“LA PRISIÓN ES LO QUE NECESITAN ALGUNOS"

Un banquero de Wall Street es condenado a la cárcel y cuenta lo que le pasa dentro

En 2011, James Fleishman fue condenado a pasar 30 meses en una prisión por un delito de tráfico de información privilegiada. Ahora cuenta su experiencia

Foto: James Fleishman en el juzgado en el que fue condenado. (Reuters)
James Fleishman en el juzgado en el que fue condenado. (Reuters)

En 2011, James Fleishman, que había sido vicepresidente de la compañía Primary Global Research, fue condenado a pasar 30 meses en una prisión federal por poner en contacto a traders y ejecutivos de compañías que, sabía, iban a intercambiar información privilegiada ilegal.

El ejecutivo siempre defendió su inocencia, pero nada le libró de pasar 14 de los 30 meses a los que fue condenado en una prisión de mínima seguridad en Colorado. Como viene siendo habitual entre los condenados de guante blanco, ha publicado un libro en el que insiste en su inocencia, Inside Story. The Wall Street Criminal Who Wasn´t, y para promocionarlo ha publicado un post en Reddit –un conocido portal estadounidense– en el que está respondiendo a todas las preguntas que se le quieran formular sobre su paso por la cárcel. Y esto sí es una novedad.

Teniendo en cuenta el secretismo con el que los condenados por delitos económicos tratan su paso por prisión, el testimonio de Fleishman resulta revelador. Y estas son sus principales reflexiones.

El día en que te condenan

El recuerdo más doloroso de Fleishman corresponde al día en que escuchó la sentencia que le llevaría a la cárcel: “Sentí un terrible y repentino shock dentro de mí. Estaba aturdido, horrorizado y enfermo. Me negaba a creer lo que estaba sucediendo. (…). Estaba pasando de verdad. El jurado había deliberado en menos de un día y me había declarado culpable de ambas acusaciones. Acababa de ser condenado. (…). Me di la vuelta y vi a mi tía en primera línea, justo detrás de mí, en el mismo sitio en el que había estado sentada los 14 días que duró el juicio. Su rostro era una máscara de dolor e incredulidad. (…) Me acerqué y le di un abrazo, mientras una sala llena de extraños asistía boquiabierta al maravilloso espectáculo de ver a un hombre recién condenado”.

La rutina

“Tenía una rutina de correr, leer y escribir. También me echaba alguna siesta (…). Corría 30 millas a la semana [casi 50 kilómetros] y andaba unas 20 [unos 30 kilómetros]. Hacía flexiones, abdominales y dominadas tres o cuatro veces por semana”.

Según Fleishman, la mayoría de presos se dedican a hacer ejercicio, incluso más que él: “La gente es muy disciplinada la mayor parte del tiempo. Era un vago comparado con otros. Un buen amigo que hice llegó a perder 45 kilos. Hay mucha presión de parte de los compañeros, decir que no haces ejercicio es como decir que no sueles ducharte”.

La comida

La mayor parte de la comida en la prisión, explica Fleishman, “está compuesta por alimentos anodinos ricos en almidón”. Básicamente, pasta y arroz. “Casi no se sirven frutas y verduras”, comenta el exconvicto. “Ni queso de verdad”. Aúun así reconoce que “los espaguetis realmente no estaban mal”.

Fleishman contaba, además, con un pequeño hándicap: es diabético. “No es fácil”, asegura. “Al menos las medicinas eran gratis, pero tenía muy pocas opciones con la comida y no podía medir mis niveles de azúcar durante el día. Tenía que llamar al médico a las 6 de la mañana si quería hacerlo”.

La violencia

“Como no tenía antecedentes fui condenado en una prisión de mínima seguridad. Cualquier forma de violencia te lleva de allí a sitios mucho más aterradores, y esto hacía que la gente no se saliera del tiesto. No había casi peleas. La gente a veces se amenazaba pero no se solía llegar a las manos”.

La reinserción

“Para algunos la prisión es justo lo que necesitan. Conocí a varios drogadictos que me dijeron que si no les hubieran encerrados habrían acabado muertos. No es mi caso. Intente sacar el máximo provecho de mi tiempo en la cárcel y me fue bastante bien, pero no ha sido una experiencia transformadora. Era muy doloroso porque tenía niños pequeños, y me costaba mucho estar alejado de ellos. Mi mujer ha hecho un trabajo fantástico y estoy muy feliz de haber recuperado mi vida”.

El peor crimen que puedes cometer

“He aprendido que, en términos de sentencia, el peor crimen que puedes cometer es negarte a ayudar a los federales, como se me pidió. Si hubiera llevado un micrófono para encarcelar a gente seguiría siendo inocente. El sistema es un chiste. La gente quiere creer al Gobierno. Entré en el juzgado con el cartel de ‘ladrón de guante blanco de Wall Street’. El jurado creyó que si fuera inocente los federales no habrían gastado tiempo y dinero en construir mis cargos”.

Lo peor de estar en la cárcel

“La peor parte era no poder estar con mi familia. Echaba de menos llevar mi propia ropa, comer frutas y verduras, conducir un coche y navegar por la red”. 

Alma, Corazón, Vida
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