JORIS LUYENDIJK, UN TOPO EN LA CITY

"Los banqueros son como Messi: quieren ser los mejores a cualquier precio"

Pocos hombres saben tanto de lo que ocurre en el centro neurálgico de las finanzas inglesas como este holandés, que ha entrevistado a cientos de trabajadores del sector

Foto: El autor de 'Entre tiburones', Joris Luyendijk. (Fotografía: Fjodor Buis)
El autor de 'Entre tiburones', Joris Luyendijk. (Fotografía: Fjodor Buis)

Cuando 'The Guardian' encargó a Joris Luyendijk que se internase en la City londinense, el periodista conocía poco o nada del funcionamiento del mundo financiero, más allá de lo que todos hemos leído en la prensa. Básicamente, que los banqueros habían causado la crisis económica más importante del último siglo y que la simpatía de la sociedad hacia ellos estaba bajo mínimos. Así que se puso manos a la obra y empezó a publicar en un blog del rotativo inglés las decenas, cientos y miles de entrevistas que realizó a diversos trabajadores del mundo de la banca británica. Era Tintín en la City.

Al principio le resultó difícil; más tarde, a medida que los banqueros empezaron a abrirse, otros más se subieron al carro. Al final, el holandés juntó un par de miles de entrevistas que han conformado 'Entre tiburones. Una temporada en el infierno de las finanzas' (Malpaso), un divertido y revelador reportaje periodístico sobe un tema del que apenas se habla: los banqueros de carne y hueso. “En 2008, estaban diciéndole a sus esposas que comprasen provisiones, que invirtiesen en oro y que debían ir al campo porque el sistema iba a estallar”, explica el periodista a El Confidencial. “El sector financiero es realmente peligroso; no es algo que se pueda solucionar, sino que es el problema, y no podemos permitirnos mantenerlo en la manera que está”. Nos sumergimos con Luyendijk en los entresijos de la City.

"Nos gusta pensar que los banqueros sabían exactamente lo que hacían cuando ocasionaron el crac. Pero es peor: no tenían ni idea"

PREGUNTA. Empecemos por la cuestión obvia. ¿Han cambiado sus actitudes los banqueros desde que empezó la crisis? Es más, ¿deberían haberlo hecho?

RESPUESTA. Sí, considero que deberían haber cambiado su comportamiento. Y no, no creo que lo hayan hecho. Por supuesto, hay cosas que han cambiado, se han impuesto nuevas reglas y regulaciones. Pero el ADN de la bestia sigue siendo exactamente el mismo.

P. Hay una imagen a la que recurre para ilustrar el funcionamiento de la economía global: un avión cargado de pasajeros en el que, si tuviésemos la oportunidad de abrir la puerta, veríamos que no hay nadie en la cabina pilotando el avión. ¿Qué quiere decir?

R. El crac de 2008 demostró que necesitamos desmontar los bancos, conseguir que su tamaño sea mucho más pequeño y más sencillo. ¿Por qué no ha ocurrido? Porque los bancos actúan y comercian a un nivel global, y no existe ningún Gobierno global. Así que los políticos pueden operar a un nivel nacional o europeo, como mucho. Los bancos son muy poderosos juntos: el 'lobby' bancario es mucho más potente que los gobiernos unidos. Sabemos que los bancos, en su forma presente, son muy peligrosos, así que necesitamos que cambien, pero no existe ningún poder para hacerlo, porque no hay ningún Gobierno global (y no me gustaría que lo hubiese). Por eso se parece a un avión sin piloto: estamos ciegos, simplemente esperando a que nos estrellemos.

'Entre tiburones'.
'Entre tiburones'.

P. Da la impresión de que la crisis no pudo evitarse porque nadie, ni siquiera en el sector bancario, era capaz de ver la imagen global. Y sigue ocurriendo.

R. Totalmente. Nos gusta pensar que existe una conspiración, y que los banqueros sabían exactamente lo que hacían cuando ocasionaron el crac. Pero es peor que eso: no tenían ni idea de lo que hacían. En las películas de James Bond hay un Dr. No. Es malvado, es un villano. La gente suele pensar que si ocurre algo malo es porque una mala persona lo ha causado. Lo que descubrí es que no hace falta que exista gente así para que ocurra una tragedia.

P. ¿Son realmente los banqueros “parásitos, adictos al juego, monstruos”, tres términos que aparecen en el libro y que alguna gente utiliza para referirse a ellos?

R. No, no lo son. Si tienes un parásito, te doy una medicina y el parásito muere, te pondrás mejor. Tu cuerpo es más saludable sin un parásito que con él. Pero si elimino el sector financiero de tu vida, pasarás a vivir la vida de un hombre de las cavernas, porque tu pensión, tu hipoteca, tus ahorros, tus ingresos, todo, forma parte del sector financiero. No es un parásito, es una parte importante de nuestra sociedad. Pero se ha convertido en algo parasitario, porque toma mucho dinero de nosotros y ocasiona escándalos y crisis.

Lo que encontré más perturbador es que, en la mayor parte de casos, ni siquiera hace falta que incumplan la ley. Si eres un villano, rompes las leyes. Pero ¿y si ni siquiera incumpliendo ninguna norma puedes provocar una crisis? Ese es el gran problema: los banqueros que crearon la burbuja inmobiliaria en España eran completamente legales, no iban contra la ley. Los bancos que vendieron productos tóxicos a pensionistas, en la mayor parte de los casos, estaban amparados por la ley. Por lo tanto, no deberíamos cambiar a los banqueros. Deberíamos cambiar las leyes.

"Debes alcanzar tus objetivos. Si para hacerlo hay que vender productos tóxicos a los pensionistas españoles, lo vas a hacer"

P. Tendemos a pensar que la gente del mundo financiero es muy diferente al resto. Pero el libro pone de manifiesto que no es así.

R. Sí. La palabra clave es 'objetivos'. En un banco, debes alcanzar tus objetivos. Si para alcanzarlos tienes que vender un montón de productos tóxicos a los pensionistas españoles, es lo que vas a hacer. Si vas a una universidad, escucharás lo mismo. Mi intérprete aquí trabajaba en la universidad, y dice que todo es objetivos, objetivos, objetivos. Ocurre lo mismo con el sistema sanitario, con la industria farmacéutica, con la industria de la alimentación, con la del tabaco, con el sector energético… El libro ha tenido éxito en países muy diferentes porque la gente se piensa que va a leer un libro sobre los bancos, y termina dándose cuenta de que están leyendo un libro sobre ellos mismos.

P. Es algo con lo que resulta fácil identificarse. Ocurre también en el periodismo.

R. Sí, cada vez más. El problema es que cuando los objetivos cobran tanta importancia, te olvidas de lo moral.

P. De hecho, en el libro escribe que los banqueros no es que sean inmorales, es que son amorales. ¿Pero no lo son todos los trabajadores del siglo XXI?

R. Todos lo somos, efectivamente. Si vamos al supermercado, compramos el producto más barato, porque sabemos que es legal y que, si la tienda lo ofrece, está bien, porque de lo contrario estaría prohibido. En la mayor parte de nuestras vidas, la mayoría de nosotros somos amorales. Como pensamos que no hay nada malo, vamos a 120 kilómetros por hora en nuestros coches, porque el máximo permitido es 120 kilómetros por hora.

El problema con los bancos es que van a 120 kilómetros por hora por una zona llena de niños jugando. Así que podemos rogar, “por favor, bancos, no vayáis tan rápido”, pero los banqueros dirán “pero me echarán si no voy tan rápido”. Así que deberíamos cambiar el límite de velocidad, en lugar de esperar que los bancos frenen por su propia voluntad.

Vista general de la City de Londres. (Efe/Hannah Mckay)
Vista general de la City de Londres. (Efe/Hannah Mckay)

P. Los banqueros viven en un clima de perpetuo terror. En parte por su código de silencio, pero también por esa necesidad de ofrecer resultados. ¿Cómo se refleja en su trabajo?

R. Se convierten en tremendamente cortoplacistas. Como saben que pueden ser despedidos en los próximos cinco minutos, no hacen amigos en el trabajo, porque también pueden terminar pronto en la calle. No van a hacer saltar la voz de alarma cuando algo vaya mal, no van a alzar la mano para protestar, porque si lo hacen, pueden ser despedidos. La gente se convierte en robots. Así que si tienen dudas sobre algo, pero el departamento legal da luz verde, y también el de riesgos y regulaciones, lo van a hacer.

P. Pensamos que los banqueros son invulnerables, pero en el libro cuenta cómo los despidos son comunes. A veces, simplemente se despide por sistema al 5% que peor ha sido evaluado al final del año. ¿Es una manera de mantener a los trabajadores preocupados, aterrorizados y sumisos?

R. Creo que ese es el resultado, pero no sé si se pensó para que causase ese efecto. Creo que lo que ha ocurrido en el mundo de la gestión es que, como jefe, quieres causar un impacto, así que cambias las cosas y un año después dices, “mira, hice esto o lo otro”. Si es fácil despedir a la gente, es fácil hacer cambios. Para los jefes es un sistema fácil: llegas, echas a muchos empleados, y si consigues buenos resultados, puedes decir, “¡mira, he conseguido los objetivos a un coste menor!”. No estoy seguro de que estuviese planeado, pero ese es el resultado. Hasta finales de los ochenta o principios de los noventa, la gente solía trabajar para el mismo banco durante 20 o 30 años, pero solo después de la desregulación, se implantó este sistema de seguridad laboral cero.

"En el sector financiero, un joven de un puesto bajo puede hacer perder a su banco 5.000 millones de euros"

P. Es llamativo que muchos de los entrevistados no llegasen a las finanzas por vocación o porque quisieran ganar mucho dinero, sino porque la vida les llevó a ello, como ocurre con la madre soltera que entra a trabajar en la City para poder mantener a su hija. ¿Es algo frecuente?

R. Es difícil de decir, porque lo más extraño del sector bancario es que, a pesar de ser increíblemente importante (España pagará durante mucho tiempo los efectos del crac económico y la burbuja inmobiliaria), sabemos muy poco de los bancos. Casi no existen libros o documentales sobre los banqueros. Yo era corresponsal en Oriente Medio, y apenas dos años después del 11-S ya existían cientos de libros sobre el terrorismo global. Después del crac de 2008 y del rescate de Grecia, apenas hay libros sobre bancos. Es difícil decir cómo son los banqueros. Por eso este libro es el primero de su especie.

P. Es la consecuencia más clara del código de silencio del que habla.

R. Exactamente.

P. ¿No resulta sorprendente que muchos de los banqueros en las posiciones más importantes sean tan jóvenes, ya que en muchos casos ni siquiera superan los 30 años?

R. No se encuentran realmente en puestos importantes, pero sí pueden provocar graves daños. Eso es lo que hace las finanzas tan diferentes del resto de la sociedad. Si trabajas para Telefónica o Heineken, no puedes causar daño por 5.000 millones de euros. Pero en el sector financiero puedes. El poder se encuentra en los escalafones superiores, pero la habilidad para crear muchos problemas está en los puestos de abajo, por eso encuentras a jóvenes detrás de los mayores problemas.

Jordan Belfort, el lobo de Wall Street, durante su visita a Holanda. (Efe/Robin van Lonkhuijsen)
Jordan Belfort, el lobo de Wall Street, durante su visita a Holanda. (Efe/Robin van Lonkhuijsen)

P. ¿No son muchos banqueros como futbolistas o estrellas del rock, que explotan su talento durante unos pocos años y se retiran para vivir de las rentas?

R. Es una buena analogía. Es la imagen que tienen de sí mismos: “Soy muy 'cool', soy el mejor, soy guay”. Animados por la gente que les recuerda continuamente lo buenos que son. Si eres un banquero, eres una estrella de rock, o un chamán, o un maestro del universo.

P. ¿De dónde viene esa expresión de 'maestro del universo'?

R. Para muchos banqueros, esto es básicamente una gran carrera, una gran competición. No son avariciosos, porque no se trata del dinero, sino de su estatus. Como Messi, que quiere ganar mucho dinero (y si puede, no pagar impuestos), pero en última instancia, su deseo es ser el mejor futbolista de todos los tiempos. Esos banqueros, en su propio nicho, quieren ser el número uno. ¿Cómo se mide? Consiguiendo el mayor bonus. Por eso no hay nunca suficiente, porque siempre pueden ganar más, como si fuesen un futbolista. Ya no piensan en las consecuencias de sus actos, porque es todo un juego. No piensan, “espera, no debería vender estos productos tóxicos a los pensionistas españoles”. No, piensan: “¿He vendido más productos que los demás? Entonces he ganado”.

"Después de cada escándalo, los bancos dicen, 'lo siento, lo siento, lo siento, no volverá a pasar'. Pero vuelve a pasar"

P. Muchos de los referentes encajan en esa imagen: los protagonistas de 'Wall Street', de Oliver Stone, o de 'La gran apuesta', el Jordan Belfort de 'El lobo de Wall Street'…

R. Sí, pero hay una gran diferencia: en 'El lobo de Wall Street', el lobo está haciendo cosas ilegales y lo sabe, como vender acciones de compañías que no existen, mientras que los maestros del universo de los bancos no quebrantan la ley, es más, odian a la gente que hace trampas. En una competición justa, todo el mundo debe seguir las reglas.

P. Hay una frase en la que incide a menudo en el libro: “Deberíamos dejar de pensar en el banco”. ¿Quiere eso decir que no hay nadie con una visión de conjunto?

R. Hay mucha gente en los bancos responsable de control interno y de supervisión, como los contables. Pero si les preguntas si entienden cómo funciona el banco, te dirán “¡no!”. Un banco no es como un aeropuerto o el ejército, sino más bien como un archipiélago en la niebla con islas dirigidas por mercenarios, y en el que cada una no tiene ni idea de lo que ocurre en la de al lado. En el crac de 2008, una de esas islas estalló, y fue como en Fukushima. Nadie pensaba que fuera posible, pero ocurrió. Así que uno debe preguntarse: si eso ocurrió, ¿qué nos hace pensar que todas las islas están bajo control? No lo están. Después de cada escándalo, los bancos dicen, “lo siento, lo siento, lo siento, no volverá a pasar”. Pero vuelve a pasar. Porque no hay nadie a cargo, nadie que vea la imagen general.

P. De hecho, los papeles de Panamá nos han recordado que hay muchas cosas que no conocemos sobre el dinero que se mueve de manera internacional. Ni siquiera los gobiernos lo saben. ¿Están indefensos?

R. Creo que tienen poder, porque se intentó pasar una propuesta de la Unión Europea para que haya más transparencia en países como Panamá, pero fue saboteada por los holandeses y los británicos. Los gobiernos tienen algo de poder, pero eligen no utilizarlo.

La iglesia de St. Edmund the King, rodeada por las oficinas de la City. (Reuters/Toby Melville)
La iglesia de St. Edmund the King, rodeada por las oficinas de la City. (Reuters/Toby Melville)

P. Entrevisté en una ocasión a Nassim Taleb, que señalaba que el problema con los banqueros es que no se “juegan el pellejo” (es el término que utilizaba una y otra vez), ya que no apuestan su propio dinero. ¿Está de acuerdo?

R. Sí. Si hay un bonus, debería haber un 'malus'. Si el Gobierno español debe salvar un banco, los banqueros de esa organización deberían vender todos sus bienes, sus coches y sus casas, pagar todo lo que puedan, y vivir en un piso normal en las afueras mientras pagan el dinero que han hecho perder durante el resto de sus vidas. Si eso ocurriese, los bancos mirarían mucho más detenidamente lo que hacen para asegurarse de que el banco es seguro, porque si salta por los aires, ellos pagarían las consecuencias. Taleb lo lleva diciendo desde el año 2004.

P. ¿Es inevitable otra crisis?

R. ¡Ya ha habido una! En 2008 los bancos decían, “oh, hemos prestado tanto dinero en hipotecas 'subprime', tenéis que salvarnos”. Dos años después, otra vez, los alemanes, franceses, austriacos, etc., dijeron, “oh, hemos prestado demasiado dinero a Grecia”. Grecia no fue rescatada; tenía que devolver el dinero que los bancos le habían prestado. Tanto el crac de 2008 como la crisis europea de 2011 fueron causados por bancos que habían prestado demasiado dinero. ¿Cómo los paramos? Solo lo podemos hacer si los banqueros, personalmente, sufriesen cuando hacen cosas así. Pero no hemos solucionado el problema, porque si mañana los bancos españoles fuesen al Estado y le dijesen, “oh, hemos prestado demasiado dinero para comprar coches o pagar las matrículas universitarias o las hipotecas”, tendríamos que volver a salvarlos.  

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