Se acabó el "Welcome refugees"

Batalla política por el Aquarius: Macron salva la imagen de Francia en la prórroga

Macron ha querido salvar la imagen de Francia en la prórroga, cuando el Aquarius enfilaba hacia Valencia. Sus esfuerzos no van a blanquear la actitud de París en la última crisis de la inmigración

Foto: El presidente francés, Emmanuel Macron, conversa con el jefe del Gobierno italiano, Giuseppe Conte. (EFE)
El presidente francés, Emmanuel Macron, conversa con el jefe del Gobierno italiano, Giuseppe Conte. (EFE)

Emmanuel Macron ha querido salvar la imagen de Francia en la prórroga, cuando el Aquarius enfilaba ya hacia Valencia. Pero los esfuerzos de último minuto no van a blanquear la actitud de París en la última crisis de la inmigración europea.

El presidente francés ha zozobrado quizás en su peor semana desde que asumió el poder hace un año. Cuando el barco cargado de migrantes fue rechazado por el nuevo Gobierno italiano, no ofreció más respuesta que acusar a Roma de "cinismo" e "irresponsabilidad". Y, para colmo, aseguró que, si el barco hubiera estado más cerca de las costas de su país, Francia le hubiera permitido acostar.

Sánchez agradece a Macron su colaboración para acoger a refugiados Aquarius

El desconocido y nada indispensable Secretario de Estado para Europa, Jean-Baptiste Lemoyne, defendía la acción de su presidente justificando que la ONG "SOS Mediterranée" no se puso en contacto con París y que, teniendo en cuenta la distancia para llegar a Francia, el barco habría necesitado varios días de viaje "con personas enfermas a bordo". Por eso, cuando el Gobierno de Pedro Sánchez decidió ofrecerse a remediar el asunto, dejó a Macron en paños menores humanitarios.

Por primera vez en décadas, Francia, que sigue presumiendo de ser "la patria de los derechos humanos", ha vivido una crisis psicológica por la actitud de su jefe de Estado ante uno de los episodios más dramáticos desde el comienzo de la crisis migratoria, en 2015.

"La España de Sánchez, el honor de Europa"

El silencio de Macron sobre el Aquarius provocó incluso la crítica de diputados del partido gubernamental "La Republique En Marche" (LREM). El pasado martes, una treintena de legisladores deploraron a través del vicepresidente de la Asamblea Nacional, Hugues Renson, que no habían todavía oído reacción alguna del Ejecutivo. "Me habría gustado —insistió Renson— que Francia hubiera seguido su tradición de acogida y de respuesta a situaciones humanitarias de urgencia".

La iniciativa sobre una respuesta europea a la inmigración ya no viene de París, sino de países como Italia, Austria o el grupo de Visegrado

España estaba ya en la boca de todos los políticos franceses. Otro diputado macronista, Said Ahamada, tuiteaba que "si España no lo hubiera hecho ya, el deber de Francia debería ser acoger a 600 hombres, mujeres y niños en peligro". "Bravo, España", tuiteaban otros miembros del LREM, para rematar, "España ha propuesto su ayuda, Francia se ha quedado muda; ¿a qué esperamos para reaccionar?".

El "silencio culpable" de Macron era subrayado por diputados de "La Francia Insumisa". Un poco menos a la izquierda, el primer secretario del Partido Socialista, Olivier Faure, intentaba rentabilizar para su grupo la decisión de sus colegas del Gobierno español: "La España de Sánchez, el honor de Europa".

En plena batalla política por el Aquarius, solo los nacionalistas corsos se mostraron claramente abiertos a recibir al buque. La propuesta fue respondida agriamente por el diputado conservador de Los Republicanos, Eric Ciotti: "Ni Córcega ni Niza ni Marsella acogerán al Aquarius. Solo debe tener un destino, Libia. ¿O es que queremos que Niza se convierta en otra Lampedusa?"

París-Roma: una vieja disputa

El silencio ensordecedor se mantenía en el Elíseo, que empezaba a dudar de que el encuentro previsto con el nuevo jefe de gobierno italiano, Giuseppe Conte, se celebrara el viernes. Matteo Salvini, ministro del Interior y líder de la Liga Norte, había exigido excusas a Francia tras los insultos de Macron. Conti no faltó a la cita y ambos dirigentes sellaron una aparente concordia. Pero Macron, el mandatario que quiere erigirse en el salvador de la Unión Europea, se ha visto desbordado y ha perdido puntos en el continente.

La iniciativa sobre una respuesta europea a la inmigración ya no viene de París, sino de países como Italia, Austria, o los miembros del grupo de Visegrado. Es decir, los gobierno que exigen una reforma radical del asunto migratorio, o los que se oponen a aceptar refugiados. Y para defender la causa con una cierta humanidad, Macron no puede dar ejemplo ni por el caso Aquarius ni por su nueva política migratoria interna.

Francia e Italia, ya intercambiaban duros reproches antes de la llegada al poder de los nacionalpopulistas en Roma. Los pasos fronterizos entre el sur de Francia y el norte de su vecino son una vía de entrada de inmigrantes hacia París y el Norte de Europa. Al otro lado de la estación de tren de Ventimiglia, la zona está tomada por fuerzas del orden francesas. Pero París está acusada también —según informa el diario 'La Stampa'— de haber pagado a una compañía de seguridad italiana —armada— para controlar a los inmigrantes en los trenes de la compañía nacional francesa —SCNF— que se dirigen hacia Francia. En ocasiones, los policías franceses entran en territorio italiano para capturar a inmigrantes sospechosos de algún delito, y organizaciones humanitarias, como Oxfam, han denunciado recientemente mediante videos los supuestos abusos de la policía francesa sobre menores inmigrantes procedentes del país transalpino.

Agentes de policía galos permanecen en guardia mientras agrupan a varios inmigrantes durante desalojo de un campamento en el distrito 19 de París. (EFE)
Agentes de policía galos permanecen en guardia mientras agrupan a varios inmigrantes durante desalojo de un campamento en el distrito 19 de París. (EFE)

Collomb llama a su homólogo, Grande-Marlaska

Emmanuel Macron ha pretendido desentenderse del problema que representaba el Aquarius, navegando en la ola de rechazo que en ciertas partes de Europa han provocado las declaraciones de Matteo Salvini sobre los cientos de miles de inmigrantes instalados en Italia. Pero el tiro le ha salido por la popa. El ministro del Interior francés, Gerard Collomb, anunciaba también ya el martes pasado —en un comunicado— una iniciativa para encubrir el entuerto. Invitaba a su colega italiano, Salvini, y español, Grande-Marlaska, a abordar los asuntos de la emigración y se ofrecía a "ayudar" a España "en el acompañamiento de los demandantes de asilo con necesidades manifiestas de protección". Es decir, aquellas personas que demuestren claramente que son víctimas de persecución política, religiosa o de otro tipo en sus países. Francia se desentiende así de los inmigrantes económicos y de los casos difíciles de solucionar.

Gerard Collomb, el socialista histórico que se alistó al macronismo antes incluso que el propio presidente, es el autor de la nueva política migratoria francesa, aprobada en febrero pasado. Siempre, claro está, según las órdenes de Macron. Y la nueva actitud restrictiva de París hacia la inmigración ha sobrevolado la crisis del Aquarius.

Las puertas del último paraíso europeo para la acogida de migrantes han comenzado a cerrarse. Francia ha adoptado una reforma del derecho de asilo para frenar la llegada masiva

Las puertas del último paraíso europeo para la acogida de migrantes han comenzado a cerrarse. Francia ha adoptado una reforma del derecho de asilo para frenar la llegada masiva de inmigrantes económicos y de refugiados. Censo entre los instalados en centros de acogida para discernir entre inmigrantes económicos y aspirantes al asilo político; reducción del tiempo de estudio de cada dosier; procedimiento de expulsión rápida para los rechazados. El presidente Emmanuel Macron dijo tenerlo claro a principios de año: "el humanismo sin la eficacia no son más que bellas palabras".

El proyecto de ley provocó la ira y el disgusto de las asociaciones humanitarias que velan por la protección de las decenas de miles de personas que llegan cada año a Francia con la aspiración de quedarse a vivir en el territorio. En un país donde la voz de los intelectuales cuenta también, al menos en la esfera mediática, algunos, como el escritor Jean-Marie Gustave Le Clezio, denunciaron en el semanario 'L’Obs' "una falta de humanidad insoportable". Esa misma publicación, ejemplo de la izquierda chic, portavoz de los "bobos" (burgueses-bohemios) provocó la estupefacción del Gobierno y de algunos de sus lectores con una portada donde el rostro del presidente Macron aparecía entre alambre de espino, bajo el titular "Bienvenido al país de los derechos humanos".

Para el mandatario, "hay mucha confusión entre los intelectuales; Francia no es un país cerrado", dice, "pero estamos haciendo frente a olas migratorias inéditas desde el final de la Segunda Guerra Mundial". A Macron, en el fondo, la opinión de ciertos intelectuales de la "gauche caviar" le importa bastante menos que la de los parlamentarios de su propio grupo político. El hasta entonces monolítico partido macroniano "La Republique En Marche" presentó algunas fisuras profundas por la reacción de los "humanitaristas" dentro de la organización.

Francia, desbordada

Si en LREM el llamado social-liberalismo es unánime, cuando se toca el asunto de la inmigración o el derecho de asilo algunas voces ponen el grito en el cielo, quizá precisamente para compensar el abandono de posiciones más a la izquierda en asuntos socioeconómicos. Una especie de última seña de identidad de un pasado militante ahora entregado al pragmatismo liberal.

En el año 2017, más de 100.000 personas pidieron cobijo oficial en Francia. De ellos, el Gobierno calcula que solo unos 13.000 son auténticos aspirantes al asilo por razones de persecución política, religiosa o sexual. Las estructuras de acogida están desbordadas. Más de 15.000 inmigrantes viven en hoteles sufragados por dinero público. El gasto anual en acogida se cifra en 3.500 millones de euros.

La nueva ley pretende remediar el hecho de que un aspirante al asilo al que se le deniega la petición pueda quedarse en territorio francés de forma clandestina. De las 90.000 órdenes de expulsión dictadas el pasado año, solo 16.500 fueron ejecutadas. Los que escapan a la medida entran en clandestinidad e intentan buscarse la vida. El Gobierno pretende también agilizar los trámites de cada caso. Hasta ahora, en Francia el estudio de un dosier puede llevar más de dos meses, cuando en Alemania se ventila en cuatro días. Un problema de presupuesto y también de eficacia.

Emmanuel Macron sabe también que su reforma es apoyada por la opinión pública. Los ejemplos de la llamada "Jungla de Calais" —solo un ejemplo entre muchos— de campamento salvaje donde se hacinaban inmigrantes esperando pasar a Gran Bretaña, o las acampadas improvisadas en algunos barrios de París u otras ciudades, carentes de las mínimas condiciones higiénicas y sanitarias, tienen más impacto que cualquier declaración de grupos considerados xenófobos. En el último sondeo hecho público hace seis meses, más de un 60% de los franceses se declaran opuestos a la acogida de refugiados.

Se acabó el "Welcome refugees"

Francia se ha unido a la tendencia actual en Europa: el realismo —para unos— o la firmeza —para otros—. Acaba el "Welcome refugees", el "Refugiés bienvenues". Alemania, la principal responsable de la ola migratoria que colapsó Europa en 2105, ya hizo saber que el Willkommen también ha expirado y la canciller recibe las presiones de sus camaradas de la CSU. Suecia, otro de los países tradicionalmente más generosos con la acogida, ya dijo basta y su gobierno socialdemócrata no va a volver atrás.

Emmanuel Macron afirmaba en marzo del 2017 que "Europa debe adaptarse a la inmigración masiva". Era parte de la campaña electoral para contrarrestar la posición radical de Marine Le Pen sobre el asunto. Ya en el poder, Macron se enfrenta a la realidad y toma medidas contra la inmigración masiva que bien podía firmar la derecha más dura. Tiene toda la legitimidad y muchas razones para ello. Pero cuando su política pone fin al modelo francés de acogida, las lecciones de moral y los insultos a Italia le vuelven rebotados a su propio rostro.

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