atisba un hundimiento histórico en suecia

Cómo la socialdemocracia puede perder su mayor feudo en Europa

El bastión socialdemócrata sueco atisba un hundimiento histórico en las elecciones de este domingo. El país que durante décadas ha sido un referente encara un vuelco electoral

Foto: Stefan Lofven, líder del Partido Socialdemócrata, habla con periodistas en Orebro. (Reuters)
Stefan Lofven, líder del Partido Socialdemócrata, habla con periodistas en Orebro. (Reuters)

El Partido Socialdemócrata sueco, que ha gobernado 80 años en el último siglo, se enfrenta a un resultado catastrófico en las elecciones legislativas del domingo. El país que durante décadas ha sido un referente de la socialdemocracia europea y su modelo de estado de bienestar puede castigar a este partido con el peor resultado de su historia, si se cumplen los pronósticos.

Fueron los socialdemócratas suecos quienes introdujeron a finales de la década de 1920 el concepto de "folkhemmet" (la casa del pueblo), de inspiración alemana, de la mano de Per Albin Hansson -primer ministro de 1932 a 1946, salvo un intervalo de tres meses-. La idea de la sociedad como una especie de familia, un modelo capitalista pero con un Estado fuerte y una amplia cobertura social. Bajo esa inspiración gobernó Suecia de forma ininterrumpida de 1936 a 1976, y aunque en las décadas siguientes su dominio ha sido menor -el centroderecha ha estado en el poder varias veces, la última, entre 2006 y 2014-, ha sido siempre la fuerza más votada.

Durante los ejecutivos de Göran Persson (1996-2006), los socialdemócratas se movían en cifras que rondaban el 40%: en 2010 obtuvieron su peor resultado, el 30,7%, apenas mejorado unas décimas cuatro años más tarde, pero suficiente para convertir en primer ministro a Stefan Löfven en un gobierno de minoría, gracias al bloqueo que el resto de partidos le hace al ultraderechista Demócratas de Suecia (SD).

Los sondeos sitúan ahora a los socialdemócratas aún primeros, oscilando entre el 23 y el 26 %, un resultado que hace muy complicado mantenerse en el poder, ya que la Alianza de centroderecha -que hace cuatro años dejó gobernar al centroizquierda en minoría por el aislamiento que han implantado al SD el resto de partidos hasta ahora- ya no se cierra a gobernar con el apoyo del SD, aunque sin que haya conversaciones ni pactos de por medio, solo con sus escaños en el Parlamento. La ecuación tiene no obstante una incógnita a despejar: la ultraderecha ya ha dicho que su apoyo no será gratuito y que quiere contrapestaciones a cambio, sobre todo en inmigración y lucha contra la delincuencia.

Fue durante la época de Persson que Suecia impulsó, siguiendo a otros gobiernos socialdemócratas europeos, una etapa de privatizaciones y adelgazamiento del modelo de bienestar, acentuando una tendencia que se remonta a la década anterior. En ”El capital, las autoridades y todos los otros”, una obra recién publicada del profesor Göran Therborn -sociólogo de la Universidad de Cambridge-, se apunta a que mientras entre 1930 y 1980 hubo una igualación progresiva de los ingresos en Suecia, en la actualidad se ha producido el proceso contrario y se ha vuelto a niveles de la década de 1940.

El desencanto con la socialdemocracia explica también otro fenómeno reseñable: en un estudio difundido en junio por la Oficina Central de Estadística, una cuarta parte de los afiliados a LO (Organización Nacional, el sindicato mayoritario y vinculado históricamente a la socialdemocracia sueca) se declaraban dispuestos a votar por el SD, mientras que el porcentaje de quienes mantenían su apoyo en las urnas a esta se reducía del 46,4 al 38,5 desde noviembre del año anterior.

La fagocitación no se limita a captar simpatizantes y electores: el SD se declara abiertamente heredero de la socialdemocracia histórica y, Åkesson, que ha escrito un libro con ese nombre, habla a menudo en sus discursos de construir la moderna "folkhemmet".

A diferencia de sus vecinos nórdicos, los socialdemócratas suecos habían resistido hasta hace poco mejor la erosión, no solo por el mayor peso de este partido en la política del país, hasta el punto de identificarse con el modelo del Estado de bienestar, sino también porque Suecia ha sido reacia hasta esta década a apoyar de forma significativa a una fuerza ultraconservadora de tintes xenófobos, algo que hace tiempo que ha ocurrido por ejemplo en Noruega y en Dinamarca, donde además son aceptadas como partidos normales.

Activistas del Partido Socialdemócrata hacen campaña en el barrio de Rinkeby, en Estocolmo. (Reuters)
Activistas del Partido Socialdemócrata hacen campaña en el barrio de Rinkeby, en Estocolmo. (Reuters)

Apoyada en la idea del "folkhemmet", Suecia desarrolló a partir de la década de 1960 una política de acogida muy generosa y ha sido en ese tiempo un destino preferente para refugiados procedentes de países en conflicto bélico o que han sufrido dictaduras, como Chile, Uruguay, la exYugoslavia, Irak, Afganistán o Siria. Todavía en 2013, bajo el Gobierno de centroderecha del conservador Fredrik Reinfeldt, Suecia concedió permiso permanente a todos los sirios que llegasen al país, una decisión que explica que el país acogiera en 2015 a 163.000 refugiados, la mayor cifra per cápita de toda la Unión Europea (UE).

A principios de ese año, el primer ministro socialdemócrata, Stefan Löfven, defendía una Europa ”sin muros”, pero meses después, cuando el sistema de acogida se vio desbordado, dio un giro completo: aprobó con la oposición una ley temporal para restringir la llegada de solicitantes de asilo al país, restringió la reagrupación familiar y las ayudas. Y aunque esas normas dejarán de regir en teoría a partir de junio del año que viene, los principales partidos dan por hecho que se negociará antes un amplio acuerdo político para implantar una línea mucho menos generosa que el modelo tradicional, a la espera de que la UE consensúe unas directrices comunes para toda la Unión.

De los problemas migratorios y de integración, unidos al aumento de la delincuencia y el deterioro del Estado de bienestar, se ha aprovechado sobre todo el SD, que han visto como los temas centrales de su política han monopolizado la discusión pública durante mucho tiempo sin que tuviera que hacer nada. Y ha sabido crecer no solo a costa de los socialdemócratas, sino también del Partido Conservador, que muy lejos de los tiempos de Reinfeldt -cuando llegó a discutirle incluso la hegemonía a aquellos-, se arriesga a sufrir un segundo batacazo consecutivo.

Del tamaño del crecimiento de SD, algo que dan sentado por supuesto todas las encuestas, y de la distancia entre los dos bloques dependerá cuán complicado será el panorama postelectoral.

Si los socialdemócratas logran reducir la caída y, sobre todo, que la suma de sus votos con los del Partido del Medio Ambiente -su socio de coalición la pasada legislatura-, y el Partido de Izquierda -su apoyo externo- supere a la de la Alianza de centroderecha -conservadores, centristas, liberales y democristianos-, manteniendo o mejorando la distancia de hace cuatro años -que fue de algo más de 4 puntos-, podrían tener alguna opción de seguir en el poder. Löfven ha tendido varias veces la mano a centristas y liberales, las dos fuerzas más reacias a cualquier contacto con el SD, para buscar acuerdos parlamentarios o integrar incluso un nuevo ejecutivo de coalición, llamando a romper la política de bloques que ha regido en Suecia desde 2006.

De la distancia entre los dos bloques dependerá cuán complicado será el panorama postelectoral

Y aunque ambos partidos han rechazado el ofrecimiento y asegurado la supervivencia de la Alianza, han pactado algunas leyes con los socialdemócratas esta legislatura, rompiendo la unidad del centroderecha. El Partido de Centro, por ejemplo, le dio al Gobierno los votos necesarios hace unos meses para permitir que 9.000 menores que habían llegado a Suecia solos antes de noviembre de 2015, y con una orden de expulsión pendiente, pudieran quedarse en el país al menos hasta terminar sus estudios de secundaria.

Si la distancia entre ambos bloques es muy pequeña, las opciones de un gobierno encabezado por los socialdemócratas serían remotas, y nulas si la Alianza suma más votos que el centroizquierda.

Determinar el hipotético crecimiento de SD ha sido el punto de mayor discordia en los sondeos previos, lo que añade aún más incertidumbre a los pronósticos. Hasta ocho puntos de diferencia señalan las últimas encuestas, aunque con un matiz importante, relacionado con el método empleado. Mientras que los principales institutos de opinión, que usan un método tradicional de llamadas aleatorias por teléfono a votantes, sitúan a la ultraderecha en una horquilla del 16 al 20% y en pugna por la segunda plaza con los conservadores, otros dos que usan paneles de electores previamente configurados a partir de una serie de variables le dan más del 24% y la colocan como primera fuerza. Pese a las dudas planteadas por los expertos a ese método de estudio, dos elementos respaldan su eficacia: que hace 4 años fueran los que más se acercaron al resultado del SD (que obtuvo el 12,9 %) y la habitual tendencia de parte del electorado de formaciones como esa a no revelar su voto en los sondeos.

Aunque Jimmie Åkesson ha dicho que venderá caro su apoyo al centroderecha y que da por descartado que su partido pueda gobernar, un triunfo electoral del SD dejaría a Suecia en una situación desconocida y todavía más incierta, en la que podrían surgir otras constelaciones que ahora parecen poco probables, como un gobierno de concentración entre socialdemócratas y conservadores o ejecutivos minoritarios entre partidos de los dos bloques; y la posibilidad de unas elecciones extraordinarias, las primeras desde 1958, estaría mucho más cercana.

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