)

No obstante, dado que la alineación de la crema de la intelectualidad con el felipismo o la ceja zapaterista aún colea, sería legítimo preguntarse lo siguiente: ¿La cultura protesta ahora contra el PP o contra el Estado? ¿Contra el PP o contra el PPSOE?

Contra el PP el profesional de la cultura vivía mejorContra el PP, en los glory days -es decir, antes de 2012-, el profesional de la cultura vivía mejor. Podía seguir siendo subvencionado y honorado y, a la vez, podía ejercer de intelectual j'accuse -el intelectual enfrentado al Estado, el modelo francés de intelectual, imperante por aquí abajo hasta finales de los setenta, cuando, en tiempo récord, se optó por el modelo intelectual alemán, mas disciplinado y al servicio del gran proyecto del Estado”, afirma Martínez.

Pero las cosas parecen haber cambiado. El desencanto es ahora más profundo. No parece casualidad que en los últimos días algunos de los intelectuales y artistas vinculados tradicionalmente al socialismo hayan mostrado desapego y hastío con el PSOE: desde Pedro Almodóvar, que anunció que en las próximas elecciones no votará “ni al PP ni al PSOE”, a Miguel Bosé, que habló maravillas de Podemos durante la presentación de su último disco.

La actual falta de dominio vertical sobre la cultura es, tal vez, el gran símbolo de que todo ha cambiado“El desapego del intelectual -o como queramos llamarlo- ante el Estado ya no ocurre sólo en modo PP. Es más, la gran fricción, un punto de no retorno de la cultura (emergente) respecto al Estado, fue durante el último -el último literalmente; es posible que nunca jamás vuelva a haber otro- Gobierno socialista. Las movilizaciones por la Ley Sinde, fueron, junto a las reivindicaciones por la vivienda, una de las génesis del 15M, un momento de ruptura cultural absoluto, cuyas consecuencias son, por ejemplo, que alguien rechace los honores del Estado, de este Régimen desprestigiado y en absoluta crisis. Su falta de dominio vertical sobre la cultura es, tal vez, el gran símbolo de que todo ha cambiado. Y que seguirá cambiando si alguien no lo para y consigue que un artículo, un libro, una película, una entrega de premios... vuelvan a ser predecibles y estar al servicio de la cosmovisión del Estado. Este dato es importante para evaluar el carácter terminal del Régimen. Más, incluso, que el hecho de que los partidos del Régimen, según las últimas encuestas, no ganarían unas generales”, analiza Martínez.

Morán y la fragilidad cultural

El cierre a la función lo pone Gregorio Morán y su libro maldito: El cura y los mandarines, donde analiza la fontanería político/cultural del país del franquismo a la democracia.  Entrevistado hace unos días por este periódico, Morán contó algunas cosas sobre la fragilidad de la autonomía cultural que se quedaron en la grabadora y que merece publicar ahora.

La autonomía intelectual en España es muy difícil“Tenemos una inteligencia muy frágil y un poder, un Estado, muy fuerte. La relación entre la inteligencia cultural y el poder es siempre muy desigual, porque sí sales de la sombra del poder lo tienes muy jodido. Es muy difícil sobrevivir sin subvención y las formas de ser subvencionado son variopintas. ‘Yo nunca he recibido una subvención’, claman algunos. Vamos a ver: ¿Cuántas veces has dado conferencias en los Institutos Cervantes de todo el mundo? No es un problema solo del PSOE, sino de la fragilidad de nuestra inteligencia frente a la impunidad del poder. La autonomía intelectual en España es muy difícil”.

No obstante, Morán recuerda que “esto no siempre fue así”. “En las primeras tres décadas del siglo XX convivieron una inteligencia relativamente potente con un desdén absoluto hacia el Estado. Todas esas revistas que circulaban entonces, las de Azaña y los intelectuales de la época, no tenían subvención alguna; entre otras cosas, porque no existía siquiera el término subvención del Estado, si acaso había algún mecenas. Pero el franquismo acabó con ese tejido cultural y lo cambió absolutamente todo, y eso es algo difícil de entender para la generación actual”, zanja Morán.

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