AUGE Y CAÍDA DE MAURICIO MACRI

Un país no es una compañía: Macri, el último empresario que fracasa en política

Macri prometió frenar la inflación en Argentina y, sobre todo, atraer inversiones. Los empresarios pensaron que él era confiable porque era “uno de ellos”, pero la recuperación nunca llegó

Foto: Mauricio Macri. (Reuters)
Mauricio Macri. (Reuters)

Andrea es escribana. Tiene 28 años y pertenece a una familia de clase media de Chacarita, un barrio igualmente medio de la Ciudad de Buenos Aires. Andrea fue una de las tantas personas que, en 2015, votó a Mauricio Macri, el hombre que venía de conducir los destinos de la capital argentina, y que se había hecho un nombre como presidente del club Boca Juniors. “Voté a Macri porque quería un cambio. No me gustaba el último gobierno de Cristina Kirchner.” – dice Andrea. “La verdad es que no me iba tan mal, pero en la sociedad había mucho enojo. En mi familia estaban todos peleados. Mi viejo (papá) defendía a Cristina, mi vieja quería que viniera cualquiera menos ella. Creí que Macri, que no venía de la política, iba a tranquilizar a la sociedad. La verdad es que también tenía confianza en que la economía iba a mejorar. Me equivoqué”.

“La verdad es que, en 2015, yo lo voté”, dice Sergio, empleado en un comercio de periódicos en el centro de la ciudad. “La inflación nos estaba matando. Todo estaba caro. Pero ahora está todo tres o cuatro veces más que en ese momento. Y sí, esto te lo van a decir todos: creíamos que era empresario, que manejaba de números, que estaba con gente que sabía de esto. Yo no lo voto más" -dice, mientras le entrega un periódico a una señora.

Las voces de Andrea y Sergio no son las únicas ni expresan todo, aunque la aprobación de Macri se encuentra en mínimos históricos (25,5%). Elena, por ejemplo, va a volver a votarlo. Dice que no cree en la oposición, aunque reconoce que las cosas no van bien. “Hay que darle más tiempo”.

Lo voten o no lo voten, todos saben que la economía de Macri no funciona. Recibió un dólar a 16 pesos y lo deja a 60. La desocupación ya está en dos dígitos: es del 10,1%. La inflación rondaba el 25% al momento de su asunción. Hoy está en el doble. La industria cayó un 9% en el primer trimestre de este año. La inversión bruta fija descendió durante todo el mandato. La pobreza ronda hoy un 35%. Y la compra de dólares está, desde hace pocos días, limitada.

El gobierno de Macri no falló en la agenda que pedían los progresistas. Falló en su propia agenda: la agenda del “boom económico”.

El empresario “exitoso”

Desde sus primeras incursiones en la política, Mauricio Macri se presentó ante el electorado como un hombre exitoso. Y como el hijo de uno que también lo era. Su padre, Franco Macri, era un emigrante italiano que, según contaba la leyenda, había comenzado trabajando como asistente de un ingeniero civil. Con esfuerzo y capacidad, decía el mito, había conseguido ascender hasta fundar su propia empresa constructora en la década de 1950. En los años setenta ya contaba con una fortuna, y entre los ochenta y los noventa, logró aumentarla.

Pero esa fortuna se debía, al menos parcialmente, a contrataciones con el Estado. Lejos de la idea del “emprendedor exitoso” que maneja su hijo Mauricio, Franco Macri consiguió su fortuna con concesiones económicas la última dictadura militar (1976-1983) y con la entrega del Correo Argentino, que, privatizado en la década de 1990, le fue dado a él para la gestión. Además, durante los años ochenta, fue beneficiado con la estatización de la deuda privada. Sus empresas no compitieron en el mercado en pie de igualdad: tuvieron el apoyo de los sucesivos gobiernos. Recién en 2003, el gobierno de Néstor Kirchner volvió a estatizar el correo, quitando así uno de los activos principales del Grupo Macri.

Mauricio siguió los pasos de su padre. A principios de los años noventa, Franco lo designó vicepresidente de Sevel, la principal empresa automotriz del grupo familiar. La empresa fue, en 1997, acusada de contrabando. Macri gestionaba empresas: pero no eran suyas. Era tan empresario como dependiente de su progenitor.

Sin embargo, Macri tenía otros planes: quería presidir Boca, el club de sus amores. En 1995 se presentó a las elecciones del club y ganó. Entonces, comenzó una época de gloria futbolística: Boca obtuvo 11 títulos internacionales y 6 nacionales. Pero la gestión futbolística opacó otra: la gestión social. Con un modelo de negocios privatista, Macri instaló la “marca Boca”.

En un libro escrito junto a Andrés Ibarra -actual vicejefe de gabinete del gobierno argentino y ex gerente general en Boca- y a Alberto Ballvé -líder del Ballvé Group y asesor en márketing-, el presidente argentino dio su particular perspectiva de su mandato en Boca. 'Pasión y gestión: Claves del ciclo Macri en Boca', publicado en 2011, expresaba claramente la autopercepción de su gestión en el club. Según él, Boca no solo había vivido un 'boom' futbolístico. También había sentido las claves del éxito empresarial. La afirmación, sin embargo, era problemática. Porque los clubes, en Argentina, no son empresas. Son asociaciones civiles.

El “modelo Macri” instaló en Boca criterios económicos novedosos para el fútbol local. Allí, convivían fondos comunes de inversión y privatizaciones solapadas de áreas del club. “Cuando llegué a la presidencia de Boca, tuve que cambiar la imagen del club, que se relacionaba con lo sucio y lo oloroso del barrio. Ahora, Boca es un club 'fashion'.” -dijo en 2005. El espacio “sucio y oloroso” era, justamente, La Boca: un barrio de trabajadores y sectores populares. Allí está enclavado el Riachuelo, un río que, desde hace décadas, es conocido por su alto nivel de contaminación. Cuando estuvo al frente del gobierno de la ciudad, Macri no trabajó por su saneamiento. El sentido de las declaraciones de Macri era evidente. Boca tenía que ser 'fashion' y empresarialmente exitoso: a diferencia de la sociedad.

El periodista sudafricano David Goldblatt, que realizó una exhaustiva investigación sobre la presidencia de Macri en el club, detectó algunas de las características más salientes de su mandato. En su libro 'The Age of Football: The Global Game in the Twenty-first Century', el periodista reconoció que Boca consiguió, en la gestión macrista, “su primer departamento de márketing adecuado”, a la vez que logró que “sus camisetas y logotipos” empezaran a “tener una presencia global real”. Sin embargo, Goldblatt afirmaba que esa versión era parcial y que “omitía algunos detalles vitales.” Por ejemplo, que “Macri recortó el dinero de los ámbitos sociales del club y de otros deportes que no fuesen fútbol. (…)”, al mismo tiempo que “aumentó drásticamente la cuota de membresía intentando excluir sectores (…) y trató, sin éxito, de cambiar la Constitución de Boca para reducir drásticamente los derechos de voto de esos miembros.”

Salto a la política

Su verdadero interés era, sin embargo, la política. Aunque contaba con relaciones directas con el expresidente Menem, decidió esperar para meterse en política. En 2001 -el año de la mayor crisis económica y social de la democracia argentina-, comenzó a armar su proyecto y, en 2003, se presentó como candidato a Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires por el sello de Compromiso para el Cambio, una alianza de derecha que incluía a diversos partidos.

Su publicidad de campaña era clara: solo un empresario podía resolver los problemas de la ciudad. En uno de sus spots decía: “Yo sé cómo crear trabajo. Como empresario conozco como generar nuevas inversiones, impulso en el comercio, la producción y las Pymes. Los que gobiernan esta ciudad no tienen ni idea. Yo sí sé cómo hacerlo”. Aunque fue derrotado, volvió a intentarlo cuatro años más tarde bajo el sello de su partido “Propuesta Republicana” (PRO), y consiguió el triunfo. Desde entonces, y con la aceitada maquinaria de su nuevo partido, se preparó para cumplir su sueño: presidir Argentina.

La caída en la imagen del último gobierno de Cristina Kirchner y la elección de un candidato poco atractivo por parte del gobierno, le allanaron el camino. Y Macri volvió a la carga con su discurso empresarial. Más preparado, repetía siempre las mismas palabras: “gestión” y “equipo”. Ya no solo se vendía como un empresario exitoso, sino como un empresario exitoso que había podido gobernar la capital del país. Así consiguió su triunfo en las elecciones nacionales de 2015.

El gobierno

El discurso de Macri -rodeado de CEOs de empresas y de gurúes de la comunicación- iba a contramano de la historia política argentina. Con su jerga empresarial, parecía decirle al país que "le hacía un favor". Pero el discurso que pretendía tácito, era más bien evidente. Consistía en mostrarle a la sociedad que él, arrojándose a la política, no ganaba nada, sino que, por el contrario, perdía todo. Intentaba demostrar que su interés no era el dinero (porque podía obtener más quedándose en el mundo empresarial) sino “la gente”. Se mostraba como un hombre altruista que había decidido darle su “experiencia de gestión” a una sociedad presa de políticos que no sabían nada. Macri venía a mostrarse como “lo nuevo”. Como un outsider “que se la juega”.

El actual presidente era un intento de Berlusconi argentino (pero sin carisma). Su ruta, de hecho, era una que comenzaba a volverse habitual en América Latina: la del empresario que devenía político. El chileno Sebastián Piñera, el mexicano Vicente Fox, el panameño Ricardo Martinelli y el paraguayo Horacio Cartes, son otros exponentes de esa tradición que, con resultados dispares pero lógicas comunes, fue ganando impulso en América Latina.

El caso de Macri es, sin embargo, paradigmático. Prometió frenar la inflación y, sobre todo, atraer inversiones. De hecho, aseguraba que su mera presencia iba a garantizarlas. Los empresarios entendían -le repetía a la sociedad- que él era confiable porque era “uno de ellos”. Mientras, numerosos medios lo presentaban como la contracara del político tradicional: era un empresario exitoso que, esforzadamente, había sacado adelante a uno de los principales clubes de fútbol del país. “Un hombre que sabe armar equipos” – repetían. Y la palabra equipo sonaba fuerte. Frente a los políticos “tradicionales” (tan individualistas, tan apegados a los nombres), Macri se rodeaba de expertos y les daba un lugar.

Apenas asumió, sostuvo que los resultados económicos se verían en el segundo semestre de 2016. Prometió la llegada de una “lluvia de inversiones” Pero el segundo semestre nunca llegó. Aunque organizó encuentros con empresarios (e incluso armó una réplica en miniatura del Foro de Davos en Buenos Aires) el dinero brilló, pero por su ausencia.

Fuga de capitalistas

Macri asumió con declaraciones rimbombantes. Frente al kirchnerismo -al que acusaba de aislar al país-, propuso un mantra: “reintegrar a Argentina al mundo”. Solo que, cuando decía “mundo”, Macri imaginaba un orden globalizador en ascenso. Pero éste estaba en retirada. Acaso sin información sobre el auge de las extremas derechas y la caída del liberalismo noventista, Macri aspiró a una idea de “éxito global” que había conocido como empresario. Pero se encontró con algo inesperado. Ese mundo solo estaba en su imaginación. Como dijo el politólogo Andrés Malamud, "cuando volvimos al mundo, el mundo se había ido". De repente, Macri se encontró con Trump y no con Hillary Clinton. Y, aunque intentó sacar provecho de la organización de la Cumbre del G-20, la situación no mejoró.

Los resultados económicos y sociales se expresaron en el voto. Alberto Fernández – el candidato peronista- superó a Macri por 15% en las recientes elecciones primarias de Argentina. Ahora, a la espera de la primera ronda electoral, lo más probable es que Fernández revalide su triunfo (aunque resta saber si deberá ir a un balotaje con Macri).

Los resultados hicieron hablar a todos. Y los empresarios argentinos fueron los más rápidos. De hecho, tal como lo explican los analistas Alejandro Galliano y Hernán Vanoli -autores del libro 'Los dueños del futuro'- los emprendedores nunca se “casaron” totalmente con Macri. De hecho, Marco Galperín, el Director Ejecutivo de MercadoLibre, se reunió con Alberto Fernández al día siguiente de la elección, mientras que Eduardo Costantini -otro importante empresario argentino que había dado su apoyo a Macri- ya declaró que consideraría positivo que Fernández gane la primera ronda electoral de octubre. Más que fuga de capitales, en Argentina parece haber una fuga política de capitalistas.

Ecos del pasado

En 1996, Paul Krugman, escribió un artículo revelador sobre la relación entre empresarios y política. En 'Un país no es una empresa', publicado en la Harvard Business Review, Krugman explicaba las razones por las que los hombres de negocios solían fallar cuando ingresaban en el mundo político y, particularmente, a la hora de hacer política económica.

“Keynes tenía razón: la economía es un tema difícil y técnico (…) Sin embargo, la economía y los negocios no son el mismo tema, y ​​el dominio de uno no garantiza la comprensión, y mucho menos el dominio, del otro.” – decía Krugman. “No es más probable que un líder empresarial exitoso sea un experto en economía que en estrategia militar. La próxima vez que escuche a empresarios proponiendo sus puntos de vista sobre la economía, pregúntese: ¿Se han tomado el tiempo para estudiar este tema? ¿Han leído lo que escriben los expertos? Si no, no importa cuán exitosos hayan sido en los negocios. Ignóralos, porque probablemente no tengan idea de lo que están hablando".

Keynes tenía razón. Y Krugman también. Alcanza con mirar a Argentina. Aunque todavía Mauricio Macri no se dé por enterado.

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