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Cuando solo te coge el teléfono Steven Seagal: la ruina del 'soft power' ruso en ocho aciagos años
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Rusia era sexi y sí lo sabía

Cuando solo te coge el teléfono Steven Seagal: la ruina del 'soft power' ruso en ocho aciagos años

La marca Rusia ya era un activo tóxico en Occidente antes de la invasión de Ucrania, pero no siempre fue así: Putin fue persona del año en 'Time' en 2007 y los oligarcas conquistaron Londres. Así pasó Rusia de objeto de deseo a paria

Foto: Foto: Irene de Pablo.
Foto: Irene de Pablo.

En diciembre de 2021, la revista estadounidense 'Time' dedicaba su portada de 'héroes del año' a los investigadores detrás de algunas de las vacunas contra el coronavirus. "Los trabajadores del milagro", rezaba la publicación con una épica foto de los prominentes científicos Kizzmekia Corbett, Barney Graham, Katalin Kariko y Drew Weissman por su trabajo con la técnica de ARN mensajero. En honor a la verdad, ahí se echa de menos un rostro. El de Denis Logunov, un señor ruso, regordete, medio calvo y con barba; con toda probabilidad, la primera persona en inmunizarse en el planeta contra el covid-19. Una ausencia llamativa que revela dos grandes verdades incómodas. Primera, que Rusia fue el primer país del mundo en tener una vacuna efectiva contra el coronavirus. Segunda, que a nadie le importa. Si buscan mejor ejemplo de la ruina del 'soft power' ruso, no lo van a encontrar. Repasemos los hechos.

A principios de abril de 2020, apenas unas semanas después de que la pandemia nos atrapara en una inédita cuarentena planetaria, el investigador Logunov y su equipo del instituto estatal de epidemiología y microbiología Gamaleya —siguiendo una larga tradición de la ciencia rusa de probar la vacuna que ellos mismos habían desarrollado— se inoculaban la primera versión de Sputnik V. Pocos días después, el veterano director del reputado centro de investigación, Alexander Gintsburg, seguía sus pasos y se inyectaba él, a su mujer, su hija y su nieta. El 20 de ese mismo mes, el propio Gintsburg informaba a un impresionado Vladímir Putin de los prometedores avances del fármaco en una videoconferencia, asegurando que ya estaba probándose con éxito en animales. El Kremlin se volcó en la carrera de las vacunas.

"[En 1957] los americanos se sorprendieron al escuchar el pitido del Sputnik. Es lo mismo con esta vacuna. Rusia llegará primero", prometió desafiante Kirill Dmitriev, el director del Fondo de Inversión Rusa Directa —el fondo soberano que financió la vacuna rusa— en una entrevista con la CNN en julio de ese año. Moscú estaba destinando todos los recursos a su alcance para un proyecto que no solo le permitiría lucir su músculo científico, sino que serviría como formidable palanca de influencia internacional en un mundo desesperado por salidas a la epidemia. A partir de aquí, todo fue en barrena.

Foto: Imagen: L. M.
Los últimos amigos españoles de Rusia: "Putin no es un maricomplejines"
Alfredo Pascual Carlos Prieto Ilustración: Laura Martín

El 11 de agosto, la Sputnik V recibía luz verde del Ministerio de Salud ruso para su uso masivo. "Una vacuna contra el coronavirus ha sido registrado por primera vez en el mundo esta mañana", se ufanó Putin en un discurso en la televisión estatal. "Sé que funciona bastante bien y que ofrece una inmunidad estable", agregó el mandatario ruso, contando que una de sus propias hijas había sido inoculada y se encontraba bien.

Pero, en vez del rotundo aplauso de la comunidad internacional que esperaba, Moscú se encontró con un muro de escepticismo científico generalizado y una abierta hostilidad geopolítica. En este momento, todavía faltaban meses para que Moderna y Pfizer anunciaran sus resultados de la fase III y pudieran solicitar la autorización de las agencias sanitarias de Estados Unidos y Europa. ¿Había un ninguneo intencionado por parte de otros países con un interés claro en promover sus propias vacunas? Seguramente. Pero había algo más. La campaña de Moscú para convencer a propios y extraños de las bondades de la Sputnik V fue de una sorprendente torpeza para un país al que se le supone cierta maestría en explotar su poder blando —la capacidad de sacar rédito geopolítico con herramientas de persuasión pacíficas, como la cultura, el deporte, los valores sociales o la ciencia—.

Los resultados preliminares de la Fase I publicados en la prestigiosa revista médica 'The Lancet' fueron reventados por un grupo de científicos independientes, que sospechaban que los rusos habían hecho corta y pega de sus propios datos para mostrar solo los resultados más favorables. Algo que se repitió en la Fase II y III. Cada vez que se analizaba de forma externa los datos, se encontraban irregularidades importantes. La velocidad de desarrollo rusa —como se acabó demostrando después— fue producto de tomar todos los atajos posibles. No solo quemaron etapas y se obviaron algunas de las fases de testeo imprescindibles para garantizar la seguridad del producto, sino que rodearon la promoción de la Sputnik V con una potente campaña de desinformación dirigida a denigrar las futuras vacunas de la competencia.

La ironía es que todo esto era innecesario. En aquellos países donde se administró masivamente la Sputnik V, las tasas de contagio y enfermedad grave se redujeron en gran medida, lo que indica que la vacuna goza de un rango probado de eficacia. Con esta maraña de falsedades y propaganda, lo único que logró el Gobierno ruso fue avivar la desconfianza. Un patrón en el comportamiento del Kremlin que ha convertido a Rusia en un activo tóxico durante los últimos años.

En los países donde se administró masivamente la Sputnik V, las tasas de contagio y enfermedad grave se redujeron en gran medida, lo que indica que la vacuna es casi con certeza eficaz

Los viejos buenos tiempos

Hasta el agente más fanático de Moscú estaría de acuerdo: la marca Rusia no pasa por su mejor momento. La invasión de Ucrania ha convertido a Putin en un tren en llamas reputacional del que estos días se arrojan en marcha los últimos rusófilos, señalados por los tradicionales críticos del exagente de la KGB con el clásico "¡Os lo dijimos!". Pero hubo un tiempo, no tan lejano, en el que Putin era una estrella ascendente en la geopolítica. Un líder fuerte imprescindible para asegurar la estabilidad de la Rusia postsoviética al que 'Time', en 2007, le dedicaba sin ruborizarse su portada de 'persona del año'. Pocos rechistaron entonces. ¿Cómo pasamos de la luna de miel al mal rollo?

En ‘The Rise and Fall of Russian´s Soft Power’, el académico Vera D. Ageeva dibuja las tres grandes etapas en la imagen exterior rusa durante el 'putinato'. La primera, más clásica, va desde su ascenso al poder en 2000 hasta 2007; la segunda, más discreta, desde la crisis financiera global hasta 2013, y, la tercera, en modo 'unchained', desde la invasión de Crimea hasta hoy. Una cronología que muestra cómo la célebre mano izquierda de Moscú se fue anquilosando con los años.

Recordemos que, tras la implosión del bloque socialista, la puesta de largo de Moscú en la escena diplomática fue de la titubeante mano de Boris Yeltsin, cuya mejor seña de identidad era aparecer chispado en eventos internacionales de todo tipo. El ascenso de Putin a la presidencia hizo que la marca Rusia entrara hasta la cocina de Occidente, con mucho dinero y no siempre con aviesas intenciones desestabilizadoras. Un 'soft power' descentralizado, amable y canónico (organización de fórums, campañas de relaciones públicas, cobertura a empresas y exportaciones en el extranjero) para sacar el máximo provecho de la herencia soviética y esconder al máximo sus pecados.

placeholder Putin, persona del año en 2007.
Putin, persona del año en 2007.

El guante de seda de Putin se forjó con la contratación de Ketchum, un gigante estadounidense de las relaciones públicas clave en la “exitosa” organización del G8 en San Petersburgo (2006) y en la “promoción de Putin para el título de persona del año en ‘Time", explica Ageeva, profesora del Higher School of Economics de San Petersburgo. El ensayista holandés Marcel H. Van Herpen, autor de 'Putin's Propaganda Machine. Soft Power and Russian Foreign Policy', califica la entronización de Putin en 'Time' como "la apoteosis de todos los esfuerzos de Ketchum" para el Kremlin.

De esa época es la controvertida serie documental 'Putin, Rusia y Occidente', de la británica BBC y cuyo asesor principal había trabajado antes para la agencia de reputación estadounidense. A Moscú le gustó la pieza audiovisual porque mostraba al "verdadero Putin". Van Herpen cifra en 36 los empleados de Ketchum encargados de velar por los intereses rusos en los mejores momentos. Entre 2006 y 2009, Moscú gastó 14 millones de euros en EEUU en relaciones públicas. Una campaña que condensa la aspiración de Rusia de entrar en el club occidental y codearse con las naciones desarrolladas.

'Rusia más allá de los titulares' fue el nombre de uno de los proyectos informativos más ambiciosos del 'soft power' ruso: llevar la visión del Kremlin hasta el interior (literalmente) de los periódicos occidentales de referencia. Un suplemento mensual de ocho páginas ('Rusia Hoy') se encartó durante años en 'El País', 'The New York Times', 'The Wall Street Journal', 'The Washington Post' o el 'Daily Telegraph' con noticias de la red de medios del Kremlin adaptadas al lector liberal promedio. Moscú pagó al 'Daily Telegraph' medio millón de libras al año por la colaboración, según 'The Guardian'. 'El País' publicó 'Rusia Hoy' hasta 2016, cuando el Kremlin redujo el presupuesto del proyecto.

Moscú también contrató a lobistas de alto nivel, como Henry Kissinger, James Baker y Gerhard Schröder. Según Van Herpen, "Kissinger era un lobista ideal para el Kremlin porque se abstenía de hacer preguntas molestas sobre democracia y derechos humanos". Putin recuerda que, la primera vez que se vio con Kissinger y hablaron de su pasado en la KGB, el estadounidense le dijo: "Todas las personas decentes empiezan en los servicios de Inteligencia, como yo". Angelitos.

Dame polonio

Pero ya entonces se observaban elementos preocupantes. Un primer punto de inflexión se produjo ese mismo 2007, con el caso de Alexander Litvinenko, exespía ruso envenenado en Londres con polonio. Una clara advertencia sobre la verdadera naturaleza de los líderes rusos y hasta dónde estaban dispuestos a llegar para saldar viejas cuentas. El plan, de hecho, podría haber salido bien si la constitución excepcionalmente fuerte de Litvinenko no le hubiera permitido resistir la friolera de 23 días. Esto dio tiempo a las autoridades británicas para ir descartando opciones hasta descubrir la causa de la muerte del exagente del FSB, ya que esta sustancia radioactiva es prácticamente indetectable en las autopsias. La imagen de un Litvinenko agonizante, totalmente calvo por los efectos del polonio en su organismo, conmocionó a la opinión pública.

La investigación oficial británica concluyó que “probablemente” el propio Putin había autorizado el crimen del polonio

La culpabilidad de los autores materiales del asesinato, los también exespías rusos Andrei Lugovoi y Dmitri Kovtun, quedó rápidamente establecida. El polonio que habían traído desde Rusia había ido soltando radiactividad durante todo el camino —desde el propio avión en el que volaron desde Moscú hasta la taza de té de Litvinenko pasando por el hotel en el que se alojaron— un rastro que, con las herramientas adecuadas, se veía como el de un caracol luminiscente. Dado que uno no puede comprar polonio en la farmacia de la esquina, la conclusión de los expertos era que se trataba de un asesinato de Estado.

Las autoridades británicas pidieron la extradición de Lugovoi y Kovtun, pese a que todos sabían que no iban a prosperar, pero se abstuvieron de acusar directamente al Gobierno ruso de lo sucedido. Meses después del 'poloniazo', Putin era homenajeado en 'Time'. Ningún funcionario del Reino Unido alzó la voz contra Rusia hasta 2011, cuando el fiscal jefe a cargo de investigar el asesinato escribió un artículo diciendo que “tenía todos los elementos de una ejecución ordenada por el Estado” ruso. Cuando la investigación oficial británica concluyó en 2016, el informe determinó que “probablemente” el propio Putin había autorizado el crimen. Para entonces, dos años después de la invasión de Crimea, ya empezaban a soplar otros vientos hacia Rusia.

Cuestiones de antagonismo

En esa época, Putin todavía aspiraba a imitar "los discursos occidentales sobre derechos humanos, imperio de la ley y democracia. La imagen internacional de Rusia y su narrativa exterior se basó en los valores occidentales", cuenta Ageeva. Pero pronto llegaron los matices. El discurso de Rusia como “joven democracia” viró al de Rusia como democracia “soberana”, es decir, "un tipo de democracia que no era una copia de las occidentales, pero seguía siendo una democracia". Con dinero ruso regando a la City, al Chelsea, a la FIFA y a Hollywood, el engrase funcionó de primeras y Occidente tragó. “La agencia Ketchum cree que su principal logro [para el Kremlin] fue el cambio en la opinión pública global sobre Rusia y el reconocimiento de su propia naturaleza democrática”, según Ageeva.

Pero, poco a poco, se comienza a ver un giro en el espíritu del poder suave ruso, cuya señal más visible (según el estudio de Ageeva) se puede observar en la plataforma televisiva Russia Today (RT). Fundada en 2005 y expandida en 2009, el canal comenzó apostando por periodistas occidentales de relumbrón, como Larry King, y contenidos “neutrales”. Pero, poco a poco, mutó hacia “retóricas más agresivas”, “posiciones de combate” e informaciones “falsas” o “sin verificar” alimentadas por la crisis financiera global del capitalismo. En estos años, Putin adoptó un más discreto segundo plano como primer ministro y fue Dmitry Medvedev el encargado de capear el temporal en la presidencia.

Pero con su regreso a primera línea del poder en 2012, los tiempos empezaron a cambiar. Las revueltas del Euromaidán en Ucrania, la anexión rusa de Crimea y el apoyo a los separatistas del Donbás dispararon las tensiones entre Putin y la OTAN. Se empezó a hablar de 'segunda guerra fría', 'revival' confirmado por la reciente invasión de Ucrania. A partir de 2014, el Kremlin viró hacia las 'guerras informativas' e ideológicas de un Kremlin a la defensiva. Del 'soft power' blando (nunca mejor dicho) se pasó al de 'mentalidad de fortaleza sitiada'. De la apertura al exterior, al cierre a la interna.

A partir de 2014, "el régimen ruso se transformó irreversiblemente, priorizando la defensa contra las interferencias externas", y dando un volantazo a la marca Rusia: "Los diplomáticos rusos concluyeron que la estrategia anterior de 'soft power' no había funcionado, que jugar con las reglas occidentales no había dado a Rusia los resultados deseables. El 'soft power' fue revisado y tensionado”, cuenta Ageeva.

"Putin es un tipo normal y 'cool' que te mira directamente a los ojos"

En un reciente artículo de Farida Rustamova sobre las élites rusas y la invasión de Ucrania, una fuente cercana a Putin explicaba así su frustración con Occidente los últimos años: “El presidente ruso está convencido de que se han roto las reglas del juego y no por culpa de Rusia. Y, si se trata de una lucha sin reglas, pues es una lucha sin reglas. Esa es la nueva realidad en la que vivimos. ‘Está en un estado de sentirse ofendido e insultado’. Putin cree sinceramente que, al menos en los primeros años de su Gobierno, se esforzó por mejorar las relaciones con Occidente”.

¿Sí a las drogas?

La personalidad diplomática de Rusia se transformó a pasos acelerados y su 'soft power' pasó a ser un “poder duro en guante de seda”, como lo define Van Herpen. En ningún espacio se vio más patente esta esquizofrenia que en los deportes, otra de las áreas predilectas de los rusos para mostrar una orgullosa herencia soviética. Cuando todavía coqueteaba con la idea del acople occidental, Moscú presentó su candidatura para los Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi (2014) y el Mundial de Fútbol de Rusia (2018). Por estas fechas, en torno a 2010, la imagen del régimen Putin aún aguantaba y estos eventos dieron a Rusia grandes dosis de proyección internacional. Pero la naturaleza del poder ruso volvió a emerger, ejecutando un nuevo suicidio de relaciones públicas al desvelarse su adicción al 'doping'.

Cuando se produjeron las primeras denuncias internas —incluyendo las de Vitali Stepanov, un miembro del organismo antidopaje de Rusia, y las de la atleta Daria Pischalnikova— a principios de la década pasada, las alegaciones cayeron en oídos sordos. Nadie quería en ese momento pisar los duros callos de Moscú. En lugar de actuar, la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) alertó a las autoridades deportivas rusas sobre la existencia de estas denuncias. Pischalnikova fue suspendida por la Federación Rusa de Atletismo por un periodo de 10 años, y Stepanov acabó exiliado en EEUU.

"Putin es uno de los más grandes líderes mundiales vivos", según Seagal

Fue necesario que la cadena de televisión alemana ARD emitiese un programa especial sobre el asunto en 2014 para que la AMA abriese una investigación en profundidad, que destapó nada menos que una masiva operación estatal para administrar sustancias químicas a los atletas de Rusia en la que colaboraba —sorpresa— la Agencia Antidopaje de Rusia. Las pesquisas revelaron un esquema estatal para proporcionar esteroides y otras sustancias a una gran proporción de los atletas rusos. No solo eso: operativos del GRU (la inteligencia militar rusa) fueron detectados tratando de hackear las redes de la AMA y manipulando sus datos. Esos individuos todavía están en busca y captura internacional.

El Kremlin se había acostumbrado a que todo, absolutamente todo, es geopolítica. La diplomacia, la energía, el comercio y, por supuesto, el deporte. Olvidó sus modales suaves por mantener su halo de superpotencia y sus trampas quedaron expuestas de manera tan cruda que los dividendos de la gloria deportiva de la Federación quedaron anulados por una mancha imborrable. Más de 150 atletas rusos fueron identificados y represaliados por haberse dopado, y a Rusia se le retiraron 46 medallas olímpicas, una tercera parte de todas las de su palmarés.

En 2019, la AMA prohibió a Rusia competir en cualquier competición deportiva internacional durante un plazo de cuatro años, que posteriormente fueron reducidos a dos. Ahora mismo, las palabras 'deporte ruso' y 'dopaje' aparecen indisolublemente asociadas. Es el precio que Rusia debe pagar por administrar esteroides a sus símbolos deportivos como quien reparte Lacasitos a los niños en un cumpleaños de varios años de duración.

¡Esto es Hollywood!

Dicen que a Putin no le ha salido bien la guerra relámpago y no le vendría mal un golpe de efecto en Ucrania. Algo que levante la moral a las tropas, una a la población y le dé a la invasión un barniz de aceptabilidad social. Por ejemplo: "Agencias de inteligencia han visto al actor estadounidense Steven Seagal entre las fuerzas especiales rusas" en Ucrania. Este presunto tuit de la CNN resultó ser falso se viralizó los primeros días de la invasión. Como toda buena 'fake news', la idea de ver a Steven Seagal tomando Ucrania armado hasta los dientes tenía algo de verosímil dada la relación especial entre Putin y el actor, cinturón negro en aikido y protagonista de ‘Alerta máxima’ y ‘Al filo de la muerte’. Esta es la estampa definitiva del auge y caída del 'soft power' ruso.

placeholder Putin y Seagal en el Kremlin en 2016. (EFE)
Putin y Seagal en el Kremlin en 2016. (EFE)

"Putin es uno de los más grandes líderes mundiales vivos", ha dicho Seagal en alguna de sus múltiples visitas a Moscú. Tras la anexión rusa de Crimea, el actor tocó con su banda de 'blues' en Sebastopol, base de la flota rusa en el mar Negro, en apoyo a los secesionistas rusos en Ucrania. Seagal obtuvo la nacionalidad rusa en 2016 y fue nombrado representante especial del Ministerio de Exteriores rusos para las relaciones culturales con EEUU. Pero, para entender bien la relación entre Putin y Seagal, hay que hablar antes de Leonardo DiCaprio.

Retrocedamos. San Petersburgo, 2010, Encuentro entre DiCaprio y Putin en el marco incomparable de un congreso internacional sobre la conservación de tigres. "Putin es un dirigente muy muy interesante", dijo entonces el premiado actor. "DiCaprio es un hombre de verdad", aseguró el político ruso. DiCaprio, cuya abuela materna era ucraniana, donó hace unos días 10 millones de dólares a las fuerzas armadas de Ucrania. ¿Mala conciencia?

Jack Nicholson también pasó un gran rato con el joven presidente Putin en el Festival Internacional de Cine de Moscú en 2001. Pero nada es comparable a la gala benéfica por la infancia celebrada en San Petersburgo en 2010. Delante de Sharon Stone, Kevin Costner, Kurt Russell, Goldie Hawn, Monica Bellucci y Vincent Cassel, Vladímir Putin se subió al escenario para cantar (es un decir) 'Blueberry Hill'. Las estrellas de Hollywood bailaron y aplaudieron alborozadas al 'crooner' Putin. Además de generar vergüenza ajena retrospectiva, la actuación quizá fue el mayor esfuerzo hecho nunca por Putin por conectar emocionalmente con Occidente. A partir de ahí, todo fue una larga cuesta abajo para el poder blando ruso…

Con Ucrania en vías de inflamación, los medios del Kremlin exportando desinformación desestabilizadora y los 'hackers' rusos enredando en las elecciones estadounidenses ganadas por Donald Trump, Moscú perdió glamur. Dicho de otra forma: a las 'celebrities' ya no les salía tan a cuenta girar por Rusia, por bien pagado que estuviera, porque su imagen pública se resentía cuando volvían a casa. No obstante, siempre hay alguien de vuelta todo dispuesto a echarse al barro.

placeholder Depardieu segando con el presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko. (Reuters)
Depardieu segando con el presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko. (Reuters)

Pongámonos en situación. 28 de agosto de 2014: Gerald Depardieu conduce una 'scooter' de manera errática por París (cambia de carril sin ton ni son y se salta un semáforo en rojo) cuando le detiene la policía. Tras dar positivo en el control de alcoholemia, el actor espetó a los agentes: "Ya no quiero ser francés. Prefiero a Vladímir Putin". Minipunto para Putin, en efecto, pero también constancia de que, ya entonces, el 'soft power' ruso empezaba a conformarse con surrealistas triunfos costumbristas sobre Occidente.

Hacia mitad de la década pasada, las únicas estrellas dispuestas a mojarse por Rusia empezaron a ser machos alfas venidos a menos, pero ávidos de mantener su tren de vida, como Seagal, Depardieu o Mickey Rourke. Agosto de 2014: en una visita a Moscú en pleno calentón militar en Ucrania, Rourke se paseó por la plaza Roja con una camiseta de Putin y dejó una frase para la historia: “Putin es un tipo normal y ‘cool’ que te mira directamente a los ojos”.

placeholder Mickey Rourke con una camiseta de Putin en Moscú (Rusia), en agosto de 2014. (EFE)
Mickey Rourke con una camiseta de Putin en Moscú (Rusia), en agosto de 2014. (EFE)

El año anterior, Depardieu había protagonizado el mayor psicodrama fiscal desde que Lola Flores pidió una peseta a todos los españoles para pagar a Hacienda. Hastiado con la existencia del fisco francés, Depardieu se arrimó a Putin, consiguió la nacionalidad rusa y realizó varias giras de agradecimiento por su nueva tierra de adopción. Depardieu se empadronó en Mordovia, donde fue recibido con pompa folclórica y rechazó el cargo de ministro de Cultura por un problema de competencias: “Ya soy el ministro de Cultura del mundo”. El actor dijo querer conocer mejor el alma rusa, expresó su deseo de "ver qué leche, queso y pepinos tienen por aquí" y piropeó a Putin: "El Estado ruso necesita un hombre como Putin, un hombre con temperamento ruso. Putin trata de devolver a la gente un poco de dignidad".

El actor espetó a los agentes: "Ya no quiero ser francés. Prefiero a Vladímir Putin"

El rocambolesco 'exilio' ruso de Depardieu fue la metáfora perfecta de que el otrora poderoso 'soft power' ruso había entrado en fase decadente y churrigueresca. Depardieu, Rourke y Seagal siguieron defendiendo a Putin cuando casi nadie lo hacía ya en el Occidente 'celebrity'. Lejos quedaban los tiempos en que 'Time' canonizó a Putin. Pero lo peor estaba por venir…

La gran cancelación

En los buenos tiempos, el 'soft power' ruso impulsó la expansión internacional de los oligarcas rusos, con hitos como la compra en Londres de los periódicos ‘The Independent’ y ‘Evening Standard’, por Alexander Lebedev, y del equipo de fútbol de Chelsea, por Román Abramóvich. Cierta prensa británica se rindió al carisma de los nuevos millonarios rusos, como ejemplos autónomos de la Rusia liberal y moderna deseable, pero oligarcas y Kremlin eran dos caras de una misma agenda.

"Putin me contó su plan para adquirir el Chelsea para aumentar su influencia y elevar el perfil de Rusia, no solo entre la élite, sino entre los británicos de a pie”, cuenta Sergei Pugachev, oligarca enfrentado a Putin, en ‘Putin's People’, un libro de la excorresponsal en Moscú del 'Financial Times' Catherine Belton, que se publicará en España en abril. Durante dos décadas, la City centrifugó toneladas de dinero ruso y 'Londongrado' enriqueció a un sector del 'establishment' británico. El Gobierno de Tony Blair impulsó que Londres “abriera sus puertas al dinero ruso, independientemente de su procedencia”, según Belton.

Pero Londongrado es ahora Toxicogrado.

Abramovich ha tratado de vender el Chelsea por la vía rápida, pero Londres congeló el pasado jueves sus activos (y el de otros seis oligarcas). El futuro del club y del oligarca es incierto. La invasión de Ucrania ha desencadenado un gigantesco boicot a eventos deportivos, culturales y mediáticos rusos en toda Europa: Eurovisión, final de Champions, estrenos de Hollywood, exposiciones, conferencias, 'ballets', teles… Hablamos de una de las cancelaciones más drásticas del 'soft power' de un país vistas nunca.

Conclusiones sobre el colapso del 'soft power' ruso entre 2014 y 2020: “Según los sondeos de opinión, la actitud hacia Rusia en el mundo empezó a ser negativa: o Rusia como un país agresivo e impredecible. Uno de los principales objetivos de la estrategia original del 'soft power', mejorar la imagen del país en el mundo, no había sido alcanzada… El secreto del 'soft power' era que, independientemente de la orientación ideológica del régimen, liberal o conservadora, Rusia construyera un modelo socioeconómico atrayente, que impulsara el atractivo cultural del país, de la sociedad, de la ciencia y del estilo de vida. Por tanto, el principal problema sigue siendo el mismo: no tanto construir una imagen atractiva de Rusia, sino hacer que Rusia sea atractiva”, zanja Ageeva, que publicó su estudio el año pasado/antes de la invasión de Ucrania. Huelga decir que la marca Rusia es ahora mismo tan atractiva como un dolor de muelas.

En diciembre de 2021, la revista estadounidense 'Time' dedicaba su portada de 'héroes del año' a los investigadores detrás de algunas de las vacunas contra el coronavirus. "Los trabajadores del milagro", rezaba la publicación con una épica foto de los prominentes científicos Kizzmekia Corbett, Barney Graham, Katalin Kariko y Drew Weissman por su trabajo con la técnica de ARN mensajero. En honor a la verdad, ahí se echa de menos un rostro. El de Denis Logunov, un señor ruso, regordete, medio calvo y con barba; con toda probabilidad, la primera persona en inmunizarse en el planeta contra el covid-19. Una ausencia llamativa que revela dos grandes verdades incómodas. Primera, que Rusia fue el primer país del mundo en tener una vacuna efectiva contra el coronavirus. Segunda, que a nadie le importa. Si buscan mejor ejemplo de la ruina del 'soft power' ruso, no lo van a encontrar. Repasemos los hechos.

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