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Teresa de Ávila, ¿una mística patológica? La verdad sobre la santa

Era una fuguista convicta y confesa que rayaba con lo temerario y había abandonado el domicilio familiar en varias ocasiones con la idea de conocer mundo. Esta es su historia

Foto: 'Santa Teresa de Jesús', de José de Ribera (1640-1645)
'Santa Teresa de Jesús', de José de Ribera (1640-1645)

El marqués y su mujer / están contentos los dos /

Ella se fue a ver a Dios / y a él le vino Dios a ver.

-Álvaro Cubillo de Aragón

El 28 de marzo de 1515 (un miércoles para más señas, de madrugada, hacia las cinco de la mañana), Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada, más conocida como Santa Teresa de Jesús, vino a este extraño lugar del cosmos a presentar sus credenciales como una de las mujeres más adelantadas que ha dado la historia de la humanidad. Su padre, hijo de un judío converso toledano, casado en segundas nupcias con doña Beatriz de Ahumada, una noble castellana muy hermosa y de bella factura, había aportado al matrimonio tres hijos de su enlace anterior a los que se sumaron ocho más al banquillo, entre ellos Teresa.

Teresa de Jesús era una fuguista convicta y confesa que rayaba con lo temerario y se había ido del domicilio familiar en varias ocasiones con la idea de conocer mundo, pero a lo grande. Con ocho años se podría decir que la criatura era un caso perdido y su padre, que la adoraba, estaba permanentemente al borde de un ataque de pánico por el mero hecho de perderla de vista porque se había ido a la panadería o a por agua a la fuente; era imprevisible, vamos, un caso.

Con 20 años consumó su poderosa capacidad decisoria y se la jugó, de tal manera que de la noche a la mañana vistió hábitos en las carmelitas. A la edad en que la nubilidad aparece sin avisar, allá por los 13 años, según los criterios de la época o de la naturaleza, Teresa, que se había quedado huérfana de madre, una con quien compartía confidencias, sueños y la típica realidad adulterada propia de esa edad en cuya inocente naturaleza, un día levitas y otro te estrellas en medio de un berrinche monumental, los libros de caballerías la tomaron por asalto y quedó prendada de los acontecimientos que en ellos se relataban convirtiéndose en una damisela figurada que ora era raptada ora seducía a un galán, de tal manera que aprendió a galantear con todos los chavales de su periferia vital hasta el punto en que su padre, algo mosqueado, decidió meterla en vereda y llevarla al convento más próximo para enmendarla de sus fatuas correrías de seductora nata, coqueta impenitente, y de un presumible descarrilamiento imprevisto e internarla en el convento de las Agustinas de Ávila, hervidero donde se educaban las doncellas nobles por aquel entonces.

Museo Teresiano del Convento de San José. Foto: EFE/Raúl Sanchidrián.
Museo Teresiano del Convento de San José. Foto: EFE/Raúl Sanchidrián.

Durante 27 años, fue el centro de la atención y el afecto de su unida familia, monjas y seglares. Cautivaba a los allegados por ser una mujer extraordinariamente hermosa aunque frágil de salud, lo que generaba una actitud de paternomaternalismo ante la naturaleza espontánea de su proverbial inocencia. Su colección de obras de mística era probablemente única en aquel contexto de ignorancia inconsciente y analfabetismo por doquier. El famoso 'Scivias', el 'Liber vite meritorum' y 'Liber divinorum operum' de Hildegarda de Bingen, otra potente mística y visionaria alemana anterior en el tiempo, así como traducciones sufíes de derviches de Konia en la Anatolia profunda, llegaron a crear suspicacias entre los cerriles e hipócritas guardianes de la fe, Torquemada y compinches de torturas, que llegaron a echarle el guante en un momento dado.

Sustancias alucinógenas

Acosada por la Inquisición por enseñar cosas de visionarios y alumbrados, Santa Teresa tuvo que defender su honor ante aquella horda de malignos ante el Tribunal del Santo Oficio en 1575. Se la llegó a acusar de consumir beleño, una especie de anestésico y a la vez alucinógeno, así definido en el libro 'Drogas y espiritualidad' por el etnofarmacólogo Jonathan Otto, que quizás pudiera tener relación con los estados de éxtasis que tan famosa la hicieron y por los que ha pasado a la historia.

Con las reservas necesarias, este aspecto no debe dejarse de considerar como plausible, pues es obvio que el arco de supuestos en los que sicotrópicos y alucinógenos aparecen en la conducta humana van desde la búsqueda del placer, potenciación del valor en la lucha, como evasión de uno mismo ante la brutalidad de la realidad impuesta, o para buscar un conocimiento más profundo de la realidad, supuesto este último que podría estar ligado a la búsqueda mística de la santa.

A lo antedicho, hay que añadir que esta avanzada mujer tenía en su contra un cuadro clínico de compleja interpretación para los galenos de la época y que las sustancias antes referidas podrían actuar ante las algesias que sin entrar en mayores pudieran ayudarla al sobrellevar el dolor inherente a una patología aún hoy sin definir con concreción. La amanita muscaria era el soma de los dioses en los vedas hindúes y un enteógeno tradicional muy arraigado en el alto Aragón pirenaico, cuya ingesta entre los pastores locales ha tenido patrones culturales muy firmes.

Por aquel entonces, había papas en Roma viviendo en régimen de concubinato y explotando garitos de prostitución infantil y femenina sin ningún reparo

Los “enteógenos”, neologismo cuyo significado viene a significar a falta de la precisión de un buen filólogo, un concepto tal como “dentro de mí” (“en”), Dios (“Teo”) surge (“geno”), son un grupo de substancias que diluyen el yo, y expanden los estados de consciencia, conectando al sujeto o experimentador con el Todo, esto es, con otra dimensión de la realidad alejada de los lugares comunes.

El antropólogo Gordon-Wasson fue el precursor que se atrevió a afirmar que el consumo de enteógenos podría estar en el origen de las religiónes apoyando rituales de paso en muy antiguas tribus de todas las latitudes del planeta. Podríamos así decir que tal vez Dios surja de una alucinación colectiva, o que la propia realidad incluso lo sea. Además, no hay que descartar la posibilidad de que Santa Teresa fuera una consumidora crónica pues el valor anestésico, más allá de la adicción, podría operar en procesos analgésicos o sedantes ante una enfermedad de complejo diagnostico que arrastraba desde su más tierna infancia y que siempre ha sido una incógnita para los estudiosos de este fascinante personaje.

La historiadora especializada en la vida de la santa, Montserrat Izquierdo, recuerda cómo el Inquisidor General de la orden la condenó a encerrarse en una especie de régimen de arresto domiciliario en un convento de su elección, y los cerca de 20 que arduamente había construido a los largo de los casi 30 años de obra social en defensa de los pobres (orfanatos, comedores públicos, asilos, etc.), sufrirían tal persecución que a punto estuvo la orden de desaparecer, hasta que allá por 1580 el recio y autoritario Papa Gregorio XIII concedería a los descalzos una benévola bula a modo de indulto, la "Pia consideratione".

¿Romance a la vista?

Cada traslado de un convento a otro le suponía que una reata de mulos la siguiera con tan magna librería por aquellos áridos y tortuosos caminos de Castilla. Se sabe por crónicas y una mención de San Juan de la Cruz, un amigo con el que se han generado especulaciones infundadas -por no probadas- que pudo haber algo más que una pasión consumada híbrida entre lo platónico y lo tántrico. Elementos indiciarios hay en las crónicas de la época y lecturas minuciosas de sus Moradas podrían dar lugar a interpretaciones que no encajaban en el imaginario colectivo de aquel entonces –pues somos muy dados a juzgar sin comprender– ni en la idiosincrasia o conducta ejemplar imputable a una “santa” y ni siquiera hoy en la aceptación de formas de conductas atípicas por naturales e incluso razonablemente aceptables desde la lógica de la animal naturaleza humana.

Según el doctor García-Albea, Santa Teresa tenía estos éxtasis como resultado de unos peculiares ataques epilépticos extáticos

Habrá creyentes o devotos que se puedan sentir ofendidos ante una expresión de sinceridad sugestiva, pero alejada de la penosa concepción de la perversión cuasi patológica de la lascivia, a la vez que inherente a la naturaleza humana como expresión primaria de actuaciones solo concernientes a la libertad de las partes y su común acuerdo en prácticas no sujetas a juicios morales, ni a rancios clichés poco oxigenados; pero estos supuestos escarceos, probables en el marco de una mira amplia derivada de la lectura entre líneas de su prolija correspondencia, nos permitirían conjeturar que sin “llegar a las manos”, algo hubo.

Sodoma y Gomorra

En las antípodas de esta conducta que pudiera haber llevado a ambos santos a una hipotética relación sexual limitada con todo el peso de la hipócrita censura del alto clero vaticano por aquel entonces, había papas en Roma viviendo en régimen de concubinato y explotando garitos de prostitución infantil y femenina sin ningún reparo ni vergüenza hacia la institución que representaban, hechos y sucesos ampliamente documentados.

Los tremendos casos como el de Sixto IV (1471-84), mecenas de importantes artistas durante el Renacimiento, convirtieron Roma en la ciudad-burdel más grande de occidente y a él, en el primer papa proxeneta. Julio II (1503-13), heredero de la saga Borgia, apodado ‘El Terrible’, sodomita contumaz, se acostaba igual con niños que con decenas de prostitutas y amantes ora amedrentadas ora chantajeadas; al final la sífilis daría prueba de su depravada conducta y como el dicho legado deja, “en el pecado está la penitencia”.

Giovanni di Médici o León X (1513-21) inauguró el trono con un revelador: “Dios nos ha dado el Papado, disfrutémoslo”. Hizo doctrina del placer carnal. Este prolífico padre biológico, personaje extravagante donde los haya, dejó decenas de hijos bastardos y cultivó apasionadamente su homosexualidad con su escogido servicio de cámara. Promulgó polémicas bulas, relativas a la ‘fiscalidad carnal’, para así potenciar la recaudación con la concesión de indulgencias. En su papado, Roma se convirtió en Sodoma y Gomorra. Por horrible que fuera, no había pecado –¿delito?– que no tuviera un precio y fuera conjurado con generosos pagos en la llamada Taxa Camarae.

Sin correr, se puede hablar del insulto a los creyentes en el cristianismo por parte de purpurados de ideología claramente nazi o antisemita, psicópatas, asesinos y sádicos de manual. Pues estos sujetos por calificarlos de manera educada, eran los encargados de defender el legado de Cristo y de juzgar la conducta de santa Teresa de Jesús, que no era santa porque la concesión de la Iglesia la convirtiera en ello, sino por sus actos de compasión revolucionarios y reconocidos.

¿Qué padecía?

'Aparición de Cristo crucificado a santa Teresa de Jesús', de Alonso Cano (1629)
'Aparición de Cristo crucificado a santa Teresa de Jesús', de Alonso Cano (1629)

Hacia 1538 nuevamente cae enferma. El fracaso de la medicina convencional hace que su padre le lleve a visitar una curandera como opción ultima concluyendo desgraciadamente, según relata Izquierdo en su obra 'Teresa de Jesús. Con los pies descalzos', que fue peor el remedio que la enfermedad. Es en el convento de la Encarnación, donde cuatro días después vuelve en sí y pide que la lleven de vuelta a su predio particular. Cuatro años pasarán hasta que se recupere, según ella, por la oportuna intervención de San José. Ahí queda la cosa.

En 1542, salió del convento para cuidar a su moribundo y adorado padre que moriría en sus brazos aquella Navidad. A su regreso, pasaría otros diez años más de una fecundidad mística y literaria desbordada. Era el 24 de agosto de 1562 cuando el Papa Pío IV le concedería su traslado y el de cuatro monjas al pequeño convento de San José de Ávila, donde surgiría la génesis y reforma del Carmelo. Ávila, Toledo, Pastrana, Salamanca, Medina del Campo, Valladolid, Alba de Tormes, Segovia, Sevilla, Palencia, Soria, Granada y Burgos serían algunos de los reductos espirituales que crecerían como setas ante la oleada de seguidoras que atraería el mensaje de esta excepcional mística. Nunca tuvo “plaza” en Madrid por más que se lo propuso.

Los diagnósticos en los que se ha especulado pudiera estar la clave de su particular comportamiento han ido desde la valoración de la histeria hasta una posible enfermedad de Parkinson o “temblor recio” como ella lo definía. El Doctor García-Albea defiende en un ponderado estudio, publicado en la Fundación Wellcome, que Santa Teresa de Jesús tenía estos éxtasis como resultado o desencadenante de uno peculiares ataques epilépticos. Concretamente, unos calificado por el predominio de síntomas positivos y afectivos de bienestar y gozo, conocida como la "epilepsia extática" donde el torrente sanguíneo se ve invadido súbitamente por endorfinas y dopamina en cantidades industriales.

Santa Teresa tuvo que defender su honor ante el Tribunal del Santo Oficio en 1575. Se la llegó a acusar de consumir beleño

Estos episodios solían llegar de improviso, lo que nos lleva a pensar que estas reacciones no eran inducidas a voluntad vía meditación o hipotéticamente, con apoyatura de sicotrópicos o como resultado de una excesiva comunión con lo trascendental, sino más bien como una patología dimanante cuyos síntomas parecen conducir al diagnóstico de un trance epiléptico benigno. En cualquier caso, las llamadas y descritas por ella misma como sensaciones de placer y bienestar (podríamos denominarlas sin ambages alucinaciones multisensoriales a juzgar por las maneras en que las explica: "Hallose el espíritu dentro de sí, en una floresta y huerta muy deleitosa..., había música de pajaritos y ángeles", o "quiere el alma estar siempre sufriendo de este mal" permiten atisbar cuadros médicos o chamanicos con elementos muy comunes a los experimentados en los trances propios en los que se manifiestan las experiencias paranormales o trascendentales.

Sexo y religión

Un caso similar se dio en el escritor Dostoievski, especialista en describir el dolor y la miseria humana con un realismo a veces espeluznante, dado el verismo con que describe la realidad. El insigne escritor ruso también padeció y llegó a reflejar en algunos de sus personajes (el caso de Mishkin, en 'El idiota') esta extraña –estadísticamente– patología. Pero el otoño de la muerte venía galopando con sus heraldos afinando el mensaje. Era un día 4 de octubre cuando la Gran Sombra actuó.

Curiosamente entraba en vigor el calendario gregoriano 1.500 años después de que Julio Cesar activara una interpretación del tiempo en un formato menos perfecto. Las 24 horas en las que preceptivamente debería de ser enterrada –y así fue–, se convirtieron por capricho del azar en once días adicionales. El 15 de octubre seria al día siguiente el que sucedería al cuarto día del mes libriano en el extinto calendario Juliano.

Imágen del manuscrito original de Santa Teresa de Jesús 'El Libro de la Vida. Foto: EFE.
Imágen del manuscrito original de Santa Teresa de Jesús 'El Libro de la Vida. Foto: EFE.

La religión es, probablemente, después del sexo, el segundo recurso más viejo que ha usado la humanidad para perder la cabeza. No sabemos, ni creemos que pudiera definir el caso de Santa Teresa, una religiosa que vivía lo espiritual de forma trascendental; pero sí podría ser el caso de miles de clérigos en aquella época que aún hoy late llena de contradicciones.

Alma, Corazón, Vida

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