PERFIL DE GENIO

La increíble vida y la fatídica muerte de Enrique Granados

El célebre autor de las 'Goyescas' tuvo una vida repleta de emociones y peligros hasta su defunción en 1916 en la Primera Guerra Mundial a bordo del buque británico Sussex

Foto: El músico, en 1914. (Wikipedia)
El músico, en 1914. (Wikipedia)

"Enséñale a un hombre a trabajar y le habrás quitado un voto a la izquierda, enséñale a un hombre a pensar y le habrás quitado un voto a la derecha.

Enséñale a un hombre a tener criterio y será un libre pensador".

–Desmond Tutu, Premio Nobel de la Paz

La guerra submarina tanto en Ia Primera Guerra Mundial como en la Segunda Gran Guerra, fue una formidable arma de combate estratégica en manos de los alemanes. Las carnicerías ocasionadas por estas letales armas invisibles o durmientes, amparadas en la sorpresa más absoluta y protegidas por el océano anónimo, alcanzaron entre los aliados cotas de desesperación y resignación hasta que pudieron ser parcialmente neutralizadas. Basta decir que los hundimientos ocasionados por estos lobos de mar, ya atacaran en modo jauría o en el más estricto de los aislamientos, llegarían a causar en las marinas mercantes aliadas –particularmente en la inglesa–– unas pérdidas por tonelaje insoportables que podrían rondar la mitad del conjunto.

La letalidad manifiesta como arma invitada al escenario de la guerra ya apuntaba maneras en los albores del siglo XX cuando Alemania constreñida y bloqueada por mar se veía abocada al hambre y a la carencia de suministros de cualquier índole. Mientras los ingleses comían bien y sin concesiones al racionamiento, debido, en parte, a la poco discreta colaboración norteamericana, en la Alemania de entonces los civiles no llegaban a las 700 calorías de media diaria, centrándose todo el esfuerzo de guerra en mantener a su ejército razonablemente alimentado. Su salvación venía por las miles de destilerías de cerveza clandestinas repartidas por todo el territorio.

Enrique Granados era un músico cuya memoria y proyección fueron truncadas por la tragedia a una edad en la que uno todavía no es mortal

Como es sabido, Alemania perdió la I Guerra Mundial por un desesperado golpe de estado interno en el cual la insurrección del pueblo, acosado por el hambre y las crecientes cifras de bajas en el frente –a pesar de que en puridad operaban con cierta ventaja en el escenario bélico en las postrimerías de la guerra y antes del armisticio–, les llevó a una rendición incondicional que tendría graves consecuencias sobre el futuro de Europa por las humillantes resoluciones del tratado de Versalles firmado en el famoso vagón de Compiegne. El golpe de estado instigado por los espartaquistas (en memoria del famoso gladiador rebelde) y su lideresa Rosa Luxemburgo, una brillante pero furibunda marxista polaca afincada en Alemania, implosionaría la entera nación germana. Poco después, los Freikorps de Canaris –años después jefe de la inteligencia del III Reich–, darían cumplida cuenta de esta rebelde, quizás, con causa.

Dentro de los múltiples efectos colaterales producidos por la intensidad de la guerra submarina, un ilustre español se vería atrapado en aquella enorme desgracia. Enrique Granados era un músico cuya memoria y proyección fueron truncadas por la tragedia a una edad en la que uno todavía no es mortal porque el tiempo es temprano para ello. Pero ahí está siempre presente la meteorología del absurdo. Enrique Granados era hijo de un militar de alto rango proveniente de la antigua provincia española de Cuba que llegaría a reconvertirse en gobernador militar de Santa Cruz de Tenerife. La clara vocación musical del chaval les impelía a invertir sus exiguos ahorros en la educación del mismo y de su sueño percutor de ser pianista. Por imperativos del oficio de la milicia, el padre fue a parar a Barcelona a principios de siglo, y allá el chaval se defendía con soltura dando conciertos en casa amenizando las tertulias.

Foto: Wikipedia.
Foto: Wikipedia.

Espigado y de buenos modales, de salud harto delicada, el crio fue a parar tras un largo periplo de aprendizaje a manos de Juan Bautista Pujol, maestro a su vez del no menos famoso Isaac Albéniz (Catalonia, Pepita Jiménez, Navarra, Rapsodia Española para piano y orquesta e Iberia). La música le rebosaba por los poros y la efervescencia y creatividad eran exponenciales teniendo que acolchar sus padres con corcho las paredes de la habitación para evitar colisiones con el vecindario.

Tras un largo periplo por cafés de dudosa reputación o de decadencia manifiesta, acabaría dando clases particulares a precios exorbitantes para la época (100 pesetas del ala mensuales). Pero el chiquillo quería más y le contaba sus cuitas a Condé, un influyente empresario catalán que veía con largueza dónde apuntaban los dominios y expectativas de aquel barbilampiño iluminado. Condé, un típico empresario catalán a la vieja usanza, filántropo y mecenas de saga y estirpe, tras escucharle en su primera aparición pública un concierto el 9 de abril de 1886 en el Ateneo de Barcelona, interpretando junto con Ricardo Viñes la obra para dos pianos de Gottschalk, Tarantella, tomó la decisión que haría de Granados el grande que fue por derecho propio. En septiembre del año 1887 pudo finalmente ponerse en camino hacia París.

Una fiebre tifoidea repentina, lo dejo doblado recién llegado. En el momento de su recuperación había superado la edad máxima de acceso al prestigioso conservatorio de Paris. Entonces, Granados decidió estudiar piano de forma privada con Bériot, un pedagogo infrecuente en el oficio. Bériot era a su vez, maestro del jovencísimo Maurice Ravel (1875-1937), el autor del famoso Bolero y Rapsodia Española entre otras. Bériot era un perfeccionista que hacía hincapié en el refinamiento tonal de la interpretación, atacando con excelencia los pedales. Y no solamente eso, le añadió el plus de la improvisación, preludiando las obras con un calentamiento previo para poner a la audiencia en tensión con temas breves improvisados antes de meterse en harina. París le dio a Granados grandeza a espuertas. No solo consolidó su amistad con Albéniz, compañero suyo en Barcelona, sino que conoció a los mejores músicos del momento. Debussy, Saint-Saëns, Teresa Carreño, Maurice Ravel e Igor Stravinsky y una larga lista de primeras espadas le acompañaron en su potente singladura.

Intentó proyectarse entre la sociedad capitalina londinense sin conseguir ser aceptado, al revés de lo ocurrido en Estados Unidos, donde tuvo una acogida más que razonable y un grupo de devotos e incondicionales que lo admiraban. A su vuelta de Norteamérica, el buque que lo transportaba se metió en un banco de niebla en el Canal de la Mancha en medio de unas gélidas aguas y con malos augurios. Toda la zona era un campo de minas acuáticas literalmente y para rematar, agazapados, estaban los mejores submarinos alemanes de la época. Se navegaba con velocidad reducida para poder observar las innumerables zonas de minado sembradas prolíficamente por los teutones en su guerra total contra el imperio británico.

No se sabe si por accidente, confusión o error, el submarino alemán torpedeó un buque de pasajeros en el que iba Enrique Granados

Un sumergible germano de última generación de la clase UB II botado en Bremen, una bella y letal arma con un diseño impecable, iba a dejar una estela de esquelas implacable vomitada por el Dios de la furia que no es otro que el Dios de la guerra. En los días precedentes había repartido con violencia indiscriminada su carga letal en las zonas aledañas al Canal. Su actividad principal era el minado de las rutas más frecuentadas por los cargueros pero así, como quien no quiere la cosa, de vez en cuando asomaba a cota de periscopio y si podía arrearle un pepino a un buque de guerra adversario, lo hacía sin contemplaciones.

Pero en su ira guerrera cometería un trágico desliz de consecuencias imprevistas. El jovencísimo capitán del U Boote estaba muy subido con el tema de los récords e incrementar la contabilidad del tonelaje hundido se le había subido a la cabeza. No se sabe si por accidente, confusión o error descomunal, había torpedeado un buque de pasajeros sin vinculación alguna con el transporte de material militar. Un año antes, tal que un siete de mayo de 1915, el trasatlántico Lusitania había sido torpedeado de manera inmisericorde y sin dilación alguna por otro comandante alemán que a través de información reservada había recibido carta blanca para su hundimiento.

Tanto Churchill como el presidente norteamericano Wilson conocían el verdadero contenido y la relación del manifiesto de carga. Esta incluía cientos de miles de cajas de granadas y balas de fusil en número de tres millones. Dos certeros torpedos bajo el puente de mando más una deflagración imponente del material explosivo dieron el finiquito a las 30.000 toneladas del coloso. Churchill era perro viejo y pudo haber usado descaradamente a los yankees con el tema del Lusitania para empujarlos a la guerra. Hasta los propios analistas militares ingleses dan hoy por sentada esta teoría. Se sabía a ciencia cierta que el espionaje alemán había reportado en código la práctica regular de avispadas compañías norteamericanas que vendían al Reino Unido bajo cuerda usando transportes civiles.

El UB 29, actor principal de la tragedia que se produciría algo mas tarde, era un navío esbelto y de diseño elegante que con una eslora de 34,36 metros y cerca de cuatro de manga, desplazaba 324 tn con una autonomía de 6.650 millas navegando en superficie a 10 nudos (5 nudos bajo agua). Como armamento llevaba dos tubos lanzatorpedos en proa con una carga de seis torpedos por tubo y un cañón de 88 mm con 120 proyectiles de alta penetración. Su comandante, de escasos 25 años, Herbert Pustkuchen, era un oficial experimentado en el manejo de la nueva arma submarina y tenía un rodaje y curriculum impresionantes. Antes de “tropezar” con el Sussex –el barco en el que iban Granados y su mujer-– , ya se había cepillado cerca de 27.000 toneladas de hierro adversario. Hacia el 19 de marzo de 1916, Pustkuchen iniciaba su terrorífica lista de presas con su nueva nave. Treinta y tres buques serían hundidos en un abrir y cerrar de ojos. Para entonces, el Sussex sería la quinta víctima del UB 29.

La guerra, lamentablemente, subsume e ignora cualquier principio o valor que admita un espacio para la compasión

Horas antes del fatídico encuentro con el Sussex, había hundido al vapor Salybia de 3300 toneladas de registro bruto, afortunadamente, sin ocasionar victimas mortales entre tripulación y pasaje pero al contemplar la silueta del Sussex rodeada de una niebla pertinaz a través del periscopio es muy probable que lo confundiera con un buque minador de la marina gala. El escándalo cobró dimensiones mundiales y nubes muy negras se empezaron a cernir sobre el ministro de asuntos exteriores alemán, Gottlieb von Jagow, pues una prueba irrefutable, los restos del torpedo incrustado en la amura de babor eran más que elocuentes. Algunos de estos restos albergaban todavía las marcas de numeración de la serie.

El impacto del único torpedo había sido tan preciso que había partido en dos al buque civil británico. Mientras la parte de proa se había ido a pique en un periquete, la mitad correspondiente a la popa permanecía a flote e intacta. ¿Por qué? El astillero donde se había botado esta nave ya había ensayado la compartimentación y sellado de las diferentes zonas del barco y gracias a ello, esta parte del mismo se salvaría de ser fagocitada por el líquido océano. Aunque la parte de proa compartía diseño de seguridad con su contraparte, la forma en que el torpedo impactó, se llevó por delante los restos por efecto de una onda explosiva direccionada, que por fortuna para los supervivientes, respetó la mitad trasera de la nave. Recuerdo que alguien dijo tiempo atrás (quizás Hegel o Marx) que la historia es “la dirección en que se mueve la conciencia de la humanidad”. La guerra, lamentablemente, subsume e ignora cualquier principio o valor que admita un espacio para la compasión.

Tras el trágico impacto la parte del casco residual se mecía solitaria en medio del horror y del silencio sobrevenido, solo roto por algunos gritos que rasgaban la espesa niebla que cubría la zona. A merced de las corrientes e incapaz de navegar por sus propios medios, aquel despojo ya no tenía personalidad propia. Cerca de cincuenta personas habían pasado a mejor vida a consecuencia de la explosión o arrojadas al agua por la tremenda onda expansiva creada por ella. No solo eso, había muchos heridos de consideración y otros de pronóstico reservado que fueron evacuados a Dover y Boulogne. Muchas fueron las teorías con respecto a la situación del matrimonio Granados. Durante varios días la esperanza de que se hubieran salvado se contradecía con otras que se publicaban todos los días en las rotativas de todo el mundo. Los había que pensaban que habían sido rescatados y llevados a Inglaterra a bordo de un destructor, para otros, estaban definitivamente desaparecidos, ahogados o llevados por las corrientes hacia el inmenso océano.

El famoso muralista José María Sert había intervenido activamente agilizando los contactos con el gobierno francés trasladándose a Boulogne, donde un depósito de emergencia albergaba aquellos cuerpos sin expresión. Durante el reconocimiento, Sert no pudo encontrar a sus amigos pero sí a sus efectos personales pues la cabina en la que estaban no había sido afectada por la deflagración. Sus amigos americanos, a sabiendas de su precariedad, habían recolectado una módica cantidad de casi 4.500 dólares y una pequeña bolsa con pepitas de oro que algún desaprensivo se la había llevado puesta.

A lo largo y ancho del mundo se celebraron conciertos y homenajes al compositor con fin de recaudar fondos para los huérfanos

Finalmente, la confirmación de la muerte del matrimonio tomó cuerpo y el impacto de la noticia tuvo efecto mundial. El ministerio de exteriores germano tuvo que aceptar el hecho consumado y aportaría una indemnización a los hijos del matrimonio por un importe aproximado de 650.000 pesetas y una nota pública de disculpa. A lo largo y ancho del mundo se celebraron conciertos y homenajes al compositor con fin de recaudar fondos para los huérfanos. Ernest Schelling, su amigo americano defendió sus derechos y los de sus hijos frente a la voracidad de los editores que alegaban que a la muerte del compositor este estaba en deuda con ellos. Tras la desaparición física –que no de la memoria–, del matrimonio Granados, el Orfeón Catalán enviaría telegramas y mensajes a embajadas y sociedades filarmónicas de todo el mundo para recabar fondos destinados a sus hijos ya huérfanos. Fue un auténtico movimiento sísmico su desaparición.

En lo tocante al oficial alemán Herbert Pustkuchen continuó al mando del sumergible maldito hasta noviembre de 1916, el mismo día 18 de ese mes se le entregó el mando de un submarino experimental de sofisticada construcción. El 12 de junio de 1917 sería hundido en el Canal de la Mancha con cargas de profundidad que provocaron la explosión de las minas que llevaba a bordo. Un total de 83 barcos de gran tonelaje, con un sumatorio de registro bruto de 106.555 toneladas, a los que había que añadir tres navíos de guerra con 2.880 toneladas de registro fueron su letal balance para la historia.

Fue tan grande el éxito internacional de Granados que se le concedería la Legión de Honor de la República Francesa

El hundimiento del Sussex tuvo una repercusión tremenda en el desarrollo de la guerra, puesto que el presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, en la fecha del 18 de abril de ese mismo año, dio un ultimátum al gobierno alemán por su voraz e inhumana política de guerra sin restricciones que por iniciativa del almirante Tirpitz había demostrado una efectividad devastadora poniendo en graves aprietos el aprovisionamiento a Gran Bretaña. Una hipócrita actitud que solo servía a los intereses del “pool” armamentístico de las grandes fábricas de material de guerra del otro lado del Atlántico. Alarmados los alemanes por la posibilidad de la entrada en la guerra de los Estados Unidos, von Jagow forzó la desactivación operativa de esta forma de guerra tan brutal. Posteriormente, el desarrollo del conflicto obligaría a retomar esta forma de lucha de nuevo hacia febrero de 1917.

De su histórico anterior a su desaparición solo podemos decir que fue una estrella brillante y sin concesiones a la vulgaridad. Las famosas Doce danzas españolas (Barcelona 1893) firmadas con la editorial de Pujol, su ex-maestro, le supusieron el primer reconocimiento internacional ya que algunos compositores consagrados como Fauré, Saint Saëns o Edward Grieg las habían elogiado efusivamente. Un día de invierno del año 1889, Granados interpretó obras de Saint-Saëns, Mendelssohn, Bizet, Chopin y Beethoven, concluyendo el recital con obras de Mozart y Schubert. El concierto fue de un éxito clamoroso e inolvidable y lo elevó al olimpo de los dioses. A lo largo de décadas y hasta el día de hoy, se han organizado en el Palau multitud conciertos en homenaje a Granados, protagonizados por intérpretes de la talla de Montserrat Caballé, Teresa Berganza, o la mismísima pianista Alicia de Larrocha, considerada probablemente como una de las mejores intérpretes de Granados.

La consagración internacional de Granados tuvo lugar en el estreno de Goyescas en la Sala Pleyel de París en 1914, un año trágico para la humanidad. Fue tan grande el éxito, que se le concedería la Legión de Honor de la República Francesa. Las Goyescas han sido consideradas a veces como una especie de conjunto de improvisaciones, otras como una narración continua con el uso del leitmotiv de inspiración wagneriana quizás algo algorítmico o repetitivo. Es a raíz del éxito de la suite pianística Goyescas que la Ópera de París le encarga a Granados una ópera. En ese momento de gloria el músico ya vive con estrecheces pues las relaciones sociales y el comercio subyacente de su oferta le obligan a “dilapidar “en las relaciones públicas cantidades obligadas para estar ahí arriba.

Para ello, Granados se trasladó a una casa rodeada de paz y silencio cedida por el musicólogo Kurt Schindler en Suiza, donde terminaría esa magna obra por encargo. Pero el monstruo de la guerra ya estaba abriendo sus fauces devoradoras. El estallido de la Primera Guerra Mundial condenó el proyecto del estreno parisino al fracaso, y mientras, en una carambola mágica, el Metropolitan Opera House de Nueva York se ofreció para promocionar aquella ardua y elaborada obra en primicia.

Gloria de España, tragedia internacional

En la temporada 1915-1916 de la Metropolitan Opera House coincidiría con el sublime chelista Pablo Casals, quien ensayó la obra conjuntamente con Granados y la orquesta. Durante la travesía, el paquebote Montevideo sería interceptado por el destructor Cassard de la Armada Francesa para una verificación rutinaria; una verificación que puso los pelos de punta al pasaje pues el escenario bélico no daba lugar para malentendidos. La sociedad neoyorquina consideraba un verdadero lujo el hecho de poder contar en la ciudad con un artista europeo del calibre de Granados, de tal manera que era constantemente invitado a cócteles y recepciones. Pero su mujer llevaba mucho tiempo circunspecta. El abordaje del destructor francés le había dejado huella y ella no estaba centrada, presentía.

El estreno tuvo lugar el 26 de enero de 1916. El éxito sería apoteósico: las ovaciones históricas reverberaban en bises y trises en un continuum imparable. El músico estaba emocionado hasta el punto de no poder dirigirse al público, haciéndolo Pablo Casals en su lugar. La popularidad de Granados creció enteros hasta el punto que el presidente Wilson le invitaría a la Casa Blanca. Esta invitación tendría consecuencias fatídicas por cuestiones del caprichoso azar. El matrimonio tenía pasajes de regreso para el 8 de marzo en el buque de bandera española Antonio López que hacía regularmente la línea Nueva York-Barcelona, pero la asistencia a la recepción de la Casa Blanca demoraría la fecha del viaje en tres días. A pesar de ser advertido por el embajador de España, Don Juan Riaño y Gayangos del peligro de efectuar un tramo del viaje en una nave de un país beligerante, por muy civil que esta fuese, Granados trató infructuosamente de cambiar los pasajes con el resultado de todos conocido.

Lo demás, ya es historia. Testigos oculares vieron cómo Enrique Granados se lanzó al agua en busca de su mujer para ser izado al rato por una de las lanchas de salvamento, pero al rato vería a su esposa debatiéndose entre la mar embravecida, arrojándose por la borda sin volver a ser visto. Ambos serían engullidos sin más preámbulos. Juan Ramón Jiménez, a la sazón en Nueva York, dedicó el Poema 'Humo y oro' a Enrique y Amparo Granados cuando se enteró del hundimiento del Sussex, hecho que sería publicado en la prensa norteamericana el 27 de marzo. Una carrera prometedora truncada por la fatalidad y el azar. Enrique Granados, una gloria de España, una tragedia internacional.

Alma, Corazón, Vida

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