el infierno de tor bella monaca

"La única opción es callar o colaborar": vida en el hipermercado de la droga de Roma

El barrio de Tor Bella Monaca está considerado el 'Bronx romano'. Aquí vienen muchos adictos a pincharse, supervisados por los grupos criminales organizados que se han repartido la zona

Foto: Voluntarios de Cruz Roja reparten jeringuillas en Tor Bella Monaca durante la realización de este reportaje. (Croce Rossa Italiana/Emiliano Albensi)
Voluntarios de Cruz Roja reparten jeringuillas en Tor Bella Monaca durante la realización de este reportaje. (Croce Rossa Italiana/Emiliano Albensi)

Mañana de primavera y sol en Roma. Por una plazoleta a la entrada del barrio de Tor Bella Monaca, el 'Bronx romano', deambulan travestís y drogadictos con la mirada perdida. Algunos van con las ropa rota, otros más aseados, todos con la piel llena de granos, pústulas y quistes. Hormiguean como zombis a la sombra de edificios de hormigón gris, entre grupúsculos de traficantes —algunos imberbes adolescentes de escasa altura— que, montados en cuatriciclos, en motos o a pie, hacen guardia en las esquinas por si llega la policía. A su lado, otros niños juegan a la pelota, uno pasea un perro, una familia hace la compra.

Todo, en apariencia, está tranquilo, casi silencioso. Solo el particular trasiego de la plazoleta, de los automóviles que entran y salen a las diez de la mañana, anticipan el triste descenso a los infiernos que vive esta periferia romana azotada por un tráfico de drogas arraigado y que ya no se esconde. Un gran hipermercado de estupefacientes en el que, según los informes, operan 11 de las 93 bandas criminales que hay en Roma. Señores de la droga de medio pelo infiltrados por el virus de la Camorra napolitana y de la Ndrangheta calabresa que, como rezaba recientemente un informe de la Dirección Nacional Antimafia de Italia, “se han repartido las vías y las plazas” de la barriada, y allí dictan las reglas de la vida cotidiana. La cocaína, pero —cada vez más— también la resucitada heroína, son su mina de oro.

Sentado en el asiento delantero de su coche, Luca* frunce el ceño. Tiene 36 años, aunque aparenta al menos diez más, y está estudiando para ser cocinero. Es el enésimo intento de salir para adelante, vencer el cepo de la estigmatización que sufre como consumidor ante sus amigos y familia, su resistencia débil en una sociedad que lo ha puesto al margen. Pero hoy no es un buen día. Como ayer, anteayer y el día anterior. Por eso, ahora mismo, tiene prisa. Mucha prisa.

"Necesito mi primera dosis diaria. Después, me podrás entrevistar todo lo que quieras”, dice.

Entonces, extrae un trozo de papel metálico de la guantera de su coche y mezcla ahí la heroína que quiere meterse por vena. Lo hace con un automatismo inaudito, sin dejar de hablar y hablar mientras sustituye la aguja de la jeringuilla y la clava en su brazo izquierdo por unos interminables segundos, al términos de los cuales un hilo de sangre recorre levemente su brazo. “Y eso que iba a casarme —dice, con una extraña naturalidad—, estaba con una mujer. Ahora me la meto dos veces al día, que no es poco, te lo aseguro. Sé que es un asco, yo no tengo nada, solo este maldito curso de cocinero, al que no sé si hoy iré”.

A pocos metros, otros drogadictos hacen lo mismo. Un hombre con la mirada baja y la pegatina “niños a bordo” en el guardabarros trasero de su automóvil. Una pareja con un pequinés, al lado del improvisado memorial a Sergio, muerto por sobredosis el año pasado. Un capitán de la aeronáutica, que no quiere hablar. Dos amigas en una Smart. Un anciano. Unas prostitutas brasileñas. El exfutbolista. Uno que hace bromas, otro que acaba de salir de prisión. Y también Aaron, un técnico audiovisual australiano, padre de mellizos y casado con una ama de casa. “Estuve limpio cinco años, hasta que caí de nuevo en noviembre, quizá por el estrés”, asegura.

Un trabajador de la Fundación Villa Maraini trata de convencer a un heroinómano de que se trate su adicción (Croce Rossa Italiana/Emiliano Albensi)
Un trabajador de la Fundación Villa Maraini trata de convencer a un heroinómano de que se trate su adicción (Croce Rossa Italiana/Emiliano Albensi)

Organizados como mafias

Un extoxicómano, que proviene de un acaudalado barrio de Roma y no quiere decir ni su nombre de pila para evitar represalias recuerda sus años de adicción como algo muy distinto. “Este siempre fue un barrio de mala muerte, pero hasta hace diez años, cuando yo venía aquí a comprar la droga, era otra cosa. Ahora es todo más estructurado. Como en Nápoles. Los traficantes actúan como verdaderas organizaciones. Da lo mismo que haga frío o calor, la cocaína la venden las 24 horas. La heroína no, pero eso es quizá porque por las noches los heroinómanos colapsan completamente”, dice. “Y son peligrosos, no hay que meterse con ellos, se han infiltrado en la población”, añade.

Para explicar por qué Tor Bella Monaca se ha convertido en un temido hipermercado de la droga, el hombre señala la degradación que afecta al barrio. “Aquí la única opción es callar o colaborar. Y en este caso, para los jóvenes de aquí, el negocio resulta una forma de escapar de la pobreza y el paro. He visto a adolescentes de 15 años, de un metro y medio de altos, que no alcanzaban los pedales de sus motos, amenazar a gente con dispararles un tiro en la nuca. Sabe, imitando a Gomorra [la película y serie inspiradas en la novela homónima de Roberto Saviano]. Les pagan 100 euros el día”, explica.

Desde la furgoneta de la Fundación Maraini -una agencia de la Cruz Roja italiana fundada en 1976 por el médico italiano Massimo Barra-, que colabora con la Cruz Roja italiana, las incombustibles Anna, Eliana, Francesca y otros tres operadores desgranan las cifras de un trabajo que nadie más quiere hacer: asistir a los consumidores. Lo hacen proporcionándoles jeringuillas limpias y otros materiales para evitar la propagación de otras enfermedades (VIH/sida, Hepatitis…) y casos de muertes por sobredosis. El año pasado, tan solo en Tor Bella Monaca y en la estación de trenes de Termini, atendieron 39.932 casos. “Los asistimos de lunes a viernes, los fines de semana y festivos no, porque nos han cortado los fondos. Así murió Sergio, aquel día no estábamos”, cuenta Eliana. La suya, en efecto, es una misión anónima que roza lo heroico, una tarea que solo ellos hacen y que solo existe “en dos o tres ciudades de Italia, nada más”, como dice, en un ímpetu de vergüenza ajena, Eliana.

Porque la preocupación no falta. Más aún al considerar que, según los operadores, la tendencia general de la sociedad y de las autoridades es la de minimizar un fenómeno que es grave y da señales de estar evolucionando constantemente. “Créanme que nos preocupa mucho, por ejemplo, lo que está ocurriendo en Estados Unidos, donde en octubre las autoridades declararon la emergencia por una ola de muertes por adicción. Pues todo lo que ocurre allí, llega tarde o temprano aquí, a Europa”, comenta Stefano Spada Menaglia, de la Fundación Villa Maraini. “El problema son los precios, que han bajado mucho. Ahora una dosis de heroína o de cocaína, una droga antes considerada de ricos, se consigue por 20, máximo 30 euros”, añade.

Anna, con más de dos décadas en la labor, sabe de lo que habla. “Los casos más peligrosos son los de los que hacen un uso irregular y los de consumen eso que llaman ‘speed’, cocteles de heroína, cocaína y otras porquerías”, explica. “En apenas una hora desde que llegamos a Tor Bella Monaca, esta mañana, hemos contado ya 17 casos de heroína, tres de cocaína y tres de speed”, añade Eliana. “El problema es también el aislamiento que siente esta gente, la sociedad los aísla, los estigmatiza y así se dificulta la recuperación. El tema es que sin consumidores no habría negocio”, explica Spada Menaglia, al hacer hincapié, sin embargo, que la tarea meramente humanitaria como representantes de la Cruz Roja.

Un escenario que encuentra reflejo en el análisis del último informe del Observatorio Europeo de las Drogas y las Toxicomanías, según el cual, en Europa, “se ha interrumpido la tendencia a la baja de solicitudes de tratamiento relacionados con la heroína, cuyo número venía cayendo desde 2007”. “Particularmente preocupantes son las muertes por sobredosis, (…) que han aumentado por tercer año consecutivo, con la heroína como responsable en muchos casos”, escribieron.

Una jeringuilla recién usada en la 'cueva' del parque de Tor Bella Monaca. (Croce Rossa Italiana/Emiliano Albensi)
Una jeringuilla recién usada en la 'cueva' del parque de Tor Bella Monaca. (Croce Rossa Italiana/Emiliano Albensi)

La mafia napolitana, al mando

En todo caso, el extóxicomano del barrio rico lo aclara: “Aquí, en Tor Bella Monaca, el negocio de una y otra cosa está en manos de los italianos, que son napolitanos en su mayoría. Y así es también en otros grandes centros de droga en Roma [Ostia, San Basilio y Romanina]. Nigerianos también hay, pero solo se mueven con el plácet de los locales”, afirma. “Además, cada sitio tiene sus reglas. En Tor Bella Monaca, te dejan que la consumas aquí. En San Basilio, solo se compra y luego te tienes que ir, si no te dan una paliza que no te olvidas…”, afirma otro drogadicto que ya está en su segundo chute en los últimos 45 minutos.

Alberto tiene 44 años y es adicto desde los 20. “He entrado y salido de las comunidades decenas de veces. Me limpian pero luego me deprimo y vuelvo a hacer uso”, dice, cuando la heroína ya está corriendo por sus venas. “Quisiera salir, sabe. Me gasto 600, 700 euros al mes en esto y no tengo trabajo, por lo que mantengo el vicio un poco robando, un poco pidiéndole a mi madre, pues soy hijo único”, afirma, al borde de caer en el llanto. “No sé por qué lo hago, empezó todo con la muerte de mi padre. Murió de un infarto, ¿sabe? Yo había salido un momento y él murió ahí, solo. Nunca me lo pude perdonar”, afirma, mientras una operadora intenta convencerlo de acudir a uno de los centro de desintoxicación de Villa Maraini en Roma.

“Lo haré, estoy harto”, responde Alberto. “Espero que lo digas también mañana, cuando no estés drogado”, le responden. Llega otro y luego uno más, cuando los operadores son alertados de que una chica podría estar sintiéndose mal, quizá con sobredosis. Se encaminan entonces en un matorral espeso, con un herbaje alto más de un metro, hasta llegar a una cueva enclavada en una colina. En el suelo, los restos de jeringuillas llenas de sangre, botellas de vidrio y otras basuras dificultan la entrada. “Aquí vienen los que no quieren hacerse ver”, explica Anna, al constatar que de la chica no hay rastro.

Poco más allá, se ve una escuela primaria; en un costado, el grupo de tres travestís vistos antes sigue discutiendo y, más lejos, está vía dell’Archeologia que lleva hasta los edificios conocidos como “ferro di cavallo [hierros de caballo], donde también se compra al por mayor, para venderla en el resto de la ciudad.

Los datos disponibles, algunos de ellos considerados parciales por las organizaciones que trabajan en el terreno, reflejan en parte el fenómeno. Colocan a la región de Lacio, cuya capital es Roma, a la cabeza de las regiones con un mayor número de operaciones antidroga de la policía italiana (4.030, desde agosto de 2016 al mismo mes de 2018). Siguen la industrializada Lombardía y Campania, la tierra de la Camorra, según un reciente informe del Departamento para las Políticas Antidroga de Italia. “Y eso que muchos casos de sobredosis en los hospitales ni los registran como tales...”.

* Nombre ficticio, como todos los de los consumidores de droga mencionados en este reportaje.

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