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Los detectives de la Antigüedad españoles resuelven los crímenes del Egipto faraónico
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Los detectives de la Antigüedad españoles resuelven los crímenes del Egipto faraónico

Los egiptólogos Teresa Bedman y Francisco Martín-Valentín analizan en la necrópolis de Luxor un crimen cometido hace 3.400 años y buscan al verdadero padre de Tutankamón

Foto: El doctor Francisco J. Martín-Valentín estudia unas inscripciones en la tumba del visir. (Cortesía del IEAE)
El doctor Francisco J. Martín-Valentín estudia unas inscripciones en la tumba del visir. (Cortesía del IEAE)

Para encontrar a Francisco Martín-Valentín y Teresa Bedman, hace falta adentrarse en el corazón de la vieja necrópolis de Luxor, alejada de las masas de turistas y los atosigantes vendedores de souvenirs. Ella está especializada en egiptología por la Universidad de Mánchester, él es doctor en religión egipcia por la Universidad Complutense de Madrid, y juntos dirigen el Instituto de Estudios del Antiguo Egipto (IEAE). La peculiar pareja se reparte también las funciones del mudir o jefe de excavación de la AT-28- de Asasif, una tumba de 1.000 metros cuadrados que perteneció a un misterioso personaje desaparecido hace más de 3.000 años. Sus investigaciones no solo han derribado algunos de los mitos que rodean la revolución de Amarna, sino que han llevado a cambiar la cronología final de la Dinastía XVIII y, de manera indirecta, desvelar quién podría ser el verdadero padre de Tutankamón. Precisamente, excavan en el mismo paisaje árido y rocoso donde Howard Carter encontró hace 100 años el sarcófago del joven faraón. Aunque ellos no ansían oro, plata ni piedras preciosas. “Nosotros”, insisten, “solo buscamos conocimiento”.

placeholder Teresa Bedman se especializó en egiptología por la Universidad de Mánchester. (Cortesía del IEAE)
Teresa Bedman se especializó en egiptología por la Universidad de Mánchester. (Cortesía del IEAE)

Mientras Francisco firma unos tediosos documentos burocráticos, Teresa supervisa las labores de sus compañeros, que han llegado de todas partes del mundo: España, México, Colombia, Argentina… Ambos parecen haberse acostumbrado a trabajar con vistas al Templo de Millones de Años de la reina Hatshepsut, aunque a veces lo miran de soslayo, conscientes de estar viviendo un sueño de infancia. Teresa desciende por una rampa con paso decidido, atraviesa un amplio patio y saluda a un grupo de jóvenes arqueólogos que descansan a la sombra. “Ha sido una mañana dura, no han parado de sacar tierra”, empatiza la matriarca del grupo. Alrededor de este monumental atrio, los egiptólogos han construido una serie de muros para evitar el colapso de la montaña y aguantar las embestidas de las tormentas de arena. Al fondo, una gran puerta blanca invita a conocer lo que en otro tiempo debió de ser la capilla de la tumba. “Cuando descubrimos esta entrada, estaba cubierta por la arena y había que pasar agachados”, recuerda la arqueóloga. Desgraciadamente, la persecución política, la labor de los canteros (que prendían fuego a las momias para quemar las paredes y producir cal), los movimientos sísmicos y los incontables expolios han dejado el interior ennegrecido y hecho añicos. De las 30 columnas que una vez sujetaron el techo de la capilla, no queda ni una intacta, y de no ser por las urgentes labores de restauración que están llevando a cabo en colaboración con los egipcios, el lugar no tardaría en desplomarse.

placeholder La tumba del visir, con el templo de la reina Hatshepsut de fondo. (Cortesía del IEAE)
La tumba del visir, con el templo de la reina Hatshepsut de fondo. (Cortesía del IEAE)

El dueño originario de la AT-28- se llamaba Amenhotep Huy y ocupó el puesto de visir del Sur, un cargo equivalente al de un primer ministro actual, durante el reinado de Amenhotep III (1360-1353 a.C.). Huy llegó a coordinar la administración interna de uno de los mayores imperios del mundo en su periodo de máximo esplendor, y como era costumbre, él mismo se encargó de la construcción de su tumba. Aunque estaba destinada a ser la sepultura más grande de toda la necrópolis, ocurrió algo que interrumpió las obras, un oscuro incidente que fue silenciado por las arenas del tiempo hasta la llegada de los arqueólogos. Al estudiar la capilla, descubrieron mazas y cestas abandonadas, relieves a medio hacer y columnas inacabadas, como si los obreros hubieran salido corriendo. Además, los jeroglíficos que adornaban los pilares estaban cuidadosamente destruidos. Todo parecía indicar que alguien quiso borrar a este visir de los libros de Historia, pero ¿quién tenía el poder suficiente como para enfrentarse a uno de los cargos políticos más importantes del Antiguo Egipto?

Un crimen de hace 3.400 años

“Los arqueólogos somos una especie de policía científica, buscamos evidencias y sacamos conclusiones”, reivindica Francisco. Curiosamente, el egiptólogo luce un bigote parecido al del detective Hércules Poirot y, como el personaje de Agatha Christie, también usa la deducción y el intelecto para estudiar la escena del crimen. Eso sí, el delito que él investiga fue cometido hace unos 3.400 años. Las pruebas encontradas demuestran que la tumba del visir sufrió una damnatio memoriae o “persecución de la memoria”, una práctica que consistía en borrar el legado de una persona para que nadie volviera a recordarlo. “Para el pueblo egipcio, los jeroglíficos no eran decorativos. Las inscripciones tenían vida propia y actuaban por sí mismas”, explica Martín-Valentín. “Por eso, cuando querían deshacerse de un jeroglífico, seguían un ritual muy concreto, una ceremonia execratoria que no tenía nada que ver con un ataque de furor. Al igual que existía un método para la creación, los egipcios desarrollaron otro para la destrucción”. En el caso del visir, primero desfiguraron todas aquellas imágenes que lo representaban, cortándole la boca, la garganta o la nariz; después, borraron su nombre, “porque si suprimen tu nombre, dejas de existir”, y finalmente destrozaron los motivos religiosos. En ese sentido, el IEAE ha logrado algo más que restaurar un monumento en ruinas, sus investigaciones han rescatado a un personaje histórico del olvido.

placeholder El rostro destruido del visir, en uno de los relieves descubiertos. (Cortesía del IEAE)
El rostro destruido del visir, en uno de los relieves descubiertos. (Cortesía del IEAE)

Francisco no tiene duda de que el culpable de esta persecución fue el mismo faraón al que servía Huy. Amenhotep III, un rey guerrero de ascendencia mestiza, había heredado un país rico y boyante. Sin embargo, asfixiado por el creciente poder de los sacerdotes que gobernaban Egipto desde la sombra, decidió prender la mecha de la primera revolución religiosa conocida. En un golpe de Estado sin precedentes, abolió el politeísmo e instauró un nuevo culto donde él mismo sería venerado como único Dios. Amenhotep III se transformó así en “el Atón Viviente”, una deidad simbolizada por el disco solar. Él y su familia clausuraron los templos dedicados al dios Amón y se apropiaron de sus enormes recursos, dejando al clero sin capacidad de influencia. “Las luchas de poder siempre existieron, pero esto suponía una ruptura total de su cosmovisión ancestral”, resalta Francisco.

Muchos expertos marcan este movimiento como el origen de las futuras religiones monoteístas

Nunca antes un faraón se había atrevido a igualarse con los dioses y mucho menos a desterrarlos. Era una transformación teológica tan subversiva que muchos expertos han marcado este movimiento como el origen de las futuras religiones monoteístas. Sea como fuera, la purga que vivió el país fue salvaje: desmantelaron la jerarquía clerical, persiguieron a altos oficiales, asesinaron a funcionarios, destruyeron la iconografía previa... El Atón Viviente obligó a la población a olvidar sus tradiciones más íntimas y nombró a su hijo, Amenhotep IV, nuevo rey de Egipto. Este último adoptaría el apelativo de Aj-en-Aton (popularmente abreviado como Akenatón) y lideraría las nuevas corrientes religiosas junto a su esposa Nefertiti. Con tal de alejarse de Tebas, ambos construyeron una capital situada en la región de Amarna.

Los datos recabados por el IEAE sugieren que el visir Amenhotep Huy, un hombre muy vinculado con los círculos clericales, fue un encarnecido adversario de este movimiento. Algo parecido a un “líder de la oposición”. Se desconoce dónde se encuentra su cuerpo, pero los arqueólogos asumen que Huy cayó en desgracia y probablemente fuera asesinado. En oposición a aquellos que hablan de la revolución de Amarna como un movimiento espiritual y pacífico, Teresa y Francisco la describen como uno de los periodos más convulsos del Antiguo Egipto. “La ciudad idílica que ha quedado en el imaginario popular no concuerda con las evidencias científicas. De hecho, las excavaciones del profesor Barry Kemp en Amarna demuestran que hubo trabajo infantil, desnutrición severa, fosas comunes, prohibiciones de cultos… Aquello era una cárcel”, zanja Teresa. “Cuando Aj-en-Aton falleció, la gente salió corriendo de allí, volvió a la religión de sus padres e incluso desenterró a sus muertos para volver a enterrarlos de acuerdo con las costumbres antiguas”.

placeholder La puerta de entrada a la capilla. (Cortesía del IEAE)
La puerta de entrada a la capilla. (Cortesía del IEAE)

En ese momento, el clero, la administración cortesana y los generales del ejército pusieron en marcha un plan para restaurar el orden tradicional y traer de vuelta a los antiguos dioses. Francisco y Teresa remarcan que, en ese juego de tronos, un monarca de nueve años, sangre incestuosa y salud precaria llamado Tut-Anj-Aton (que más tarde adoptaría el nombre de Tut-Anj-Amon y sería conocido como Tutankamón) jugó un papel clave. Después de un periodo de transición, este príncipe abandonó la religión hereje y recuperó el culto politeísta, permitiendo que los sacerdotes retornaran al poder con más fuerza que nunca. Sin embargo, el movimiento atoniano ya había desestabilizado los cimientos de las creencias tradicionales y el pueblo llano comenzó a cambiar su confianza en el faraón por una fe privada en los dioses.

¿A qué huelen las momias?

A Silvia Carretero le gusta quitarse la mascarilla para olfatear el yacimiento donde excava. Aunque los brazos y cráneos de las momias que afloran del suelo desprenden un olor viciado a estancamiento, descomposición y polvo en suspensión, la bibliotecaria y arqueóloga alavesa dice ser capaz de detectar un aroma más sutil. Una nota de olor que solamente ella parece reconocer. “En realidad, las momias huelen a conocimiento, ¡a biblioteca!”, exclama con una sonrisa. Su formación como documentalista y su experiencia en yacimientos prehistóricos de Euskadi la han convertido en una figura esencial del equipo, al que ella considera su familia egipcia.

"En realidad, las momias huelen a conocimiento, ¡a biblioteca!", exclama con una sonrisa

Como todos sus compañeros, Silvia es voluntaria, por lo que no cobra ni un solo euro y debe agotar sus días de vacaciones para trabajar aquí. Algunos lo hacen para formarse o terminar sus doctorados, otros quieren aumentar su experiencia de campo o profundizar en sus conocimientos históricos. La bibliotecaria confiesa que la ilusión de retornar a Luxor supone para ella una fantasía en la que se refugia el resto del año. “¡Es fascinante! Capazo a capazo, evidencia a evidencia, estamos desenterrando la historia de Egipto. Pero no hay que olvidar que la arqueología es una ciencia destructiva. Una vez excavas, se pierde ese yacimiento, por lo que la extracción debe ser meticulosa, detallada y muy organizada. El yacimiento es un contenedor de información y si está bien gestionado produce un conocimiento valiosísimo para futuros investigadores”, defiende.

placeholder El interior de la capilla, con las columnas restauradas. (Cortesía del IEAE)
El interior de la capilla, con las columnas restauradas. (Cortesía del IEAE)

En el campamento exterior, tres arqueólogas restauran con sorprendente naturalidad una de las momias que han desenterrado. Las investigadoras son incapaces de identificar al individuo, pues sus restos fueron “violados”. Los ladrones de tumbas abrieron su pecho en busca de amuletos y rompieron el cráneo para “evitar maldiciones”. Las supersticiones eran habituales entre los furtivos, que incluso dejaron conjuros de protección por miedo a que los espíritus de las momias expoliadas los persiguieran. La antropóloga Paola Sanabria limpia la suciedad incrustada en los antiquísimos tejidos y repara los destrozos con unos vendajes de algodón egipcio. A esta colombiana asentada en Egipto le encanta formar parte de lo que ella misma denomina el Mummie Rescue Team. “De alguna manera, les damos una segunda sepultura y les devolvemos la dignidad que les quitaron los saqueadores”, suspira.

A lo largo de los últimos 15 años, la misión española ha extraído miles de objetos que almacenan con celo en el interior de algunas tumbas colindantes. Además de las momias, allí dentro también hay amuletos, cerámicas, papiros, estatuillas, escarabeos… Gracias al apoyo de instituciones públicas y un mecenazgo basado en micromecenazgo, el IEAE ha podido catalogar y restaurar una colección de tesoros que cuenta con su propia muestra en el Museo de Luxor y que reconstruye la apasionante historia de Tebas desde la época de Amenhotep III hasta la ocupación romana. Para desenterrar la historia del visir, los arqueólogos españoles han tenido que atravesar cientos de años de sedimentos.

El nuevo padre de Tutankamón

Al terminar la jornada, Francisco y Teresa retornan a su casa, situada en la orilla oeste de Luxor. Se trata de un oasis cultural en el que escuchan música clásica, guardan artesanías locales y atesoran una pequeña biblioteca especializada. Este matrimonio de egiptólogos no ha dejado de excavar ni un solo año, ni siquiera durante la pandemia. Teresa recuerda que al estallar la Primavera Árabe, las cárceles del país quedaron desprotegidas y “una horda de delincuentes” llegó a la ciudad con intención de saquear el gran almacén de Karnak, donde se acumulaban piezas arqueológicas muy importantes. Un grupo de egipcios se plantó en el lugar y logró repeler a los saqueadores a palazo limpio. “Nosotros fuimos testigos. El pueblo de Luxor defendió su patrimonio histórico. Desgraciadamente, en lugares más apartados como Sinaí o Saqqara no hubo tanta suerte”.

placeholder El nombre de Amen-Hotep III, escrito en jeroglíficos. (Cortesía del IEAE)
El nombre de Amen-Hotep III, escrito en jeroglíficos. (Cortesía del IEAE)

Y mientras los egiptólogos trataban de adaptarse a los vaivenes políticos del país, la tumba del visir reveló una serie de jeroglíficos que los arrastró a un debate académico igual de volátil. Las inscripciones descubiertas demostraban un hecho histórico aparentemente anecdótico, pero que acarreaba consecuencias complejas: Amenhotep III y su hijo Amenhotep IV habían reinado al mismo tiempo durante 12 años. Por muy trivial que parezca, este matiz histórico ocupaba el centro de una virulenta discusión que dividía a la comunidad arqueológica desde principios del siglo pasado y enfrentaba a los partidarios de una “corregencia” contra los “negacionistas” de la misma. Dado que el calendario egipcio se estructuraba a medida de los reinados de cada faraón, la prueba de la existencia de una “corregencia” obligaba a los historiadores a comprimir la cronología de la XVIII dinastía en 12 años y reubicar a todos sus protagonistas. “Las conclusiones han sido publicadas y comunicadas en congresos. Según nuestro criterio, el problema está resuelto”, zanjan Francisco y Teresa. La pareja exige ahora un debate basado exclusivamente en las evidencias científicas y alejado del “paroxismo” de los negacionistas.

Uno de los afectados por esta cirugía temporal sería el propio Tutankamón, cuya paternidad todavía resulta incierta. Hasta la fecha, el análisis de ADN no ha conseguido resolver con precisión el problema de su ascendencia y ha dejado abierta la puerta a diferentes teorías. La principal, apoyada por el polémico egiptólogo Zahi Hawass y repetida hasta la saciedad por las grandes revistas, afirma que Akenatón es el padre indiscutible de Tutankamón. Sus defensores sostienen que Amen-Hotep III solamente podría haber sido su abuelo, puesto que habría muerto antes de que Tutankamón naciera. Dado que la corregencia parece haber cambiado la cronología de esta dinastía, Francisco y Teresa reivindican la revisión de diferentes evidencias que literalmente mencionan al joven faraón como hijo de Amenhotep III, y entre las que destacan ocho relieves del templo de Luxor, un león del British Museum y un instrumento astronómico del Oriental Institute of Chicago. Los egiptólogos españoles defienden que la madre biológica de Tutankamón sería la momia KV35YL, a la que identifican como Sat-Amon, hija de Amenhotep III y Tiy. Esta enigmática princesa se casó con su propio padre, por lo que hubiese sido perfectamente posible que juntos engendrasen al incestuoso Tutankamón.

placeholder Vista aérea de la necrópolis de Tebas, en Luxor. (M. I.)
Vista aérea de la necrópolis de Tebas, en Luxor. (M. I.)

En definitiva, la genealogía propuesta por los egiptólogos españoles en su último libro, El Atón resplandeciente: anatomía de un reinado ,quedaría así: Tutankamón sería al mismo tiempo hijo de Amenhotep III y Sat-Amon y hermanastro por parte de padre de Akenatón. Además de cuestionar el dogma establecido, esta nueva paternidad acarrearía un problema logístico de proporciones incalculables. Habría que cambiar la gran mayoría de los textos académicos, divulgativos y turísticos publicados sobre el Antiguo Egipto, que rara vez tienen en cuenta la corregencia y casi siempre incluyen unas pinceladas sobre el joven monarca. En cualquier caso, independientemente del embrollo faraónico, Francisco y Teresa siguen trabajando sin descanso para rescatar la memoria de figuras tan fascinantes como el Atón Viviente o el visir Huy, que habían quedado totalmente ensombrecidas por los flamantes tesoros de Tutankamón y la extravagante personalidad de Akenatón.

Para encontrar a Francisco Martín-Valentín y Teresa Bedman, hace falta adentrarse en el corazón de la vieja necrópolis de Luxor, alejada de las masas de turistas y los atosigantes vendedores de souvenirs. Ella está especializada en egiptología por la Universidad de Mánchester, él es doctor en religión egipcia por la Universidad Complutense de Madrid, y juntos dirigen el Instituto de Estudios del Antiguo Egipto (IEAE). La peculiar pareja se reparte también las funciones del mudir o jefe de excavación de la AT-28- de Asasif, una tumba de 1.000 metros cuadrados que perteneció a un misterioso personaje desaparecido hace más de 3.000 años. Sus investigaciones no solo han derribado algunos de los mitos que rodean la revolución de Amarna, sino que han llevado a cambiar la cronología final de la Dinastía XVIII y, de manera indirecta, desvelar quién podría ser el verdadero padre de Tutankamón. Precisamente, excavan en el mismo paisaje árido y rocoso donde Howard Carter encontró hace 100 años el sarcófago del joven faraón. Aunque ellos no ansían oro, plata ni piedras preciosas. “Nosotros”, insisten, “solo buscamos conocimiento”.

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