Historia: El Risus Paschalis, las bacanales en la Iglesia y su huella en la Edad Media española
MEMORIAS DE UN TIEMPO PASADO

El 'Risus Paschalis', las bacanales en la Iglesia y su huella en la Edad Media española

Suele creerse que la actitud de esta institución hacia la sexualidad siempre fue dominada por la represión. Sin embargo, el sexo estuvo siempre presente

Foto: San Lambert, Maastricht. (iStock)
San Lambert, Maastricht. (iStock)

Era un día de Pascua como otro cualquiera y ya muy entrada la madrugada. Las puertas de una preciosa colegiata románica al noroeste de Castilla –una pequeña iglesia de potente sillería construida a finales del siglo XII– estaban cerradas a cal y canto.

Pero algo llamó la atención de los cuatro caballeros que venían buscando cobijo ante la inmisericorde tormenta desatada en la zona. El interior reflejaba como sombras chinescas inequívocas proyecciones de sexo explícito. ¿Era la puesta en escena del repertorio íntegro del Kamasutra? ¿Tal vez un temprano porno de la época, sustentado en las lámparas de Lumiere? ¿Relaciones sexuales desbocadas en un lugar sagrado? ¿O quizás solo fuera la furibunda venganza de los pobres de siempre ante la acartonada represión de una religión que necesitaba respiración asistida?

Bacanales religiosas

Sí, el asunto estaba fuera de control y además la actividad era, más que inusitada, febril. Las gentes que estaban en el interior del templo se habían entregado a una bacanal sin más preámbulos y sin que la gravedad del sentimiento de culpa o las múltiples inhibiciones encadenadas tras siglos de represión de las naturales alegrías de la carne pudieran frenar aquella apoteosis de la lujuria. Eso sí, la cosa estaba regada abundantemente con orujos, vinos y sugerentes setas del lugar para motivar más a los conjurados. Aquello era un desmadre y los observadores alzados en sus monturas miraban a través de los ventanucos sin dar crédito a lo que veían.

Quizás a los cristianos les cueste acordarse, por la reiterada desinformación, de que su religión es heredera a su vez de religiones paganas

Pero no ocurría nada que hiciera temblar los pilares de la rancia institución eclesial, permeados a su vez de inconfesables secretillos sexuales de difícil reproducción; porque una cosa es predicar y otra dar trigo. Pero no hay que alarmarse, todo tenía una explicación muy sencilla.

Quizás a los cristianos les cueste acordarse, por la reiterada desinformación e intoxicación deliberada de que su religión es heredera, a su vez, de religiones paganas. La larga trayectoria y los tiempos discurridos desde que en los albores de la historia aparece por oriente, paulatinamente transforma las desenfadadas creencias seculares y las adapta a las nuevas exigencias y demandas de reformas que exigen las circunstancias (léase Concilio de Constantinopla), a mayor número de creyentes, es obvio, más caja. Cuando muchos de los doctores de la Iglesia se lamentan, por ejemplo, de la paganización de las fiestas navideñas, deberían asumir que desde 'in illo tempore' siempre lo fueron; a ver si a estas alturas van a descubrir la yesca y el fuego.

'I Romani della decadenza' de Thomas Couture.
'I Romani della decadenza' de Thomas Couture.

Sexo sagrado

Se hace necesario recordar en este punto que tanto en los antiguos rituales eleusinos y mistéricos en la Grecia pretérita, el matriarcado impregnaba la magia blanca o viceversa, y en los rituales de paso o de fertilidad estaban en manos de mujeres, y esto era, salvo puntuales excepciones, inapelable. Desde el sexo sagrado hasta las celebraciones relacionadas con los equinoccios y la siembra y recogida de cosechas, tenían claras expresiones de sexualidad adheridas a sus ceremonias. En otras latitudes ocurrían en los mitos escandinavos, y sin desplazarnos muy lejos, en la geografía peninsular, las vascas ya tiraban de estos recursos cuando daban esquinazo a Patxi o perdían de vista a los “morroskos” tirándose al monte a desmadrarse a través de desbordantes aquelarres.

Posteriormente, en las conmemoraciones de paso o en los rituales ciclados, y con la posible evolución patriarcal, a las mujeres se les impediría llevar falos atados a la cintura como incitación o invitación a las fantasías inherentes a las montaraces libidos masculinas, y se mostrarían solo los genitales femeninos mientras que los varones “devotos” enseñarían sus propios falos sin rubor, anticipando sus intenciones. Lo que pretendía ser una ceremonia de “purificación” acababa como el rosario de la aurora en una melee antológica.

Foto: iStock.
Foto: iStock.

Esto es probablemente lo que aquellos sorprendidos caballeros en una noche de granizo despiadado descubrieron en una modesta iglesia románica palentina; una herencia ancestral consentida por el clero cuando no con su connivencia explicita y participación encantada. El Risus Paschalis, hasta bien entrado el Renacimiento y con la Inquisición pisando los talones a los desviados de la doctrina verdadera, tuvo vigor y fortaleza suficiente para alegrar una noche al año a gentes trepanadas por la ignorancia y el oscurantismo feroz.

La pregunta que me asalta es cómo, tras haber expropiado a la mujer de esa área o dominio mágico ancestral en rituales que siempre llevaron su sello, no se le admite en una estructura de poder patriarcal tan excluyente, que habla solemnemente del amor, vaciándolo de todo sentido mientras reduce a las féminas a la categoría de meras comparsas. Lo que nos lleva a la conclusión de que el altísimo, en sus elevados e inescrutables designios, aprieta pero no ahoga.

Pero más irónico si cabe es lo que ocurre en los siglos XVI y XVII donde se concentra el mayor número de tiaras desviadas. Mientras la tijera censora y la cizalla de la moral correcta hacían su truculento trabajo y privaban a los mortales de estas inocentes festicholas –eso cuando no chamuscaban a los transgresores sin más preámbulos–, el Vaticano escapaba a todo ello en un ejercicio de descaro increíble practicando un descomunal libertinaje.

Pornocracia

Más allá de las fuertes restricciones morales relativas al sexo impuestas por la Iglesia Católica, es curiosamente en su seno donde se han dado algunas de las más escandalosas bacanales. Como fiel reflejo de las pasiones humanas, lujuria y sexo tuvieron en el pasado un protagonismo especial entre los ocupantes del trono papal, con truculentos episodios de sodomía, pederastia e incesto.

El que lo bordaba era Alejandro VI (el Papa Borgia, 1492-1503) con la bacanal más famosa de toda la historia, el llamado Banquete de las Castañas

Juan XII (955-963), paradigma de la pornocracia y libertino doctorado, fue amartillado reiteradamente en toda la extensión craneoencefálica por un marido desairado al descubrir a su mujer raptada por este papa de pacotilla en el tálamo de este descerebrado. Pero Benedicto IX rayaba la obscenidad en todos sus límites; con un autentico serrallo estimado en más de cien hermosas mujeres, él mismo se regocijaba de su inmoralidad sin detenerse en mientes el crápula.

Pero el que lo bordaba era Alejandro VI (el Papa Borgia, 1492-1503) con la bacanal más famosa de toda la historia, el llamado Banquete de las Castañas, orgía celebrada el 30 de octubre de 1501 en el Palacio Apostólico Vaticano organizado por el hijo, César Borgia, y por su padre, indigno representante de la alta y respetable idea postulada por el profeta Cristo. En fin, que el galimatías esquizofrénico de esta religión que empezó en un modesto chiringuito en Belén ha estado siempre revestido de una dudosa moralidad de embudo. Para mear y no echar gota.

Alma, Corazón, Vida

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