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Dólares, pasaporte y cumbia: fotografía del naufragio argentino a 20 años del corralito
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Crisis permanente en Argentina

Dólares, pasaporte y cumbia: fotografía del naufragio argentino a 20 años del corralito

Lo que pasó en Argentina hace 20 años, tras el derrumbe del sistema financiero, no fue una crisis sino el inicio de lo que parece ser un eterno naufragio

Foto: Casa Nacional del Bicentenario, Buenos Aires. (M.H.)
Casa Nacional del Bicentenario, Buenos Aires. (M.H.)

River Plate salió campeón. El precio de la carne está disparado. La vicepresidenta (y expresidenta, y ex primera dama) quedó desvinculada de uno de los polémicos casos de corrupción de los que está acusada, y ya no irá a juicio; al expresidente lo imputaron por espionaje. El presidente quiere renegociar con el Fondo Monetario Internacional la millonaria deuda contraída por el gobierno anterior. En apenas dos días, debido a la desconfianza generalizada, los ahorradores retiraron de los bancos depósitos por 400 millones de dólares; ante eso, el Banco Central vendió más de 235 millones de dólares durante el resto de la semana. El riesgo país está en 1.818 (el más alto desde septiembre del año pasado): nadie se atreve a invertir. Siete de cada diez jóvenes quieren emigrar. El sistema de turnos en el consulado italiano para solicitar la nacionalidad sigue saturado. El nivel educativo, según la Unesco, jamás ha sido tan bajo como ahora. Es primavera y la capital huele a naranjo en flor. El tango lo escuchan (y lo pagan) los turistas; los jóvenes locales bailan y sienten el trap y la cumbia. El país se llama Argentina. La fecha: diciembre, 2021.

Lo que pasó en Argentina hace 20 años exactamente, tras el derrumbe del sistema financiero y del colapso del gobierno de Fernando de la Rúa, no fue una crisis sino el inicio de lo que parece ser un eterno naufragio. Desde entonces, el país permanece a la deriva. El buque del despilfarro menemista se hundió y la crisis se convirtió en el océano inabarcable en el que naufragan los argentinos hasta el día de hoy. El peso cada día vale menos. La incertidumbre es la constante. Cada cambio de gobierno no ha hecho más que agravar el extravío, pues no existe un pacto de estado entre partidos o una hoja de ruta para afrontar de forma conjunta problemas urgentes como la debacle económica, la inseguridad, y la galopante pobreza. Los sindicatos siguen siendo poderosísimos; los ‘punteros’ (caudillos de los barrios populares, militantes de alguna organización política, encargados de conseguir votos o movilizar gente a favor de algún candidato) también lo son.

Foto: El presidente argentino, Alberto Fernández (EFE/Enrique García Medina)

Aquí, palabras como ‘default’, ‘tipo de cambio’ y ‘riesgo’ son lugares comunes, códigos esenciales en el manual de supervivencia para el siglo XXI. Pero ‘inflación’, una palabra maldita. Desde lo del ‘corralito’, cuatro presidentes han pasado y, hoy, Argentina es un país económicamente deprimido y donde el miedo a que en cualquier momento se ejecute otra retención de capitales por parte del Estado nunca termina de irse.

Aquí, la política tropieza con la economía ineludiblemente. Y viceversa. Son indisociables. Es bien es sabido que ningún país paga las deudas externas, sólo las renegocia, exactamente como lo está haciendo ahora el presidente, Alberto Fernández, con el Fondo Monetario Internacional por el préstamo de 44.000 millones de dólares que solicitó la administración de Cambiemos (Macri) en 2018. El peronismo, hace un mes, sufrió una derrota por nueve puntos en las elecciones de medio término, y que Fernández –inexplicablemente– lo celebró. El cierre de año está siendo política y económicamente estrambótico. Ya nadie entiende lo qué sucede.

placeholder El presidente de Argentina, Alberto Fernández (Reuters)
El presidente de Argentina, Alberto Fernández (Reuters)

Mientras tanto, Carlos Zannini, actual procurador del Tesoro, comparó -literalmente- a Cristina Fernández de Kirchner con Jesús y sus discípulos. Lo hizo tras la noticia de la desvinculación de la vicepresidenta en el caso que investigaba sus negocios hoteleros con contratistas del Estado. Sí, política y economía siempre van de la mano… y de la religión, parece ser que también.

Hoy, Argentina es el único país americano que es más pobre ahora que hace un siglo (según los datos de la calificadora de riesgos MSCI).

Hoy, en Argentina –un país agroexportador–, el 12,6% de su población se va a la cama con hambre. En 2016 era el 5,8% (según datos de la FAO).

Hoy, la juventud argentina sigue teniendo (o deseando tener) un pasaporte europeo como un salvavidas, por si llegara el día en el que los ahorros de toda una vida se vuelvan a esfumar de la noche a la mañana, como sucedió con el 'corralito' de 2001.

Hoy, Buenos Aires se muestra (de nuevo) como lo que con crudeza describió André Malraux (citado por Martín Caparrós en su libro 'Ñamérica'): "la capital de un imperio que nunca existió".

Esta es la fotografía de cómo está el país a 20 años del desastre que lo ha condenado a una situación de empobrecimiento progresivo.

Realidad dolarizada, sueño de ‘italianidad’ burocratizado

La paridad del peso con el dólar terminó en 2002, pero los argentinos de hoy lo tienen siempre en mente. Su realidad está dolarizada: todo lo importante (la compra de una casa, por ejemplo) se cotiza en dólares. Todo el mundo los quiere. La hiperinflación, las constantes devaluaciones y la incertidumbre dejan al peso en una condición simbólica. Pero lo interesante es que, a grandes rasgos, hay dos tipos de dólares: los oficiales, y los ‘blue’ (no oficiales). Los primeros equivalen a 101 pesos por un dólar cambiado, mientras que por un dólar ‘blue’ uno recibe 200 pesos. Una diferencia casi del 100%.

Parte de la fiebre por el dólar la alimenta también la resticción gubernamental a la compra de dólares por persona, máximo 200 al mes. Y eso incentiva el mercado negro. Hay que saber ‘jinetear’ la compra y la venta de la divisa estadounidense.

Todos los días, a una cuadra de la Casa Rosada, en la transitada calle Perú cerca de 20 hombres gritan “Cambio dólar, cambio”. Lo mismo en la Avenida Florida, cerca de la Plaza San Martín y de la estación Retiro. Y si algún extranjero (europeo o estadounidense) tiene familia o amigos en el país, las propuestas de cambio en directo nunca tardan en llegar. Un día, el dólar amenece a 101 y el ‘blue’ a 199: la noticia en el telediario es que el segundo había retrocedido unos cuantos céntimos. Todo el mundo juega con la diferencia entre ambos para sacar el mejor provecho.

Foto: Una mujer muestra billetes de dólar en Caracas. (EFE)

María, de 30 años, es abogada y trabaja para una fiscalía. Cuenta que para entender el drama de su país es necesario dominar la relación ecléctica entre el peso argentino y el dólar. En 2016 hizo un viaje al extranjero, compró dólares y todo parecía más fácil. Pero ahora, para saber cuánto vale su dinero en términos del dólar, tiene que hacer malabares financieros todos los días. “Para vivir acá, tenés que estar acostumbrado a hacer estas cuentas todo el tiempo”. Recordemos, ‘devaluación’, ‘inflación’, ‘restricciones’, son palabras malditas.

Hace cinco años, ella ganaba (en pesos) el equivalente a 1.900 dólares. Claro, esa cifra la hace con el dólar oficial (al tipo de cambio de mayo de 2016). Con el dólar ‘blue’ eran 1.800 (la diferencia entre el oficial y el ‘blue’, entonces, era muy poca). En estos cinco años ha obtenido un ascenso, y, con éste, un aumento salarial. Sin embargo, en relación al dólar oficial (y el respectivo ‘impuesto país’), su salario hoy aún equivale a 1.900. En relación al ‘blue’, su salario baja a 1.300 dólares.

El ‘impuesto país’ es el gravamen del 30% que se queda el gobierno por cada dólar que se compra. Además, hay una retención del 35% por ese mismo dólar, pero ese se devuelve al contribuyente en un periodo aproximado de un año. El argumento del gobierno es evitar fuga de capitales; pero esta medida –entre otros muchos factores, como la inestabilidad cambiaria– ha desincentivado la inversión extranjera (en junio de este año, la inversión extranjera directa registró los niveles más bajos desde 2001).

Foto: Mauricio Macri. (Reuters)

María tiene derecho a solicitar la nacionalidad italiana, la de su bisabuelo materno. Todos los lunes a las 19:00 horas intenta vía internet conseguir una cita previa en el consulado, pero no ha tenido suerte. Un amigo suyo está en la misma situación, salvo que él, harto del viacrucis burocrático que supone hacer ese trámite en Argentina, considera seriamente pagar a un gestor en Italia que le resuelva el problema. Su objetivo –dice– es poder viajar a Estados Unidos sin visa.

Jorge Luis Borges dijo alguna vez: “A veces me siento extranjero en Buenos Aires por no tener sangre italiana”. Entre 1870 y 1930, llegaron a Buenos Aires cerca de tres millones de italianos. Se calcula que entre el 50 y el 70% de los argentinos descienden de aquellos “tanos” (así se les conoce a los italianos –refiriendo al gran grupo de napolitanos que llegó en aquella oleada migratoria–). Hoy, sus nietos y bisnietos quieren regresar a Europa. El fantasma del éxodo argentino que nació a raíz de la crisis del 2001, sigue rondando.

"Che, ¿vos viste cuántos chicos y chicas que están en la fila (en el vuelo de Buenos Aires hacia Madrid) viajan llenos de valijas? Todos se van a Europa. Son ‘tanos’ o ‘gallegos’ de cuarta generación que no pueden vivir más en la Argentina. Lo del dólar es… inexplicable. Mi hija vive en Dublín. Mi hijo, cuando termine el doctorado, también se irá”, dice Tito, bonaerense, a punto de tomar un vuelo en el aeropuerto de Ezeiza.

“El populismo agrava el problema crónico argentino”

Néstor Grindetti, intendente de Lanús (el único del PRO –partido de centroderecha– en el conurbano bonaerense, tradicionalmente peronista), exministro de hacienda de la Ciudad de Buenos Aires (durante 2007-2015, bajo el gobierno local de Mauricio Macri), y candidato a la vicepresidencia del trinomio que busca dirigir al club de fútbol Independiente (uno de los cinco clubes más populares e importantes del país), recibe a El Confidencial en sus oficinas.

Arranca la charla y Grindetti cita a Simón Kuznets (Nobel de Economía, 1971): “En el mundo hay cuatro tipos de economía: la de los países desarrollados, la de los países en desarrollo, Japón, y Argentina”. Para él la esencia del problema crónico (económico, político y social) argentino radica en el déficit público; se gasta mucho más de lo que se ingresa. Y, en su opinión, con los gobiernos populistas ese fenómeno se agrava.

Repasa la historia económica de su país (de la mano de la política, por supuesto) y para explicar mejor por qué se llegó a una situación crítica como la actual utiliza el siguiente ejemplo: “Así como Venezuela malgastó los momentos de bonanza del petróleo, acá malgastamos los momentos en los que el precio de la soja fue muy fuerte”. Luego habla sobre la economía durante la gestión de Mauricio Macri: “fue un gobierno, en la parte económica, excesivamente tecnocrático, que no tuvo en cuenta que la política juega en esto e intentó hacer ajustes que la misma política no aguantó”.

En el periodo 2007-2015 Argentina tuvo repuntes económicos, y la llegada de Macri al gobierno generó muchas expectativas (el acercamiento diplomático con España fue inmediato). ¿Cuándo se terminó la ilusión? “Efectivamente fue un periodo de relativa bonanza, pero Argentina tiene el problema de que cuando vienen periodos de contracción económica no se hacen ajustes. Es como si perdieras el trabajo y siguieras gastando lo mismo. Así funciona, sobre todo, el peronismo. Los gobiernos populistas distribuyen lo que no tienen. En pocas palabras: emiten moneda sin respaldo, se la dan a la gente vía ayuda social para que consuma, entonces la gente consume, la producción no alcanza, y esto es el manual para el desastre. Además, tenés una carga impositiva tremenda a la producción, y, sobre todo, retenciones a la exportación, lo cual hace que no te ingresen dólares genuinos”, sostiene Grindetti. ¿Por qué no conviene exportar (como sucede la carne actualmente), entonces? “Porque cuando ingresan los dólares, el gobierno retiene un porcentaje alto de esos dólares, y además, ese dólar está convertido a 100 pesos y no a 200 (que se considera el valor real). Es decir, al tipo de cambio oficial –que está gestionado por el Estado– y no al valor que debería”, responde el intendente. Entonces, el incentivo de exportación agropecuaria se cae. “Y, así, el mercado nos lo ganan Brasil o Uruguay”, añade.

“Más pobres, peor alimentados y peor educados”

Para Grindetti, Argentina tiene problemas estructurales graves. “Hay una buena cantidad de argentinos que en 20 años estarán conduciendo este país y estarán mal educados, mal alimentados, y mal atendidos por la salud pública”, pronostica.

En su opinión, la sociedad argentina está acostumbrada al estado paternalista, y a que éste le solucione los problemas. “Y lo que tenemos hoy es una clase media realmente empobrecida. En los dos últimos años mucha gente pasó de ser clase media a ser pobre. Eso psicológicamente es muy jodido”, sostiene. Habla de gente trabajadora que hizo grandes esfuerzos por educar a sus hijos y que ahora, después de todo, han caído en una situación de pobreza. “La inflación está deteriorando el salario real de forma tremenda. La gente cree que el dólar sube, pero lo que pierde valor en realidad es el peso. La moneda local no genera confianza, y por eso la gente compra dólares. O compra cosas, porque no saben cuánto valdrá su dinero al día siguiente”, agrega.

Foto: (Reuters)

Luego habla del gobierno actual. “Cristina y su equipo, y la Cámpora [una agrupación política juvenil pro kirchnerista y reivindicadora del peronismo], manifiestan en su relato que hacen cosas para ayudar a los pobres, pero, en el fondo, esas cosas que hacen generan más pobres. ¿Por qué? Porque aumenta la inflación. No se trata de darle dinero a la gente para que consuma, nadie puede dar lo que no tiene”, insiste.

“Como argentino, hoy, me preocupa más el largo plazo. Tenemos problemas estructurales graves”, suelta, sin dudar. Habla de Dinamarca y de su modelo que le permite que sus altas cargas impositivas mantengan a un estado que brinda educación y salud de calidad. “Acá, en Argentina, para que un chico tenga educación de calidad, necesitás mucha plata. Si querés un buen hospital, también cuesta un dinero, aunque tengas obra social. Eso es producto de la ineficiencia, de un Estado que te saca, te saca, te saca, porque acá también se pagan muchos impuestos. Los hospitales son malos, y con la educación pasa lo mismo”, sostiene el intendente.

Foto: Un efectivo de control de explosivos en Dinamarca. (EFE)

“Eso me desespera. Por la gente, por mi nieta. La verdad, no ves a la política argentina atendiendo esos problemas”, asegura Grindetti. Sigue la charla y explica que la diferencia en la calidad de la educación y del resto de servicios públicos entre la capital federal (la Ciudad Autónoma de Buenos Aires) y el conurbado, la provincia del Gran Buenos Aires, es enorme. Es como si hablara de dos países distintos, dos mundos aparte. “La igualdad que este gobierno dice fomentar es mentira. Lo que ha producido es más desigualdad”, afirma.

¿Argentina está peor ahora que en 2001? “¡Totalmente! Hoy estamos mucho más pobres que hace veinte años. Y dentro de veinte años, si seguimos a este paso, tendremos más pobres aún”. Saca la frase hecha de “Vamos en el camino a ser Venezuela”, y lamenta que no haya ninguna duda. “No porque Cristina esté loca, como dicen algunos, sino porque hoy estamos peor alimentados, peor educados, y peor atendidos por la salud pública, como ya lo dije muchas veces. Ya no podemos compararnos con Europa”. Silencio.

placeholder Una manifestación conmemorando la crisis del 'corralito' (Reuters/Agustin Marcarian)
Una manifestación conmemorando la crisis del 'corralito' (Reuters/Agustin Marcarian)

¿Argentina tiene solución? “Tengo 66 años y lamentablemente eso ya no lo veré. Lo que sí aspiro es a ver un cambio de tendencia. Por eso espero que lleguemos de nuevo al poder en 2023, para poder corregir los errores que cometimos. Por ejemplo, con la educación. Hacerla de calidad, que sea efectiva y que tenga un impacto en la sociedad”, opina. Luego dice que su objetivo es que dentro de 20 años pueda ver a algún chico o una chica graduado del colegio público –de excelencia académica– que bajo su gestión se ha construido en Lanús. Para él, eso sería un indicio de que el país tiene solución y de que, por lo menos, hay un camino prometedor. Eso, como lo cuenta, acortaría el abismo de la desigualdad que existe entre la capital (y las zonas pujantes) y el conurbado al sur.

Néstor Grindetti cita más a Cristina Fernández de Kirchner que al presidente Alberto Fernández cuando habla sobre el gobierno actual.

placeholder La expresidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, y el mandatario argentino Alberto Fernández (EFE / Juan Ignacio Roncoroni)
La expresidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, y el mandatario argentino Alberto Fernández (EFE / Juan Ignacio Roncoroni)

En Lanús, la estampa parisina, barcelonesa, e italiana de la capital federal no existe. Para entrar (o salir) hay que tomar la avenida Hipólito Yrigoyen. Todo comienza en la estación de Constitución (una versión empobrecida de la estación de Retiro). Por el día, esa avenida no es otra cosa que una calle con comercios locales, atascos y aceras sucias. De noche, por las calles aledañas, dicen, es mejor no entrar.

“Me han dicho que esta zona es ‘picante’ (peligrosa), ¿es cierto?”, pregunta este reportero al conductor del auto en el que va de regreso al centro de la ciudad.

"Ahora esta tranquilo. Lo más duro está a cinco minutos, Banfield, Valentín Alsina. Ahora es temprano y los chorros (ladrones) duermen. Pero a las 12:00 que se despiertan, andate”, responde el conductor.

De ‘europeizados’ a ‘europisados’

"Che, puede ver tango en cualquier plaza de Europa. Llevémoslo mejor a que vea algo más auténtico, más nuestro. Llevémoslo a un evento de cumbia. El próximo sábado toca Dani Lescano”, dice T., un rugbyier rubio que vive en Vicente López, una de las zonas más exclusivas del norte bonaerense.

Ella tiene los ojos azules y mide cerca de 1,80. Su amiga es pelirroja; también alta. Bailan, beben, buscan los ojos de algún chico para ligar. Ellos vienen desde San Fernando y San Isidro (otros dos de los barrios del norte bonaerense con más alto nivel socioeconómico en el país). Son altos, bien parecidos, tienen apellidos vascos, franceses, y, la mayoría, italianos. Viajan en Uber y vienen de comer carne a la parrilla (cuyo precio está por los cielos) en el turístico Mercado de San Telmo. ¿El lugar? Ciudad Cultural Konex en el barrio de Balvanera. ¿El evento? Cumbia Konex. La clase media-alta porteña baila y canta cumbias con la misma pasión que los rockeros o los barrabrava en los estadios de fútbol.

En 1999, cuando las turbulencias económicas y políticas expusieron que el alto nivel de vida que tenían los argentinos bajo el famoso “uno a uno (la paridad con el dólar)” no era más que una ficción, la voz de la Argentina marginada, la que siempre vivió ensombrecida en el conurbano, comenzó a cantar sus realidades. Y el resultado fue la cumbia villera. Cumbia hecha en las villas miseria, en las villas ‘de emergencia’: asentamientos irregulares, en el hacinamiento, poblados por gente muy pobre del interior del país o por inmigrantes de Paraguay y Bolivia (principalmente). La época de despilfarro de Carlos Saúl Ménem había terminado, y el ‘european dream’ de Argentina estaba por acabarse también; los ‘europeos’ de América estaban por despertar a una realidad más parecida al del resto de América Latina; disparidad social, devaluaciones, inseguridad, etcétera.

En ese mismo año salió a la luz ‘Vos sos un botón’ (Tú eres un chivato), uno de los primeros temas de cumbia villera y que rápidamente se convirtió en un himno en las zonas más deprimidas del país. El autor es Pablo Lescano (aunque la cantaba el vocalista del grupo Flor de Piedra, Dani Lescano), el que está considerado como el primer cantante y uno de los creadores del género –junto con ‘Los pibes chorros’ (ladrones)–. El tema habla de un chico que ‘traicionó’ a sus amigos del barrio cuando se hizo policía. “No, no lo puedo creer. Vos ya no sos el vago, ya no sos el atorrante, al que los pibes lo llamaban el ‘picante’. Ahora te llaman botón”, arranca. “Vos sos un botón, nunca vi un policía tan amargo como vos”, el coro.

El tema fue el pistoletazo de salida a un género/ritmo que comenzó a cantar historias de violencia y asesinatos, de trapicheos y de robos, de enaltecimiento de la embriaguez y la drogadicción: el día a día de la Argentina marginal. Otro de los más famosos durante la primera década de este siglo fue ‘Su florcita’, que trataba de una niña de doce años asesinada. María, la abogada que busca la nacionalidad italiana, cuenta entre risas: “fue el hit de mi adolescencia. Si ibas a una fiesta o a una boda, aunque estuvieras en lo más cheto (pijo), todo el mundo cantaba ese tema ‘a full’ (a tope), como si la letra hablase de cualquier otra cosa”. Emiliano, bonaerense de 37 años, dice también entre risas que “cuando apareció esa canción todo se fue a la mierda”. Uno de sus amigos, días atrás en un asado, aseguraba que “ahí pasamos de ser los ‘europeizados’ a los ‘europisados’ del continente”.

En la Argentina de hoy la música de los más desfavorecidos ha conquistado a los oídos de las clases altas. Lo mismo pasa con el trap y el reggaetón, que monopolizan la escena musical junto a la cumbia villera y su nuevo ‘cumbiastar’, Hernán Coronel, alias 'Mala Fama' (que ha hecho dúos con Andrés Calamaro, Fito Paez, entre otros artistas consagrados).

La juventud argentina de hoy ya no idolatra a los rockeros de los ochenta y noventa, ahora admiran a L-Gante (según el renombrado ranking Pitchfork, una de sus canciones fue elegida como una de las mejores del mundo en 2021, junto temas de Justin Bieber, Billie Eilish, y Adele), a Nicki Nicolle (que en abril se convirtió en la primera argentina en actuar en el programa de Jimmy Fallon), y a Duki (el artista argentino más escuchado en Spotify). Sus íconos el consumismo extremo y de la hipersexualización. Tener dinero (mucho y mostrarlo), y tener sexo (mucho, y contarlo). Es difícil encontrar a algún joven que no exprese con soltura y ademanes italianizantes el desencanto por el oscuro panorama económico y social en el que ha crecido. Por eso, dicen muchos que están en sus veinte (o menos), “nacimos en la crisis, siempre hemos vivido en ella, ¿por qué vamos a dejar de divertirnos, por qué no querríamos más plata?”.

Foto: Miles de personas, convocadas por diversas organizaciones sociales, se congregan ante el Congreso de Argentina, en Buenos Aires. (EFE)

Sigue siendo sábado. Sigue siendo el Cumbia Konex. Es el 4 de diciembre, un día después de los 20 años del ‘corralito’. Dani Lescano está en el escenario y el público está eufórico. Arranca el recital con ‘La jarra loca’, un tema fiestero que incita a la embriaguez en su forma más idiotizante, pero la gente no se resiste a corear su principal éxito, y así lo hacen: “Vooooooos, sos un botóooooooon…”, cantan a todo pulmón cuando el tema no ha comenzado aún. Lescano agradece a su público, festeja el fin de las restricciones por la pandemia, y agradece a los elementos de seguridad del evento a quienes se refiere como “gente de acompañamiento” para no asociarlos con la policía que tanto denuncia su ‘himno’. El público salta, baila, grita, se abraza, y algunos se besan.

"Vos, gallego, ¿sabés qué tengo qué hacer para que me den el pasaporte ‘gallego’ allá en España? Desde acá, el trámite parece un infierno. Me quiero ir un tiempo”, suelta Etcheverri, un bonaerense que apenas pasa de los 30 años, mientras la cumbia suena de fondo. Después beberá fernet y volverá a la multitud para bailar.

Hoy, Argentina sigue siendo un país donde la música, el fútbol, y, por supuesto, la política, son pasiones llevadas al extremo.

placeholder Pintada de Eva Perón en Buenos Aires. (M.H.)
Pintada de Eva Perón en Buenos Aires. (M.H.)

Un informe de la Fundación Favaloro y de la Universidad de Massachussetts publicó en 2005 que crisis económica argentina de 2001 causó 20.000 muertes más de lo habitual por problemas cardiacos. Sí, el estrés por haberlo perdido todo, por saberse parte de una mentira, mató, hace veinte años, a miles en este país.

Hace un mes, tras las elecciones intermedias, el peronismo sufrió la peor derrota en 38 años. Perdió el control del Senado por primera vez en más de medio siglo, y perdió en 18 de las 23 capitales de provincias. Alberto Fernández llamó a sus seguidores “a celebrar el triunfo como corresponde”. Cristina Fernández de Kirchner no asistió al evento y permaneció en silencio.

El 10 de diciembre, Día de la Democracia y los Derechos Humanos (se festeja la restauración de la democracia en 1983), hay música, fiesta popular, y las masas están en la Plaza de Mayo frente a la Casa Rosada. Esperan el discurso del presidente y, por supuesto, de la vicepresidenta.

El país se llama Argentina.

River Plate salió campeón. El precio de la carne está disparado. La vicepresidenta (y expresidenta, y ex primera dama) quedó desvinculada de uno de los polémicos casos de corrupción de los que está acusada, y ya no irá a juicio; al expresidente lo imputaron por espionaje. El presidente quiere renegociar con el Fondo Monetario Internacional la millonaria deuda contraída por el gobierno anterior. En apenas dos días, debido a la desconfianza generalizada, los ahorradores retiraron de los bancos depósitos por 400 millones de dólares; ante eso, el Banco Central vendió más de 235 millones de dólares durante el resto de la semana. El riesgo país está en 1.818 (el más alto desde septiembre del año pasado): nadie se atreve a invertir. Siete de cada diez jóvenes quieren emigrar. El sistema de turnos en el consulado italiano para solicitar la nacionalidad sigue saturado. El nivel educativo, según la Unesco, jamás ha sido tan bajo como ahora. Es primavera y la capital huele a naranjo en flor. El tango lo escuchan (y lo pagan) los turistas; los jóvenes locales bailan y sienten el trap y la cumbia. El país se llama Argentina. La fecha: diciembre, 2021.

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