Tarik Jadaoun, de la cárcel de Lieja a estrella mediática de Dáesh
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'EL INFIEL QUE HABITA EN MÍ'

Tarik Jadaoun, de la cárcel de Lieja a estrella mediática de Dáesh

Este artículo es un adelanto editorial del libro publicado por la periodista Pilar Cebrián 'El infiel que habita en mí' con la editorial Ariel

placeholder Foto: Una bandera del ISIS en una casa en Siria pintada con las letras del YPG, el movimiento kurdo. (Reuters)
Una bandera del ISIS en una casa en Siria pintada con las letras del YPG, el movimiento kurdo. (Reuters)

Bagdad, octubre de 2018

Solo advierte unas sombras oscuras a través de la toalla que cubre su cabeza. Los guardias de la unidad antiterrorista lo obligan a sentarse frente a la pared con los ojos tapados y las manos esposadas. Intenta volverse hacia atrás, pero sus captores le ordenan que se dé la vuelta.

—Estate quieto —le espetan.

Presta atención al diálogo entre abogados, policías y mi­litares que discuten a gritos con un marcado acento iraquí. El bullicio se interrumpe unos segundos por el paso sincro­nizado de otros prisioneros que avanzan torpemente por cul­pa de los grilletes.

—¡Ay! Me has pisado.

—Aparta... —se escucha.

Por debajo de la tela puede ver parte del estuco de la pared y el parqué grisáceo del suelo. El ruido de los papeles, el timbre del despacho y las voces del secretario le advierten que ha vuelto al despacho del juez que dirige su instrucción en el tribunal de investigación bagdadí de Rusafa. Como es costumbre, debe esperar en el pasillo hasta que le den paso al interior de la oficina. En ocasiones lo citan para inquirirle por algún detalle de su paso por Dáesh; otras, por asuntos relativos al encierro penitenciario. Las primeras veces pen­saba que se reuniría con autoridades de su país, de Bélgica, para preparar una repatriación a Bruselas. En una ocasión, creyó incluso que podría ser su familia, o un abogado que le prestaría sus servicios de defensa. Pero desde que recibió la pena de muerte, hace ya cinco meses, ha perdido la espe­ranza de sacar algo en claro de estos encuentros con el juez. Y espera, entre la resiliencia y la desesperanza, a que el comité de jueces ratifique su ejecución.

Foto: Mujeres con sus hijos llegan al campo de desplazados huyendo de los combates en Baghuz, último bastión del Estado Islámico en Siria. (J.M. López)

"Toc, toc", los guardias golpean la puerta. Uno de ellos se asoma para comprobar que la entrevista transcurre con normalidad y vuelve a dejarnos a solas. El preso se siente aliviado de poder charlar con alguien al margen del caso judicial, pero también sufre la melancolía de hablar de un tiempo de dicha gloriosa. Los brazos y piernas reflejan la pérdida de peso, la piel está cuarteada y la cabeza, rapada. No queda ni rastro de la frondosa melena y la barba larga de la batalla. Después de un largo silencio, el detenido me de­vuelve la mirada y suspira recordando, en una de las primeras frases de nuestra conversación, el día que cruzó la frontera turco-siria para adentrarse en el califato del EI.

—Me sentí libre —contesta esbozando una amplia son­risa bañada de una oleada de nostalgia—. ¿Por qué? Uf... ¿Cómo te lo explico? Porque lo había conseguido. Por fin había logrado mi libertad.

Tarik sabe que ha sido el primer europeo en desfilar por el corredor de la muerte iraquí, el primero que ha recibido la sentencia, quizá por su franca honestidad, su irremediable exhibición o su falta de cautela. En el periplo por los fren­tes de la yihad, como Kobane, Deir Ezzor, Mosul o Baiji, ha publicado selfies en los que presume de unos vigorosos ojos azules y rasgos de varón beréber. En ellos posa junto a los que han sido sus compañeros de hazaña, en un vehículo 4 x 4, o en mitad del desierto enarbolando un arma y vestido con uniforme militar. Pero también ha sido el protagonista de vídeos difundidos por la maquinaria de propaganda de ISIS en los que elogia ante la cámara los atentados de París y Bruselas. Como aquel en el que anuncia las capacidades del bando insurgente, agachado junto a un minitanque teledi­rigido, desde un callejón de Mosul en el que resuena el so­nido de los disparos de un arma: «Por la gracia de Alá, los muyahidines tienen misiles antiaéreos del tipo Strela. Han desarrollado un sistema antiaéreo pilotado a distancia con el objetivo de alcanzar con precisión los aviones americanos y franceses», dice Tarik en el vídeo, con unas largas barbas y cubierto con un pakol, el típico gorro afgano, al tiempo que deja ver un rifle colgado a la espalda.

El belga no ha tenido miedo de mostrarse al descubierto, de divulgar sus acciones en las plataformas del grupo o en la web. No solo exhibe su nombre y su físico, sino reflexio­nes escritas en las redes sociales, posts que dan prueba de su convencimiento o innumerables conversaciones en las que incita a otros adeptos que están en Europa.

Son abundantes las pruebas que atestiguan que Tarik ha participado en la lucha armada y por ello ha sido uno de los primeros en recibir sentencia. Ahora se enfrenta a la fase de apelación, en la que un consejo de jueces vuelve a exami­nar los cargos, antes de pronunciar un veredicto en firme. Desde entonces espera en una prisión iraquí, encerrado en una celda inmunda con otros diez presos, en la que pasa las horas mirando la televisión y comiendo siempre los mismos boles de arroz, o los quince minutos en el patio donde se apilan todos juntos como pueden bajo el sol.

Foto: Un miembro del Estado Islámico. (Reuters)

La cal grisácea de la celda o el mar de miradas perdidas; el dolor caliente en las muñecas o el olor ácido de la suciedad; la humilla­ción de los hombres al mando o la añoranza de la libertad son sensaciones conocidas para él. La travesía penitenciaria empezó en un tiempo que ya ni recuerda, cuando era un chiquillo en su pueblo natal de Bélgica. Algunas mañanas, cuando ni siquiera ha amanecido, cuando despierta en la penumbra de la macrocelda, tiene la sensación de llevar entre rejas una eternidad. Por momentos olvida su recorrido por Siria e Irak como guerrero de Dáesh e incluso la vida anterior a la yihad. La depresión lo carcome por dentro, el pesar de la celda lo ahoga despacio.

—Francamente, no es miedo... Estoy agotado, cansado de los golpes, solo quiero que todo esto termine... Creo que, en la situación en la que estoy, lo mejor es que me metan una bala en la cabeza.

*Avance editorial de 'El infiel que habita en mí'. Los europeos que viajaron al califato del Estado Islámico, de Pilar Cebrián, que Ariel publicará este 3 de marzo.

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