EL ESCÁNDOLO LÍBOR

Cómo vive un banquero (de los que han pillado) cuando le meten en la cárcel

Las cartas que Tom Hayes, involucrado en una de las mayores estafas financieras, escribió en prisión se han hecho públicas. Así es la vida entre rejas de un criminal 'bien'

Foto: Tom Hayes utilizó sus conocimientos matemáticos para arruinar a millones de consumidores.
Tom Hayes utilizó sus conocimientos matemáticos para arruinar a millones de consumidores.

Puede que su nombre no le suene a todo el mundo, pero Tom Hayes, niño prodigio de las matemáticas, rubicundo inglés con carita de niño bueno y jersey de cuello de pico, se convirtió en 2012 en el primer operador de banca condenado a prisión por una de las mayores estafas financieras de la historia: el escándalo Libor. Acusado de ser uno de los cabecillas de la operación –hay quien dice que solo fue un cabeza de turco–, Hayes estuvo detrás de la manipulación del Índice Libor (London Interbank Offered Rate), una tasa similar al Euríbor que se utiliza como referencia para conceder préstamos bancarios y créditos empresariales, y en el que numerosas entidades financieras estuvieron implicadas.

A menudo, cuando alguien que ha estafado millones de euros da con sus huesos en prisión se crea un silencio en torno a su vida entre rejas –lo mal o lo bien que se lo hacen pasar los otros reclusos, a quienes los pederastas, violadores y los millonarios que visten zapatos italianos no les gustan ni un pelo–. El matemático es una excepción; sus cartas escritas desde la prisión, donde cumple una condena de 11 años –en origen era 14– son amargas y nos ayudan a entender qué ocurre cuando un hombre que veraneaba en los Hamptons pasa a hibernar en la cárcel.

“Me encerraron en una celda con grafitis y olor a tabaco y tuve que orinar en un retrete sin asiento. Mis días de privacidad y dignidad habían acabado”.

Publicado en 'The Daily Mail', este es el lacrimógeno relato del chico a quien sus amigos apodaban 'Rain man', porque era un as de las matemáticas y porque, como declaró su abogado ante el juez, padecía Asperger, lo cual no parece ni siquiera un atenuante. ¡Luces, cámara, acción!

Adiós a la libertad

Se había declarado culpable de estafa. Su juicio largo y tedioso le había dejado extenuado, y una vez se supo la sentencia, su traslado a la cárcel desde el juzgado de Wandsworth se hizo esperar un tiempo, algo así como un pequeño purgatorio que lo preparaba para la prisión. “Todo terminó –escribe en su primera carta–. El guarda me encerró en una habitación con grafitis en las paredes y olor a tabaco y tuve que orinar en un retrete que no tenía puerta. Entonces me di cuenta de que mis días de privacidad y dignidad habían acabado. El baño –añade dramáticamente– no tenía asiento de plástico”. Encerrado en su minúscula celda, se acurrucó sobre un banco de madera escuchando los gritos de los presos en las celdas cercanas hasta que una agente llegó y lo maniató a ella. Era el momento de partir.

“Traté de sentarme con la espalda contra uno de los laterales de la furgoneta para impedir que me hicieran más fotografías, pero justo cuando nos detuvimos para girar en Tooley Street, los flashes de las cámaras casi parecieron penetrar a través de los cristales oscuros de la furgoneta”. Aunque estuvo en estado de shock hasta el momento en que llegaron a la prisión, durante el viaje contempló aquellas calles londinenses que le resultaban tan familiares con extrañeza: “No podía comprende siquiera que nos volvería ver aquellos paisajes en años. La vida fuera de la furgoneta parecía tan normal”, escribe.

La pesadilla de un insomne

Todo nuevo recluso debía dejar su ropa y sus pertenencias en una bolsa de plástico. En la entrada se les entregaba un plato de plástico, un cuenco y un vaso, unas bolsitas de té, leche y galletas. “Fue extraño ver todas miscosas en una bolsa. Llevaba puestos los zapatos que utilicé en el juicio y me sentía bastante estúpido vistiendo aquel chándal gris con mocasines”, expresa en las primeras cartas. Se sentía como un pez fuera del agua cuando algunos reclusos más veteranos que trabajaban en admisiones quisieron darle consejos. “Todo lo que quería era hablar con mi mujer, oír su voz. Quería irme a casa”.

“Algunas personas, viendo mis zapatos de marca, supusieron que era nuevo y me preguntaron si llevaba un 'paquete' conmigo”

Un minuto para hablar con Sarah y ambos hacían esfuerzos por no desmoronarse al teléfono. Luego, de vuelta a la realidad, bajó al hall cargando sus cubiertos, sus sábanas verdes y su manta naranja y se dirigió al cuarto piso, la celda tres. Un agente se confundió y lo envió a una celda para presos que no habían sido procesados y allí pasó algunas horas junto a un grupo de albaneses y un yonki que solo hacía que patear la puerta para llamar la atención de los agentes. “Eran sobre las siete de la tarde y a través del corredor escuchaba el informativo de Channel 4. Estaba sentado en el suelo de aquella celda mientras en la televisión aparecía su cara.

“No tener reloj equivale a perder la noción del tiempo. Cuando amanecía y oía los primeros aviones acercarse a Heathrow, sabía que eran las seis de la mañana”, escribe. Durante el juicio empezó a sufrir insomnio, pero allí en prisión ya no tenía sus somníferos y pasaba las noches en vela escuchando a su compañero roncar en la litera de arriba. Ni siquiera el desayuno suponía un consuelo, ya que no había forma de calentar agua y no podían salir de la celda hasta la hora del almuerzo. Su único momento de libertad era cuando salían al patio y él recordaba la película 'Expreso de Medianoche', donde los reclusos  caminaban en círculos y sentido antihorario, y un grupo de ellos decide hacer lo contrario para probar qué ocurre. Curiosamente, el protagonista de la historia de apellidaba Hayes, igual que Tom.

“Algunas personas me reconocieron de la televisión; creían erróneamente que había ganado trillones. Otros no me reconocieron pero, viendo mis zapatos de marca, supusieron que era nuevo y me preguntaron si llevaba un “paquete” conmigo”. Más tarde aprendió que se referían a si escondía droga en su ano y menos mal que dijo que no, explicaba, porque los presos solían sacar estos alijos utilizando cucharas.

Igualmente, entendió por qué las enfermeras de la prisión ofrecen a los reclusos la vacuna contra la hepatitis B cuando fue testigo de mordiscos que se propinaban los otros hombres durante las peleas.

Ser un preso protegido

Sobre las cinco de la tarde de un día de encierro vinieron a buscarlo para trasladarlo a la CSU, la unidad de cuidado y segregación. “¿Por qué voy allí?”, le preguntó al oficial. Al parecer, era un prisionero potencial de Categoría A. Si bien al principio pensó que pretendían evitar que se fugase, aunque había vivido bajo fianza durante tres años, enseguida entendió que su caso se consideraba de “perfil alto”, lo que significaba que lo trasladaban para mayor protección. De hecho, como explica en sus misivas, coincidió allí con Max Clifford, un importante agente de publicidad condenado algunos meses antes por abuso sexual.

Cada hora, según cuenta, encendían la luz para comprobar que no intentaba suicidarse – casi enloquece porque por durante el día estaba exhausto y de noche era incapaz de dormir–. Por contra, había aprendido algunos trucos para que la jornada se le hiciera más corta, como fragmentarla en unidades de tiempo que iban del desayuno al almuerzo y del almuerzo a la cena. “La celda estaba cubierta de grafitis y a veces me entretenía intentando imaginar a todas las personas que habían estado allí desde 1851, cuando la prisión fue construida”, relata.

Pasaba encerrado 23 horas al día, a excepción de los 30 minutos en que salía a hacer ejercicio al patio, y siempre iba acompañado de tres guardas. Salir de allí, por la razón que fuese, era un regalo: una ducha, una cita médica… una forma de contacto humano.

Un miércoles recibió la visita de su esposa y su madre y les pidió que, en la medida de lo posible, intentasen traer a su hijo Josh, de un año de edad, a la próxima visita. El encuentro con Sarah le hizo sentir mejor, pero acabó rápido.

“Una vez un guarda me encerró en las duchas con un pedófilo asesino que explicaba que había escrito un libro que estaba en la biblioteca”

Una tarde vino a verle un alto cargo para comprobar que estaba bien. Llevaba algún tiempo en la celda de la CSU, completamente solo y aislado, y reclamó contacto con otros seres humanos hasta conseguir volver a la cuarta planta. “Mi nuevo compañero de celda había sido detenido por un asunto de drogas. Era peludo, obeso y devoraba todas las series de televisión”, escribe. Negociaba con él para poder ver los informativos de Channel 4, mientras el tiempo pasaba y la temperatura aumentaba, y su compañero de celda sudaba, y el ambiente se cargaba con hedor a grasienta humanidad.

“Los peores momentos –explica Hayes– eran aquellos en los que no había nada más que hacer que dedicarte a tus pensamientos y entonces me comía por dentro porque no sabía cómo iba a poder soportar siete años de presidio”. No obstante, aprendió algo útil de la prisión:no había que enojar a los funcionarios. “Una vez salí de mi celda porque oí cómo un agente gritaba muy fuerte a un preso, cuando otro guarda me encerró en las duchas con un asesino pedófilo que explicaba que había escrito un libro que estaba en la biblioteca”, explica. En otra ocasión, un preso saltó el espacio enrejado reclamando que no saldría de allí hasta que le trajeran un KFC y fue llevado a la celda de confinamiento. “El sistema de incentivos parecía operar de forma inversa: cuanto peor te comportabas, más conseguías”, reflexionaba Hayes.

Sucedió lo irremediable.Trasladaron a Tom Hayes a Nottingham, y aunque su compañero le felicitó por las buenas condiciones del nuevo presidio, él solo pensaba en los kilómetros que le separaban de su esposa. “Estoy en la Open University escribiendo esto porque mi celda es muy fría. Uso mi tostadora eléctrica para calentarla. Todavía me quedan cinco años”, anota en una de sus cartas.

“¿Cómo acabé aquí?”, se pregunta el chico al que sus amigos llamaban 'Rain man' y que para la prensa siempre fue 'el manipulador del Líbor'.  

Alma, Corazón, Vida

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