El resto de líderes europeos pasan, Rutte permanece: el holandés paciente
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El resto de líderes europeos pasan, Rutte permanece: el holandés paciente

Mark Rutte continuará como primer ministro, siendo uno de los líderes europeos en activo con más años de experiencia y asentando su discurso holandés en Europa

placeholder Foto: Mark Rutte en un Consejo Europeo en octubre de 2020. (Reuters)
Mark Rutte en un Consejo Europeo en octubre de 2020. (Reuters)

El Consejo Europeo tiene mucho de consejo de sabios en el que ser el que tiene el pelo más canoso y la cara con más arrugas tiene algo más de peso moral. Conoce mejor la dinámica y a las personas que se sientan a su alrededor, y eso es importante, teniendo en cuenta el fuerte carácter personal que tiene la cúpula de la Unión. Y una cosa queda clara ante la marcha de Angela Merkel, canciller desde 2005. Cualquiera de los líderes que mire alrededor de la mesa, salvo el primer ministro húngaro Viktor Orbán, sabrá que hay una persona que estaba antes que todos ellos: Mark Rutte, el primer ministro holandés.

Rutte ha ganado este miércoles las elecciones generales de Países Bajos y formará su cuarto gobierno desde que ganó sus primeros comicios en 2010. En un año se habrá convertido en la persona que ha pasado más años en el cargo en la historia del país. En una Europa cada vez más volátil, con liderazgos más débiles y políticas nacionales más inestables, Rutte permanece inamovible. Ha dado con la tecla del éxito para que el electorado holandés le quiera sentado en el despacho del primer ministro, y ha encontrado su acomodo en el ecosistema político europeo. El precio que han pagado los debates sobre una mayor integración política y económica no ha sido bajo. Pero Rutte permanece, y su visión de Europa se va asentando.

El primer ministro se ha convertido en el “chico malo” de la Unión Europea, un papel que empezó a asumir a partir de 2016, cuando el Reino Unido decidió abandonar el bloque. Sin un gigante que defendiera sus intereses, a La Haya no le quedaba más que articular una nueva alianza que protegiera la agenda de los llamados “halcones”, los Estados miembros más conservadores en materia fiscal y que se oponen a una mayor integración política y económica. Así nació la llamada “Nueva Liga Hanseática”, que marcó la agenda antes de la pandemia bloqueando todos los intentos de reformar la Eurozona. El hecho de ser capaz de articularla y ponerla en marcha demuestra que Rutte conocía bien la Europa que venía, en la que las alianzas de pequeños Estados miembros tendrían un papel clave ante el eje franco-alemán. Muestran que el primer ministro holandés es inteligente en política europea y entiende algunos cambios tectónicos que dan una ventaja importante a quien se sabe adelantar a ellos.

placeholder Rutte habla con el presidente del Gobierno español durante un Consejo Europeo. (Reuters)
Rutte habla con el presidente del Gobierno español durante un Consejo Europeo. (Reuters)

Rutte disfruta de ese papel de escéptico ante todo, muchas veces presentándose como el freno al francés Emmanuel Macron, especialmente cuando este, todavía fresco en el Elíseo, trataba de lanzar grandes debates sobre el futuro de Europa. En alguna ocasión el holandés sencillamente intentaba vetar un debate porque no pensaba mover sus posiciones, y por lo tanto pasar varias horas discutiendo era inútil. Se le llegó a bautizar como “Mr. No”. Tras las elecciones de esta semana, en la que no solamente Rutte ha obtenido un buen resultado, sino que también los proeuropeos D66 han obtenido un magnífico resultado, convirtiéndose en la segunda fuerza política, puede obligarle a cambiar esa actitud y adoptar una postura más dócil.

Porque el último año no ha sido fácil y quizás se ha llegado demasiado lejos. El primer ministro llegó a superar en 2020 los límites que hasta entonces el resto de Estados miembros habían tolerado. En abril, cuando España o Italia pasaban por algunos de sus peores momentos, un basurero holandés, ante las cámaras, pidió a su primer ministro que no diera dinero a los “españoles e italianos”. Rutte contestó: “No, no, no. Lo recordaré”. En un momento tremendamente sensible para Roma y Madrid, el Gobierno holandés llegó a traspasar las líneas que hicieron que hasta dentro de la propia coalición hubiera toques de atención tanto al primer ministro como al ministro de Finanzas, que también había hecho unas polémicas declaraciones ante sus homólogos sureños en un Eurogrupo que el primer ministro portugués calificó de “repugnantes”. La tensión norte-sur fue muy palpable en Bruselas durante meses. La fractura empezaba a ser emocional.

Foto: Mark Rutte, en uno de los últimos Consejos Europeos. (Reuters)

Durante las cumbres clave en las que se negoció lo que acabaría siendo el Fondo de Recuperación de 750.000 millones, Rutte mantuvo una actitud que desesperaba a sus colegas. El primer ministro intentaba cerrar cada puerta que Alemania permitía abrir para evitar los errores de la crisis anterior. Al final en las decisiones de La Haya siempre hay un trasfondo pragmático, y cuando el acuerdo empezó a cerrarse ya solamente quedaba por ver qué quería a cambio Rutte: un rebate, un recálculo de su aporte al presupuesto europeo, algo más de condicionalidad.

Antes de las cumbres más tensas para diseñar una respuesta económica conjunta a la pandemia se celebró una larga y difícil cumbre dedicada al Marco Financiero Plurianual. Rutte llegó en plena forma, con un libro en la mano para leer durante la noche, porque él no tenía mucho que negociar. Merkel, que no es famosa por extralimitarse en sus declaraciones, censuró la “actitud infantil” del primer ministro holandés.

El discurso europeo de Rutte es complejo y adaptado a los Países Bajos. No es abiertamente euroescéptico, pero coquetea con alguna de sus ideas lo suficiente como para mantener cerca a parte del electorado descontento con la Unión Europea por su laxitud hacia los países del sur. Los Países Bajos necesitan a la UE, porque de hecho es uno de los Estados miembros más beneficiados por el Mercado Interior, pero políticamente, tanto en el interior como en el exterior, a Rutte le beneficia dar a entender que su posición inicial es “no”. Que cualquier elemento hay que negociarlo, y que La Haya siempre quiere algo a cambio. En Bruselas muchos identifican una actitud muy “tory” británica en esa estrategia.

placeholder Rutte hace declaraciones a la prensa tras las elecciones de esta semana. (Reuters)
Rutte hace declaraciones a la prensa tras las elecciones de esta semana. (Reuters)

Rutte lleva a Europa la visión que una buena parte de los holandeses medios tienen: una postura fiscal conservadora, en la que se mezcla la economía y la ética, y la defensa de que Países Bajos ha realizado reformas muy dolorosas durante la última década mientras otros Estados miembros sureños no las han hecho en la misma medida. ¿Puede salir gratis eso? ¿Es acaso normal? Son preguntas que muchos votantes se hacen. Y el primer ministro les representa en Europa con una actitud que diplomáticos y políticos de otros Estados miembros coinciden en calificar como “arrogante”.

Para La Haya la Unión Europea es una balanza de resultados. Esa aproximación, sin trasfondo político y sin visión política de lo que debe ser el club en un mundo cada vez más turbulento, tiene un precio para los Veintisiete. Pero la campaña (y los resultados) muestran que Países Bajos no cambiará esa estrategia en el futuro próximo. Por eso el discurso europeo de Rutte no es euroescéptico en el sentido clásico e identitario. Su discurso convierte a la responsabilidad fiscal en todo el eje de rotación, y se opone a un proyecto político, limitándolo al Mercado Interior. Incluso propuso ante el Parlamento Europeo eliminar la idea de “una Unión cada vez más estrecha” que sirve de hoja de ruta para el proyecto europeo.

Foto: El primer ministro holandés, Mark Rutte (d), recibe este lunes en La Haya al presidente español, Pedro Sánchez. (EFE) Opinión

Pero el resultado de D66, que ha compartido Gobierno con Rutte y que prácticamente con toda seguridad volverá a compartirlo los próximos años, podría afectar a esta estrategia tan bien asentada. No todos los holandeses ven Europa desde el mismo punto de vista. Los analistas (en su mayoría británicos) que sospechaban que Países Bajos sería el siguiente en seguir el camino del Reino Unido han visto cómo un partido proeuropeo como D66 se ha disparado y una formación paneuropea como Volt ha entrado en el Parlamento.

¿Qué cambiará en la actitud del primer ministro? Quizás no demasiado. Rutte no gusta a algunos líderes europeos y a muchos en Bruselas. Se le ve como un tacticista cuya estrategia pasa por sacar de quicio a sus contrincantes y que dificulta cualquier toma de decisión. Alguien que defiende los intereses de sus votantes pero que en ocasiones, por ello, pone en riesgo los cimientos de la Unión Europea, como hizo durante el debate sobre la respuesta económica al coronavirus. Pero es un actor clave para los próximos años, porque sabe jugar sus cartas, porque conoce el tablero y ha demostrado ser capaz de frenar muchas iniciativas. Además, Rutte no tiene ningún complejo en parecer el villano de un enfrentamiento, por lo que Alemania en algunas ocasiones se limita a dar un apoyo cosmético a algunas ideas francesas, españolas e italianas, dejando que sean Países Bajos y sus hanseáticos, convertidos en los últimos tiempos en los “cuatro frugales” (la propia Holanda junto a Finlandia, Dinamarca y Austria), los que pinchen el globo.

Rutte no dará un enorme giro a su postura política. Su discurso en Bruselas funciona y su electorado le premia. Las posturas de D66 y las suyas tendrán que convivir y quizás tenga que ser menos vehemente, pero el primer ministro holandés no va a cambiar repentinamente: de ser un líder gris, tranquilo y centrado en la gestión, a uno inspirador para el proyecto europeo. Quizás tenga que modular sus formas, pero el fondo estará ahí. Porque los votantes le han premiado con algunos escaños más por ello.

Pero eso no significa que Rutte no vaya a tener repercusión a escala europea. Ya la tiene. Pocos líderes tienen una repercusión mayor. Mientras que el resto de jefes de Estado y de Gobierno van y vienen, Rutte permanece, con su visión pragmática y casi empresarial de la Unión Europea, acumulando Consejos Europeos a sus espaldas, aprendiendo cada vez más cómo moverse en Bruselas, cómo jugar sus cartas, sus declaraciones ante la prensa y sus ataques de sinceridad. Porque en la sala en la que se reúnen los líderes europeos no hay nada tan importante como saber “leer la habitación”, una expresión inglesa que se puede traducir como “analizar el estado de ánimo general” de los que están ahí encerrados. En muchísimas ocasiones la cúpula de la UE se parece más a un club de té que a la gran maquinaria burocrática que algunos creen. Y a la hora de tomar el té ser el más viejo del lugar cuenta.

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