¡Qué suerte!

Alonso de Salazar, el inquisidor bueno que salvó a 10.000 personas

No hay calles con su nombre, pero este burgalés hizo un acto heroico escribiendo un libro y evitó que muchos ardieran en la hoguera acusados de brujería

Foto: La Inquisición. (iStock)
La Inquisición. (iStock)

"Donde hay poca justicia es un peligro tener razón".

Quevedo

Lo cierto es que el reo, un fornido pastor del Valle del Baztán, llevaba toda la mañana esperando ser ejecutado mediante el fuego purificador, pero el servicio estaba fatal; los verdugos se habían emborrachado. La represión sobre los paganos, herejes y brujas, normalmente gentes que huían de las asfixiantes convenciones religiosas procurándose escenarios más hedónicos o sencillamente menos restrictivos, se había agudizado desde que la Inquisición estaba desatada.

Aquellas personas –en su mayoría mujeres–, que de alguna manera representaban el concepto griego de herejía (en su raíz primigenia, heréticos, "los que piensan libremente"), eran en el norte de Navarra en el temprano siglo XVII, legión. El Santo Oficio, un compás lúgubre y bien enhebrado, se había aposentado sobre las costumbres de los locales para corregir el rumbo de las ovejas descarriadas, y estas crecían como las setas en el País Vasco.

Salazar tuvo la osadía de desenmascarar la insania de una forma de pensamiento lúgubre y oxidado

La brujería como tal era la válvula de escape o alternativa al sofocante escenario religioso y su omnímodo y asfixiante poder. Limitándoles el espacio y enrareciendo el aire, el águila negra de la Inquisición volaba bajo. Un notable ejército de muertos bajaba veloz por la cornisa pirenaica incendiando la inocencia por donde hollaba con su agorera presencia. En aquellos días aciagos la luna roja se había hecho más visible que nunca y en toda la Gascuña se contaban por miles los inmolados en piras de fortuna; las pobres gentes huían despavoridas.

Pero en medio de aquel despropósito de represión a discreción, un clérigo castellano se enfrentaría a la bien engrasada máquina que combatía la disidencia con la aniquilación. Es en ese tiempo, en el que ante lo que se suponía iba a ser el proceso inquisitorial más sonado de la historia del Santo Oficio –nunca el sadismo había tenido tan alta calificación–, emerge la figura de un castellano de nombre Alonso de Salazar y Frías para poner coto a los atropellos de los siniestros representantes de aquella oscura institución.

Foto: iStock.
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Convertido en inquisidor durante el famoso juicio de Logroño allá por el año 1609, formaría parte de la terna con Alonso Becerra y Juan del Valle Alvarado. Estos dos exaltados, apolillados y crueles tonsurados, tenían abierto un proceso escalofriante contra la brujería local. Miles de informes extraídos bajo severas torturas confirmaban la estrecha relación de los más de cinco mil acusados en primera instancia con la magia negra. El escenario de terror que se había instalado en la región y más concretamente en los valles del Baztán y Roncal, era sobrecogedor y opresivo.

El grado de barbarie desatada se traducía en linchamientos y piras improvisadas en las que las acusaciones sin fundamento eran la tónica más habitual, pero en la tramoya se dirimían temas de lindes, agravios antiguos y diferencias personales. Mientras, la epidemia de acusaciones iba 'in crescendo' y tomaba derroteros incontrolables. La violencia desatada había contaminado la convivencia cotidiana hasta convertirla en un escenario irreal.

Juicios por brujería

En 1610, en el auto de fe de Logroño, once condenados serían quemados en la hoguera ante más de 30.000 personas en una festiva algarabía donde el queso y el vino corrían de forma balsámica mientras unos desgraciados ardían en las fogatas montadas a tal efecto. Las autoinculpaciones se habían conseguido en todos los casos bajo tremendas sesiones de tortura, sometimiento por hambre, palizas y todo tipo de aberraciones amparadas en la "legalidad".

La brujería como tal era la válvula de escape o alternativa al sofocante escenario religioso y su omnímodo y asfixiante poder

Salazar y Frías cuestionó casi todas las sentencias asustado por la falta de garantías que sobrevolaban los mal llamados juicios por brujería. En un ambiente de histeria colectiva, el castellano se enfrentaría a sus colegas centrándose en los argumentos jurídicos y cuestionando la veracidad de las caprichosas y poco consistentes acusaciones basadas en fantasías nada científicas, muchas de las veces estimuladas alegremente por la enorme riqueza en sicotrópicos que tan abundante eran los bosques locales.

Contra viento y marea defendió antes sus rancios compañeros de tribunal que los crímenes que no pudieran ser documentados con objetividad no deberían tener curso legal. Sin argumentos empíricos a los que recurrir, Juan del Valle Alvarado y Alonso Becerra solo tenían un arma para desacreditar al honesto clérigo: la difamación.

Quemadas vivas. (iStock)
Quemadas vivas. (iStock)

Pero por fortuna para aquellos miles de acusados, la cordura de Salazar y sus argumentaciones remitidas al Consejo General del Santo Oficio atajarían diligentemente aquel despropósito. Desde Madrid, se decidió decretar la suspensión del proceso en 1614. Desde ese momento, Salazar consiguió que una cortina de silencio benefactor cayera sobre todo el proceso y la calma se volvió a instalar sin más.

Aquelarres

El que fue el mayor proceso inquisitorial de la época evitó la hoguera a miles de desgraciados que respirarían aliviados desde las mazmorras en las que estaban hacinados. Así, la brujería, de a poco, quedaría circunscrita a lo que siempre fue, reuniones con fuerte presencia femenina ora al aire libre ora en cuevas protectoras en las que las mujeres hacían sus “cosillas” al abrigo de morbosas curiosidades masculinas y apoyándose en algunas pócimas con generosos tropiezos.

En momentos muy señalados, tales como los solsticios, y al amparo de alguno de los frondosos bosques de la zona en los que ciertamente se celebraban ritos más libres y asimétricos a aquellos que el orden establecido no alcanzaba por los duros corsés que la religión imponía, se producían los llamados aquelarres, en los cuales los intervinientes se desataban de tanta restricción y poda mental. Todo bastante inocente y familiar para los vascos de la época, solo que inasumible para mentes de vía estrecha.

Lo que pasó con Salazar es que tuvo la osadía de desenmascarar la insania de una forma de pensamiento lúgubre y oxidado, y por ello, la humanidad le debe un lugar entre los grandes.

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