"No hay nada más impopular en Europa que repatriar a miembros del Estado Islámico"
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Entrevista con Pilar Cebrián

"No hay nada más impopular en Europa que repatriar a miembros del Estado Islámico"

La periodista y escritora, colaboradora de El Confidencial, publica 'El infiel que habita en mí', un libro que narra la historia de los europeos que se unieron al Estado Islámico

placeholder Foto: La periodista y escritora Pilar Cebrián. (Jesús Umbría)
La periodista y escritora Pilar Cebrián. (Jesús Umbría)

Pese a su juventud, Pilar Cebrián (Zaragoza, 1985) lleva una década siendo una referente del periodismo independiente español en la región de Medio Oriente. Colaboradora de El Confidencial —entre un amplio abanico de medios europeos y latinoamericanos—, ha sido galardonada en el pasado con la Beca Leonardo de la BBVA y con el Premio a la Periodista Joven del Año de la Asociación de Prensa de Madrid.

La historia de Cebrián en la región coincidió con el inicio de la primavera árabe y ha estado marcada por sus consecuencias, especialmente la guerra civil siria, desde entonces. Sus intereses han evolucionado en paralelo al rumbo del conflicto y en los últimos años ha centrado su atención en los procesos de radicalización yihadista. Su segundo libro, 'El infiel que habita en mí' (Ariel, 2021), publicado a principios de este mes, es fruto de sus investigaciones al respecto. Narra, mediante la voz de los protagonistas y de sus círculos cercanos, la historia de los europeos que viajaron al autoproclamado califato del Estado Islámico en Siria e Irak tras su fundación en 2014.

Foto: Una bandera del ISIS en una casa en Siria pintada con las letras del YPG, el movimiento kurdo. (Reuters)

PREGUNTA. ¿Qué te lleva a escribir 'El infiel que habita en mí'? ¿Por qué te enfocaste en los europeos que viajaron al Estado Islámico?

RESPUESTA. Un punto de partida fue una comida que tuve con un oficial del consulado francés de Estambul, en la que él me dijo que se había presentado ese mismo día en el edificio una yihadista francesa. Tras abandonar el califato, se había infiltrado de vuelta a Turquía y ahora solicitaba un nuevo pasaporte para regresar a París. Por ese entonces, todos sabíamos que había un flujo de combatientes europeos que se estaban uniendo al Estado Islámico en Siria, pero no habíamos pensado que querrían regresar a Europa. Además, siempre me pareció un fenómeno muy paradójico. Después de años cubriendo las oleadas de refugiados sirios que huían de una guerra para intentar mejorar sus condiciones de vida en Europa, esto era lo contrario: europeos a los que se les presupone ciertos derechos, garantías y bienestar que lo abandonan para unirse a una guerra y someterse a una autoridad totalitaria y violenta. Quería entender el por qué. En estos tiempos de monstruos y de ideas preconcebidas, me parecía muy interesante sentarme ante ellos y preguntarles a la cara por qué lo habían hecho.

P. Tu libro da voz a personas que la mayoría de la sociedad considera detestables y fuera de toda salvación. ¿Cómo se puede empatizar con aquellos que decidieron voluntariamente entregar sus vidas al Estado Islámico?

R. Intentando escuchar sus historias y sus justificaciones. Obviamente, ingresar en un grupo terrorista y cometer todo el tipo de barbaridades y calamidades que el Estado Islámico ha llevado a cabo en Siria e Irak no tiene ninguna justificación. Pero, sin pretender blanquear con ello el terrorismo, creo que es muy necesario intentar comprender sus motivaciones. Cuando yo entrevistaba a estas personas, la primera pregunta que les hacía era: “Mira a tu alrededor. Estas en un campamento de detención en Siria, tus hijos han muerto, has estado sometida a un asedio bélico, has perdido muchos kilos y tienes un estigma perpetuo. ¿Por qué has tomado esta decisión?”. Me he encontrado respuestas de todo tipo a esas preguntas directas. Luego, una vez en Europa, haciendo trabajo de campo, buscando a sus padres, a sus compañeros de clase o al imán que fue influyente en su proceso de conversión, es como he encontrado las respuestas indirectas.

Foto:  Yolanda Martínez. (P. C.)

P. Recientemente, has comentado que “nadie se mete al Estado Islámico si tiene una vida de éxito”. ¿Es la marginalización social un prerrequisito para la radicalización yihadista?

R. No exclusivamente. Hay muchos prisioneros de entre los que he entrevistado que procedían de entornos marginales, pero hay otros que no. En el primer capítulo de mi libro hablo de Yolanda Martínez, hija de un empresario y propietario de muchos inmuebles en el barrio madrileño de Salamanca. Lo que sí es una condición sine qua non es pasar un momento de crisis vital, de vulnerabilidad personal, de estar perdido y buscar una salida. A pesar de lo apocalíptico que suena el proceso de radicalización, a estas personas les estabiliza. Para ellos, esa nueva doctrina yihadista, esas nuevas costumbres, esos nuevos preceptos y esas nuevas compañías les van dignificando y llenando sus vacíos.

También es importante la gran aventura romántica de entrega absoluta que es, para ellos, el marcharse a vivir al califato. Esto les hace sentirse no solo parte de un hecho histórico sin precedentes, sino como la futura generación del islam, heredera de aquellos que acompañaron al profeta. Creen que van a participar en la batalla final del fin del mundo, de acuerdo con las supuestas profecías del Corán, y por lo tanto que esta es la gran oportunidad de sus vidas.

P. ¿Cómo explicarías a un español común sin conocimiento de la ideología yihadista qué lleva a una persona a simpatizar con las atrocidades cometidas por el Estado Islámico y querer participar en su comunidad?

R. Ha habido un proceso de empatía con un bando que perdía en una guerra. Toda esta radicalización, al menos en el mundo occidental, ha venido inducida por lo que estaba ocurriendo en la guerra civil siria. Veían continuamente vídeos y fotografías de las masacres cometidas por el régimen de Bashar al Assad contra la población civil suní, como los ataques químicos de Guta, en los que cadáveres de niños eran apilados en las calles. El Estado Islámico logró que estas personas que estaban en proceso de radicalizarse identificaran esta guerra como una en la que debían involucrarse. Hicieron un llamamiento: “Os necesitamos, tenéis que venir a ayudar a esta gente”. Muchos de los reclutas que se unieron al Estado Islámico —no todos, también hay otros que viajaron para asesinar— empezaron a creer en este proyecto pensando que su misión era defender a los musulmanes del mundo que en ese momento estaban siendo agredidos.

Foto: Policía austriaca en la terraza donde se perpetró el atentado. (Reuters)

P. Has descrito este proceso como una 'radicalización millenial', ¿a qué te refieres exactamente con ello?

Antes de sentarme cara a cara con los europeos reclutas del Estado Islámico, todo lo que había estudiado sobre la yihad me había dado una imagen sobre unos combatientes, como los de Irak o Afganistán, más eruditos, estudiosos de la teología y la literatura yihadista. Pero en este proyecto yo me he encontrado que aquellos que entrevistaba, siempre muy jóvenes, me contaban que habían escuchado hablar del Estado Islámico por primera vez en vídeos de Youtube, en canales de Telegram, en grupos de Facebook, en Messenger... Es muy significativo. Son procesos de radicalización muy rápidos, de un año o incluso menos, y muy superficiales. El Estado Islámico ha sido tremendamente eficaz en este aspecto. Quisieron llegar a este público objetivo, los jóvenes que convertirían en la futura carne de cañón del conflicto en Siria e Irak, y comprendieron su lenguaje visual y sus redes de contacto. Sabían que iban a comprender mejor un lenguaje propio de los videojuegos que textos elaborados sobre los principios del salafismo yihadista.

P. En tu libro, explicas la gran reticencia de los estados europeos respecto a la posible repatriación de los combatientes y de sus familias. ¿Por qué este dilema es mayor en Europa que en países como Estados Unidos, que sí han aceptado la repatriación?

R. La principal razón es una cuestión de números, ya que en el califato había muchos más reclutas de origen europeo que estadounidense. También es una cuestión de proximidad, dado que el frente bélico era accesible por tierra desde Europa. Los primeros atentados terroristas relacionados con el califato, como el tiroteo en el Museo Judío de Bruselas o el de Charlie Hebdó en París, también tuvieron lugar en países europeos. La reticencia de Europa viene dada por eso: este es un terrorismo ‘made in Europe’. Hay un conflicto de intereses con Estados Unidos, que ha liderado la operación militar contra el Estado Islámico y ahora busca dejar de encargarse de la manutención de esta enorme cuota de prisioneros. Los países europeos, por el contrario, quieren hacer cualquier cosa para que estas personas no vuelvan.

"La gran mayoría de los combatientes extranjeros que han estado en el Estado Islámico no han dejado rastro alguno de su paso por la organización terrorista".

P. Técnicamente, ¿han cometido algún delito las esposas de los combatientes yihadistas a las que no se les está permitiendo regresar a Europa?

R. Desplazarse a un territorio que está dominado por una organización terrorista es delito en España desde el año 2015. El problema de casos como el de Yolanda es que se marcharon antes de esa reforma penal, y por lo tanto no se les puede aplicar con carácter retroactivo. Todas las mujeres de los combatientes dicen lo mismo: que se fueron engañadas por sus maridos y que no eran conscientes de hacia dónde se dirigían. Fuentes de la Policía de España, que está preparando la instrucción de las españolas que viajaron al Estado Islámico para juzgarlas ante la Audiencia Nacional en caso de que regresen, me han dicho que existe un agujero negro de pruebas: no hay nada contra ellas. La gran mayoría de los combatientes extranjeros que han estado en el Estado Islámico no han dejado rastro alguno de su paso por la organización terrorista. Y de las mujeres ni te cuento, que prácticamente no han salido de sus casas. Hay, por lo tanto, una crisis procesal. En los tribunales se sabe que la mayoría quedaría en libertad o con unas penas muy reducidas.

Otra razón por las que no las están repatriando es la de seguridad. No hay ningún político que quiera asumir un atentado dentro de 5 o 10 años por parte de un retornado cuya repatriación fue permitida durante su mandato. Pero, principalmente, es una cuestión política. No hay nada más impopular que facilitar el regreso de personas relacionadas con el Estado Islámico. Es un movimiento que va a beneficiar directamente a la extrema derecha y eso es algo que saben Emmanuel Macron, con Agrupación Nacional; Pedro Sánchez, con Vox y el resto de líderes europeos. Políticamente, es un batacazo tremendo.

Foto: Soldados de las fuerzas turco-sirias en Sanliurfa (Turquía), cerca de la frontera siria. (EFA)

P. La situación que describe en los campamentos kurdos en los que residen las familias de combatientes del Estado Islámico, es de un gran limbo legal. Mitad campamentos de refugiados, mitad cárceles. ¿Cuánto puede prolongarse esta situación?

R. No mucho, la verdad. Estos campamentos se establecieron en marzo de 2019 y ya han sucedido numerosas fugas. Me atrevería a decir que todos los meses hay fugas de prisioneras. A esto hay que sumar las constantes amenazas de Turquía de intervenir militarmente esta región porque sus carceleros kurdos son los enemigos directos de Ankara. Por otro lado está el avance de Irán en la zona, que hace que no sepamos si estos prisioneros pueden acabar en algún momento en las cárceles de Damasco. Ya sabemos lo que hace Bashar al Assad con los yihadistas: soltarlos para desestabilizar, como hizo en la revolución de 2011 cuando abrió la cárcel de Saydnaya, favoreciendo así la futura creación del Estado Islámico. No creo que estos campamentos, tanto en Siria como en Irak, sean idóneos, por lo tanto, para tener a la cuota de prisioneros más sensible y más importante para la comunidad internacional.

P. Diez años después del inicio de la guerra civil siria, ¿quiénes son los ganadores y los perdedores?

El grandísimo perdedor es, obviamente, el pueblo sirio. Siria tal y como la conocíamos antes de marzo de 2011 ha dejado de existir. Los grandes ganadores son Irán y Rusia, aunque Estados Unidos, Francia e Inglaterra tampoco han perdido mucho. Al fin y al cabo, han establecido sus tropas en la zona con los principales recursos petrolíferos y todos sabemos que hay intención de, en un futuro proceso de estabilización, llegar a pactar con los kurdos esa producción de petróleo. El régimen de Bashar al Assad puede no ser el ganador absoluto, pero el hecho de que se haya mantenido después de haber arrasado a su propio país es una gran victoria para él. El pueblo sirio no ha perdido solamente la vida, sino su identidad. La propia Siria es una gran perdedora: un país expoliado y fragmentado en distintas identidades que están enfrentadas entre sí.

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