la vanguardia del ejército español

Los mastines de Balboa

El perro Leoncico acompañó al explorador y aventurero Vasco Núñez de Balboa en numerosas batallas en las que siempre desempeñó un papel de vital importancia

Foto: Un héroe perruno. (Wikimedia)
Un héroe perruno. (Wikimedia)

"La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos".

-Antonio Machado

En ese lugar había algo demasiado extraño, algo que no dejaba descansar ni a la muerte. Los estertores de la agonía sobrevolaban los cuerpos de los caídos y rubricaban sin cesar las dantescas líneas de la tragedia, como cuando esta ocurre sin parecer que está sucediendo; esa muerte que es como la monotonía de la lluvia en el pavimento, constante e impenetrable. Todo era en apariencia muy etéreo, muy detenido, y la niebla de la mañana lo hacía más rotundo y espectral. Pero lo cierto es que las almas en tránsito tenían prisa por huir de aquel escenario de horror mientras se desprendían lentamente de su sustancia biológica con destino a una frontera lejana.

Cientos de muertos en posturas inverosímiles cubrían como una macabra alfombra aquel lugar que había cogido a la divinidad mirando para otro lado. Todo el catálogo de horrores, tras una batalla librada prácticamente cuerpo a cuerpo, estaba en el muestrario de gestos desgarradores representado por aquellos desdichados. Solo algunos se habían ido pacíficamente, con serenidad, desangrados de a poco; quizás como si hubieran sentido una liberación de la dura lacra de lo terrenal.

En la batalla de Darién, los perros hicieron estragos entre los combatientes locales; de ahí que el número de caídos fuera tan elevado

Rodeados de torpes tapires y de papagayos multicolores, del impactante silencio de la jungla, de docenas de aterrorizados ojos escrutadores, los supervivientes indígenas habían huido hacia las profundidades de la selva e incrustados en la foresta observaban el desgarrador panorama. Aquella desfigurada amalgama de restos mortales esperaban en vano una sepultura digna.

Vasco Núñez de Balboa. (Wikimedia Commons)
Vasco Núñez de Balboa. (Wikimedia Commons)

Balboa, Vasco Núñez de Balboa, el explorador y aventurero que descubriría para la Corona el Océano Pacífico, no había accedido en plan “buen rollito “a la otra orilla del istmo de Panamá. En primera instancia, desde la óptica de las inmisericordes reglas de la guerra, era una política inteligible cuando la resistencia de los nativos era obvia. El problema era cuando la respuesta se iba de las manos. Durante el penoso trayecto desde la península de Darién hasta las orillas del gran océano, había aliado a tribus mediante pactos, a través de matrimonios concertados con los caciques locales y sus hombres –él mismo se había casado con la bella hija del líder Careta–, o, directamente, mediante el exterminio más feroz de las tribus que no se avenían a razones.

Leoncico, un soldado más

Sí, en la conquista hubo una parte romántica y aventurera, mística y grandiosa, un cambio de era para la humanidad, pero también, otra más tremenda, a sangre y fuego. A pesar de que la tecnología y las famosas jaurías de perros de combate tan usados profusamente por los conquistadores estaban decantando el éxito para las armas peninsulares, la realidad última es que el coste en términos humanos era durísimo y para ambas partes, intolerable. En la batalla de Darién, de la cual no hay ni muchos ni pocos registros históricos por su largo desarrollo en el tiempo –fueron una sucesión de emboscadas concatenadas–, los perros de la tropa hicieron verdaderos estragos entre los combatientes locales; de ahí que el número de caídos por parte de los indígenas fuera tan elevado.

Según los registros del escribano Valderrabano, Leoncico, el mastín hijo del famoso Becerrico y propiedad de Vasco Núñez de Balboa, había causado una escabechina sin precedentes en los anales militares en una de las múltiples celadas tendidas por Comagre, otro de los caciques locales, que más tarde, se haría amigo de toda la vida del extremeño. Se cuenta que era tal la mortandad causada por el animalito, que impresionados los españoles, le pusieron una paga a perpetuidad. La guerra tiene a veces un sesgo onírico y surrealista…

Los indígenas no tenían respuesta ante la agresiva jauría de perros que acompañaba a los españoles

Hay que recordar que Vasco Núñez de Balboa se había dado a la fuga de La Española huyendo de sus acreedores. Metido en un gran tonel junto a su amado Leoncico, habían sorteado todos los controles que el gobernador había puesto para evitar que los ladinos deudores se fueran de perlas de la isla en una expedición a Panamá. Pero él lo había conseguido y además, se había convertido en el líder de la expedición. Era un “pieza” la criatura.

Conociendo las denuncias que se habían cursado contra él en España, se puso muy contento con la noticia ante la perspectiva de los nuevos y valiosos descubrimientos que esperaba hacer. Así, de esta forma, esperaba redimirse de sus anteriores desatinos. En este escenario, hacia 1513, el cacique Chucunaque le hablaría de un extenso mar que había hacia el sur con tierras y pueblos abundantes en oro.

Monumento a Balboa en Panamá. (Wikimedia Commons)
Monumento a Balboa en Panamá. (Wikimedia Commons)

A primeros de septiembre, Balboa, en busca del nuevo mar, partió con un millar de hombres; cerca de dos centenares de ellos, españoles. Una agresiva jauría de perros les acompañaba imponiendo en vanguardia una forma de guerra desconocida ante la cual los indígenas no tenían respuesta. Nubes de dardos envenenados escupidos por las cerbatanas no eran suficientes para penetrar los tupidos cueros vueltos que servían de coberturas a aquellos impresionantes animales. Las lluvias además complicarían la marcha a través de las ciénagas mientras los mosquitos hacían su agosto.

El rey Católico reconoció a Balboa sus méritos por el descubrimiento del nuevo océano y las tareas de pacificación con los caciques locales

Finalmente, el contingente quedaría reducido a 66 hombres, los que a la postre pudieron contemplar el Océano Pacifico en la mañana del 25 de septiembre. Cuatro días después celebrarían profusamente con dos odres de vino, tamaña hazaña. Pero las inquinas y diferencias internas, las ansias de protagonismo frente a la labor de equipo, no auguraban nada bueno.

Cuando la muerte llamó a la puerta de Balboa

Haciendo uso de su poder omnímodo, Pedrarias, a la sazón gobernador, determinaría la muerte del famoso explorador mediante sucias artimañas. Para marzo de 1515, Pedrarias Dávila –un personaje de una crueldad legendaria–, recibiría desde España y firmado por el rey mismo el nombramiento del descubridor como adelantado del Mar del Sur y la gobernación de Panamá y Cohíba, o lo que es lo mismo, toda la extensión de la costa Pacífica de Panamá. De esta manera, el rey católico reconocía a Vasco Núñez de Balboa sus méritos por el descubrimiento del nuevo océano y las tareas de pacificación con los caciques locales.

Pedrarias hizo una interpretación muy sui generis de la carta y retrasó deliberadamente la entrega de la misma al destinatario. El caso es que le llamaría a capitulo, y tras ser prendido in situ por Francisco Pizarro –que siempre envidió sus éxitos–, sería ejecutado sin más dilación. Así se cerraría la historia de uno de los más grandes conquistadores, por la puerta de atrás y sin que le llegara a tiempo el reconocimiento merecido. Leoncico habría dado buena cuenta del taimado truhán, pero ya había muerto en combate, como los héroes. Más allá del velo de la muerte, el llanto purificador de la amada de Balboa, en su desgarradora expresión; era en esencia, la verdad última de la vida.

Alma, Corazón, Vida

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