La socialdemocracia alemana, perdida entre el orgullo y la vergüenza
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FIN DE LA ERA MERKEL IV

La socialdemocracia alemana, perdida entre el orgullo y la vergüenza

El SPD ha sufrido las consecuencias electorales de ser el socio menor de Merkel, pero el orígen de sus males es anterior y más profundo: su electorado desaparece ante su inacción

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Imagen: Diseño EC.

Entre 2002 y 2017, el partido socialdemócrata alemán perdió a la mitad de sus votantes. En solo quince años. Y las previsiones para las elecciones de septiembre indican que la sangría de votos continuará. En la última convocatoria obtuvo el 20% y las encuestas actuales le sitúan en solo el 16%. Hay muchas razones que explican la debacle del partido más antiguo de Europa. La Agenda 2010 del canciller socialdemócrata Gerhard Schröder, la Gran Coalición con la CDU, la ausencia de un liderazgo claro y fuerte o la pésima estrategia de comunicación son algunas de las principales. Pero hay otra razón más estructural, contra la que el partido fundado en 1863 poco puede hacer: el público al que la socialdemocracia le hablaba está desapareciendo. Y si no hay público que escuche tu mensaje, nadie te vota.

La última vez que el partido socialdemócrata alemán se situó primero en las encuestas, empatado con el partido de Merkel, fue en marzo de 2017. Aquello fue gracias al denominado 'efecto Schulz', una historia breve e intensa cual amor de verano protagonizada por el entonces candidato socialdemócrata y expresidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz. Aquel efímero empate en los sondeos terminó con Merkel ganando las elecciones con catorce puntos de ventaja sobre su contrincante. El resultado del SPD, el peor de su historia, les convenció de no reeditar la coalición con la CDU. Pero un ejercicio de responsabilidad que aún están pagando les hizo rectificar.

¿Se imaginan que en España gobernasen en coalición el PSOE y el PP? ¿Y que esa fórmula de gobierno se hubiera repetido cuatro veces en la historia, tres de ellas en los últimos 20 años? No se lo imaginan. Pues es lo que ha ocurrido en Alemania. En el siglo pasado hubo una gran coalición entre 1966 y 1969, con el conservador Kurt Georg Kiesinger de canciller y el socialdemócrata Willy Brandt de vicecanciller y ministro de Exteriores. El bueno de Brandt aprovechó la plataforma para mejorar los resultados de su partido y, aunque la CDU ganó las elecciones por la mínima, fue nombrado canciller tras un acuerdo con los liberales del FDP.

Problemas de ser el socio de Merkel

Los socialdemócratas del siglo XXI no fueron capaces de seguir el ejemplo del gran icono de la 'Ostpolitik'. Siempre que participaron en una gran coalición con la CDU empeoraron sus resultados. Y, en este siglo, eso ha pasado tres de las cinco veces que ha habido que formar gobierno: en 2005, 2013 y 2018. En la última ocasión, las elecciones fueron en 2017, pero la ruptura de las negociaciones entre la CDU, Los Verdes y el FDP, por las exigencias y las dudas del partido liberal, obligó al SPD a pactar de nuevo con el partido de Merkel. A regañadientes. Después de mucho debate interno, presiones de todo tipo y someterlo a votación de los afiliados, en la que el sí a la GroKo ganó con el 66%. Para ello hizo falta que el presidente federal, Frank-Walter Steinmeier, se lo solicitara por el bien del país en una inédita declaración. Y lo volvieron a hacer, tras haber prometido por activa y por pasiva a sus votantes que nunca más lo harían. Lo hicieron poniendo por encima los intereses del país, como trataron de explicar. Pero nadie en Alemania se lo agradeció. O no como los líderes del partido se habían imaginado.

Foto: El Confidencial Diseño.

Las desventajas de ser el socio menor del partido con el que compites electoralmente, que cuenta entre sus filas con la figura política más importante del siglo XXI en el mundo, son muchas. Y para ninguna de ellas el SPD ha hallado el antídoto. Cuando el Gobierno federal ha hecho algo bien, era siempre cosa de Merkel. Cuando lo ha hecho mal, los líderes socialdemócratas han encontrado siempre la manera de exponerse y hacerse responsables. Una estrategia suicida aliñada por la capacidad de la canciller para hacer suya lo mejor de la agenda socialdemócrata. Sin disimulos. Llevando a su partido, conservador y cristiano, a lugares inimaginables. Entendiendo a la perfección que algunas de las propuestas más relevantes de su rival eran demandas de la sociedad alemana. Apropiándose de ellas. Haciéndolas suyas. Incorporándolas a su legado. La creación del salario mínimo, la aprobación del matrimonio gay, la eliminación del servicio militar obligatorio o el apoyo económico a hogares en los que tanto el padre como la madre trabajan son algunas de las más relevantes.

Pero no solo fueron las medidas, sino el discurso. Merkel hablando de salarios justos, de justicia social, de proteger a los trabajadores. Merkel hablando de derechos sociales y libertades públicas. Merkel diciéndoles de manera nítida a los alemanes: si estoy yo, el SPD ya no es necesario. La Gran Coalición es el instrumento por el cual la democracia cristiana alemana absorbió lo mejor de la socialdemocracia para dejarla famélica y derrotada.

Foto: Conferencia de prensa durante los diálogos de coalición en Renania-Palatinado. (Reuters)

Falta de identidad y discurso propios

Pero del declive socialdemócrata no solo tiene la culpa su insistencia en ser el socio menor de Angela Merkel. Su capacidad para hacer políticas desde el ejecutivo para mejorar la vida de la gente, pero dejando siempre que la canciller se las atribuya. Su torpeza a la hora de comunicar que ellos también están en el gobierno y si los alemanes están contentos con la gestión, algo de culpa tienen. Su incapacidad para explicar por qué hoy es todavía necesario el partido socialdemócrata en Alemania. Esto último es quizá lo más grave. Cuando antes de las elecciones de 2017 se les preguntaba a los alemanes cuáles eran las ideas y los temas que representaba SPD, el 60% no sabía qué responder. Pero, como decíamos, no todo es culpa de la Gran Coalición. Esta triste historia de la hecatombe socialdemócrata empezó con la aprobación de la Agenda 2010 en el gobierno rojiverde encabezado por el canciller Gerhard Schröder.

Orgullo y vergüenza. Estos son los sentimientos enfrentados que afloran en la dirigencia y la militancia del SPD cuando se les pregunta por el paquete de reformas aprobado por el gobierno de coalición entre el SPD y Los Verdes en su segundo mandato, entre los años 2003 y 2005. En señal de protesta, 150.000 militantes se dieron de baja del partido, una tendencia de pérdida de militancia que se ha mantenido hasta el día de hoy. Y, en las siguientes elecciones, perdió votos decisivos que fueron a parar al PDS, hoy conocido como Die Linke, el partido de izquierdas surgido de la unión entre los herederos de la RDA y una escisión del SPD, provocada precisamente por la aprobación de esas reformas económicas y laborales.

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El SPD aún no ha sido capaz de superar el trauma y construir un discurso coherente sobre este tema, y la división de opiniones permanece. Para algunos, la Agenda 2010 fue determinante para sanar al enfermo alemán, cuando toda Europa temía por la economía del país germano. De hecho, Angela Merkel, en 2007, a la mitad de su primera legislatura, resaltó en un debate parlamentario que Alemania tenía las mejores cifras de empleo desde la reunificación, y reconoció que era en parte fruto de la agenda impulsada por su antecesor Gerhard Schröder.

Para otros, este paquete de reformas es la gran traición del SPD a sus votantes tradicionales: la clase trabajadora. Con la Agenda 2010 se institucionalizó la precariedad laboral a través de los conocidos 'minijobs', contratos con menor protección social, y se optó por relegar a una parte de la sociedad a la dependencia de la ayuda social conocida como Hartz IV. Un subsidio que es una tabla de salvación para quien tiene dificultades, pero que desde el punto de vista económico y social es todo menos eficiente. Los Verdes, de hecho, plantean eliminarlo y crear un ingreso mínimo vital. Para los socialdemócratas, la Agenda 2010 es el elefante en la habitación. Y nadie se ha atrevido aún a sacarlo.

Foto: Foto: El Confidencial Diseño.

Con esta mochila acude el SPD a las elecciones de septiembre. Fiándolo todo a un candidato, el actual vicecanciller y ministro de Finanzas Olaf Scholz, que perdió en las elecciones internas para dirigir el partido, para más tarde ser rescatado como cabeza de cartel por quienes le habían derrotado prometiendo un giro a la izquierda y revisar la Gran Coalición. No hicieron ninguna de las dos cosas. Los constantes cambios en el liderazgo del partido no han ayudado a construir un relato reconocido y reconocible. Y ninguno de los dirigentes que ha ido desfilando por la Willy-Brandt-Haus, la sede federal en Berlín, ha logrado entender el principal problema de la socialdemocracia hoy: su electorado está desapareciendo. El sujeto político al que se dirigía el SPD está dejando de existir. Es cierto que sus mensajes aún encuentran refugio en los mayores de 60 años, pero no entre sus hijos. A quienes les ha ido bien, los acomodados, votan a Los Verdes. A quienes les fue mal, los precarios, optan por Die Linke, la abstención o AfD, si tratan de encontrar en la identidad nacional la identidad de clase perdida o añorada.

El problema no es solo que cada vez menos trabajadores voten al SPD. El problema es que cada vez hay menos trabajadores en Alemania. Ya a comienzos de este siglo, los trabajadores de cuello blanco superaban en número a los de cuello azul. Pero el partido socialdemócrata continúa viviendo en la nostalgia de un país de industrias pesadas y regiones mineras. Mientras tanto, en Alemania crece la precariedad laboral, aumenta la pobreza y se institucionaliza la discriminación contra los diferentes. Un partido socialdemócrata fuerte sería, por lógica, más necesario que nunca. Pero ya es demasiado tarde para darse cuenta. Y la socialdemocracia alemana continúa su camino hacia la irrelevancia.

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